Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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martes, 29 de abril de 2008

Intocable


Hay días en que todo cuesta, ya lo dijimos. Pero también hay días en los que se produce el efecto contrario: se va sobre una nube. Ya pueden llover carretas y carretones, que a nosotros nos da igual, no nos afecta. En realidad nos encontramos protegidos por un halo que será diferente para cada persona pero todos tendrán algo en común, el hacernos intocables.

Vas flotando, como si no fuera contigo, y la vida se desarrolla fuera de esas ventanillas que son nuestros ojos. Igual que Monterroso viajaba en tren y veía una vaca, una vaquita, allá a lo lejos, nosotros vemos pasar la vida entera pero no nos afecta. Las cosas nos pasan por encima, si acaso nos despeinan el flequillo un poquitito, dejándonoslo como el de Tintín. Y no es necesario que los demás lo sepan, es una cuestión propia. Nadie sabrá de esa llamita –o llamota- que inflama nuestros interiores y nos hace inmunes a los problemas.

Ya pueden llover carretas, digo, ya nos puede venir el jefe o la jefa con sus historias, o algún compañero con una minucia de querella. Ya nos podemos encontrar en el buzón una cartita del banco, Hacienda o el Ayuntamiento, de esas que normalmente harían que anduviésemos con la barriga floja. Ya nos podemos quedar sin leche o sin papel higiénico, o tal vez se nos corte el agua calentita en medio de una ducha.

Los demás nos mirarán sorprendidos (eso si nos miran) o lo más probable es que ni siquiera reparen en nosotros. No sabrán de nuestra inmunidad, alguno habrá que –insolente- trate de tocarnos. Pero no. Hoy no. Hoy somos intocables. Tampoco podemos culpar a la gente por no saber lo que nos pasa, lo que sería imperdonable es que lo olvidásemos nosotros.

Puede que nos hayan dado una beca con la que llevábamos soñando años, o que hayamos aprobado el carnet de conducir. A lo mejor por fin nos ha comido la boca esa persona o nos hemos librado de la mili. Quizás una revista haya publicado poemas nuestros, o simplemente nos ha salido un crucigrama por primera vez. ¡Qué más dará!

Y es que no me estoy refiriendo a la causa de nuestra alegría, sino a su efecto, a la sensación. Esa que nos acompaña y nos hace fuertes, libres, mejores.

Desgraciadamente la sensación no dura –no puede durar mucho- porque tampoco sabríamos gestionarla más de 24 o 48 horas. Cuando se va, dejándonos un regustillo dulce de bienestar, a mí me gusta pensar que es como Mary Poppins: que una vez realizada su labor debe partir para hacer felices a otras personas. De todas maneras, podemos estar seguros de que ya vendrán otros días iguales, volveremos a ser intocables.
 
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