Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Écoute-moi!


Este mediodía alguien me contaba su problema, y –qué queréis que os diga, amigos- me gusta hablar, me encanta hablar, hablo por los codos. Pero creo que por ese defecto no iré al infierno (acaso por otros) porque lo compenso con una cualidad, también sé escuchar. Esto no lo digo yo, que estaría muy feo, sino que es algo que mis amigos me repiten una y otra vez, y por eso me permitirlo traerlo aquí.

Pero no es para hablar sobre mis defectos y virtudes que escribo el post, hoy quería reflexionar sobre la importancia de escuchar a los demás. La verdad es que escuchando se aprende tela, y aunque a los que somos de natural impaciente y parlanchín nos cueste un poco al principio, se pone uno a escuchar y resulta un ejercicio de lo más estimulante. Se lo recomiendo a todo el mundo. Siempre he desconfiado de la gente que no habla, solo escucha: tampoco es eso. En cualquier caso, quería llamar vuestra atención sobre la escucha privada, la empatía ante el interlocutor, saber escuchar.


A lo largo del día oímos muchas cosas, escuchamos algunas menos, pero realmente prestar atención a lo que nos dicen no es solo excitar nuestros oídos con cambios de presión del aire y absurdos impulsos eléctricos, supone un ejercicio mental muy cercano a la empatía, supone hasta cierto punto ponerse en la piel del interlocutor. Y hay gente que no te escucha. Mucha gente. Mi madre dice que son como paraguas, que les resbala todo lo que les digas, y es un símil apto para reflejar una realidad lamentable.

En esto de escuchar a los demás mi referencia es la “Parábola del sembrador” del Evangelio de San Lucas. Ya sabéis, un sembrador fue a un terreno y de todas las semillas que echó una parte fue pisada o se la comieron los pájaros, otra se secó, otra cayó en las zarzas y solo una pequeña parte floreció y dio su fruto. En la vida real no se trata de la Palabra de Dios, sino de lo que una persona le dice a otra: hay veces que le entra por un oído y le sale por otro, hay veces que el escuchante es impermeable a los problemas ajenos, otras veces parece que hay verdadera empatía cuando se trata solo de quedar bien, y las menos ocurre que la persona que escucha se haga cargo realmente del problema y lo haga suyo.


También es que hay gente muy burra que se empeña en hablarle a quien no tiene que hablar, o se busca interlocutores nefastos. Pero si todo marcha bien, si están hablando dos amigos o personas entre las que hay confianza, nada de lo negativo del párrafo anterior tendría que pasar.

Una vez en la carrera hicimos un ejercicio en clase de inglés. Nos ponían por parejas, uno hablaba y contaba dos problemas que le angustiaban, y el otro era instruido para que la primera vez fingiera aburrimiento, se mirara las uñas, bostezara, etc, mientras que la segunda vez mirara fijamente al del problema, asintiera, mostrara una postura alerta, atenta en general. El resultado es inequívoco (y hay estudios científicos): en el primer caso el atribulado se queda hecho polvo, porque siente que no está sirviendo para nada contar su tema, mientras que la segunda vez se sentía realmente comprendido, en conexión con el otro.


Esto ilustra a la perfección lo que os quería hacer pensar hoy, escuchad a los demás, escuchadlos de verdad prestándoles vuestro apoyo porque eso es lo que hay que hacer y porque –de cabrón- a lo mejor sois vosotros los que mañana demandáis un oído amigo. Este mediodía alguien me contaba su problema y yo me daba cuenta de que contarlo no era fácil, que le estaba costando, pero que a la vez le estaba viniendo bien. Luego esta persona me admitió esto último (se lo pregunté expresamente), y es que no hay nada mejor que sentirse escuchados, y por ende comprendidos, por nuestros semejantes.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Mi nueva cátedra: no comprar libros ni discos


Habéis leído bien, amigos, no estáis mareados (a lo mejor yo sí). Pero estoy sobrio y aunque “eso hoy día, señora, no es garantía de nada” (por citar a Oscar Wilde) he meditado bien todo lo que os voy a decir. No comprar libros ni discos, así acaraperro. Una estricta dieta de austeridad es lo que me he autoimpuesto tras un breve pero intenso periodo de reflexión. ¿Motivo? Vayamos por partes.

