Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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miércoles, 22 de octubre de 2008

Anatomismo de Grey


Nunca me han gustado las series de médicos. Lo siento, los médicos cuanto más lejos mejor. Con todo el respeto, desde el año pasado por estas fechas en que tuve un esguince de tobillo y vi (o me vieron) tres médicos diferentes, cada uno con su opinión dispar, creo aún menos en ellos. Tuve un tío abuelo médico, una eminencia, hijo de médicos, padre de médicos, abuelo de médicos… y él siempre decía que el médico, mientras más lejos mejor.

En mi casa siempre escuché decir que ciertas series de médicos en los años setenta habían aumentado a tope las vocaciones de medicina en España, en concreto se citaba a Dr. Gannon, cirujano (Medical Center, 1969-1976) como serie clave facilitadora de este fenómeno. También son ganas. Menos mal que a mí no me ha dado por seguir en la vida real a mis héroes Luke Skywalker, Ignatius J. Reilly, Guillermo de Baskerville o Chris Peterson, aunque es verdad que ahora que me acuerdo, los 80 fueron mucho de niños disfrazados de Superman que se tiraban por las cornisas, creyéndose que sabían volar.

Volviendo a las series de médicos, la verdad es que no me suelen aportar nada, en cuanto a lo que mediquismo se refiere. ¿Enfermedades? ¿Pupita? Con la vida real ya tengo bastante, gracias. Un culebrón te lo tolero en un momento dado, pero una serie de médicos, sus quirófanos, sus 10 miligramos de noséqué, sus urgencias dramáticas… ¡copón, si para mí ir a hacerse una radiografía ya supone un trauma! Pero hay verdaderos fans de esto de las series de médicos, ¿eh?

No desgranaré aquí la nómina de series televisivas de tema sanitario, las conocéis mejor que yo. Hoy solo quería llamar vuestra atención sobre una en concreto que he descubierto hace muy poco y que me tiene fascinado. No es que sea nueva, ni mucho menos, fuera misterio, hablo de Anatomía de Grey (Porerror, con el título del post ya lo sabíamos). Esta serie lleva cinco temporadas, la semana que viene se estrena en España la quinta (en Cuatro). Yo hasta hora nunca jamás la había visto, pero este otoño me he quedado varios días viéndola y la verdad es que es la reoca.


Anatomía de Grey (2005- ) pertenece a esta serie de superseries yanquis de la década del 2000, estilo Perdidos, House, Prison Break y la ya nombrada. Tiene en común con House la temática medical (¿existe esta palabra en español?), pero mientras House la he visto a veces y no la aguanto –otro día diré por qué-, Anatomía de Grey me ha caído en gracia. De la serie apenas hablo porque ya es de sobra conocida: peripecias de una pandilla de médicos aspirantes a cirujano en el Hospital Seattle Grace. ¿“Peripecias”, Porerror? Estarán todo el día operando y aprendiendo medicina, ¿no?

Sí, amigos, aprendiendo medicina y follando. He ahí la clave. Jamás la medicina resultó tan sexy. Hace un par de semanas le dábamos caña a un amigo enfermero, “¿Es cierto que en el mundillo de tu profesión hay tanto movimiento de pelvis como se publicita?” Irrelevante la respuesta de mi amigo: en la ciudad de Seattle, cuna del grunge y del café Starbucks, se ve que sí. Seattle: 226 días nubosos al año, casi todos llueve. Algo tendrán que hacer cuando terminen de trabajar, ¿no? (Mojar, si no quieren mojarse). Pero lo bueno de Anatomía de Grey es que ellos no esperan a terminar el trabajo. Lo mismo echan un casquete en un quirófano que te plantifican unas bragas en un tablón de anuncios del hospital, a modo de trofeo.


El elenco es atractivo: Ellen Pompeo (Meredith Grey, que da nombre a la serie: jueguico de palabras con el clásico manual de anatomía), Kate Walsh, Katherine Heigl, Patrick Dempsey (el médico guapete), Chris O’Donnell… ah, y también sale Sandra Oh, la china de Entre copas (2004). Con la carnicería fictiva propia de las teles ahora cualquiera es el guapo que sabe de temporadas y del orden de los episodios: yo me limito a sentarme delante de la tele los martes con mi cena y a tragarme lo que me echen. Y para colmo la banda sonora es de puta madre: Ben Lee, Rilo Kiley, Tegan & Sara, Snow Patrol, The Postal Service, Duffy, Jim Noir, Peter, Bjorn & John, Feist, Paolo Nutini, y paro ya que nos va a dar jaqueca. Por ponerlo de manera resumida: Melendi no suena en esta serie. ¿Jugamos a los médicos?

viernes, 27 de junio de 2008

Typical Scottish


Esta noche soy testigo de la bizarría en grado superlativo. En la segunda cadena de TVE contemplo a un anciano calvo y espasmódico con la camisa mal abrochada y me quieren hacer creer que se trata de Neil Young actuando en el Rock In Rio (in Madrid). Neil, el mismo de Buffalo Springfield. El mismo que aparece en las portaditas de tantos discos que ahora duermen en mi cuarto. Pero no he venido a hablaros de eso.

