Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Lo memorable en Scorsese


Leímos ayer que la película El cabo del miedo (1991) cosechó el lunes noche en La Sexta un desastroso resultado de audiencia: menos de un 5%. El dato me sorprende sobre todo porque parece que la peña siempre casca de la mierda que echan por la tele y para una vez que se emite un peliculón, no lo ve nadie. Quizás la solución al enigma sea que esta famosa peli de Scorsese ya la ha visto todo el mundo (claramente es una broma, ved si no lo que pasa cada vez que echan Pretty Woman o Lo que el viento se llevó).

Para bien o para mal, El cabo del miedo ha quedado en nuestro imaginario colectivo por parodias como las de Cruz y Raya o Los Simpson. Aquellas cosas de “Abogadoooo…” y el actor secundario Bob haciendo tríceps dentro de su celda. Echo la vista atrás y hay muchas cosas que recuerdo de las películas de Martin Scorsese, muchas escenas y personajes memorables. Repasando el catálogo me viene a la mente el De Niro tontaco de Malas calles (1973), también de Malas calles la escena de una pelea de bar al son de “Be My Baby” de las Ronettes.


Por no hablar de Taxi Driver (1976), De Niro comprando discos de Kris Kristofferson, posando con su pistola ante el espejo o en el cine guarro con Cybill Shepherd. Pienso en La última tentación de Cristo (1988) y es Jesús con la churra al aire recibiendo una paliza por orden de David Bowie o yaciendo con la Magdalena. Infiltrados (2006): un pavo al que le parten un cuadro en la cabeza mientras suena una de Badfinger. Bandas de Nueva York (2002): la canción de U2 y Daniel Day-Lewis repartiendo jarilla.

Veo Casino (1995) y veo un coche explotando y a los Rolling sonando. Y Sharon Stone. Uno de los nuestros (1990) es Joe Pesci poniéndole los huevos de corbata a Ray Liotta o matando a gente porque le replican. Toro salvaje (1980) es De Niro –otra vez- hablando delante de un espejo –otra vez- o volcándole una mesa a su mujer porque el filete no está a su gusto. De El cabo del miedo ya lo hemos dicho: el asesino fuera de sí (“Abogadoooo….”), su mirada roja deudora de la de Norman Bates. Sobre El último vals (1978) directamente no os digo nada: me viene a la memoria entera, de principio a fin.


La conclusión que saco es que todo lo que me resulta memorable del cine de Scorsese tiene que ver con violencia, sexo o música. También con personajes marginales: tarados, fuera de la ley o ambas cosas (otra vez violencia, en cualquier caso). Y música, mucha música. La conclusión que saco es que lo que me resulta memorable del cine de Scorsese es lo que me interesa o me sorprende.

Como antídoto a mi actual crisis de conciencia mi buena madre me propone ver La edad de la inocencia (1993), con las otrora sex symbols Winona Ryder y Michelle Pfeiffer y el otrora duro Daniel Day-Lewis. Es una película muy del gusto de mi madre (gran aficionada a las adaptaciones literarias de época: Jane Austen, las Brönte, E.M. Forster), absolutamente memorable para ella. Yo la veo y la encuentro correctísima, bien rodada, es la trasposición admirablemente recreada de una novela naturalista del mismo título de Edith Warton.


La peli, como digo, es más que correcta, pero se me antoja que lo mismo la podía haber rodado Martin Scorsese que James Ivory o Alan Smithee. Nada en ella me habla de las señas de identidad de Scorsese, nada se me pega a la memoria, mientras que ya habéis visto: otras veces las escenas y personajes del director italoamericano se han quedado adheridos a mi conciencia cual chicle fresco pisado. A mi madre en cambio le brillan los ojos con solo hablar de La edad de la inocencia: todo le resulta memorable, las vajillas, los trajes, el mobiliario, incluso determinados situaciones y usos sociales. A mí, de todo eso, la verdad es que nada me sorprende o me interesa.

Pienso entonces en las tres o cuatro cosas que hacen que el cine de Scorsese me agarre por los huevos, a) violencia, es inexistente en la peli, como no sea una muy sutil de índole psicológico, b) sexo, creo que la escena más caliente es cuando los protagonistas se cogen de la mano, c) música, ópera de Gounod y valses de Strauss, hardly my cup of tea, como dicen los ingleses. En cuanto a personajes marginales, ahí sí, bingo, pero la marginalidad de la Condesa Olenska es de risa comparada con las de Travis el taxi driver, Max Cady el presidiario filósofo o los mafiosos Tommy De Vito o el boxeador Jake LaMotta.

