Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Injuria a la bombona de butano


-“¿Qué delito cometí/ contra vosotros naciendo?”
(Pedro Calderón de la Barca)




“Muerte, muerte, muerte, bombona de butano, muerte!” –Así daría comienzo una hipotética antioda a la bombona de butano que no voy a escribir. La bombona de butano: ¿Error de Dios? Responda y argumente. Hay inventos que han hecho avanzar a la Humanidad, son ideas que han venido para hacernos la vida más fácil. Otros, en cambio, están aquí diríase que para dificultarla. Entre estos cuenta con un lugar egregio la nunca suficientemente denostada bombona o botella de butano.

Famosa es la historia –y sospecho que fraudulenta- del insigne científico británico Sir Isaac Newton, dizque a la sombra de un manzano le cayó un fruto en la mollera y de ahí surgió la idea de la Ley de la Gravitación Universal. Tan increíble como poético, y por tanto, lo apruebo. Otras historias famosas en el ámbito de la ciencia/filosofía: Arquímedes de Siracusa en la bañera diciendo “Eureka!”, Descartes pensando delante de una chimenea…

Otro caso muy famoso de ideeas geniaales nos lo brindó la literatura, con su dichosa magdalenita de Marcel Proust, y su ínclito poder evocador. ¿Y qué decir de esos descubrimientos “casuales”, como los del PVC, la penicilina, el microondas, la sacarina, el LSD o los Rayos-X? Me hubiera gustado ver la cara de todos los responsables de esos inventos/descubrimientos, en el momento de parir aquellas obras. En el momento justo de dar a luz a la criatura, su expresión me la figuro como una mezcla de cara de orgasmo y de la cara que se te queda cuando por fin te das cuenta de que te ha ligado la mayonesa.

Pero antes que todos esos rostros de benefactores de la Humanidad, qué fortunón no daría yo por que me fuera dado contemplar la cara del inventor de la bombona de butano, más que nada para partírsela. Está claro que semejante engendro no puede haber sido fruto de la casualidad o serendipia, sino de la más refinada de las iniquidades. Me lo imagino al andoba ahí, tumbado en una bañera frente a un fuego, que por algún motivo se encuentran debajo de un manzano.


El nota ahí, pegándose una bañazo y pensando a la vez “¿Qué broma les puedo gastar hoy a mis semejantes?” Y eureka, amigos! ¿Por qué no embotellar el gas butano en pesadas e incómodas bombonas que duren poco y que los usuarios se deban encargar de transportar?

No me vengáis con vuestros chistes de butaneros, o de encargos de bombona, ya que os vendré yo con una de las frases favoritas de la Humanidad: “A esa hora estoy trabajando”. Sí, amigos, de buen rollo os diré que el inventor del butano embotellado nos gastó a todos una endiablada y descomunal broma pesada. Él se estaba duchando, con agua calentita, qué duda cabe, y pensó en la risión que supondría que la gente se quedara sin agua a mitad de un duchazo. Preferiblemente si hace 0º grados fuera y se acaban de enjabonar.


Gas Natural ha epitomizado como nadie la odisea del everyman higiénico, esos que como ustedes y yo tenemos la perversa costumbre de asearnos a diario, y estamos mal acostumbrados a hacerlo con agua caliente. “Pues mi abuela tenía que andar cuatrocientos kilómetros a por agua, y se lavaban con una tina que ponían al fuego!” Enhorabuena, señora, pero respóndame a algo: ¿Tengo yo cara de abuela suya? ¿Acaso vivo en el jodido siglo diecinueve? El nunca bien cantado Hombre del Gas Natural (próximamente en su blogosfera) es un referente para tantos de nosotros…

Ayer mismo, para qué remontarme a otras épocas, tuve la inconmensurable fortuna y dicha de experimentar la felicidad de que se me acabara la bombona de butano en medio de mi ducha matinal. Mi mente (y mi cuerpo) no estaban preparados para la inmensa ola de alegría y respeto que me invadió al sentir la purificadora mortaja del agua fría. Ya por la tarde, hube de ir a por una botella nueva, previa entrega de la antigua, que me tocó cargar en mi Toyotita. ¡Oh, albricias! “No nos quedan bombonas”. “Pues pinte una” –fue mi acre respuesta.