A lo mejor los que me conocéis bien os habéis flipado con el título del post. Es cierto: un equivalente sería “La nueva cátedra del Papa: no rezar”. O “La nueva cátedra de Elvis Costello: escribir canciones malas”… Veo que ya me pilláis. Si una persona tan consumista como yo anuncia su intención de dejar de comprarse libros y discos, por narices ha de ser por causa de fuerza mayor, puesto que algo tan ajeno a la naturaleza de uno (digamos a la costumbre, para no ser frívolos) no se hace fácilmente ni por gusto.


Para no hacerme moroso lo voy a revelar ya: dejo de comprar libros y discos por un motivo doble, la falta de espacio vital y la voluntad de ahorro. A vosotros no os puedo engañar, sobre todo lo primero. Lo segundo, que también, pienso que podría subsanarse con un poco de cabeza y sentido común, limitando mucho el consumo y el gasto. Pero cada libro o disco que se adquiere ocupa espacio (por citar a Perogrullo) y eso es precisamente lo que me falta.

Ante tan acuciante problema, dos personas muy allegadas me aconsejan, sin saberlo, lo mismo: que deje de comprarme discos y libros a razón de varios por semana. Bueno, que lo deje en plan cold turkey, o sea, de golpe. Casi imposible, pero lo voy consiguiendo. Durante julio y agosto me he comprado poquísimos de ambos, a lo mejor los mismos o más que vosotros, pero os aseguro que ha supuesto una reducción drástica para alguien como yo. Y me ha costado la misma vida, amigos, como si estuviera a dieta.


Confieso que lo de los libros lo estoy llevando peor que lo de los discos, aunque sin duda hubiese apostado que iba a ser al contrario. Mira que los discos se escuchan mientras que los libros muchas veces se quedan ahí en la estantería (ya lo dijo Umberto Eco, libros hay de tres clases: para leerlos enteros, de consulta y otros que se tienen y nunca se leerán). El buen Luis Manuel Ruiz hizo en su blog una interesante reflexión al respecto, que incluía el ya mítico grito de guerra de su compañera de trabajo “De verdad, no entiendo para qué sirve comprar libros; una vez que los lees, ¿qué haces con ellos?”

Ayer, por primera vez desde mis años universitarios, hice algo que según los expertos en sentido común sería muy lógico. Saqué un libro en préstamo de una biblioteca pública. Porque no he dicho que vaya a dejar de leer o escuchar música, ojo. Saqué Los siete locos (1929) de Roberto Arlt, autor al que definitivamente hay que seguirle la pista... pero de un modo barato y que no ocupe espacio. También ayer me empecé Corazón de perro (1925) de Mijail Bulgakov, que tenía comprado desde la Semana Santa. Pequeñas tretas para continuar en la brecha de ahorrador, amigos, y de alguien que quiere poner un poco de orden en su vida.


¿Significa esto que ya nunca jamás vas a volver a comprarte un disco ni un libro en tu miserable vida, Porerror? El Señor lo impida, señora. Esta es una medida sin fecha límite pero esperemos que provisional. Y esperemos también que mi salud mental lo aguante. Y espero a Navidad, ¿a que no sabéis que es lo que voy a pedir este año?

domingo, 29 de agosto de 2010

Pablo Motos: ¿Es el nuevo Milikito? Razone su respuesta.


"Cuando empezó El Hormiguero no había nadie en el mundo que odiara a Pablo Motos más que yo."

(Migue, lector de Estatuas Verdes)




A vosotros no os voy a engañar. La verdad es que después de casi mes y medio sin publicar (que no sin escribir) ando un pelín desentrenado. Voy por tanto a hacer hoy un ejercicio de estilo en una de las funciones comunicativas favoritas de Estatuas Verdes: injuriar. Porque hoy es hoy.

