Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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lunes, 29 de septiembre de 2008

Concursismo ilustrado


Hubo una época en que ir a participar en un concurso de la tele era signo de poseer cierta cultura. Rectifico: participar en ciertos concursos era signo de cierta cultura. Luego había otros concursos, igualmente divertidos (o más), en los que no hacía falta saber mucho para triunfar, bastaba con poder inflar un montón de globos en un determinado espacio de tiempo, andar descalzo y con los ojos vendados sobre miel llevando dos cubos de agua o comerse un bocadillo de pelos.

Entre los primeros concursos se contaba Cifras y letras, El tiempo es oro o Saber y ganar. Todos se caracterizaban por ser muy difíciles y dar unos premios irrisorios, monetariamente hablando. Entre los del segundo tipo podemos remontarnos a Si lo sé no vengo, El precio justo o el mitiquérrimo Un, dos, tres. Tenían en común que te podías ganar millones, viajazos, coches, e incluso viviendas. Estas cosas han evolucionado, como toda la tele, y no es que vaya yo a hacer aquí la añoranza de los concursos antiguos pero me gustaría constatar algo.

Los concursos de cultura general o habilidad están siendo progresivamente sustituidos por otros donde el azar o la pura suerte cobra cada vez más protagonismo, supongo que es para enmascarar que la gente cada vez tiene menos cultura. De acuerdo, ahora hay más titulados universitarios que nunca, y Zapatero dijo que esta era “la generación de españoles mejor preparada de la historia” (y él nunca miente, ¿verdad?). Lo que ustedes quieran. Mis lectores y yo sabemos que la juventud española está cada vez más zopenca, y eso es así.


Nada tengo contra Silvia Jato, a la que seguía en Pasapalabra, y por eso me gustaba ver ese programilla que le han endilgado este verano en Cuatro, concurso por nombre Fifty-Fifty. Es una versión más fácil de 50x15 (a su vez un concurso de culturilla light). Este es lo mismo, salvo que aquí ya directamente le dan a todo el mundo de entrada el comodín del 50%. Como no quería ser cruel, he esperado a que quitaran el programa para criticarlo pero investigando para este post me doy cuenta de que -de diario- lo han pasado a los sábados. Pues tanto da.

Hablemos de Fifty-Fifty, nuevo reino donde la incultura campa a sus anchas. Se supone que el concurso lo ganan los que más sepan pero en realidad acertar más preguntas de las que te esperas (irte de listo) puede mandarte al garete. O sea, que igual mola fallar e irse de inculto, atentos al dato. Acertar pocas preguntas es pupita pero acertar muchas te puede salir caro, te puedes acabar yendo sin un duro. Uno declara cuántas se cree capacitado para acertar y si se pasa…

Hasta aquí todo medio normal, había programas donde para ganar “bastaba” meter la mano en una caja de alacranes. Pero lo que más me ha fascinado es el tratamiento tan trivialoide que de la cultura se hace en Fifty-Fifty, ni siquiera es “todo vale” sino más bien “me importa una mierda”. Entonces, ¿por qué va usted a un concurso de la tele, oiga? Y la presentadora (doña Jato) no es ajena a este despropósito, más bien lo alienta.


Me han pitado los oídos escuchando decir “Así se las ponían a Felipe II” (en lugar de a Fernando VII), que León Felipe perteneció a la Generación del 27, que Napoleón no se lavaba mucho porque la higiene en la Edad Media estaba fatal (gracias, Rocío por esta)… Acto seguido se califica a Kiko Ledgard (presentador del Un, dos, tres) de “gran genio”. O se dice, como quien no quiere la cosa, que “a Kant lo leímos todos en nuestra infancia”, o que “Hemingway enseñó a fumar en puro a Sara Montiel porque es muy mediático”. Lo mejor/peor que ha soltado por esa boquita madame Jato ha sido que “Lorca no se casó, sino todo lo contrario. ?????????? A lo mejor por eso es que van a abrir la fosa ahora, donde está enterrado.

viernes, 27 de junio de 2008

Typical Scottish


Esta noche soy testigo de la bizarría en grado superlativo. En la segunda cadena de TVE contemplo a un anciano calvo y espasmódico con la camisa mal abrochada y me quieren hacer creer que se trata de Neil Young actuando en el Rock In Rio (in Madrid). Neil, el mismo de Buffalo Springfield. El mismo que aparece en las portaditas de tantos discos que ahora duermen en mi cuarto. Pero no he venido a hablaros de eso.