Hora y media y un camión de reparto después regresé a la grotesca tienda de bombonas (¿Cómo se llama? ¿Bombonería?). En esta ocasión –gracias sean dadas al hacedor- la afable chica no tuvo cuerpo de negarme el contacto con su rechoncha y anaranjada amiga. “Sírvase usted mismo”. Traducción: “Cargue usted mismo –y meta y saque de su coche para luego entrarla en su casa e instalarla- una jodida bombona de gas de 25 kilogramos. ¿Me dijo usted que estaba apuntado al gimnasio aquí en Cosica, no?”

Ayer mismo, para qué remontarme a otras épocas, tuve esta maravillosa experiencia (y no por primera vez). ¿Para qué remontarme a cuando vivía en el norte de Inglaterra –donde no hace precisamente calor- y podía andar por mi casa en camiseta en diciembre? ¿O a aquella otra época en que, viviendo en Estados Unidos, el agua caliente fluía en invierno cual la leche y la miel en la Tierra Prometida? ¿Para qué, amigos? ¿Para echarme a llorar? Riámonos, pues: no queda otra…

lunes, 2 de noviembre de 2009

500 días juntos: La educación sentimental


-“Lloré cuando ella me dijo: Yo no siento lo mismo.”
(The Beach Boys)





Decían los siempre oportunos Amaral que no quedaban días de verano. Dice Antena 3 que ya no quedan, aunque ayer 1 de noviembre disfrutamos de una temperatura escandalosa en las dos emblemáticas ciudades andaluzas en que estuve. El pasado sábado fui a ver una película a la que venía siguiendo la pista desde el verano, precisamente, por título 500 Days of Summer (2009). Es un juego de palabras en inglés, “500 días de verano” y “500 días de Summer”, siendo Summer el nombre de la chorbi protagonista.

¿De qué va la peli? Su frase de promoción me parece un prodigio. “Chico conoce chica. Chico se enamora. Chica no”. No hay aquí spoiler ninguno, ya que esto es la premisa de la película, que comienza diciendo que NO es una historia de amor. Sí es, empero, una historia sobre el amor, y ahí quería yo llegar. Se trata de una comedia romántica indie, muy edificante y muy educativa, al menos a mí me lo pareció. Claro, las pelis nos educan lo mismo que la tele o los anuncios publicitarios. Y las canciones, parece ser.


Al caracterizar al “chico”, la voz en off de la peli dice “la escucha prolongada de canciones tristes de pop británico hizo que pensara que no sería feliz mientras no encontrara a la persona de su vida”. Al caracterizar a la chica, se nos dice que tenía una actitud diferente frente al amor (en parte debida al divorcio de sus padres): no quería atarse, no buscaba novio, estaba abierta a pasarlo bien y disfrutar.

Luego, inevitablemente, los dos coinciden y comienzan una relación. La peli se llama 500 días juntos, no hay que ser Sherlock Holmes para saber qué es lo que ocurre. Solo os diré que recordéis aquella canción del Sabina que nos cifraba cuánto tiempo se tarda en olvidar a la persona amada. El prota de la peli (Joseph Gordon-Levitt) las pasa putas. La historia está contada desde su punto de vista masculino, pero es un tío sensible, de esos que se emocionan viendo El graduado (1967) y escuchando a The Smiths.


