Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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lunes, 19 de enero de 2009

Las cartas boca arriba


“Solamente una carta tengo en el buzón: la remite mi banco y me dice que NO”
-J.Sabina y Manu Chao



Cartas, ¿eh? Pocas palabras tan bonicas en español para explicar el fenómeno de la polisemia. Carta del correo, carta de naipe, carta de menú y carta de mapa (que jamás nadie utiliza, como banco de peces). Hoy día, con los emailses y los emailes las cartas han quedado obsoletas como medio de comunicación, ya solo te las envían los bancos (de dinero), y esa odiosa propaganda de ópticas o compañías de seguros. Y por carta también te llegan las facturas, claro.

Pero no siempre ha sido así, hubo un tiempo no tan lejano en el que la carta era un medio de comunicación principalísimo entre personas. La gente se escribía cartas, se contaba cosas, largas cartas de amor o de odio, o esas cartas de amistad con confidencias. Hará cuatro años, en un arrebato absurdo, tiré todas mis cartas (porque representaban el pasado y además no me cabían). Hoy me arrepiento de no haber conservado siquiera las más importantes (guardaba cientos: de amigos de todas las épocas, de ex novias, de primas…). Uno de mis mejores amigos estudió fuera dos carreras, y aquellos años fueron un puro carteo. Cuando yo estuve de Erasmus también me sirvieron mucho.


En literatura, la correspondencia entre personas ha dado lugar al género epistolar, ficción o no ficción. Cuando de chiquitiquísimos leímos Querida Susi, querido Paul (1986) del Barco de Vapor no sabíamos que estábamos mamando de un género que contaba por lo menos con dos siglos de antigüedad. Si queréis epístolas, id al Nuevo Testamento, pero yo me refiero a las novelas. Dicen que las primeras novelas modernas (que fueron epistolares) tuvieron su origen en un repertorio comercial de cartas-modelo: Pamela (1740) y Clarissa (1748) de Richardson. No os digo nada de otros obrones como las turrísticas Cartas marruecas (1789) de José Cadalso, debidamente copiadas de las Cartas persas (1721) de Montesquieu.

Otras cartas de la literatura, que a veces se han vertido al cine fueron Pepita Jiménez (1874) de Juan Valera, Las amistades peligrosas (1782) de Choderlos de Laclos, la Carta de una desconocida (1927) de Stefan Zweig, “La carta robada” (1844) de E.A. Poe, la terrible carta que Robbie envía a Cecilia en Expiación (2001) y las que le envió después. ¿Y cómo estaban esas cartas que desde el futuro le enviaba a Marty McFly el Dr. Brown en la saga de Regreso al futuro, La carta (1940) de William Wyler, El cartero siempre llama dos veces (y hace remakes), o esas aburridísimas Cartas desde Iwo Jima con las que Clint Eastwood nos castigó hace dos años?


Modernamente, la no ficción nos ha regalado la Carta de Jesús al Papa (2005) de Sánchez Dragó, las cartas …a Franco (1971) y …a Fidel Castro (1984) de Arrabal o el diálogo teológico entre Umberto Eco y Carlo María Martini titulado ¿En qué creen los que no creen? (1997). Pero las que más molan son las cartas personales, hay mogollón de colecciones publicadas. Nunca he leído, pese a haber escuchado maravillas, las cartas que por ejemplo el poeta romántico Keats (murió a los 24 de tuberculosis) dirigió a su madre, u otras también a la madre del también poeta inglés Wilfred Owen (este murió a los 25 en la 1ª Guerra Mundial). Y estas cartas de artistas se llevan escribiendo siglos, no es cosa de ahora.

Muchas veces son misivas que no fueron hechas para su publicación pero la notoriedad o relevancia de sus autores hace que se lleven a la imprenta. Precisamente este sábado, un amigo –erudito de la música barroca- me hablaba acerca de la famosa correspondencia privada entre dos gigantes como fueron Pachelbel y Buxtehude (ambos maestros de J.S. Bach, por cierto). Tampoco he leído tan egregias cartas, pero sí que recuerdo con cariño la imponente sarta de cartazas que Ignatius J. Reilly, empleado de Levy Pants, dirigió al “Estimado señor mongoloide” o a la Universidad de Baton Rouge (todo ello en el libro La conjura de los necios, 1980), Y es que una simple carta puede llevar una carga emocional enorme.