Recuerdo que J.L. Godard decía que para hacer una peli solo hacía falta tener una pistola y una chica. Ahora os digo yo que para que la peli sea de Scorsese hacen falta además, una bofetada y una buena canción de los Rolling Stones.

martes, 1 de diciembre de 2009

Me roban el abrigo


-“Hay más hijos de puta que botellines.”
(Dicho popular)




Ignorándolo casi todo acerca del Derecho y las leyes (lo único que conozco es el delito de Injurias a la Corona, que tan buenos ratos me hizo pasar durante la carrera, de cachondeo con mi amigo el leguleyo), siempre me creí la leyenda urbana de que en la turbulenta época de “El Oeste” americano (finales del siglo XIX) la posesión de un caballo resultaba tan vital para la supervivencia que el robo de tales animales estaba penado con la muerte.

Supongo que lo mismo sucederá en los países frioleros de la antigua URSS con el tema de las prendas de abrigo, allí donde la temperatura alcanza los -20 grados centígrados en menos que canta un cosaco. Sabido es que durante la Segunda Guerra Mundial hubo más bajas alemanas a causa del frío y enfermedades relacionadas que por la pólvora soviética (otra leyenda urbana que no me pienso parar a comprobar). Desde aquí mi humilde propuesta: traslademos esta pena a los que roban abrigos en Miciudad en noches como la del sábado pasado.


Interior, noche, un joven con barba en unos grandes almacenes.
-“Buenas, vaya poniéndome el abrigo más gordo que tengan!”
-“Caballero, este abrigo es para gente que vive en la Antártida, por lo menos.”
-“Justo ahí es donde yo vivo: vaya envolviéndomelo.”

Nos os cuento cuánto me costó el abriguito para que no os riáis de mí, pero digamos que era de marca, constaba de abrigo externo más forro polar y que se han dado casos de gente que rompió a sudar con sólo verme con él puesto.

El pasado sábado me apresté a salir con mis “amigos de verdad”, aficionados a las tapas y (modernamente) al rap. Yo, que en mi juventud estuve bastante al día de la escena hip hop, recibí con una mezcla de sorpresa y alegría su propuesta de acudir a un lejano polígono industrial a presenciar un concierto de tan afamado y urbano estilo. Concierto de rap en un mugriento polígono: me disfracé de B-boy con un par de camisetas, deportivas, vaqueros y una sudadera de capucha. Dudé si llevarme el abrigo: ¿me lo irían a robar alguno de esos rufianes aficionados al hip hop? Reflexioné que –al menos durante aquella velada- yo era uno más de ellos, y que a unas malas podía costearme el euro que cuesta el guardarropa.


El concierto fue memorable: notables de la escena local más un par de colabos de nombres a nivel nacional, mucho flow, mucho galleo, más de una frase irrisoria y todo el mundo con sudadera de capucha y gorra de béisbol (Cachis! Se me olvidó ese complemento, y tengo media docena…). Ninguno de los jovenzuelos allí presentes, con sus cervezas, sus drogas ilegales, sus movimientos absurdos de cabeza y de manos y sus sospechosos piercings causó ningún problema ni dio el mínimo atisbo de violencia. Al final del evento recogí del guardarropa mi abrigo intacto, como un campeón.

Como señores, cogemos un taxi hasta el “barrio cool” de Miciudad, vamos a un local de fama lésbica en el que lo único que se ven son pósters de Bowie y de Los Ramones. Pinchaba un DJ moña –celebridad local-, que nos deleitó con Pulp, Guns n’ Roses, R.E.M., Nirvana, The Clash, Rolling Stones, Radio Futura… todo a pedir de boca. El baile, la conversación y los gin tonics fluían a un ritmo adecuado. ¿Mi abrigo? Convenientemente apoyado en una mesa contigua, junto al de otras personas, siempre a la vista.

Juro que cada dos minutos le echaba un vistazo, Señoría! Termina la noche, nos cierran el bar, el DJ nos deleita con la última moñada y nos disponemos a marcharnos del local cuando -¡oh disgusto!- me encuentro con que algún desalmado, algún hijo de puta con piel de moderno-hippy de los que abarrotaban el bar me ha robado mi magnífico y querido abrigo. ¿Cómo así? El misterio: me había dado el cambiazo por una puta mierda de abrigo de titiritaña del mismo color y parecidas hechuras (sobre todo a dos metros de distancia, mal iluminado y con varias copas encima).


¡Canta, oh musa, la cólera de Porerror al descubrir que le han picado su abrigo, su segunda piel, el orgullo de Cosica, su Tesoro! Amigo hijo de puta infraser despreciable ladrón de abrigos ajenos, soy contrario a la pena de muerte pero sinceramente deseo que a partir de ahora te pasen cosas muy malas. Con gusto me tatuaría una cruz a la espalda, me pondría a hacer flexiones y dominadas, me peinaría con gomina y me metería en los bajos de tu coche para hacer de tu vida un infierno sobre este mundo. Aunque solo fuera para hacerte pagar por el frío que me hiciste pasar el domingo a las cinco de la mañana.