La chica de la peli (Zooey Deschanel, más indie que indie) no llega a putear al mozo, desde primera hora le pone las cosas bastante claritas: no quiero nada serio, no quiero precipitarme. Pero claro, se lo lleva a Ikea, se lo lleva al catre (a contarle su vida, lo de follar ya es por demás), y a mi niño lo confunde, vamos a decir que sin querer. ¿Es ella una malvada y fría zorra, como parece pensar el director de la peli Marc Webb acerca de la ex a la que antidedica 500 días juntos? Queda en nosotros, espectadores, decidir la verdad del caso.

Yo, tras verla y reposarla (en caliente no me atreví a escribir el post porque salí del cine aullando, cantando The Pixies y gritando que era la mejor peli de la Historia de la Humanidad…) pienso que toda esta historia de no-amor es una cuestión de desajuste entre expectativas y realidades. Que él quería otra cosa, que ella quería otra cosa, que Ringo Starr no era el beatle más molón, por mucho que lo diga una comedia indie… Hay un pequeño twist en la trama que no desvelaré, pero que aviva la posibilidad del debate.


Ya sabéis, ¿existe el amor eterno? ¿las almas gemelas? ¿una única persona que nos reserva el destino?... Personalmente, no estoy en condiciones de responder tan profundas cuestiones, corro el riesgo de que me estalle la cabeza (y el corazón). Prefiero centrarme en esta otra duda metafísica del novelista Nick Hornby, muy en la línea de 500 días juntos: “¿Escucho canciones de amor porque estoy triste o es que estoy triste porque escucho canciones de amor?” A veces me pregunto por qué no pondrán en el colegio una asignatura titulada “Educación sentimental”: os aseguro que las hay más inútiles!


sábado, 31 de octubre de 2009

La ciudad y los quietos


-“¡Qué aburrimiento, Dios mío!”
(Escuchado en un café de la zona más cool de Miciudad)




Ahora que hasta la gente de barrio obrero lleva gafas de pasta es un momento interesante –opino- para reflexionar sobre la ciudad. Pienso y observo, observo y pienso, y la primera conclusión a la que llego es que en la ciudad no hay lugar para los quietos. Parado en una esquina diez segundos (no hace falta más) descubre uno que automáticamente se convierte en un obstáculo para el tráfico de peatones.

Hago trampa porque estoy en una calle céntrica, claro, y aquí la gente parece tener más prisa de lo que resultaría bonito. Se aproxima la hora del cierre de las tiendas, pero yo ya he comprado (el último de Quique González y un DVD de Guns N’ Roses) y hete aquí que me encuentro entre las manos casi una hora de tiempo libre que matar hasta quedar con alguien. En inglés se dice “kill time”, me gusta más esta expresión que la de “hacer tiempo”, porque en realidad cuando a uno le sobra ídem no es que haga precisamente nada.

Pero parece que esto la ciudad no lo permite, que contraviene sus reglas. Sus calles y sus viandantes me penalizan severamente por andar despacio, por no ir al ritmo: por pasear. Vacilo un poco y mi torpeza es saludada por la recriminación de las señoras con bolsas de unos grandes almacenes. No puedo pararme aquí, ni siquiera para decidir hacia qué dirección iré. He de tener el camino marcado, fijo, desde antes de salir de casa. Pero no es mi caso, y me voy chocando, y choco, y choco, y choco… hasta que me pierdo entre la gente como un duro antiguo o como aquel videoclip de Richard Ashcroft.


“¡Mamá, que me quedo con Papá, con la Desiré y con la Cristina, que vamos a cenar en el McDonald’s!” Es la banda sonora de Miciudad, esta capital de segunda que es muchísimo más que un pueblo pero que no termina de despegar. Veo a una persona inválida (¿Cómo se dice ahora? ¿“Inválida”? ¿“Minusválida”? ¿“Impedida”?), creo que hoy se dice “discapacitada”, va en una silla de ruedas. Ella tampoco tiene buen encaje en la marcha general de la ciudad, como no lo tuvo mi hermanita, que en paz descanse.