Volviendo a ver esa divertida película que es Hitch (2005) -ligar, ¿eh? nuestro tema favorito (¿y el de quién no?)- reflexiono sobre Will Smith y recuerdo el siguiente titular de prensa:

"Will Smith pulveriza la audiencia en El Hormiguero" (encontrado en diferentes medios con parecida redacción)


Pienso entonces en la conjunción planetaria de buen rollo que tal aparición en tal programa debió suponer. Me niego a ver los vídeos del evento (aunque al parecer también baten récords en YouTube), pero no por odio a Will Smith o a El Hormiguero, sino porque me he prometido a mí mismo no saber nada acerca de esa supuesta peli que están promocionando intitulada The Karate Kid (2010). Efectivamente, amigos: para mí (lo mismo que para vosotros) solo existe un Karate Kid: el que emitió TVE1 el sábado a mediodía ("¿Cuál es el problema, Sr. Lawrence?").



Pero volvamos al tema. Will Smith (rapero buenrrollista-cum-actor comicoide) + su hijo + Pablo Motos + la maquinaria de El Hormiguero = habría que ver el programa con chubasquero, para que no nos salpicara el almíbar. Ya sé lo que estáis pensando, Si no viste el pograma, ¿pa qué hablas? Porque no vi ese programa, no, pero he visto otros muchos cientos.


En realidad, dejé de ver El Hormiguero la noche que entrevistaron a Matt Dallas, el chaval que protagonizaba en Cuatro la serie Kyle XY (2006-2009). "Entrevistaron" ha sido una piadosa forma de decirlo. El día en que desencadenaron a su alrededor un incomprensible (para el invitado) torbellino de ocurrencias, chocarrerías y hormigas de felpa, para descojone de la plantilla del programa y estrés del pobre actor yanqui. Claaaaro. Como el que viene es de fuera, unas hormigas le pueden preguntar por Belén Esteban, él no se enterará de nada y nosotros nos partiremos el pecho. Si es que los americanos son más tontos... ponedme otro Sol y Sombra, Ortega y Pacheco!



A Stallone le hicieron tres cuartos de la même chose, pero a Sly le daba igual, él ponía cara de Rocky Balboa o de John Rambo, no me acuerdo qué andaba promocionando en esos momentos, y con eso lo salvaba todo. El conductor de todo este despropósito no es otro que Pablo Motos, el amigo de los niños. El hombre que sabe reírse de sí mismo (y de Rajoy), el monologuista, qué bien. El inventor del chicle, el adalid del humor blanco, el de los abdominales de plata. El que nos hace distinguir entre culos y codos... ja, ja, jajota.


Al contrario que mucha gente, que no lo soportaba en la radio y en su nueva etapa lo adora, yo admiraba a Pablo Motos cuando lo escuchaba por las mañanas en M80. Era igual de opinativo que Fede Losantos, y te reías igual, pero este tenía más registro. Traía invitados interesantes, hacía volar tu imaginación mientras estudiabas en la biblioteca... Será que me he vuelto más cínico con la edad y la posición social, pero amigos, yo prefería a aquel de la radio que hacía alarde de su enciclopédico conocimiento de pelis guarras, aquel que babeaba por Nuria Roca (nunca comprendí su pose de tía buena, y ahora va de escritora... merecería otro post) y resultaba tan entrañable y tan patético...



Y no ahora, con sus absurdas frases de niños, que cualquier día parece que nos va a contar el chiste del hachazo, deshaciéndose en merengue para hacerles la rosca y promocionar a todos sus invitados, metido a científico o invitando al plató a absurdos combos de percusión. Diguem no, amigos (como dijo Raimon). No me extrañaría que pronto Pablo Motos mutara y nos lo viéramos dirigiendo una orquesta -sería la Orquesta Multicultural del Buen Rollazo, o algo así- o que acabara de directivo de alguna cadena televisiva. Por acabar citando a la chirigota del Yuyu: Temblaaaaaaad!!!

viernes, 27 de agosto de 2010

Mi veraneo "entreguerras"


Explico algunas cosas. Por petición popular, vuelve de sus vacaciones Estatuas Verdes con más fuerza que nunca. Vuelve para comentaros algo que no sabíais (ni yo): está de moda lo "entreguerras". O eso, o yo me he leído 6 libros seguidos ambientados entre 1918-1939 y me he quedado picueto... Puede que sea esto último.