Ojalá se te seque la sangre y se te vuelvan los miembros de barro, ojalá que mi abrigo (cual el traje negro de Spiderman) se apodere de ti y te haga la vida imposible. Ojalá que al contacto con mi abrigo, tu piel se chamusque, se te caiga a tiras y Grefusa la comercialice como un nuevo snack de cortezas de cerdo en los bares de los institutos. Ojalá no vuelvas a tener una noche tranquila de sueño en toda tu puta vida, y se te aparezca Freddie Kruger y te obligue a cruzar el Polo Sur en bolas y tirando de un trineo. Ojalá te pase todo eso y más, centuplicado, sabandija inmunda, robaabrigos, rata desalmada, hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de seres despreciables. Ojalá.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Tres fotos de familia


Foto #1. La vida me pone por delante una escena despiadada, de esas que uno no querría tener jamás que contemplar. El tema de la instantánea es la Familia, según la misma acepción de la palabra que posibilita que se llamen “de familia” los juzgados donde se cuecen los divorcios. Vemos a un hombre roto, destrozado, el pudor me impide mirar a comprobar si al borde de las lágrimas.

El motivo no es que quiera otro coche o más dinero, ni que su equipo de fúbol no le gane, el motivo es que su ex mujer no le deja ver a sus hijos. Adelante el proceso abrasivo: abogados, jueces, convenios, crujir de dientes. Vemos a un hombre adulto, un profesional, un divorciado, al que al parecer aún le queda bastante que pagar por sus culpas.


Foto #2. Pero yo he visto de cerca el revés de aquella foto, no salgo en ella pero podría decir que la he tomado yo. La foto de una mujer aficionada a las fotos a la que razones inexplicables –o demasiado dolorosas para explicar- le han arrebatado su matrimonio y lo que es peor: su familia, suponíamos que feliz. En la foto salen también sus dos hijos, uno es capaz de valerse por sí mismo, pero arrastra desde entonces una incurable cojera. El otro retoño era el más indefenso del mundo, ese al que nadie jamás querría abandonar.

Quien no sale en la foto es el padre de las criaturas, cuyo contacto con su prole se reducirá a partir de ese momento al mínimo estricto que el juez impone.

Antes pensaba que la Familia era un valor absoluto, un invariante como el sol o la tierra, la lluvia o la Ley de la Gravitación Universal. Antes pensaba que la Familia era lo más verdadero, y esa falla congénita (“A los familiares no se los puede elegir, a los amigos sí”) me parecía una gran virtud más que defecto alguno. Ahora me he dado cuenta de que no es así, de que la Familia es una commodity más en el parqué de nuestra sociedad. Así, constantemente se escriben leyes para regularla, se la define desde los más rocambolescos púlpitos, religiosos y laicos, se hacen espléndidas obras como la peli Familia (1996), que yo pensaba una sátira y resulta que es hiperrealista.


Foto #3. Pese a todo, me he prometido acabar con una nota positiva (no diré “amable” porque amable es como se pone la gente cuando se emborracha). A mi alrededor se suceden frenéticos preparativos para homenajear a una persona de familia, homenaje que se centrará en su faceta profesional pero en el que han de tener un destacado papel los descendientes de esa persona.

Esta foto es antigua, muy antigua, en blanco y negro, fue tomada en el primer tercio del siglo XX. El interés de los descendientes por el homenajeado (que tuvo cuatro hijos varones y cuatro hembras, como se decía antes) es un reflejo del que tuvo en vida este hombre por todos sus familiares, algo que se puede inculcar pero no se puede fingir, y que desde luego, no todas las familias tienen.


Indagando en la vida del homenajeado surge la figura de su padre (la de su madre, es una pena, queda en la sombra, lo mismo que la de su esposa: el signo de los tiempos). Surgen las figuras de sus hermanos, también profesionales de renombre en sus respectivos campos, las de sus hijos, sobrinos y nietos. Creo que sus bisnietos todavía no han llegado a nada. Se puede ver la fuerza de una familia, lo más positivo que podemos encontrar en esta institución, los lazos, el cariño, lo bueno y lo malo también, que nunca se soslaya.

A través de imágenes así –pueden ser fotos, cartas, papeles oficiales, recuerdos- se puede reconstruir una vida al modo en que lo hacen los museos y ciertas biografías. Es necesario agarrarse a estos ejemplos, no ignorar que nos precedieron, si como yo, se quiere continuar mirando a la Familia con algún tipo de esperanza.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Sting: ¿Genio o coñazo?