Ya se habló en Estatuas Verdes de The Juliet Letters (1993), disco de Elvis Costello cuyos textos están basados en los cientos de cartas que diariamente recibe en Verona Julieta Capuleto, y que son leídas en plan consultorio sentimental. O ¿cómo olvidar la carta (“The Letter”, 1967) que llevó a los Box Tops al número 1? Aquella en que Alex Chilton compraba un billete de avión (en tren no le daba tiempo) para ir a ver a su amor, que acababa de escribirle diciéndole que no podían continuar separados. Otras cartas musicales, la “Epístola a Dippy” de Donovan, el grupo Letters to Cleo, la generacional “20 de abril” de Celtas Cortos o aquella tan ñoña y tan bonita de Los Lunes: “Canción de despedida”…

¡Cartismo! ¡Cartismo! ¡Cartismo!, y no estoy hablando del Movimiento Obrero, sino de que escribáis más cartas… y las mandéis.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Regreso al pasado


“Seguro que en 1985 se puede comprar plutonio en la farmacia de la esquina”.
-Christopher Lloyd en Regreso al futuro




No, no, no, na, na, na…na! Ni H.G. Wells ni Stephen Hawking, para nuestra generación, el mayor teórico acerca de los viajes en el tiempo fue, es y será Michael J. Fox. ¿O debería decir Marty McFly? En realidad tal vez lo justo sería decir que el verdadero “teórico” tras estos fantabulosos viajes fue el Dr. E. Brown (interpretado por Christopher Lloyd) o lo más justo sería decir que todo se lo debemos a Bob Zemeckis, director y co-guionista de la cosa.

Estatuas Verdes, siempre contra el apoltronamiento (aunque esto lo escribo en un sofá), vuelve a hacer historia. Es la primera vez que escribo un post mientras simultáneamente recibo el estímulo de su tema. Si hablo de un libro es que me lo he leído, si de una peli o un disco es porque hace unas horas los vi o escuché. Pero hoy estoy escribiendo acerca de Regreso al futuro (1985) a la vez que la estoy viendo. ¿Demasiado complejo? Nada que no se pueda comprender con un pararrayos, una videocámara y un mechón de pelo de Michael J. Fox. Porque esto era, amigos, todo lo que les hacía falta en esta peli para viajar en el tiempo.


Bueno, y un poco de plutonio de Libia más “el DeLorean de mi amigo Steve” [Spielberg], como bien se recordaba en aquel graciosísimo episodio que Charlie Kaufman escribió para la serie Búscate la vida (1990-91), dedicado precisamente a los viajes en el tiempo. A principios de los 90, Stephen Hawking dio una conferencia en Miciudad a la que no asistí pero cuya grabación tuve la suerte de escuchar. En ella dijo lo que ya es un tópico pero que entonces revolucionó mi joven cerebro: que la mejor prueba de que viajar en el tiempo es imposible es el hecho de que nunca nos haya visitado gente del Futuro.

En un artículo de El País sobre las máquinas del tiempo, el novelista Luis Manuel Ruiz dijo la semana pasada algo parecido: “la imposibilidad de saltarse el tiempo a la torera no había sorprendido ya a las mentes más sagaces: ¿por qué no había hombres del siglo XXV entre los romanos ni yanquis en la corte del rey Arturo?” En realidad, determinadas paradojas de la Física, que ni usted ni yo entendemos, hacen la idea del viaje unidireccional en el tiempo teóricamente posible, y menos mal, porque si no sería un disgusto para muchísimos novelistas y cineastas. Váyanle con el cuento a Mark Twain, H.G. Wells, Ray Bardbury, Asimov, Douglas Adams, Kurt Vonnegut o Stephen Fry, solo en libros.


En películas, vayan a Terry Gilliam, James Cameron, Coppola o Robert Zemeckis, autor de la trilogía de Regreso al futuro. En estas pelis, el mayor inconveniente para viajar en el tiempo puede ser llevar unos calzoncillos Levi’s de color morado. ¿No resulta delicioso? Aquí en el Futuro no se encuentran los malvados Morlocks ni el Ejército de los Doce Monos; aquí se viaja al Pasado, donde el protagonista debe impedir que su madre se enamore de él mismo sino que acabe con su padre, para que la historia no se altere.

¿Lo demás? Detalles. Detallicos: ¿Qué más da que el condensador de flujo –o de fluzo- necesite plutonio robado para poner al coche a 1,21 gigovatios? Mientras Marvin Berry pueda llamar a su primo Chuck para que invente el rock and roll por teléfono, todo irá bien. ¿Qué más da que si la madre de Marty se enamora de Marty en vez de de su padre todos los hermanos empiecen a borrarse de la foto familiar del futuro? ¿Acaso no tenemos por ahí sonando “The Power of Love” de Huey Lewis & the News? ¿Acaso Michael J. Fox no era lo más? La peli hace ya una hora que acabó y tú, lector, acabas de leer el post ahora. Otra prueba de que el tiempo es más elástico que el chicle de canela.
 
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