Mire a donde mire, lo "entreguerras" me persigue: esa parla en la prensa de la Bolsa, y de fascismo, exposiciones fotográficas de Robert Capa y Gerda Taro, veo en una peli a Kirsten Dunst disfrazada de Louise Brooks y a Simon Pegg de Béla Lugosi (bueno, vale, de Drácula... ¡dejad de gritarme!). Me doy la vuelta y en el autobús van ocho señoritas dizque de despedida de soltera con un tocado de plumas y collares kilométricos.


En serio. Entre mis lecturas veraniegas ha habido títulos para vomitar, pero no Un diamante tan grande como el Ritz y otros cuentos de F. Scott Fitzgerald, una colección de historias publicadas entre 1920 y 1928. No cesa de fliparme la prosa de Fitzgerald, su ritmo, su "hacer que lo difícil parezca sencillo", su fina ironía como de pasada. Porque escribía con distancia irónica, ¿verdad? ¿O él se creía de verdad que la snob clase alta USA era interesante en esa época (o en cualquier época)? Este hombre escribe tan bien que se le perdona todo, incluso sus aburridas referencias al football americano universitario.

Creía que haberme leído El gran Gatsby (1925) tres veces era currículum suficiente, pero me topo con una pareja amiga que son expertos fitzgeraldianos. Después de una charla con ellos me avergüenzo: ya me está esperando en la mesilla Suave es la noche (1934).



En broma. Resulta reconfortante que todo lo que para Fitzgerald era digno de admiración (los cócteles, las universidades de élite, los bailes, el hotel Ritz-Calton de Nueva York...) es objeto de sátira para el gran P.G. Wodehouse. Desde hoy lo corono como mi escritor cómico favorito (y los ingleses son graciosos, ¿no?). Leo Piccadilly Jim (1918), que me decepciona un poco, pero no porque tenga nada de malo, sino por lo que le falta: esa audacia cómica desprovista de vergüenza para crear personajes y situaciones absurdas y llevarlos hasta el límite. Aun así, es altamente recomendable, ya que contiene el germen del mejor Wodehouse. Leo también Jovencitos con botines (1936), colección de relatos centrados en torno al Drones Club (club de los "zánganos"), y me parto de risa de principio a fin.

Son los señoritos zangolotinos, muchos de los personajes secundarios de sus otros libros, librando disparatadas aventuras en un mundo de alcohol, apuestas, ocio y compromisos matrimoniales. En un mundo no: en el Nueva York y el Londres de entreguerras, delicioso. Detrás me zampo Much Obliged, Jeeves (1971), novela sobre Jeeves y Wooster, con eso queda dicho todo, salvo que también me espera en la mesilla The Mating Season (1949), del mismo autor y personajes.



Algo para todo el mundo. Entre medio, entre la 1ª Guerra Mundial que es Scott Fitzgerald y la 2ª que es Wodehouse, leo La habitación de cristal (2002) de Luis Manuel Ruiz y El juguete rabioso (1926) de Roberto Arlt. Son dos novelas negras, la primera ambientada en la Alemania de 1933 (need I say more?), la segunda en los bajos fondos bonaerenses. Dos excelentes libros de dos excelentes autores que nos recuerdan que en aquellos años de "entreguerras" no todo fueron risas y desaforados brindis con champán.

jueves, 15 de julio de 2010

Consiertaso, che!



