-“Cuando paso por el puente Triana,
contigo vida mía, Triana,
contigo vida mía,
con mirarte solamente, Triana,
me muero de alegría”
(Manuel Pareja Obregón)
Bueno, bueno, bueno! Por petición popular, intervengo en un tema sobre el que a priori no pensaba hablar, pero los últimos acontecimientos me han hecho cambiar de opinión. Voy a hablar (y a opinar) sobre Triana, un conocido barrio de Sevilla sobre el que todo el mundo se siente con derecho a sentar cátedra, cuando pocos son los realmente oriundos de allí.
Será que el otro día la nombraron en Sálvame, pero el caso es que tengo ganitas de parafrasear a Jane Austen, en concreto el comienzo de su novela más famosa, y exclamar que “es una verdad universalmente reconocida que algo que aparece en el telediario de Antena 3 debe ser cierto”. Y el otro día allí se desayunaban con un hecho insólito: al parecer se ha puesto de moda que las parejas pongan candados en los barrotes del puente de Triana, una obra decimonónica de piedra y hierro que es Monumento Nacional. Las parejas ponen estos candados para sellar su amor, ¿motivo?: imitar lo que se hace en Roma en el Puente Milvio.

Esta moda o costumbre se ha generalizado a raíz de su aparición en las novelas del escritor Federico Moccia, si la pareja cierra el candado y tira la llave al río, ese amor nunca se romperá. Pero esto –que sin duda se ha disparado en Roma y otros lugares debido a los libros- no es nuevo. Ya se hacía hace años en el Ponte Vecchio de Florencia, yo lo he visto en farolas y puentes de Nápoles y estoy seguro que Fede Moccia lo sacó de la realidad. Hasta aquí todo bien: una extravagancia con tintes románticos que llama la atención por su popularidad.
La noticia subsidiaria viene cuando esto se hace en Sevilla, esa ciudad que tanto gusta de mirarse el ombligo y que, cual Narciso, corre el riesgo de morir ahogada en su propio ensimismamiento. Sevilla, la muy Noble, la muy Leal, la Ciudad de las Personas, la Ciudad del Deporte, la Ciudad de la Música, la Ciudad de la Movilidad Sostenible… menos mal que para contrarrestar todas estas patochadas del Alcalde existe en la otra orilla del Guadalquivir el barrio de Triana.

Pero hete aquí que los trianeros, antaño marineros, artistas, flamencos, toreros, buscavidas, ahora gente trabajadora pero siempre un poquito heterodoxa, no acaban de ver bien la dichosita costumbre de los candados, se van en este asunto de conservadores. Que si afea el patrimonio… que si es un injurión… que por qué van a tener que arraigar aquí las costumbres italianas… eso lo dicen los mismo que luego van a comer al restaurante San Marco de la calle Betis (un italiano del barrio).
Yo personalmente –como no vivo en Triana ni en Sevilla soy un observador imparcial- no veo dónde está el problema. ¿Sevilla no era la patria de las innovaciones? ¿De los tranvías, del metro, de las setas gigantes? Sinceramente me pregunto: ¿qué daño hacen los jodidos candados? Lo que más me ha chocado ha sido que en Sevilla es proverbial el ojo para el negocio del turismo, y en esto los sevillanos son maestros en inventar tradiciones postizas. A un pavo se le ocurre una tapa de chanquetes fritos, u otro espabilado pergeña mezclar el Seven Up con manzanilla, y ya son tradiciones de toda la vida, mi arma!
Por eso me sorprende tanto la oposición de los autóctonos (que ha salido en prensa, que ha movido al Ayuntamiento a retirar los candados del puente: cuando al Ayuntamiento de Sevilla le suda la polla lo que digan los ciudadanos), pese a que podríamos encontrarnos ante el nacimiento de una nueva “costumbre de toda la vida” en Sevilla. El sector de las ferreterías ya se estaba frotando las manos. Sevilla, la Ciudad del amor (“Y jugar a ser paloma que cruza Triana” –Arturo Pareja Obregón; “Me enamoraré de una niña de Triana” –Siempre Así; “Desde la India a Triana/ desde Triana a Sevilla” –Pata Negra;“El corazón que a Triana va, nunca volverá” –Papito Bosé…)