Me decía el buen Kike hace un par de días cómo era esto de la nostalgia por la patria chica de uno. Él hablaba de lo que supone estar a más de 2.000 km; la distancia es psicológica, las mismas sensaciones nos valen para los que están a 5.000 o a 99. Por aquello de la extrañeza o la desnaturalización, hoy me ha venido a visitar un tal Sting y me ha susurrado al oído las siguientes palabras, que a continuación fielmente transcribo:

“Bebo café y té descafeinados,
me gusta una entera de mollete;
como se puede oír en mi acento cuando hablo,
soy uno de Miciudad en Cosica.
Me veis andando por El Real,
un perro suelto a mi lado,
no se despega de mí:
soy uno de Miciudad en Cosica.”


Bromas aparte, no sé si escuchar al buen Sting es lo idóneo para combatir la nostalgia, pero heme aquí que me encontraba imbuido en estas cavilaciones cuando me ha asaltado una cuestión muchísimo más urgente. Sting, ¿eh? Habría tanto que decir sobre él… Gordon Mathew Thomas Sumner, hizo campaña por el Amazonas, era amigo de Pavarotti, aparecía en mi libro de Lengua de 4º de EGB… los datos interesantes sobre su figura se acumulan y sin embargo la duda que me acucia permanece sin resolver. A día de hoy, que hace un mes que sacó su último disco (algo de lo que no se ha enterado nadie), ¿continúa Sting resultando relevante?

Tal vez la pregunta adecuada sea aún más perentoria: ¿le gusta a alguien Sting hoy? Su personaje ha sufrido un ligero rejuvenecimiento subsumido en la última re-unión del grupo Police, que lo vio nacer musicalmente y le dio la fama. Pero Sting en solitario, antaño una figura respetadísima, a la que Canal + le dedicaba especiales, precursor de Bono en la defensa de causas benéficas absurdas… ¿quién no tenía al menos una cinta cassette de este hombre? ¿Quién tendría huevos de escucharla ahora? La respuesta es servidor de ustedes, para empezar. Este es el punto de partida de mi investigación.


Nos explica la siempre informativa web All Music Guide que Sting tuvo muchísimo éxito de ventas “durante su primera década en solitario”, es decir, entre 1984 y 1994, (precisamente el periodo que cubría su famosísimo recopilatorio Fields of Gold) y que luego simplemente, dejó de vender discos. Es verdad que medio volvió con Brand New Day (1999), esa especie de reinvención que le devolvió fugazmente a los candelabros, a los hits y a los Grammys. Pero no nos engañemos, su cosecha desde entonces (él, que nunca fue un artista prolífico) ha sido más bien magra. Regurgitaciones de sus éxitos en directo, duetos con Craig David, hasta culminar en ese disco de villancicos cultos que sacó hoy hace un mes, con el título robado a Italo Calvino de If On a Winter’s Night…

Estatuas Verdes, siempre en la incorrección política, siempre un paso (o más) detrás de las vanguardias, revela una gran verdad. Pese a toda su pomposidad, su uso espurio de instrumentación jazzística, pese a parecerse cada vez más físicamente a Nek (y no a la inversa, como era en un principio), el que mola es Sting en solitario y no The Police. Seguro, ¿quién no ha cantado en el Singstar alguna vez “Every Breath You Take”? ¿Quién no sabe que “Roxanne” va de una puta? ¿A quién no le gusta esa papilla de reggae blanqueado que dispensaban?


Y sin embargo, tengo que decir que The Police como grupo, su obra en conjunto, me parece a años luz de los auténticos Grandes del Pop, como Beatles, Rolling Stones, Simon & Garfunkel, me atrevería a decir que hasta Queen. Nunca supe ver qué misticismo o qué magia ejercieron en sus legiones de fan (que a mí jamás me alcanzó) para encumbrarlos hasta donde lo han hecho. ¿Cuál era el secreto, que Sting tocaba con tirantes? La respuesta me elude.

Contra todo pronóstico, cuando el buen Sting abandona la frescura que le proporcionaba el formato de una banda de “rock” new wave y se pone trascendente es cuando realmente me empieza a interesar. Solo Elvis Costello en Gran Bretaña ha alcanzado, creo, las cimas literarias que ha alcanzado Sting en sus canciones pop. Sting ha sido un tipo ambicioso, sesudo, se vestía de rey antiguo en los videoclips (que rodaba en blanco y negro, para parecer más cultureta todavía) pero a mi juicio la jugada le ha salido bien artísticamente.


El andoba lo mismo te habla de la alienación de un emigrante (“Englishman in New York”), que de las dictaduras del Cono Sur (“They Dance Alone”), que de la Guerra Fría (“Russians”), que de Dios-sabrá-qué (pero que incluye Jerusalén y unas ruinas: “Mad About You”). Lo mismo te cita a Chaucer que te coge un sampler de Mussorgsky. ¿Quién dijo que el arte postmoderno tenía que ser aburrido? Alguien que no lo conoce, eso seguro.

