Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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viernes, 9 de enero de 2009

Bienvenido al norte

“Vaya, tenemos dinero para construir embajadas en países donde no las quieren como Francia y, y Francia del Norte, y aquí en América, donde hacen falta, somos demasiado tacaños para construirlas”.
-Chris Peterson



Francia, ¿eh? Habría tanto que decir… yo siempre he sido un gran defensor de nuestro país vecino (rico), tenemos tantísimo que aprender de ellos… Estado centralizado, orgullo nacional, respeto por su lengua y cultura, escuela pública laica de calidad, el paté… No exagero si digo que todo el pensamiento posterior a la Segunda Guerra Mundial está muy teñido de nombres franceses: Roland Barthes, Foucault, Lacan, Derrida, Deleuze, Julia Kristeva o Jean Baudrillard, por poner solo algunos ejemplos. Y además, ellos inventaron la Democracia, ¿no?

Ahora, lo último que nos llega de Francia es una película titulada Bienvenido al norte (2008), una comedia que supuestamente es la gran cosa (la grand chose, vous comprenez). ¿Sus credenciales? Nada menos que ser la película más taquillera del cine francés (con más de 20 millones de entradas vendidas) y la segunda más vista de todos los tiempos, solo detrás de Titanic (1997). Está claro que en Francia ha sido un gran fenómeno, y un éxito en otros muchos países: Estatuas Verdes, por tanto, (siempre un paso por detrás de la actualidad) no podía quedarse ajeno a este acontecimiento cultural europeo.


Centrándonos en la peli en sí, digámoslo ya: es divertidísima y, a mi entender, buenísima. La historia es simple: un funcionario de correos del sur de Francia, cuyo matrimonio está en horas bajas, trata desesperadamente de obtener traslado a un puesto idílico en la Costa Azul. En lugar de eso, se ve enmarronado con un destino en un pequeño pueblo de la región Nord-Pas de Calais, la más septentrional de Francia. Esto no es un spoiler porque supone la premisa de la película. Luego siguen algunos enredos e historietas que no cuento para no reventarlos pero que avanzo que están muy inteligentemente contados, y sobre todo, que resultan muy graciosos.

Esta región Nord-Pas de Calais es el “norte” al que se refiere el título. El título original contiene un juego dialectal ya que es Bienvenue chez les Ch’tis, y es que ch’tis es el sobrenombre de los habitantes de la región, basándose en su manera de pronunciar. La pronunciación y el dialecto son fuentes constantes de comicidad en esta peli, yo he tenido la suerte de verla en francés pero sé demasiado poquito como para apreciar todos los chistes. Así y todo recomiendo verla en V.O. porque queda patente que los peculiares habitantes de Francia del norte “hablan raro”.


El norte, ¿eh? El mero concepto causa pavor a los confiados sureños, porque conjura imágenes estereotípicas de mal tiempo, frío extremo, carácter rudo, gañanismo, incultura, tosquedad y atraso en general (son casi belgas: no os digo nada). Excuso decir que la realidad que el protagonista se encuentra al llegar al “norte” es bien distinta de los prejuicios, aunque no deja de ser bastante peculiar. Como bien he leído en El País, Dany Boon, director, actor y coguionista de Bienvenido al norte, dice que “con unos personajes y unos gags solo no se hace una película: es necesario contar una historia”. En esta peli la hay, bastante bien narrada, y también alguna que otra trama menor a cargo de un elenco de excelentes personajes secundarios.

La peli ha sido un boom desmesurado en Francia, una ida de olla (estadísticamente la ha visto uno de cada tres franceses: salvo que haya frikis como yo que van al cine tres veces a ver la misma). Se trata de un claro caso de hype: ¿es acaso esta peli lo último en cine francés? Ni por asomo, pero sí que es una peli simpatiquísima y muy bien hecha, y me gusta mucho que de vez en cuando haya un éxito del cine europeo en plan The Full Monty (1997), La cena de los idiotas (1998) o Goodbye Lenin (2003).