“Fue amor”

Si algo he aprendido durante estos tres años de Estatuas Verdes es que
Fito Páez no os interesa lo más mínimo (salvo a un par de lectoras). Si algo me ha ocurrido a mí, es acrecentar mi devoción hacia la música del argentino. Por eso no os quiero infligir un post al uso sobre Fito Páez, entendedlo como un fenómeno: fijaos en lo que escribe un fan.

“Ciudad de pobres corazones”

Me desplazo a
Córdoba para cumplir uno de mis sueños, ver un concierto de Fito Páez. Enmarcado en el “Festival de la Guitarra” (hecho al que Páez se refirió irónicamente, él que es famoso por tocar los teclados) fue un recital en el Gran Teatro, marco de lujo. Todos sentaditos, tranquilos, congregados para escuchar con respeto las perlas del cantante de Rosario. Escoltado por una banda de otros siete músicos (“No hacían falta tantos músicos para el sonido que quiere, se debe gastar un pastón”, me comenta mi acompañante, que es músico) aparece Fito. Traje y corbata blancos, gafas blancas, pelos largos, pose de divo, gestos, zalamerías al público (sobre todo al femenino)… ya nos tiene en el bolsillo.

“Naturaleza sangre”

A los pocos minutos del concierto constato una evidencia, que se ve confirmada. Los únicos del público que se saben todas las letras somos cuatro niñas argentinas de la fila de delante (que se la pasan el recital de pie, captando la atención de Fito) y yo. El repertorio me hace emocionarme más veces (incluso) de lo que esperaba. Siete temas de su último discazo Confiá (2010), digamos que “las buenas” y otros diecisiete clásicos, unos obvios pero otros más rebuscados. Un regalo para sus devotos.


“A rodar mi vida”

Sinceramente, no me sorprendieron “Un vestido y un amor”, “Dar es dar” o “Mariposa Tecknicolor”, lo cual no es decir que no me emocionaran. Pero por poco me da un soponcio cada vez que Fito acomete alguna de mis favoritas inesperadas: “Naturaleza sangre”, “11 y 6”, “Tumbas de la gloria”, “Polaroid de locura ordinaria”, “Llueve sobre mojado” (Gracias, Joaquín!) o “Circo Beat”. Al propio Fito se le nota a gusto, bromea sobre la belleza de las cordobesas y la temperatura de la cerveza en la ciudad. Ironiza sobre su propia pedantería (“Psicodélica star de la mística de los pobres”… ¿qué carajo será eso!) y altera algunas letras para arrancarles sonrisas a los más fieles de entre los presentes.

“La nave espacial”

Impresiona ver con qué naturalidad los temas nuevos se camuflan entre los más antiguos y conocidos. Es porque el disco nuevo es muy bueno. El sonido de la banda es excelente, son los beatles latinoamericanos. Fito canta tan bien como siempre, con sus gallos incluidos. A donde no llega su voz llegan sus gestos de director de orquesta de los Looney Tunes. El público vibra, yo más, él canta, nos levantamos del asiento. No os cuento cuántas veces se me saltaron las lágrimas durante el concierto porque luego me dice la gente que soy muy confesional en el blog.

“Mariposa Tecknicolor”

Con los bises Fito se cambia: camiseta de algodón, jeans, botines, gafas rojas. Cambia el ambiente, cercano al paroxismo. Interpreta “Dar es dar” improvisando estrofas, andando por el escenario, es mesiánico pero accesible. “La verdad es que las letras de este hombre te ayudan en la vida, ¿eh?” –me dice mi acompañante. A mí me han ayudado durante años. Para la última –“Mariposa”- es la locura. Nos acercamos corriendo al pie del escenario, nos saltamos a la torera la prohibición de hacer fotos. Cantamos a un metro de Fito la letra con devoción, como la oración que es. Él refulge de sudor, de satisfacción. La sonrisa no le cabe entre las gafas. Choca manos, saluda, sonríe, presenta a la banda. Los incondicionales le aclamamos. Él nos lo devuelve en canciones.

