Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Herrera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Herrera. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de mayo de 2008

Oda al gin tonic



“El gin tonic ha salvado más vidas y mentes de gente inglesa que todos los doctores del país”
(Sir Winston Churchill)




Hoy un amigo me ha hecho una canallada. Me ha recordado el disco Definitely Maybe (1994) de Oasis, y no he tenido más remedio que ir corriendo a escucharlo. En él me he topado con esa enorme canción que es “Supersonic” (si hubiese estadísticas en las cuerdas vocales como las hay en el iTunes, esta saldría sin lugar a dudas entre mis “25 más cantadas”). En “Supersonic” se dice “I’m feeling supersonic, give me gin and tonic”, qué rima, señores, digna de… ¿Gloria Fuertes? Sospecho que los Oasis precisaban de algo más que de un cóctel de tónica y ginebra para ponerse supersónicos, pero valga el tributo lírico a tan humilde aunque noble bebida.

Menos popular que el ron o el whisky con coca-cola, el gin tonic es un combinado al que me doy cuenta de que se llega con la edad, el entendimiento y la prudencia. En otras palabras, es una bebida de gente con criterio. ¿Para puretas, dirán algunos? Pues llámame pureta y échame en un vaso grande un tercio de ginebra y dos de agua tónica, y ponle una rodajita de limón. Desde que bebo (con moderación siempre, ¿eh?) este néctar, jamás me he sentido mal, lo que no puedo decir con otras bebidas espirituosas. Yo era muy de vodka, llegué a tener una dirección de email que era algo así como “Stolichnaya con naranja” pero vi que mis amigos bebían gin tonic, me decidí a probarlo, y hasta ahora.

Mi marca favorita de ginebra es Tanqueray, muchos creen que es porque la nombra Amy Winehouse en su canción “You Know I’m No Good”, pero lo cierto es que la verdadera razón es que me la recomendó un primo de mi novia en su boda. La Bombay Sapphire tampoco es que esté mal, precisamente (hasta Carlos Herrera le dedicó un artículo en El Semanal), y últimamente exigencias del guión me han hecho probar la Gordon’s. Vilipendiado por ello (curiosamente, por gente que no bebe ginebra), constato que esta barata marca está bastante rica y no deja resaca.


La ginebra debe ser algo así como una medicina, lo sabía Curchill y ahí teníamos a esa Reina Madre británica, conservada en ginebra hasta sus últimos días. He leído también que en la época del Imperio Británico se utilizó como remedio contra la malaria (por la quinina del refresco, supongo), lo cual no dudo; de lo que dudo es de la efectividad de dicho remedio. Yo que soy tan de cosas británicas, he llegado tarde a esta bebida, solo superada en el corazón de los ingleses por la cerveza.

No sé qué glamour tendrá o dejará de tener, yo solo constato su presencia en el mundo de la literatura, la música pop, el cine. Valga el ejemplo de la citada canción de Oasis y otras como “El auténtico gin-tonic” de La Costa Brava o “Mi gin tonic” de Andrés Calamaro. Ahí queda para la posteridad la novela Finalmusik (2007), con ese personaje de la professoressa de Semiótica que lo mismo te mezclaba teorías literarias en un libro que un gin tonic cojonudo en el salón de su casa. ¿Pues no hay hasta alguien que tiene un blog llamado Gin Tonic Dream?

La ginebra puede tener pongamos 47º, pero si la servimos así, con su tónica, su limón y su hielo la cosa se queda en unos 11º, según me he documentado. Amigos, esto es prácticamente un vino. No me extraña que entren tan bien los condenados gin tonics. ¿Qué hay mejor que una buena charla entre amigos, relajada, escuchando disquitos y degustando (he aquí la palabra clave) unos gin tonics? Hombre, si además te sacan un Fotogramas o unos muñequitos G.I. Joe para entretenerte, mejor que mejor.