He venido a preveniros contra un engendro de película que me ha sido dado contemplar esta noche en el cine, y me duele decir esto porque la idea de verla ha sido mía. Soy muy fan de las “comediotas”, que es como mi novia llama a las comedias malas estadounidenses. A mí me gustan todas. Casi siempre versan sobre tema institutero, tema universitario o tema de relaciones. Ha habido en este género gloriosos clásicos como la nunca bien ponderada Juegos de amor en la universidad (1985), El club de los cinco (1985) o Algo pasa con Mary (1998), por poner un ejemplo de cada subgénero.

Otro subgénero que me priva es el de las “pelis con boda”. ¿Cómo estaba ese El padre de la novia (1950, con Spencer Tracy: no la versión del subnormal Steve Martin)? ¿O aquella imborrable Alta sociedad (1956), con Frank Sinatra, Grace Kelly, Bing Crosby y Louis Armstrong? Luego vino la memorable no-boda de El graduado (1967), la de El Padrino II (1972), y ya modernamente Cuatro bodas y un funeral (1994), La boda de mi mejor amigo (1997), Very Bad Things (1998), American Pie 3: Menuda boda (2003) o Mi gran boda griega (2002). Muchas bodas no fallidas acabaron en pupita, como las de La recluta Benjamin (1980) o la de Y entonces llegó ella (2004).

Pero en mis años de devorador de comediotas o de pelis con boda no recuerdo una cosa tan espantosa como esta de La boda de mi novia (Made of Honor, 2008) que he visto esta noche. Protagonizada por el –me cuentan- médico guapete de Anatomía de Grey, la historia es simple. Un mujeriego empedernido, noctámbulo, crápula, adicto al Starbucks y todos los vicios, se vuelve loco por su mejor amiga al enterarse de que esta va a casarse con un escocés, y decide por todos los medios A) reventar la boda y B) (re)conquistarla (por ese orden).


Los fieles lectores de Estatuas Verdes sabéis que nunca escribo de una peli, un libro o un disco para hablar mal de ellos. Si algún producto cultural me parece malo simplemente lo ignoro. Pero he decidido traer este filme o lo que sea aquí esta noche no por sus dudosas cualidades cinematográficas sino por su bochornoso uso de un recurso cómico que aborrezco: el topicazo. ¿Os acordáis de Manolito Royo en el Un, Dos, Tres imitando personajes con acentos regionales andaluz, catalán, gallego…? Pues a eso me refiero. Estas cosas siempre me han dado vergüenza ajena.

Os confesaré que siempre que en la misma habitación coincidimos un mejicano/argentino, otra persona y yo tiemblo de estrés temiendo que en algún momento salte el otro con alguna gracia tipo “che, pibe”, “ándele, manito” o así. No puedo, no puedo, no puedo. Todavía tengo pesadillas por las noches con esas revistas de Telecinco producidas por José Luis Moreno en las que indefectiblemente aparecía un personaje vestido de escocés, con su kilt, su bigote naranja y su gaita, confundiendo “pollo” con “polla” y diciendo inconveniencias mil.

Pues eso, amigos, es lo que ocurre en La boda de mi novia. Para empezar, a algún genio del doblaje se le ocurrió que ya que el novio de la novia es escocés, él y toda su familia (que en la V.O. hablan con acento escocés por oposición al neoyorquino de los demás protas) en la versión española debían hablar koun un aksenchou kei nou deihara dudas dei kei eiran dei Eiscousia. Algo así como le hicieron a la pobrecica Audrey Tautou con el acento franchute en El Código Da Vinci (2006). Y de ahí para arriba.

El resto, una sucesión de tópicos escoceses en la que no he echado ninguno en falta: el monstruo del Lago Ness, confundir Escocia con Inglaterra, decir que comen intestinos de oveja, el whisky, los castillos, las gaitas, los juegos de las Highlands, Robert Burns, el gaélico escocés, las falditas masculinas sin nada debajo, la canción “Scotland the Brave”, el tartán, las palabras “bonny lass” (chica guapa), “aye” () y “bairn” (niño), los apellidos que comienzan por Mc… Ahora que lo pienso no han hecho mención a la proverbial tacañería escocesa. Por el contrario, el joven escocés es rico y pertenece a la nobleza igual que todos los británicos: algo que ya nos enseñaron pelis como Rafi, un rey de peso (1991) o Garfield 2 (2006).

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