Como un posible antídoto a este trasiego de los frenéticos, me adentro en la parte bohemia de Miciudad: antaño un lodazal de putas y hoy paradigma de lo cool. Es solo un espejismo: el tedio reina aquí como en todas partes, en esta bendita urbe. Sé que ese título le queda grande, pero las luces de neón con pretensiones, los cafés míticos y las heladerías me impiden –como ya dije- llamarla “pueblo”.


Los taxis –que regular y puntualmente van cruzando la gran plaza- se ofrecen como oportunas vías de escape. Podría subirme a uno de ellos, encerrarme pronto en casa a poner discos y soñar, pero es que no: no será esta noche. La tarde-noche y la ciudad hace rato que están exigiendo de mí una prueba de carácter, por lo que decido quedarme. De modo que entro en un café (uno de esos cafés para modernos de Miciudad) y decido ponerme a prueba absurdamente a mí mismo también.

Hasta mí llega una musiquilla dulciamarga, como la tónica a la que estoy entreteniendo: son Arctic Monkeys, The Strokes… los sospechosos habituales. El escenario podría ser propicio para muchas cosas si no fuera porque ahora mismo no me acompaña nadie. Estoy parado, quieto, aquí sentado en esta mesa, la ciudad se desenvuelve a mi alrededor con una lentitud pasmosa para tratarse de una noche de viernes.

Suena otro tema –indie español- y en ese instante me doy cuenta: si en diez minutos no suena mi móvil no tendré más remedio que irme a casa solo, la ciudad me ha derrotado.

jueves, 29 de octubre de 2009

Imperios de helado


-"¿Sabéis quién tiene la culpa? ¡El equipo de la capital del Imperio!"
(Escuchado a un parroquiano de Anécara, en un servicio público)



Wallace Stevens fue un poeta de Pennsylvania, nacido en 1879. Me permito esta introducción wikipédica porque sé que no es un autor muy conocido en España y su nombre a lo mejor no os suena mucho. En los USA, su patria, es un nombre fundamental de la poesía de principios del siglo XX, esas primeras tres o cuatro décadas en que triunfó ese estilo llamado Modernismo (no confundir con el Modernismo nuestro, el de los cisnes y Rubén Darío).

"No tengo vida excepto en la poesía" -dijo Wallace Stevens en uno de sus versos. Una afirmación que, según el también poeta John Burnside, sorprende a primera vista. Stevens -nos dice Burnside- era un hombre de éxito profesional (en el ramo de las aseguradoras), dandy en la vestimenta, con dinero para comprar obras de arte y vinos franceses. Al parecer, la cita hace referencia a que Wallace Stevens también decía "no existir de nueve a seis", en la oficina, y que su vida privada y sus anécdotas poco tendrían que importarnos. No obstante, alguna anécdota puede resultar clarificadora de su carácter, como el hecho de que a los 75 años declinara una oferta para enseñar poesía en Harvard, por no querer alejarse de su compañía de seguros.


Atesoro en Cosica diversos volúmenes de poetas anglosajones adquiridos el pasado año en Londres: este Wallace Stevens, William Carlos Williams, Sigfried Sassoon, , e.e. cummings, Wilfred Owen, Sylvia Plath... Tenía la idea de hacer alguna especie de post titulado por ejemplo "Dos poetas americanos", acerca de Stevens y W. Carlos Williams (otro modernista, otro de esa cuerda), pero veo que pasa el tiempo y no lo hago, así que he decidido acordarme al menos de Wallace Stevens.

Miento -claro- como suelo. Uno no "decide" simplemente estas cosas, más bien es al contrario. El azar hizo que ayer durante una comida de trabajo la conversación casual con un compi recalara en la figura de Wallace Stevens. Mi compañero me informaba de que la obra de Stevens se encuentra perfectamente disponible en España en una edición bilingüe, lo que supone una gratísima noticia para todo el mundo (y desde aquí animo a acercarse a ella). Me hace gracia que me hable de este poeta precisamente este compañero (aunque no me sorprende: también me habla de John Donne, Shakespeare, Andrew Marvell, Thomas Browne, Cyril Connoly o Robert Burton).