También me ha chocado un montón –no lo voy a negar- que varios amigos míos nacidos o residentes en Sevilla y Triana se hayan opuesto virulentamente al tema de los candados. Sobre todo porque es gente bastante moderna y progresista en un montón de temas estéticos y culturales. La verdad es que no logro entenderlo. ¿Que se trata de una chorrada? No os quepa la menor duda, pero aún no alcanzo a ver el perjuicio que ocasiona (como para secundar campañas anti-candado en Facebook), mientras que sí veo parte del beneficio: consolidación de Sevilla como destino de turismo romántico, enriquecimiento de las absurdas tradiciones de la ciudad, etc.
Por otra parte, considero positivo el hecho de que, por una vez, en Sevilla se haga algo inspirado por un libro que no sea la Biblia o Carmen de Merimé. Menos mal que tengo otro amigo que sí está a favor, lo veré pronto, y promete llevar candados en la mochila. Yo, ni tengo pareja ni voy a ir a Triana próximamente, pero le pediré que ponga uno en el puente por mí.
contigo vida mía, Triana,
contigo vida mía,
con mirarte solamente, Triana,
me muero de alegría”
(Manuel Pareja Obregón)
Bueno, bueno, bueno! Por petición popular, intervengo en un tema sobre el que a priori no pensaba hablar, pero los últimos acontecimientos me han hecho cambiar de opinión. Voy a hablar (y a opinar) sobre Triana, un conocido barrio de Sevilla sobre el que todo el mundo se siente con derecho a sentar cátedra, cuando pocos son los realmente oriundos de allí.
Será que el otro día la nombraron en Sálvame, pero el caso es que tengo ganitas de parafrasear a Jane Austen, en concreto el comienzo de su novela más famosa, y exclamar que “es una verdad universalmente reconocida que algo que aparece en el telediario de Antena 3 debe ser cierto”. Y el otro día allí se desayunaban con un hecho insólito: al parecer se ha puesto de moda que las parejas pongan candados en los barrotes del puente de Triana, una obra decimonónica de piedra y hierro que es Monumento Nacional. Las parejas ponen estos candados para sellar su amor, ¿motivo?: imitar lo que se hace en Roma en el Puente Milvio.

Esta moda o costumbre se ha generalizado a raíz de su aparición en las novelas del escritor Federico Moccia, si la pareja cierra el candado y tira la llave al río, ese amor nunca se romperá. Pero esto –que sin duda se ha disparado en Roma y otros lugares debido a los libros- no es nuevo. Ya se hacía hace años en el Ponte Vecchio de Florencia, yo lo he visto en farolas y puentes de Nápoles y estoy seguro que Fede Moccia lo sacó de la realidad. Hasta aquí todo bien: una extravagancia con tintes románticos que llama la atención por su popularidad.
La noticia subsidiaria viene cuando esto se hace en Sevilla, esa ciudad que tanto gusta de mirarse el ombligo y que, cual Narciso, corre el riesgo de morir ahogada en su propio ensimismamiento. Sevilla, la muy Noble, la muy Leal, la Ciudad de las Personas, la Ciudad del Deporte, la Ciudad de la Música, la Ciudad de la Movilidad Sostenible… menos mal que para contrarrestar todas estas patochadas del Alcalde existe en la otra orilla del Guadalquivir el barrio de Triana.

Pero hete aquí que los trianeros, antaño marineros, artistas, flamencos, toreros, buscavidas, ahora gente trabajadora pero siempre un poquito heterodoxa, no acaban de ver bien la dichosita costumbre de los candados, se van en este asunto de conservadores. Que si afea el patrimonio… que si es un injurión… que por qué van a tener que arraigar aquí las costumbres italianas… eso lo dicen los mismo que luego van a comer al restaurante San Marco de la calle Betis (un italiano del barrio).
Yo personalmente –como no vivo en Triana ni en Sevilla soy un observador imparcial- no veo dónde está el problema. ¿Sevilla no era la patria de las innovaciones? ¿De los tranvías, del metro, de las setas gigantes? Sinceramente me pregunto: ¿qué daño hacen los jodidos candados? Lo que más me ha chocado ha sido que en Sevilla es proverbial el ojo para el negocio del turismo, y en esto los sevillanos son maestros en inventar tradiciones postizas. A un pavo se le ocurre una tapa de chanquetes fritos, u otro espabilado pergeña mezclar el Seven Up con manzanilla, y ya son tradiciones de toda la vida, mi arma!
Por eso me sorprende tanto la oposición de los autóctonos (que ha salido en prensa, que ha movido al Ayuntamiento a retirar los candados del puente: cuando al Ayuntamiento de Sevilla le suda la polla lo que digan los ciudadanos), pese a que podríamos encontrarnos ante el nacimiento de una nueva “costumbre de toda la vida” en Sevilla. El sector de las ferreterías ya se estaba frotando las manos. Sevilla, la Ciudad del amor (“Y jugar a ser paloma que cruza Triana” –Arturo Pareja Obregón; “Me enamoraré de una niña de Triana” –Siempre Así; “Desde la India a Triana/ desde Triana a Sevilla” –Pata Negra;“El corazón que a Triana va, nunca volverá” –Papito Bosé…)

También me ha chocado un montón –no lo voy a negar- que varios amigos míos nacidos o residentes en Sevilla y Triana se hayan opuesto virulentamente al tema de los candados. Sobre todo porque es gente bastante moderna y progresista en un montón de temas estéticos y culturales. La verdad es que no logro entenderlo. ¿Que se trata de una chorrada? No os quepa la menor duda, pero aún no alcanzo a ver el perjuicio que ocasiona (como para secundar campañas anti-candado en Facebook), mientras que sí veo parte del beneficio: consolidación de Sevilla como destino de turismo romántico, enriquecimiento de las absurdas tradiciones de la ciudad, etc.
Por otra parte, considero positivo el hecho de que, por una vez, en Sevilla se haga algo inspirado por un libro que no sea la Biblia o Carmen de Merimé. Menos mal que tengo otro amigo que sí está a favor, lo veré pronto, y promete llevar candados en la mochila. Yo, ni tengo pareja ni voy a ir a Triana próximamente, pero le pediré que ponga uno en el puente por mí.