No es menos cierto que el cambio de siglo no le ha sentado muy bien al provecto Sting, que ha perdido poder mediático (que no prestigio) y que hoy por hoy el tipo es menos relevante que el Partido Carlista. Así y todo, considero que la obra en solitario que ha dejado merece una revisión, por no decir un acercamiento sin prejuicios. No es menos cierto que Sting es un artista que le gustaba a nuestros hermanos mayores –y como nos descuidemos, a nuestros padres- pero así y todo su música libresca y sus intentos por trascender las producciones de pop AOR deben tener un huequito en nuestros corazones (ya que no en el panorama estilístico actual).

Ah, y tranquilos. Que If On a Winter’s Night… ha sido Número 1 en las listas de Polonia!

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Tormenta sobre Alejandría


-“¿Lo creerás, Ariadna? –dijo Teseo. El Minotauro apenas se defendió.”
(Jorge Luis Borges)





Bien sabéis que los médicos me tienen prohibidísimos los libros largos: 200 páginas son la zona del confort, hasta 300 las miro con desconfianza, y más allá solo consumo volúmenes mediante estricta prescripción facultativa. Esta puede venir en forma de excelentes críticas, el estatus de “clásico”, o la recomendación de personas especiales. En el caso que hoy me ocupa se daban dos de tres (el clasicismo le está vedado a un autor vivo, vous comprenez), y por eso me zambullí sin pensármelo dos veces en Tormenta sobre Alejandría (2009), la última novela de Luis Manuel Ruiz, que tiene más de 400 páginas.

Vaya por delante otra advertencia: nunca leo novela histórica. El propio autor puso un disclaimer en su blog contando que no había pretendido hacer “novela histórica” (esa lacra que azota los anaqueles de nuestras librerías), sino una novela de intriga en la historia, esto es, ambientada en la Antigüedad. Me parece razonable, lo primero que se me viene a la cabeza es El nombre de la rosa (1980), que casualmente es mi libro favorito (y eso es decir algo). La novela de Umberto Eco es un referente constante en Tormenta sobre Alejandría. El otro gran referente (al menos moral) es Jorge Luis Borges, con sus cuentitos sobre bibliotecas y sobre laberintos.


¿De qué trata, pues, Tormenta sobre Alejandría? La historia es simple: en la Alejandría de los albores del siglo V d.C., una ciudad rebullente con la consolidación del cristianismo y los sustratos clásicos filosófico y pagano, que formaba parte del problemático Imperio Romano de Oriente, se suceden una serie de crímenes de filiación teológico-libresca. El encargado –a su pesar- de aclararlos es el Duque Demeas, cargo que Luis Manuel Ruiz asemeja más a un detective moderno que a un gobernador militar de la plaza, en una de las muchas licencias que el autor dice haberse tomado.

A partir de aquí se sucede una trama adictiva a la que ningún resumen podrá hacer justicia, aparte de que no tengo ningún interés en desvelar los varios misterios en los que descansa (unos más sorprendentes que otros, que hasta yo pude prever). Si se me permite el símil, la lectura de Tormenta sobre Alejandría resulta igual que montarse en una de esas atracciones tipo montaña rusa acuática: la cosa tarda un ratito en subir y parece que no es nada, pero una vez alcanza la cima no hay vuelta atrás: la caída es adrenalínica, y todo el mundo termina salpicado de gusto.



De igual modo, esta novela tiene tres partes, con la primera tardé en involucrarme (¿defecto mío al no estar acostumbrado a las obras largas?) pero poco a poco la cosa se va animando, y ya el último tercio del libro me resultó tan urgente que me lo leí casi de un tirón. La resolución de Tormenta es altamente satisfactoria, y me atrevería a decir que no deja ni un solo cabo suelto, pese a haber ido sembrando toda la historia de miguitas de pan que corrían el riesgo de quedar olvidadas. Con todo, la trama es meritoria pero la excelencia del libro no reside en ella, sino en su uso del lenguaje.

He oído y leído frecuentes alabanzas a los personajes construidos por Luis Manuel Ruiz para Tormenta sobre Alejandría, y no hay injusticia en ellas. El “óptimo Duque”, un tipo amargado que parece transplantado de la novela negra, la siempre estimulante Clea, esclava nórdica en Egipto, la hipermediática Hipatia, no tan abierta de mente como cabría suponer, el “honorable Lámaco”, anciano inteligente pero repugnante, y toda una galería de secundarios (obispo Cirilo, el director del Museo, el Venerable Hilario) de los que mi favorito ha sido el paniaguado Pólux Poncio, un aprendiz de detective tocahuevos en el mejor sentido de la palabra.