¿Incomprensible? ¡Pues claro! De eso se trata.

lunes, 12 de julio de 2010

"Voto a Dios que me espanta esta grandeza"


-“Voto a Dios que me espanta esta grandeza.”
(Miguel de Cervantes)




Estatuas Verdes ya lo dijo: que España ganaría el Mundial y que yo aquí fingiría haber estado interesadísimo desde primera hora en su desarrollo. Antes de que empecéis a gritarme: la final la vi, y la sufrí como el que más. Pero, ¿a quién le interesa el fútbol cuando los mejores momentos de esta Copa del Mundo nos los han brindado cuestiones estrictamente extradeportivas? Hubo algo en lo que sí me equivoqué: dije que este Mundial me sudaba el ojjj… porque no era interesante. ¡Qué error, amigos! Todo fuera eso en la vida.

España campeona del mundo… campeona del mundo de bizarría. A eso me apunto. Una lista de temas bizarros alrededor de este Mundial, pensados así a bote pronto, hace que la cabeza me dé vueltas de alegría: el concierto de las vuvuzelas, la controversia del jabulani, el hijo de alquiler de Cristiano Ronaldo (ya avancé hace un año que sería un icono bizarro), la desnudez (o no) de Larissa la paraguaya, el waka-waka de Shakira, el affair Casillas/Sara Carbonero, los petardos de Maradona, las predicciones del pulpo Paul…



Definitivamente, un Mundial muy de bronce verde, if you get my drift. De entre todos estos temas ha habido dos que prefiero, y no es difícil acertarlos. Por un lado, me ha fascinado la presión mediática y la censura sobre la figura de Sara Carbonero, “it girl of the moment”, reportera deportiva extraordinaire y novia del portero de la Selección. Que si su presencia tan cerca del cancerbero suponía una distracción para su juego, que si la chavala iba a palotizar a Íker y me lo iba a distraer… Sara Carbonero hasta en la sopa, las agencias de noticias mandando centenares de imágenes suyas, Rajoy opinando del tema… Confieso que me tentó escribir un post sobre aquello, pero me dio una mezcla de coraje y pereza.

El otro supertema son las predicciones del pulpo Paul, algo que realmente se nos ha ido de las manos. Esta tarde nos hemos merendado con la noticia de su retirada, y menos mal, porque si no la criaturita corría el riesgo de acabar a feira sobre un plato de madera. Entendedme bien, no estoy en contra de que un molusco cefalópodo opine de fútbol, probablemente entenderá más que yo –probablemente no, seguro!- pero me da un poco de miedito que sus vaticinios abran los telediarios… de la BBC.


Y en estas estaba cuando ayer, tras comprobar que la Reina no sabe español (desde el respeto), pedí a los amigos que tuvieron a bien invitarme a ver el partido en su casa que cambiaran de Canal + a Telecinco. Y entonces se obró el mirlo. ¿Te refieres a Camacho zampándose el micrófono? No! A las entrevisticas a pie de campo: Nadal, Plácido Domingo, Capdevila con un cubo en la cabeza… hasta la más morbosa, claro. Íker Casillas. La reportera le cuestiona, él está emocionado, no se atreve a mirarla, se ríe como un mongolo (campeón del mundo y enamorado), hasta que se pone a hacer un catálogo de gente a la que agradece… PELIGRO. Y no la cita a ella. Harto decepcionante, harto discreto: ella, la profesional.


Pero hete aquí que en un momento histórico (que comparo favorablemente en interés sociológico con el gol de Iniesta), Casillas se lanza y le come el boquino a Sara. ¡Qué bonito! Sí señor, amigo, con un par! No haberlo hecho sería una cobardía y una farsa. Ella se queda más picueta que picueta (tenía más que perder). Pero su jefe, el empalagoso JJ Santos sanciona el gesto de cariño: “Así son nuestros jugadores, muy bien”. Si JJ da su consentimiento, ya puede haber boda. De Pedro Salinas a El Canto del Loco, toda la tradición lírica española sobre los besos se me viene entonces a las mientes.

