
Tranquilos que con estas píldoras no os vais a quedar enganchados ni vais a hacer que aumente la resistencia de las bacterias. Tranquis que con estas no os vais a quedar enganchados. ¿O sí?
Constato una tendencia de la televisión española actual, los programas de humor a base de sketches cortos, pequeñas píldoras de comedia de situación cuyos personajes se repiten. [Con lo cultureta que tú has sido, Porerror, ya nada más que escribes sobre la tele, ¿eh? Cómo se nota que te vas adocenando… A ver, señora, qué quiere usted, ¿Que escriba sobre la National Gallery de Cosica? ¿Sobre sus ruinas aztecas? Aquí no hay ni cine, dé gracias a que de vez en cuando me leo algún libro y, mire, por ejemplo, esto de establecer un diálogo ficticio con usted se lo he copiado a Camilo José Cela: ahí tendrá el lector la nota culta].
Decía que ahora hay muchas series de sketches –píldoras de humor, por usar una metáfora no especialmente audaz-, con la particularidad de que cada episodio dura poco, hay tres o cuatro personajes fijos que interaccionan y suelen basarse bastante en la comicidad visual y verbal, además de la de situación. Esto no son los elaboradísimos sketches de Cruz y Raya, con el mismo pavo gafotas repitiendo la misma frase ad aeternum, ni tampoco los Monty Pythons llegando a comprar un loro muerto (si no sabéis de qué os hablo poned en YouTube “dead parrot”).

Esto tiene bastante más chispa, un ritmo mucho más rápido (no hay más remedio) y aparecen cortinillas cada dos o tres minutos separando las escenas. A diferencia de Splunge o Ni en vivo ni en directo, estos programas tienen la ventaja de contar con personajes fijos –ventaja siempre que te caigan bien, claro-. Todo lo anterior permite construir significado extra episodio a episodio, ya que vas conociendo cada vez más a cada personaje, pero también se pueden disfrutar estas píldoras de modo independiente.
Si Los Serrano o Aquí no hay quien viva eran novelas, estos programas vendrían a ser libros de relatos, para entendernos. Creo que en España empezó Camera Café en Telecinco (formato de mucho éxito en países como Francia o Italia), y luego le siguió el éxito fenomenal de Escenas de matrimonio. Casos extremos de este tipo de humor: Camera Café me encantaba y Escenas de matrimonio me parece una chabacanería (lo poco que he visto), aunque igual lo único que comparten es la forma, no el contenido.

La Sexta ha abrazado con asaz entusiasmo esta tendencia, ya antes del verano nos sirvieron La tira, cuyos personajes eran: un par de cajeras canis de supermercado, un grupo de madres a la salida de un colegio, dos porteros de discoteca y unos albañiles (y su capataz) que realizan reformas interminables en casa de un matrimonio. La verdad es que todo de bastante risa, hasta el punto de que han repetido los episodios hasta la saciedad y yo me los seguía tragando como si nada. En la segunda temporada incorporaron a un trío de astronautas españoles, con lo cual el jolgorio aumentaba.
No hace un mes que estrenaron –en La Sexta también- Estados alterados: Maitena, sketches basados en las tiras cómicas de la dibujante feminista argentina. Aquí los personajes están todos interrelacionados, pero se mantienen en escenarios bien diferenciados: un bar, un bufete de abogados, y las casas de varias de las mujeres que trabajan en él. La semana pasada llegó a la cadena de Milikito otra vuelta de tuerca: Qué vida más triste, serie dizque proveniente de un vlog en plan casero, que combina la cámara fija estilo Camera Café o confesionario de Gran Hermano con otras secuencias más moviditas.