Me hace gracia porque en cierto modo me parece que él tampoco existe "de nueve a seis", que desaparece durante su horario de trabajo. A diferencia de Stevens, mi compi sí tiene vida aparte de la literatura, y cuando sale de trabajar resurge con fuerza con toda su vitalidad.

Aparte, hablar de Wallace Stevens mirando a la vía del tren en Cosica, paisaje desolador, me supone una potentísima experiencia estupefaciente. Al acabar la comida, ponemos discos de los Beatles, Led Zeppelin, los Doors. Lo flipamos con "Stairway to Heaven". Pronto pasamos a las drogas duras: Frank Sinatra, Edith Piaf, Ella Fitzgerald, Frank Sinatra... Sinatra, Sinatra, siempre volvemos a Sinatra. Le escucho la frase "this little town blues" , referida a Nueva York, allí en el medio de Cosica y me siento alternativamente bien y mal. Otros compañeros de exilio también la cantan, entonamos juntos: es un momento de comunión precioso, que me recuerda a esa camaradería de El puente sobre el Río Kwai (1957) o La gran evasión (1963).


Por la noche, en la soledad de mi casa releo a Wallace Stevens, sus poemas más señeros: "El muñeco de nieve", "Trece maneras de mirar a un mirlo", "El emperador del helado", "Anatomía de la monotonía", "Lo sublime americano"... Pese a lo lejano en el espacio y el tiempo, hoy encuentro los poemas de Stevens extrañamente cercanos, vigentes, pertinentes. Es el arte de la "ficción suprema" (como llamaba el de Pennsylvania a la poesía). De escribir "las cosas como deberían ser" (definición de poesía de Aristóteles, al que hoy me entero que ya lo han quitado de los planes de estudio de Filosofía). Es el arte de tener vida aparte de la vida, y en eso andamos.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Homenaje a Michael


Uno que va a un hotel, llama al servicio de habitaciones y pide una Coca-Cola. Al otro lado del teléfono, el encargado le espeta: “Lo siento, caballero, no tenemos Coca-Cola. Sólo Pepsi: homenaje a Michael Jackson”. ¿Chiste? ¿Error de Dios? Realidad pura y dura. Y es solamente una cifra del signo de los tiempos. De otra verdad incontrovertible que hoy os sirve Estatuas Verdes, en vaso ancho, con hielo y una rodaja de lima: Michael Jackson vuelve a estar de última moda.

Con Michael me acuesto, con Michael me levanto, la Virgen María y el Espíritu Santo. Estos días es difícil ir al cine y que no te casquen el trailer de la nueva peli-docu póstuma de Michael: This Is It (2009), producto/despojo de las últimas horas artísticas del hombre y del mito, que se ha hecho aprovechando metraje rodado para otra cosa: como si me da por hacer unas
croquetas con recortes de carne sobrante del día anterior. This Is It, exhibición limitada a dos semanas, las entradas llevan vendiéndose con anticipación desde un par de meses antes, claramente para crear morbo.

Estos días puede pasar que vaya uno a cualquier discoteca de pueblo y, entre Alejandro Sanz, los Black Eyed Peas y Katy Perry te cuelen todo un “Thriller” como quien no quiere la cosa. También puede suceder que en las
clases de 1º de ESO los niños se sepan las canciones de Michael de memoria, y hasta exijan a su profesor que les ponga una en clase. Que en un gimnasio un devoto del house lo flipe con el punteo de “Beat It”. Que en las emisoras suenen antiguos éxitos y que los pipiolos de Fama: ¡A bailar! Se contorsionen (dizque bailen) a los sones del otrora niño prodigio de Indiana.