La española cuando besa es que besa de verdad, el futbolista español también. ¡Bien por Íker, el ladrón de besos, mi nuevo ídolo! Llevo una temporada de un romántico que no me aguanto, chavales. Solo me queda una duda… ¿sabrá la boca de Sara a pulpo?

lunes, 5 de julio de 2010

El Dr. Gonzo se saca el DNI (I)

-“Viene sin papeles/ por eso sus carnes duelen.”
(Mártires del Compás)




La juventud me lo había preguntado reiteradas veces. ¿Por qué no escribe Porerror? Cada vez que estoy un tiempo sin hacerlo me veo en la obligación de dar una explicación aquí. ¿Absurdo? Puede, pero ya es un clásico de Estatuas Verdes. Otras veces admito que he mentido y os he contado una milonga o exageración, pero esta vez vaya la cruda verdad por delante, la razón es única. Llevo dos semanas sin hacer un post porque he estado intentando sacarme el carnet de identidad, que algunos llaman DNI.

Interior, día. Un tierno infante de 8 años en clase particular de inglés con su profesora nativa. Habla el niño:

-“Y en Inglaterra… ¿por qué no tenéis carnet de identidad?

-“¿Estás loco, chico? ¿Tener un papel obligatorio con todos nuestros datos para que el estado pueda controlarnos? Un inglés jamás lo aceptaría!”

Acto seguido le pregunté a mi profesora por la mili y al escuchar su respuesta me eché a llorar.

Se objetará que el pasaporte tiene idéntico poder de control, pero con el matiz de que no es obligatorio sacárselo. La falacia –claro está- reside en que el estado británico controla a sus ciudadanos de miles de otras maneras: impuestos, censos, listas de todos los colores, cámaras de CCTV por doquier… Pero aquí en España sacarse el DNI es justo y necesario. Es nuestro deber y… condenación. Como todo lo relacionado con el estado, sacarse el DNI implica: molestias sin límite y un gasto de dinero.


DNI, DNI… solo repetir su nombre, la lengua se detiene oclusivamente tras los dientes para acto seguido dejar salir el aire por las fosas nasales, terminando en una pícara vocal cerrada… DNI: tu nombre me sabe a yerba, al césped artificial que hay delante de la comisaría a cuyas puertas he pasado la noche esperando gozar tus deleites.

En mi corta vida he conocido infinidad de sistemas para ir a obtener tan mágico documento. A saber: ser vecino de un policía que te enchufa y vas allí como un señor y te lo hacen en el momento, pedir turno por correo rellenando complicados –y divertidos- formularios e ir a recoger tu carnet siglos después, pedir cita previa en un teléfono de pago… de entre todos el más edificante es el que consiste en ir a la comisaría temprano “a coger número” y rezar para que te atiendan.

How early is early, amigos? He ahí el quid de la cuestión. Recuerdo haberme presentado en la policía dos horas antes de que abrieran, con un libro, sentarme en la acera y finalmente conseguir ser atendido a media mañana. Pero mi DNI caducó hace pocos días, y la última vez que lo renové (por robo) “solo” hube de llamar a un farragoso teléfono de pago donde obtuve cita a dos semanas vista. En esta ocasión llamo –por dos veces- y me es negada la cita. ¿Misterio? ¿Error de Rubalcaba? Acudo a la web y compruebo el horror, el horror: en toda mi provincia no queda ni una sola cita disponible para DNI de aquí al mes de septiembre.


Acudo a mi comisaría y me advierten: tener el DNI caducado no es la cosa más terrible del mundo, chico. Conmovido, porfío que una solución quiero, a lo que la funcionaria, en tono semiconfidencial, me revela: ¿Conoces la leyenda de la comisaría que atiende sin cita previa? Es a la vieja usanza: vas allí, coges tu número antes de que abran y te lo hacen en el momento. Pero una cosa te digo: vete temprano.

Efectivamente, en el pueblo de Caviar del Río, a media hora de Miciudad, todavía funciona este sistema. Atienden a las 9, dan número a las 8. Me planto allí a las 6 y media. Y me como un mojón de a kilo. [CONTINUARÁ]
 
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