Los personajes, then, canela, pero la medalla de oro se la lleva el estilo, el lenguaje, como ya he dicho. Luis Manuel Ruiz es dado a la frase lapidaria, a la imagen y el símil, a descripciones que otro hubiera hecho naufragar pero de las que él sale victorioso dados su vasta cultura y léxico. En una docena de ocasiones he debido acudir al diccionario de la RAE mientras leía Tormenta, y eso es algo que en mi planeta supone un grandísimo elogio. La voz del narrador de la novela impone un tono entre lo descreído y lo fascinado, y no entro en más cuestiones narratológicas para no revelar ningún secreto.

Doy por hecho que la ambientación histórica (en ese mundo egipcio/griego/romano) es excelente, salvadas las morcillas que el autor ya ha confesado. En realidad da igual siempre que la obra sea buena, como cuando en los tiempos de Shakespeare salía un pavo con un letrero que ponía “Verona” y ya teniámos ambientada Romeo y Julieta. Yo no me voy a meter en si las pibas de esos años llevaban peplo o quitón, o si tal o cual cita corresponde a Crantor el Solense o a Diógenes Laercio. Y sin embargo, el debate intelectual que presta armazón a toda la novela, hace que Tormenta se pueda disfrutar a distintos niveles intelectuales, lo mismo que El nombre de la rosa, que es su modelo. Aquí también hay una bibilioteca (la de Alejandría), libros prohibidos, herejías, discusiones teológicas, asesinatos bizarros...


¿Y Borges? Están el laberinto, la biblioteca, la bibliofilia, la erudición hereje, y un cierto deje en el estilo que, según le dé la luz, tiene regusto al argentino. Ya lo dijo Umberto Eco: “Ciego más biblioteca igual a Borges”. Una última cautela antes de exhortaros a que dejéis lo que estéis haciendo y corráis a comprar Tormenta sobre Alejandría. Sería ridículo no hablar de Ágora (2009) en relación a esta novela, tanto como basar su crítica en una comparación entre ambas. El buen Luis Manuel Ruiz tenía ya la obra pensada y bien empezada cuando supo de la existencia de la peli de Amenábar, en broma comenta que barajó el suicidio y al final optó –filosóficamente- por continuar con su novela que, ni es la vida de Hipatia ni es un panfleto anticristiano.

Pero sale Hipatia, y el autor me perdonará que yo me la imagine como Rachel Weisz en vez de pelirroja como él la pinta. Leed Tormenta sobre Alejandría sin prejuicios, pues no tiene (casi) nada que ver con Ágora, lo mismo que El día más largo (1962) no tiene nada que ver con Soldado Ryan (1998) más allá de cuatro nombres o fechas. Leed esta novela porque en una época en la que hay gente por ahí diciendo que no entiende cómo se compran, leen y atesoran libros viene de putísima madre un loco que te recuerde con tanto estilo por qué lo seguimos haciendo, igual que hace diecisiete siglos.

lunes, 23 de noviembre de 2009

A.D.M.I.N.I.S.T.R.A.T.I.V.O.S.

(El buen Chris Elliott sabrá entender mi plagio como un homenaje…)



“Querido diario:

Sé que no he visitado tus páginas muy asiduamente en los últimos tiempos, de hecho creo que es la primera vez que escribo desde que desenterré aquella lombriz gigante en el jardín a los 15 años. El motivo de que hoy me decida a hacerlo, sin embargo, es que he vuelto a entrar en contacto con ese ente mágico y maravilloso que ha cambiado mi vida y la de tanta gente: la Administración”.

Al igual que hay personas como Chris Peterson o Fran G. Matute que admiran a los Obreros de la Construcción y ansían más que nada entrar a formar parte de su exclusiva hermandad, mis inclinaciones de ratón de biblioteca me llevan a admirar a un grupo profesional mucho más humilde aunque poderoso: los administrativos. Ellos (y no los políticos ni los tertulianos del cuore) son los que, desde la sombra, verdaderamente rigen nuestros destinos. Y si no fijáos cómo en todas las instituciones públicas tienen un despacho propio: la maravillosa Administración o Secretaría.


Si hemos de hacer caso a los tebeos de Astérix (¿y por qué no habíamos de hacerlo?), la burocracia y la Administración son un invento romano para hacernos la vida más fácil. Ya dejó constancia de aquello Astérix con su “casa que enloquece”, verdadero paraíso de pólizas, pliegos, formularios, anexos y solicitudes oficiales. “Oficiales” aquí es la palabra que me excita, amigos. Me pone como una moto. Algo que no sea “oficial” no vale más que un pimiento, da igual que estemos hablando de una Escuela Oficial de Idiomas o del chándal oficial del Recreativo de Huelva.