La fama de Michael (que es inmortal) se contrapone según me parece a la moda por Michael, que es efímera, pasajera y coyuntural, relacionado con el culto a los muertos. Esto segundo, claro, avisados lectores, es el objeto de este post, y el objetivo de su chanza. No he seguido -confieso- todo el tema de las exequias de Michael como correspondería a un fan: me suponía demasiado esfuerzo estar al día de tantos detalles escabrosos, que si el médico esto, que si la familia lo otro... y, digámoslo, tampoco me interesaba tanto la persona: solo el personaje y su obra artística.

Pero poco me hubiera extrañado enterarme que -cual
rey de Egipto- Michael Jackson fue enterrado con una máscara de oro y lapislázuli, entre atributos de su vida terrena, ya sabéis, micrófonos, guantes de pedrería y un chimpancé en un vaso canopo... por si le da por ejercer de Superestrella en el Más Allá. Todavía tengo pesadillas con esa estatua gigante de Michael Jackson y su mono Pebbles que hizo Jeff Koons (el ex de Cicciolina) y que se expone en el Museo de Bellas Artes San Francisco, ríase usted de las efigies de Ramsés II, por ejemplo.


Yo mismo confieso que, dejándome arrastrar por esta ola de Michaelismo que nos azota, desde su fallecimiento he adquirido no menos de dos de sus discos, para completar huequinos en su discografía. Llamadme oportunista, pero ahora es un momento tan bueno como cualquier otro para tributarle un homenaje. Tampoco soy de los que opinan que ahora no se va a poder escuchar “Billie Jean” o bailar “Bad” por el simple hecho de que vuelvan a estar de moda. Pero no deja de hacerme gracia esta moditina pasajera, este “flash in the pan”, como dicen los ingleses.

Dentro de un año me gustaría ver dónde quedan estos temas de Michael Jackson que ahora son carne de descargas en La Sexta. Seguramente, otras novelties hayan sustituido a estas canciones en el imaginario de los jóvenes y en el de la mayoría de la gente. Los que siempre fuimos fans de Michael seguramente sí que sigamos escuchándolas. Y de lo que no me cabe duda es de que con la Pepsi lo más que haré será fregar los platos: yo bebo Coca-Cola, no me vaya a salir el pelo ardiendo!!!

lunes, 26 de octubre de 2009

"Sonará en mi boda..."


El siempre chocante Berlusca nos regaló una perla envenenada en forma de frase memorable en su ya clásica: “La mujer es un regalo de Dios para el hombre”. Porerror consultó su frase del día de Berlusconi. Hoy quiero parafrasear al Cavaliere y compartir con vosotros mi último descubrimiento: Guns N’ Roses son un regalo de Dios para la humanidad. Esto, que es una verdad difícilmente rebatible, cae directamente en el ámbito de la fe. La fe mueve montañas, amigos, como reza otro tópico, y la música de Guns N’ Roses mueve mi corazón desde hace años.

El otro día pasé un agradabilísimo rato cantando/destrozando la canción “Don’t Cry (Original)”, y como iba un poco piripi (“¿Tú, trompa?”) pude verme a mí mismo desde fuera disfrutando de lo lindo y sintiendo cómo cada palabra de la letra se me clavaba muy hondo. Viviendo una canción, story of my life, últimamente me encuentro con mucha gente a la que le pasa lo mismo, no tiene que ser rock and roll bueno ni erudito, lo mismo se puede sentir perfectamente con un temazo house de Inna. Y no digamos con la música clásica, por descontado.


También me pasó el otro día que iba a ver entre amigos un DVD con todos los vídeos de Guns N’ Roses y en el momento de ir a ponerlo resultó que la carcasa del DVD estaba vacía. ¡Chascazo! Internet no funcionaba en aquella casa, con lo que YouTube no era una opción, y nos quedamos sin verlos. A falta de materia prima, algunos de los presentes comenzamos a recordar aquellos vídeos, a fantasear con ellos, y evidentemente sacamos a relucir aquel monumentón videofónico que fue el clip de “November Rain”: una aventura épica de casi diez minutos.

