Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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domingo, 19 de julio de 2009

Chemistry is good for you

(Escrito en Portomarín, Lugo, el 11 de julio)


-“Las drogas es la auténtica salud”
(Ramón, el yonki vanidoso)





Chemistry is good for you. It is, actually. ¿Sabéis? Tenía pensado escribir este post desde hace unos días, pero supongo que lo hago hoy porque –aparte de haber encontrado el sosiego- hoy es el último día de Camino para uno de mis compañeros, el ínclito Charlie. Inglés de nacimiento y químico de carrera, el título del post viene al pelo, comme vous voyez.

¿Sabéis? En realidad tenía pensado haber escrito este post en inglés, tal como estaba ideado, dejaros con la intriga (a algunos) y mañana publicarlo traducido. Estatuas Verdes con la experimentación, como siempre. Pero me he dado cuenta de que hasta mi frikismo tiene un límite. De todos modos, la cosa no hubiera sido tan ida de olla, porque estos días del Camiño estoy de un bilingüismo que lo flipo (o de un trilingüismo, rather).


¿Motivo? Pues porque voy con Kike, señor políglota, pero más importantemente con este Charlie que os digo, que no sabe una palabra de español. Así que inglés a todas horas, lo que francamente me está divirtiendo muchísimo, y me está haciendo ver cosas de España con los ojos de un guiri, como si fuera un vil Richard Ford o la jodida Tesis de Nancy (lo de trilingüe ya podéis suponer que es por el gallego).

Y la química a todo esto venía, Porerror, porque… Todo a su tiempo, señora, todo a su tiempo, que si algo estoy sacando en claro en este Camiño es que la vida no es una maldita carrera. Obviando el hecho de que provengo de una estirpe química y farmacéutica y de que yo mismo tonteé con la carrera de Química en mi primera juventud, os quería contar que me reafirmo sobre todo lo que dije en su día en el post del ibuprofeno, y mucho más.


Esta vez, mi ruta xacobea no me ha llevado por Samos (donde conocí al ibuprofeno, ¿os acordáis?) pero me está llevando por otros derroteros igualmente castigadores. Ampollas, rozaduras, malestares, tirones, pinzamientos y toda clase de dolores musculares y de ligamentos son mis fantasmagóricos compañeros de viaje. ¿Y cómo lidiar con ellos si no es a base de la maravillosa química?

Os aseguro que a lo largo del día me echo encima tantas cremas que parezco una mujer: Fito Cold (con árnica, ruscus, hamamelis y castaño de Indias) para enfriar las piernas, Betadine (povidona iodada) para el temario de las ampollas, bendito Calmatel (de piketoprofeno) para bajar ese pedasso de hinchazones en los tobillos, Natusan (a base de ácido bórico) con vistas a las rozaduras inguinales… y creo que me dejo alguna.


Bueno, no he contado el aftersun que me hace falta en las quemaduras solares, y el tema de la química no se reduce al cremismo, sino que abarca también el pastilleo: que si ibuprofeno (¡cómo no!), con su correspondiente Omeoprazol a guisa de protector estomacal… estoy tan encomendado a estas sustancias que le he escrito un poema al piketoprofeno, y no es coña.

Y últimamente me está interesando cada vez más y más el mágico poder analgésico de la cerveza, no os digo nada. El primer día, el buen Charlie que hoy nos deja (y a quien dedico este post), comentó con buen criterio que este Camiño de Santiago podíamos hacerlo como tributo a Michael Jackson: una bizarrada que ni yo me hubiera atrevido a decir en voz alta, pero que ya se me había ocurrido. Con tanta medicina para el dolor de por medio, no podría estar más de acuerdo. Yo, de momento, ya me he andado algunos tramos en plan moonwalking, avanzando de espaldas. Y sabéis que lo he hecho.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Instrucciones para mirar un Toro de Osborne


El año pasado leíamos en la prensa que el famoso Toro de Osborne cumplía 50 años. El invento surgió en 1956 como un encargo de la empresa gaditana Osborne al diseñador Manolo Prieto para darle al brandy Veterano una imagen viril y española.

Luego, ya se sabe: de reclamo comercial a icono cultural pasando por obra de arte y, últimamente, símbolo político. En 1988 el gobierno español prohibió la publicidad en los márgenes de las carreteras (por aquello de las distracciones); el Toro de Osborne no dejaba de ser un anuncio, pero hubo iniciativas, campañas, recogidas de firmas… hasta que en 1997 el morlaco fue definitivamente indultado y reconocida su valía como obra artística y parte del patrimonio cultural español.

Parece que lo anterior supuso la carta blanca para hacerle de todo al pobre torito: lo plantaron en mitad de la bandera rojigualda, lo vistieron diseñadores como Victorio & Lucchino, los radicales catalanes lo derribaron una y otra vez (hasta acabar, este año, con el último que quedaba en Cataluña). En toda España quedan noventa Toros de Osborne, veintidós de ellos en Andalucía. En Extremadura quedan cinco, y en 2005 un joven artista, Javier Figueredo, tuneó el de Casar de Cáceres (pueblo famoso por la torta del Casar y su museo del queso) añadiéndole unas ubres y unas manchas blancas. Había nacido “la Vaca de Osborne” (aunque al pavo le cayó una condena por “deslucimiento de bienes inmuebles”).

Cuando estuve viviendo en los Estados Unidos, yo también tenía una bandera española con el torito de Osborne decorando una pared. Fui a una universidad del Sur que como contrapartida también manda a estudiantes a mi ciudad. Hace unas semanas me pasaron el texto de un blog (lo siento, no tengo el link) escrito por una alumna de aquella universidad, narrando toda su experiencia española, que tuvo lugar durante el curso 2006-2007. En cierta ocasión, Jennifer K (la narradora del blog), comenta aspectos del paisaje en un viaje entre Sevilla y Córdoba, y dice lo siguiente (traduzco):

“Lo más chulo que vi fueron unas siluetas de toros negros absolutamente gigantescas que estaban colocadas al azar en lo alto de las mini-montañas. No tengo ni idea de qué estaban hechas, pero era impactante ver un objeto tan moderno en ese campo de aspecto tan antiguo.”

De esta descripción me interesa su inocencia, la mirada curiosa sin contaminar, en una especie de Tesis de Nancy de no ficción. Si, como decían los formalistas rusos, “la finalidad del arte es dar una sensación de las cosas tal y como se perciben, no tal y como se conocen”, me quito el sombrero ante Jennifer y su uso del “extrañamiento”. La Tesis de Jennifer.
 
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