Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Tú los desayunabas


Cada día me fascina más el poder evocador de los objetos. Será que va pasando el tiempo, y aunque soy joven, van pasando las décadas y se van acumulando las vivencias, buenas y malas (perdón por la perogrullada). No sé si es porque este verano he ido cuatro veces al tanatorio (una de ellas como parte del duelo), pero no deja de envolverme con su velo la ceremonia de la muerte.

Algunos dicen que son gestos mecánicos, que es una rutina ajada. Yo cada vez le veo más sentido, porque aunque es muy cierto que las palabras pueden ofrecer poco consuelo en esos momentos clave, la simple presencia de las personas que se dan cariño y apoyo es lo que nos devuelve al mundo de los vivos, a la manada.

Pero hablaba de objetos. Casi todos los días, por h o por b, me acuerdo de la magdalena de Proust. El poder evocador de la música es algo sobre lo que resultaría tedioso incidir de nuevo. Y quién, reconociendo un olor por la calle no ha vuelto a tener delante a esa persona, a esa ciudad? Últimamente me pasa con las formas y los colores. Como me dijo no recuerdo quién hace poco, “Porerror, es que para ti todo es otra cosa”. Y tenían razón, todas las cosas me transportan a otro significado, no puedo evitar realizar conexiones, asociaciones de ideas, me pesan mucho los recuerdos.

Hay amplias zonas de la experiencia sensible que sé que son “de peligro”. Si veo tal o cual personaje de dibujitos animados, si escucho tal canción en la radio, si me encuentro una foto. Estoy mentalizado (ya que no preparado) y dichos encuentros no pasan de tener un efecto de pena y melancolía momentáneas. Pero la percepción es tramposa y nos tiende celadas allá donde nuestra mente no podría imaginarlas: imposible protegerse, entonces.

En otras palabras, quién me iba a decir a mí que ayer por la tarde, en medio de un Carrefour, rodeado de tambores de Ariel, botellas de aceite y latas de Cruzcampo, empujando un maldito carro de plástico duro, mi vista se iba a posar, en el pasillo de las galletas, sobre un paquete de Chiquilín Ositos (un producto que había dado al olvido) y se me iba a caer el alma a los pies porque me iban a recordar a mi hermanita pequeña, muerta hace dos años y medio?

3 comentarios:

tirso malatesta dijo...

Post muy sentido, Porerror. Me atrevo a confesar dos cosas en este comentario. A mi me pasó lo mismo durante un año con algo tan banal como el arroz con leche: no lo podía ver porque fue el último plato que le vi comer a mi padre. Además, yo también he perdido a una hermana pequeña.

Elisabet dijo...

Siento mucho que pasen estas cosas, Porerror. Y digo siento, porque las siento. Resulta que estoy en un momento de mi vida en que estoy guardando esos nimios detalles que un día harán que se me caiga el alma a los pies sin avisar. La familia, por suerte o por desgracia, suele marcar esos detalles.

Anónimo dijo...

pero es precioso y necesario

 
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