Entonces una amiga soltó una frase que me dejó helado, entre bromas y veras, dejó caer: “November Rain sonará en mi boda”. Me pareció la mejor idea desde la invención del pan de molde, la verdad, aunque luego he pensado que a la mayoría de la peña esto le supondría una horterada nupcial solo comparable a la que colgó la semana pasada en su blog Daniel Ruiz García (y que él calificó de “puta carcoma”).

Y entonces llego al verdadero tema de este post, las bodas posibles y las posibles maneras de celebrarlas. En mi cabeza había dos tipos: bodas religiosas y civiles, pero esto de la edad adulta joven le pone a uno en contacto con tantos y tantísimos enlaces que se van viendo cosas muy pero que muy diferentes. Boda civil con o sin convite, bodorrio en iglesia de merengue, hacienda lejana en autobús, hotel céntrico andando (o en taxi por los tacones las señoras…). Mis favoritas, para qué lo voy a negar, son los bodorrios en iglesia de merengue, pero esto es como el ciclismo: son mis favoritas para verlas, no para practicarlas.


Últimamente he hablado con dos amigos (ella y él) que se casan el año que viene: dos personas muy importantes en mi vida, dos bombazos. Uno tiene un concepto de las bodas y el matrimonio diametralmente opuesto de la otra. Uno se casa por el juzgado en restringidísimo comité (ni yo estoy invitado) y la otra se ha buscado la mejor iglesia de la ciudad, donde se casan las Infantas de España. Uno lo va a celebrar en plan fiestón alocado de amistad y la otra en plan convite de catering con baile inaugural, café copa y puro. A los dos los quiero mucho y a los dos acudiré a acompañarlos encantado, cada uno a su estilo.

Mi amiga (la del bodorrio de blanco) me pide consejo para su baile inaugural con el novio. Yo en las bodas he visto de todo: Frank Sinatra, Michael Bublé, Beatles, valses, temas de Disney… Le recomiendo a mi amiga algo de Elvis o Sinatra: lo bastante clásico para las abuelas sin renunciar a la máxima calidad musical, con la ventaja de que todo el mundo puede conocer la canción, si se elige la correcta. Y para mi boda (si es que eso llega alguna vez), no divulguéis el secreto, voy a copiar a la otra amiga que os dije –la de GN’R-, y me voy a ir de rockero. “Don’t Cry (Original)”, amigos, qué delicia! Lo acabo de decidir: sonará en mi boda.

domingo, 25 de octubre de 2009

Formas de hablar: la risión!


“-¿Por qué habla usted así? ¿Acaso es catedrático, o cómico, o se cree que está en la radio?
-No, señora: soy británico.”

(El mundo está loco, loco, loco)





Siempre he sido consciente de que hablando digo muchas tonterías: no es casual. A ver si ahora os creéis que no me doy cuenta. No lo hago por dármelas de gracioso –bien lo sabe Dios- pero es cierto que sé el efecto que causan muchas de las cosas que digo en determinadas personas, que me gusta compartirlo con ellas, reírme y hacerles reír un poquito si puedo. A las muchísimas otras personas que no les hago gracia hablando, les hablo como si fuese catedrático, o cómico, o como si estuviera en la radio.

Teniendo siempre muy presente el decoro, los diferentes contextos y registros, etc, es posible que una misma persona hable de forma muy distinta cuando se encuentra antes muy distintos interlocutores: entorno familiar, laboral, religioso, los amigos… y aún en estas categorías es posible la variación (no hablaré con mis compis de trabajo igual cuando estamos en una reunión formal que cuando estamos de cena los jueves, for instance).

Pero a mí me gusta quebrar un poquito estas reglas, en la extrañeza está lo interesante, y (siempre que no incurra en la falta de respeto o la metedura de pata), sí que me gusta deslizar palabras y expresiones coloquiales en contextos más formales o viceversa: la sonrisa –en muchos casos- está asegurada, y eso es algo que mola bastante.