Otra cosa que ha dicho Dany Boon es que pese a su marcado localismo y particularidades (que si tal región francesa, que si comen pan con queso para desayunar), Bienvenido al norte pretende ser una historia universal de “un hombre al que envían destinado a un sitio en el que no quiere estar”. Y esto, amigos (os lo dice alguien que vive en Cosica), hace que a más de uno se nos caigan dos lagrimones al verla. Aparte de reírnos.

martes, 1 de enero de 2008

Calendarios de peña en bolas


Feliz año nuevo a todos. Como bien nos informó ayer el telediario de Antena 3 (donde se solemniza lo obvio), hoy toca cambiar de calendario. Los hay de muchos tipos: de mesa, de pared, de propaganda que caben en la cartera… yo en mis años buenos los he tenido de los Beatles, de Spin Doctors, de Garbage, de Kylie Monogue, de Oasis… habrá quien los tenga hasta de Anne Geddes o de Winnie the Pooh. En mi casa hay uno del torero Manolete (en 2008 será mediático otra vez: he aquí mi primer vaticinio de año), otro de la Virgen María y hasta uno de un sindicato.

Pero hoy quiero hablaros de unos amiguitos muy especiales que de un tiempo a esta parte inundan las pantallas de televisión y las páginas de los periódicos: los calendarios de peña en bolas. ¿Realmente son necesarios? Allá por el 1997 salió una película muy triste que hizo bastante daño. Me refiero por supuesto a The Full Monty, sobre unos parados del metal de Sheffield que se veían abocados a hacer strip-tease para sacarse un dinerillo. Todo muy digno, y si me apuran hasta penoso, y sin embargo hubo quien vio en esta historia materia para una comedia. Entonces a algún genio debió encendérsele una bombillita en la cabeza. ¿Desnudarse para conseguir algo? ¡Eureka! Y de este modo, multitud de colectivos cuyo trabajo poco o nada tenía que ver con el despelote se lanzaron a la calle a quitarse la ropa y pedir, pedir, pedir. O simplemente a protestar. Y venga colectivos: científicos madrileños, remeros de O Grove, padres de familia divorciados, carteros de no sé dónde… Hasta España llegó un eco de este fenómeno en forma de la película Se buscan fulmontis (1999). ¿Adivinan la trama?

Algún otro genio debió de pensar “¿por qué limitar el bochorno a unos instantes, acaso no captados por ningún medio de grabación audiovisual cuando es posible perpetuar esos desnudos solidarios ad æternum?” A fin de cuentas, los de Full Monty se desnudaban en un bar cerrado, cobraban entrada y realizaban una única actuación. Sin embargo, lo que peta últimamente es hacerse fotos de desnudos (más o menos tapados) e incluirlas en las doce hojas de un calendario.

También de esto hubo peli (Las chicas del calendario, de 2003), y se ha convertido en una moda. Y vuelvo a mi pregunta, ¿realmente son necesarios? Hablo desde el respeto a los que prestan su cuerpo o su imagen para salir en estos calendarios, que son de dos tipos: a) para recaudar fondos para el propio colectivo que aparece en las fotos, b) para fines benéficos, en los que celebridades prestan su imagen. Me parecen muy bien las iniciativas solidarias, de hecho muchos deportistas, famosos, toreros, etc… ya salen en calendarios para asociaciones por ejemplo contra el cáncer o para ayudar a la gente con síndrome de Down. Pero no se desnudan. Y he aquí la clave: ¿por qué hemos de ver desnudos a los bomberos de Bilbao, los colaboradores del programa de Ana Rosa, un grupo de madres de alumnos de una aldea salmantina o las falleras de Valencia?

Alguien hará el chiste de que está muy bien que se desnuden los bomberazos o las azafatas de Ryanair, y yo no me opongo. De toda la vida han existido calendarios sugerentes tipo el de Pirelli, con tremendas jamelgas. Pero salen modelos y actrices de buen ver, y yo, que estoy a favor de la igualdad de oportunidades, desde aquí clamo: que hagan calendarios con Beckham, Brad Pitt o quienes más les gusten a las señoras, pero por favor, ¡no a Belén Esteban o un guardia civil de Alhama de Granada en bolas!

Lo tengo fácil –me dirán- no los compres. Pero es que me los sacan en el telediario y en los magazines, y me ponen las imágenes a la hora de comer. Y os aseguro que algunas de esas fotografías se te clavan en la retina y en el cerebro de un modo tal que después no hay ensayo de Roland Barthes o de Susan Sontag que te las pueda hacer olvidar. ¡Si Neil Sedaka (que cantaba aquello de “Calendar Girl”) levantara la cabeza!
 
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