He venido a preveniros contra un engendro de película que me ha sido dado contemplar esta noche en el cine, y me duele decir esto porque la idea de verla ha sido mía. Soy muy fan de las “comediotas”, que es como mi novia llama a las comedias malas estadounidenses. A mí me gustan todas. Casi siempre versan sobre tema institutero, tema universitario o tema de relaciones. Ha habido en este género gloriosos clásicos como la nunca bien ponderada Juegos de amor en la universidad (1985), El club de los cinco (1985) o Algo pasa con Mary (1998), por poner un ejemplo de cada subgénero.

Otro subgénero que me priva es el de las “pelis con boda”. ¿Cómo estaba ese El padre de la novia (1950, con Spencer Tracy: no la versión del subnormal Steve Martin)? ¿O aquella imborrable Alta sociedad (1956), con Frank Sinatra, Grace Kelly, Bing Crosby y Louis Armstrong? Luego vino la memorable no-boda de El graduado (1967), la de El Padrino II (1972), y ya modernamente Cuatro bodas y un funeral (1994), La boda de mi mejor amigo (1997), Very Bad Things (1998), American Pie 3: Menuda boda (2003) o Mi gran boda griega (2002). Muchas bodas no fallidas acabaron en pupita, como las de La recluta Benjamin (1980) o la de Y entonces llegó ella (2004).

Pero en mis años de devorador de comediotas o de pelis con boda no recuerdo una cosa tan espantosa como esta de La boda de mi novia (Made of Honor, 2008) que he visto esta noche. Protagonizada por el –me cuentan- médico guapete de Anatomía de Grey, la historia es simple. Un mujeriego empedernido, noctámbulo, crápula, adicto al Starbucks y todos los vicios, se vuelve loco por su mejor amiga al enterarse de que esta va a casarse con un escocés, y decide por todos los medios A) reventar la boda y B) (re)conquistarla (por ese orden).


Los fieles lectores de Estatuas Verdes sabéis que nunca escribo de una peli, un libro o un disco para hablar mal de ellos. Si algún producto cultural me parece malo simplemente lo ignoro. Pero he decidido traer este filme o lo que sea aquí esta noche no por sus dudosas cualidades cinematográficas sino por su bochornoso uso de un recurso cómico que aborrezco: el topicazo. ¿Os acordáis de Manolito Royo en el Un, Dos, Tres imitando personajes con acentos regionales andaluz, catalán, gallego…? Pues a eso me refiero. Estas cosas siempre me han dado vergüenza ajena.

Os confesaré que siempre que en la misma habitación coincidimos un mejicano/argentino, otra persona y yo tiemblo de estrés temiendo que en algún momento salte el otro con alguna gracia tipo “che, pibe”, “ándele, manito” o así. No puedo, no puedo, no puedo. Todavía tengo pesadillas por las noches con esas revistas de Telecinco producidas por José Luis Moreno en las que indefectiblemente aparecía un personaje vestido de escocés, con su kilt, su bigote naranja y su gaita, confundiendo “pollo” con “polla” y diciendo inconveniencias mil.

Pues eso, amigos, es lo que ocurre en La boda de mi novia. Para empezar, a algún genio del doblaje se le ocurrió que ya que el novio de la novia es escocés, él y toda su familia (que en la V.O. hablan con acento escocés por oposición al neoyorquino de los demás protas) en la versión española debían hablar koun un aksenchou kei nou deihara dudas dei kei eiran dei Eiscousia. Algo así como le hicieron a la pobrecica Audrey Tautou con el acento franchute en El Código Da Vinci (2006). Y de ahí para arriba.

El resto, una sucesión de tópicos escoceses en la que no he echado ninguno en falta: el monstruo del Lago Ness, confundir Escocia con Inglaterra, decir que comen intestinos de oveja, el whisky, los castillos, las gaitas, los juegos de las Highlands, Robert Burns, el gaélico escocés, las falditas masculinas sin nada debajo, la canción “Scotland the Brave”, el tartán, las palabras “bonny lass” (chica guapa), “aye” (sí) y “bairn” (niño), los apellidos que comienzan por Mc… Ahora que lo pienso no han hecho mención a la proverbial tacañería escocesa. Por el contrario, el joven escocés es rico y pertenece a la nobleza igual que todos los británicos: algo que ya nos enseñaron pelis como Rafi, un rey de peso (1991) o Garfield 2 (2006).

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