Mi bendita madre siempre llamó a la sede de la Consejería de Educación “el Castillo de Irás y no Volverás”… ella y su afición por los cuentos infantiles, que con tanto mimo supo inculcarme. Pero la Administración no está aquí para cuentitos, ni para sandez alguna: solo se ocupa de las cosas serias. Sabedores de esto, mis dos progenitores me curtieron desde infante en una especie de agogé burocrática, haciéndome acudir solito a las colas de las ventanillas, rellenar impresos e interpretar documentos oficiales (algo que no les agradeceré lo bastante, porque en estas colas se conoce a gente interesantísima: una vez me topé con Alfonso Guerra).


Así, matricularse de algo, pedir un certificado, solicitar becas, rellenar el censo, qué placeres, amigos. Siempre lo he hecho con alegría, pero siempre una pena ha ensombrecido mi rostro: lo hacía como un amateur. A mi lado veía, orgullosos, a esos campeones del papeleo, auténticos profesionales, a esos aurigas de las oficinas que son, han sido y serán los administrativos. Con qué gracia sellan un expediente, con qué donaire te deniegan un permiso. Y lo hacen como los profesionales que son, lo mismo que los médicos, profesores o jueces: sin implicarse emocionalmente en el caso que traen entre manos.

¿Qué puede dar más alegría y fortalecer más el espíritu que ver a un administrativo o administrativa riñendo a alguien por teléfono para acto seguido (y sin solución de continuidad), lanzarle un rapapolvo a la persona que tienen esperando en la ventanilla porque resulta que se le ha olvidado compulsar tal o cual fotocopismo? No me malentendáis, amigos, los administrativos no son malos, ni todos son tiranuelos. En mi vasta (y basta) experiencia con ellos los he clasificado en dos grandes tipos: a) Administrativos de almendra y b) Administrativos de chocolate Suchard.


Los del tipo a) son los más duros, los más tenaces, los que te hablan riñéndote como ese padre déspota y borracho que nunca tuviste. Aquí debo decir –que me perdone Bibiana- que en esta categoría ganan por goleada las mujeres, ya que los hombres, cuando son administrativos de almendra, suelen decantarse más por el pasotismo y la ignorancia al usuario como formas de maltrato.

Los del tipo b) son más dulces y blandos, pero también crujen, faltaría más. Estos te riñen y afean tu conducta administrativa igualmente pero le saben dar otro toque, no sé, más didáctico, y es por tu propio bien. “Ay, ay! Cómo se te ocurre presentarte aquí sin un sello del Registro de Salida, ¿no ves?” También hay que decir que los administrativos de este tipo son los únicos de los que se tiene constancia de que le hayan solucionado algo al usuario en la Historia de la Humanidad.


De entre sus muchas habilidades arcanas (grapar, compulsar, reñir, denegar cosas, desayunar) la que yo más admiro con diferencia es la de Leer Boletines. Si la vida fuera un juego de rol, ellos en Leer Boletines tendrían 18 dados de seis caras, permítaseme la frikada. Hace años, una administrativa jubilada me confirmaba que leer el BOE o el BOJA era una habilidad superespecial de élite que les enseñaban, y que había que realizarla siempre con un subrayador fosforescente en la mano.

Servidor, pese al entrenamiento de décadas al que hice referencia seis párrafos más arriba, siempre que tiene que leer uno de esos boletines enormes se encuentra con el mismo problema: más le valiera leer en el original un texto de Gonzalo de Berceo, o qué cojones, del Poeta de Deor (un anónimo anglosajón del siglo X). Más iba a entender. Los administrativos no, ellos leen (por ejemplo) que unos rinocerontes están realizando en la Luna chanchullos con ajo de Corea y enseguida comprenden que se trata de que una cuadrilla de fontaneros está intentando timar a tu familia. Yo leo “La Ley X/XXXX de 16 de marzo dispone en su disposición adicional sexta que…” y así llevo todo el día tratando de desentrañar semejantes misterios. Mañana os cuento.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Vive como quieras: Otra peli como las de antes


-“¡Bonito país sería este si todos dedicásemos nuestro tiempo a ir al zoológico y a tocar la armónica!”
(A.P. Kirby, Vive como quieras)




Se pregunta el buen Xabipop en su blog si 1939 fue el año de oro del cine. Personalmente lo dudo, ya que en 1939 precisamente John Ford perpetraba ese crimen contra la humanidad que algunos llaman La diligencia. Pero un año antes, un cineasta de los buenos, un tal Frank Capra, un siciliano, dejó rodada una obra maestra de la comedia amable como solo él las sabía facturar. Estoy hablando de Vive como quieras (1938), en inglés You Can’t Take It With You (No te lo puedes llevar). ¿Y qué es lo que no te puedes llevar? Pues el dinero al Otro Barrio. De ahí p’arriba.