Ahora que todos los juguetacos de nuestra infancia vuelven a estar de moda, y lo más peregrino se considera cool, voy a acabar con una anécdota. El pasado verano, en el indie-festival ContemPOPránea, vi que los puestos del mercadillo vendían broches consistentes en un click de Playmobil con un imperdible a la espalda. Yo le arranqué a mi botella de Tanqueray su botoncito de plasticurrio ese que trae con la letra “T” como si fuera en lacre y me lo pegué a la camiseta. Pues os juro que más de un moderno me paró para felicitarme: “¡Qué chapa más chula!”, “¡Oh, dónde la has comprado?”. La estulticia humana no tiene límites, amigos; para una muestra de genialidad, sin embargo, véase un gin tonic bien servido.

jueves, 17 de abril de 2008

Por las mañanitas


Yo no sé vosotros, pero a mí me encanta escuchar la radio por las mañanas. Recién levantado, nada termina de despertarme e insuflarme el ánimo necesario como la voz del locutor de turno y las cancioncillas mañaneras. Cada equis meses me aburro de que pongan tanta publicidad en la radio –y tantas desconexiones locales- y opto por escuchar CDs de música, pero no es lo mismo. (Un inciso: ¿os habéis fijado en lo absurda que es la publicidad radiofónica? Laxantes, crecepelos, bebidas alcohólicas… parece el gueto de lo que da vergüencita sacar por la tele).

En mi casa abominaban de esta costumbre mía de poner la radio de buena mañana (igual es que la ponía un pelín muy alta), y aunque admito que algunos locutores marchosos y ciertas canciones de lo que dan ganas es de tirar el transistor por la ventana, en general son necesarias altas dosis de estridencia para que la radio a esas horas pueda cumplir su función, análoga a la del café.

La música de los morning shows es bastante lamentable: suelen ser éxitos de ayer, hoy y siempre pensados para despertarte. Ahí son los campeones Bisbal, M-Clan, David De María, Alejandro Sanz, Papito… o bien The Rasmus, Evanescence, James Blunt y Anastacia. José Antonio Abellán, cuando no está hablando de fútbol en sus programas, tiene la atormentadora costumbre de enfilar proa hacia un artista o canción y repetir todos los puñeteros días hasta en dos o más ocasiones (caso de El Barrio, Madonna o Shakira & Wyclef Jean).

Espantado por este panorama, una temporada emigré a Radio 3 y entonces comprendí por qué la radio a esas horas tiene que ser tan machacona: probad a escuchar post-rock, lo-fi o country alternativo entre las 7 y las 9 a.m. y después me contáis… si seguís despiertos.

Lo verdaderamente grande de la radio matutina son sus locutores, y aquí basculo entre dos polos opuestos: la información y el humor. En el primer campo he escuchado la SER (¡Iñaki, vuelve!), la COPE y Radio Nacional, mientras que en el segundo destacaría a Gomaespuma, el Arús, Abellán y últimamente Atrévete de Cadena Dial. Polos opuestos, información y humor, pero como los extremos siempre se tocan ahí tenemos en medio al gran amalgamador de ambos: Federico Jiménez Losantos.

Empecé a escuchar a Federico el mismo día que a Iñaki: el 11 de marzo del 2004. De ahí para arriba. La verdad es que no aguanté más de media legislatura con las tertulias de la COPE y de la SER, tal era el clima de mala baba y ponzoña que exudaban por igual ambos programas, La mañana y Hoy por hoy. Admito que Federico, con ser más gracioso, es mucho más amigo del insulto y la descalificación que Iñaki y Francino luego. Estos el respeto te lo faltan más sibilinamente, con talante. Una burla al bigote de Aznar por aquí, unos obispos por allá. Federico te lo suelta sin tapujos, como la barbaridad que dijo esta semana sobre la embarazada Ministra de Defensa, de que “no hay que confundir la bomba con el bombo”.

Por eso esta mañana casi me he mareado de la incredulidad cuando he escuchado a Carlos Herrera hablar del gobierno bien y mal, alternativamente, según fuera justo. Llevo unos días desayunándome con Herrera en la Onda (Onda Cero), a instancias de la recomendación de varias personas a quienes considero muy ecuánimes. Y me he encontrado con que este hombre no insulta a nadie (salvo a la ETA) y que da caña al gobierno por sus cagadas en un tema para acto seguido aplaudirlo por sus aciertos en otro. En la España actual, que queréis que os diga, un mirlo blanco (con bigote negro).
 
click here to download hit counter code
free hit counter