Sin embargo, que alguien se ría contigo no es sinónimo de que le gustes a ese alguien o de que le caigas bien. Esta es una lección que se aprende en la vida a base de muchos palos, de muchas incongruencias y bochornos. Afortunadamente, la mitad o más de la gente a la que considero amigos están en la misma onda: si no hablan diciendo chorradas al menos no pestañean al escucharlas y compartimos un código común de muletillas, anécdotas, motes para gente, chistes privados, gracietas y palabrario más o menos raroide. Muchos de ellos acaban adoptando mis expresiones, pero lo importante es que yo las mías a mi vez las he sacado (en el 90% de los casos) de otras personas! ¿No es algo maravilloso?

Lo que más ilusión me hace del caso es cuando retomo el contacto o paso tiempo con personas con las que estuve muy unido en el pasado pero que ahora tenemos menos roce, debido a las vueltas que da la vida. Ocurre así que esa gente todavía recuerda las muletillas, chistes o gracietas de aquella época de complicidad común, y los asocian a ti. Entonces despiertan palabras que llevaban dormidas en el cerebro muchísimo tiempo, que cobran vida al volver la relación. Lo artístico del tema es que te vengan con estas palabrejas tan tuyas pero a la vez tan extrañas, porque ¿cómo le digo a esta persona que YO YA NO HABLO ASÍ?


La sangre no llega al río, hay ocasiones en las que uno dice “¿Cómo podía ir yo por la vida diciendo esta cagada?”, pero las más de las veces lo que te entra es cariño y nostalgia buena al recordar –por asociación- la época a la que te retrotraen las olvidadas expresiones. Esto es precisamente lo que me ha pasado últimamente al pasar tiempo con una amiga de la época en que viví en Estados Unidos: allí éramos compañeros de trabajo y de estudios, vecinos de la misma calle y acabamos siendo amigos. Allí salíamos a una docena de carcajadas diarias el día que menos nos reíamos, ante tantísimas situaciones, personajacos y anécdotas como nos tocó torear y vivir.

Entonces, si mi amiga me viene a día de hoy imitando el tono de voz de un profesor de 5º de carrera en el que yo hacía seis años que no pensaba, o me salta con un mote en desuso para un compañero, o simplemente usa una de esas palabras (equivalente a estas de “oro” o “canela” que digo ahora) que ya he dado al olvido, primero me extraño, luego me río y finalmente me entra una ternura extraordinaria. No se trata de vivir en el pasado como el Gran Lebowski (a quien tantas frases debo, casi tantas como a Chris Elliott) ni de añorar otros tiempos con percepción distorsionada, pero el efecto es fascinante, como pueda ser el encontrarse un buen día con una caja de galletas llena de fotos antiguas o con un email correcto y cariñoso de una ex novia.


He pasado el fin de semana hablando como si estuviera en el 2003 y tuviera seis o siete años menos (gracias a Dios, no pensando así), y aunque ha sido una experiencia pintoresca, no volvería a esa época porque ya la doy por cerrada. La buena noticia es que la empatía no acaba aquí: mi amiga y yo seguimos construyendo significado en nuestra relación y no nos limitamos a las batallitas en plan nostalgia. Cada día se crean y se destruyen nuevas expresiones, ocurren anécdotas y se añade en nuestro panteón particular a nuevos “dioses” (como llamábamos entonces a los “personajes”).

Gracias al blog hoy puedo expresarme con total libertad (bien que por escrito) en un lenguaje muy cercano a la forma en que funciona mi mente cuando está pensando. Gracias a estas líneas vosotros lectores entráis en mi cerebro y yo en el vuestro, en lo que constituye un raro placer y privilegio. De vosotros aprendo mucho vía vuestros comentarios, pero ¿a qué vosotros también sacáis de aquí bastantes palabrejas? Y que dure la cosa.
 
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