Perdonadme y que nadie me malinterprete, pero a esta última serie (que narra la vida de un treintañero friki que vive con sus padres) no le encuentro la gracia, y por Dios que la veo todos los días para buscársela. Pienso que no la entiendo por su marcado carácter vasco, y no tengo nada contra los vascos pero no entiendo su humor. Igual que el de los catalanes, perdonadme otra vez. Que nadie se ofenda, pero será que no me siento identificado: a lo mejor es lo mismo cuando en el resto de España salen Los Morancos disfrazados de Omaíta y diciendo barbaridades. Y ojo, estoy totalmente en contra de pensar que los andaluces sean graciosos de oficio.
Aun así, admiro las virtudes de Qué vida más triste, me parece tan correcta como otras por el estilo que sí me han molado (La tira, Camera Café) y creo que este formato de humor tiene un gran futuro… por lo menos hasta que la audiencia se harte.
Constato una tendencia de la televisión española actual, los programas de humor a base de sketches cortos, pequeñas píldoras de comedia de situación cuyos personajes se repiten. [Con lo cultureta que tú has sido, Porerror, ya nada más que escribes sobre la tele, ¿eh? Cómo se nota que te vas adocenando… A ver, señora, qué quiere usted, ¿Que escriba sobre la National Gallery de Cosica? ¿Sobre sus ruinas aztecas? Aquí no hay ni cine, dé gracias a que de vez en cuando me leo algún libro y, mire, por ejemplo, esto de establecer un diálogo ficticio con usted se lo he copiado a Camilo José Cela: ahí tendrá el lector la nota culta].
Decía que ahora hay muchas series de sketches –píldoras de humor, por usar una metáfora no especialmente audaz-, con la particularidad de que cada episodio dura poco, hay tres o cuatro personajes fijos que interaccionan y suelen basarse bastante en la comicidad visual y verbal, además de la de situación. Esto no son los elaboradísimos sketches de Cruz y Raya, con el mismo pavo gafotas repitiendo la misma frase ad aeternum, ni tampoco los Monty Pythons llegando a comprar un loro muerto (si no sabéis de qué os hablo poned en YouTube “dead parrot”).

Esto tiene bastante más chispa, un ritmo mucho más rápido (no hay más remedio) y aparecen cortinillas cada dos o tres minutos separando las escenas. A diferencia de Splunge o Ni en vivo ni en directo, estos programas tienen la ventaja de contar con personajes fijos –ventaja siempre que te caigan bien, claro-. Todo lo anterior permite construir significado extra episodio a episodio, ya que vas conociendo cada vez más a cada personaje, pero también se pueden disfrutar estas píldoras de modo independiente.
Si Los Serrano o Aquí no hay quien viva eran novelas, estos programas vendrían a ser libros de relatos, para entendernos. Creo que en España empezó Camera Café en Telecinco (formato de mucho éxito en países como Francia o Italia), y luego le siguió el éxito fenomenal de Escenas de matrimonio. Casos extremos de este tipo de humor: Camera Café me encantaba y Escenas de matrimonio me parece una chabacanería (lo poco que he visto), aunque igual lo único que comparten es la forma, no el contenido.

La Sexta ha abrazado con asaz entusiasmo esta tendencia, ya antes del verano nos sirvieron La tira, cuyos personajes eran: un par de cajeras canis de supermercado, un grupo de madres a la salida de un colegio, dos porteros de discoteca y unos albañiles (y su capataz) que realizan reformas interminables en casa de un matrimonio. La verdad es que todo de bastante risa, hasta el punto de que han repetido los episodios hasta la saciedad y yo me los seguía tragando como si nada. En la segunda temporada incorporaron a un trío de astronautas españoles, con lo cual el jolgorio aumentaba.
No hace un mes que estrenaron –en La Sexta también- Estados alterados: Maitena, sketches basados en las tiras cómicas de la dibujante feminista argentina. Aquí los personajes están todos interrelacionados, pero se mantienen en escenarios bien diferenciados: un bar, un bufete de abogados, y las casas de varias de las mujeres que trabajan en él. La semana pasada llegó a la cadena de Milikito otra vuelta de tuerca: Qué vida más triste, serie dizque proveniente de un vlog en plan casero, que combina la cámara fija estilo Camera Café o confesionario de Gran Hermano con otras secuencias más moviditas.

Perdonadme y que nadie me malinterprete, pero a esta última serie (que narra la vida de un treintañero friki que vive con sus padres) no le encuentro la gracia, y por Dios que la veo todos los días para buscársela. Pienso que no la entiendo por su marcado carácter vasco, y no tengo nada contra los vascos pero no entiendo su humor. Igual que el de los catalanes, perdonadme otra vez. Que nadie se ofenda, pero será que no me siento identificado: a lo mejor es lo mismo cuando en el resto de España salen Los Morancos disfrazados de Omaíta y diciendo barbaridades. Y ojo, estoy totalmente en contra de pensar que los andaluces sean graciosos de oficio.
Aun así, admiro las virtudes de Qué vida más triste, me parece tan correcta como otras por el estilo que sí me han molado (La tira, Camera Café) y creo que este formato de humor tiene un gran futuro… por lo menos hasta que la audiencia se harte.