Son esas comedias anticapitalistas que tan bien hechas están y que hoy día nos parecen casi de ciencia-ficción. Me encanta la comedia, y a veces se me olvida de que no es un invento moderno. Me sucedió una noche viendo Sucedió una noche (1934) –otra de Capra-, que me dejó sin aliento. Vive como quieras es casi tan buena, y tan feelgood que no entiendo por qué no la emiten también en Navidad junto a Qué bello es vivir (1946) –otra de Capra-. Os he engañado un poco, porque en 1939 Capra también rodó una obra maestra: Caballero sin espada. En los años 40, el buen Frank Capra hizo his bit por la causa Aliada rodando documentales de guerra, pero Vive como quieras pertenece a otra época, casi a otro planeta.


A ese planeta “inocente” de entreguerras en el que los USA eran un gran país de 48 estados, cuya marina no pegaba un tiro desde la Guerra de Cuba, donde los rusos todavía se veían como “buenos”, y estaba guay burlarse de los “ismos” (comunismo, fascismo, vudú-ismo, según Capra), un país tan democrático que se burlaba de los árboles de familia, y donde la fotosíntesis era todavía un misterio. Desgraciadamente, también había mucho espacio para el racismo y el machismo, pero, según Hollywood los hombres más odiados de América debían ser los magnates: los Rockefeller, Rotschild, Frick, Morgan, Ford…

Después de todo, el capitalismo salvaje había traído una crisis financiera e industrial con grandes tasas de paro y gente saltando por las ventanas (no sé si os suena de algo), y todo ¿por qué? Según Frank Capra, porque no se sabían divertir. O en el idioma de Estatuas Verdes, porque no tenían alma. Frente al Capital malvado está el embelesamiento de las “artes liberales”: la pintura, la música, la danza, la literatura, la pirotecnia. Vive como quieras, la peli entera, está cifrada en una escena memorable. El Sr. Poppins, contable con alma de juguetero, comienza haciendo odiosas sumas (no ha cometido un error en 20 años) cuando es distraído por el Abuelo Vanderhof, empresario que un día dejó la banca para dedicarse a coleccionar sellos.


Se ponen a hablar y Poppins acaba yéndose a casa de Vanderhof a hacer juguetes, se convierte en un “lirio del campo” (es la frase bíblica que usan), dándole la espalda a la ruda firma inmobiliaria donde le gritan y no lo valoran como persona. “You can’t take it with you”: da igual el dinero que tengas, porque no te lo vas a poder llevar. Y sin embargo el cariño y la amistad sincera (no motivados por la pasta) sí son valores verdaderos para Capra y su elenco.

No he dicho hasta ahora de qué va la peli, y a lo mejor no la conocíais. La historia es simple: un magnate-tiburón necesita para cerrar un negocio comprar una casa propiedad de una familia de chiflados y que es un refugio para todo el que quiere pasarlo bien y hacer lo que le viene en gana. La cosa se complica cuando el hijo del magnate (que es bueno y pretende estudiar la fotosíntesis) se enamora de la nieta de la familia chiflada, que es su secretaria. Romeo y Julieta tras la crisis del ’29.


Es divertido darse cuenta de que toda esta farra anticapitalista nos la esté sirviendo la Columbia Pictures Corporation para sacar dinero, existe la tentación del cinismo, pero también hay que recordar que en 1938 Vive como quieras se llevó dos Oscars (mejor peli y mejor director), y que, palmarés aparte, se trata de un producto de la máxima calidad. Siempre se ha dicho que la clave de la comedia es la temporalización, el cronómetro, y hay dos escenas de libro de texto en esta película. Una es entre los dos tortolitos en un parque, cuando ambos hablan de su amor, y él le habla a ella de la fotosíntesis, y aparecen unos chiquitines que les enseñan a bailar a cambio de una moneda. Delicioso. Pero la escena del millón de dólares es una en la casa de locos, cuando van a conocerse las dos familias (la de los ricos y la de los pasotas) y aquello acaba como el rosario de la aurora.

Toda mi vida he oído nombrar Vive como quieras como un reflejo de mi familia materna, que con sus defectos y virtudes (y excentricidades) ha buscado siempre la felicidad, lo cual admiro y he aprendido. Pero mi familia no son “lirios del campo”, también me han inculcado tener un pie en la tierra. Lo que me turba un poquito de la filosofía que preside esta peli es toda esa obsesión por “pasarlo bien” y “hacer lo que te apetezca” a toda costa. Eso mola mogollón, y en ciertos momentos diríase que es lo que guía mi vida pero, como escuché una vez en otra peli, “sin dinero no hay pequeñas cosas”. Así que toquemos la armónica, vayamos al zoo, y si eso, entre medio cumplamos también con nuestras obligaciones, por favor.
 
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