Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

martes, 25 de enero de 2011

Replanteamiento del Canon Oro 2010


-"El caldo en caliente, la injuria en frío."
(Refrán español)




Bueno, bueno, bueno! Siempre que se replantea el Canon Pupita ya sabéis que más tarde llega el Canon Oro. Ha habido una encuesta y -como siempre- habéis votado para hacer daño. Pero estoy contento, porque juro que esta vez estaba dispuesto a acatar el dictamen de la mayoría y encaramar como Oro al personaje que prefiriéseis y ha salido el que yo quería. Y prometo que no he hecho trampa. Aunque sospecho, también os lo digo, que ha habido alguien que ha votado en masse, porque uno de los candidatos llevó todo el tiempo la delantera y de un día para otro el ganador sumó siete votos nuevos.

Así es Estatuas Verdes, amigos: todo muy sospechoso y de dudodsa catadura. Solo una persona ha votado a Judd Apatow, autor, guionista y productor de desternillantes películas (salvo la última, Hazme reír, 2009), cuya factoría del humor promete hacernos pasar inolvidables momentos en este 2011 (con gente desnuda, gente fumando porros o chistes sobre penes: como él suele).


El segundo con menos votos ha sido Elvis Costello, antaño el Personaje más Oro de todos, el inamovible. Pero torres más altas han caído, y por el momento coincido con vosotros: Costello no merece aún la rehabilitación en este blog, hace falta que saque un disco de pop-rock. Lo estamos deseando. Carlos Herrera estaba destinado a ascender a este Parnaso, su voz nos acompaña cada mañana y aunque es verdad que está ensoberbecido, no deja de ser un tío que llama al pan pan y al vino vino (sobre todo eso, dada su proverbial penchant por la gastronomía...)

Además Carlos Herrera sé que irrita a muchos de los lectores de este blog, lo que nunca deja de ser un plus a tener en cuenta. Pero quien ha ganado es Paul Simon: el ruiseñor de Central Park, el amigo de Chevy Chase, "un señor muy bajito" (según una querida lectora). Ah, pero qué talla tiene como cantautor! Su producción durante 5 décadas no deja de asombrarme, una y otra vez revisito clásicos de su dúo con Garfunkel o la etapa en solitario y cada vez llego a la conclusión de que sus letras son las mejores de la Era Rock después de las de Dylan (donde pone "mejores" léase "más literarias").


Paul Simon no está de moda por ningún motivo, lo que lo hace el candidato idóneo a Personaje Oro, que ya lo es. Y quién no lo es ya, pray? Chiquito de la Calzada es in-to-ca-ble. INTOCABLE. Y máxime esta semana, que estoy revisando su escueta bien que brillante filmografía. Arrabal es un valor seguro, un candidato que aplaca las ansias de calado intelectual que mis lectores más culturetas proyectan sobre Estatuas Verdes. A Meryl Streep la mantengo, mientras no se demuestre lo contrario, y además que recientemente tuve la oportunidad de ver Kramer contra Kramer (1979), por la que ganó un merecido Oscar, y me reitero en que es una grandiosísima actriz.

David Trueba está muy callado, a excepción de su serie sobre Jorge Sanz, que no he podido ver. Le tocaría ya ir sacando otro libro. Pero el que ha caído en desgracia es Joaquín Reyes. Su apuesta en Neox, Museo Coconut (2010- ), no ha molado nada para Estatuas Verdes, me parece que la peli de Mr. Bean tenía más arte (la primera, claro): valga el juego de palabras burdo. Así que out with Reyes and in with Simon. Es el círculo de la vida, amigos. Oro!

jueves, 20 de enero de 2011

El diablo en el siglo XXI


-“El bolsillo manda.”
(Matías Prats, en el telediario de esta noche)





Interior, día. Un joven de 21 años acude a clases de Derecho del Trabajo como oyente, para culturizarse. (Y porque el profesor es un espectáculo de ver y escuchar, también hay que admitirlo.) Allí se da de bruces con una cruda revelación, à un moment donné el profesor suelta la siguiente perla: “El sexo y el dinero mueven el mundo.” Impactado, el joven no ha dejado de darle vueltas a tamaña barbaridad, al principio se rebelaba, estudió, leyó, leyó más, viajó, trabajó en varios países, trató con personas, se hizo un ciudadano respetable y con el paso del tiempo no pudo sino darle la razón al profesor.

Turbado (la verdad es que le da coraje que esto sea así, dónde quedan los sentimientos nobles, las altas motivaciones?, dónde los desprendidos y la gente que hacía cosas por ideales?), se lo comenta a la buena Cuidadora, quien le dice “Para ese viaje no hacían falta esas alforjas, ya podías haberlo aprendido desde que en BUP leíste al Arcipreste de Hita.” Cuánta verdad se encierra en el Libro de buen amor del buen arcipreste!


Aristóteles dijo, y es cosa verdadera,

que el hombre por dos cosas trabaja: la primera,
por el sustentamiento, y la segunda era
por conseguir unión con hembra placentera.


Del sexo hablaremos otro día (o no), pero del dinero… la verdad es que tantas y tantas noticias económicas me tocan la polla. Seguridad Social, Primas de riesgo, hipotecas subprime, riesgo-país, bonos, Monsieur Trichet… yo, que no entiendo, de esto solo saco en claro que me han bajado el sueldo, que la gasolina está más cara que nunca (y eso que el petróleo no), que parece que el Estado no tiene dinerito para las pensiones… De entre todos estos males de índole económico que nos acucian, ninguno me fascina tanto como el mal en estado puro: los Mer-ca-dos. (Uuuuuuuuuhhh!!!)


Me vais a permitir que copie y pegue aquí un párrafo entero de un post reciente de Daniel Ruiz García, en el que dice:

Hay, por ejemplo, unos animales a los que se les denomina los “mercados”. Ahora todo está justificado por la necesidad de “calmar” a los mercados. Las severas modificaciones del mercado de trabajo, la subida de impuestos. Todo se consagra a la intención de “calmar” a los mercados. Imagino “mercados” y veo a King Kong avanzando por la selva frondosa a la búsqueda del nuevo sacrificio maniatado. El sacrificio somos todos nosotros, ciudadanos de a pie, comprometidos con el ritual de alimentar a la bestia, de calmar a los mercados.

Me parece una apta metáfora esta de los mercados como insaciables bestias a las que hay que realizar sacrificios. Mi madre me lo dijo una vez: “Ahora se habla de los mercados como si fueran diablos.” Y entonces se me enciende de pronto una lucecita en la chorla. Esto me recuerda a otra cosa que acabo de leer en la nueva (y fantástica) novela de Umberto Eco, El cementerio de Praga (2010). Voto a bríos que habrá post, pero baste decir que en el libro se cuenta la historia del antisemitismo europeo -los judíos, un conveniente enemigo exterior- y a propósito de esto dice un espía ruso:

De ahí los judíos. La divina providencia nos los ha dado, usémoslos, por Dios, y oremos para que siempre haya un judío que temer y odiar. Es necesario un enemigo para darle al pueblo una esperanza. (…) Hace falta alguien a quien odiar para sentirse justificados en la propia miseria. Siempre.


En la novela de Eco hay un desternillante capítulo (para mí su cumbre) en el que se nos cuenta cómo una serie de personajes sin escrúpulos se dedican a fabricar un caudal ingente de literatura basura sobre el satanismo, los ritos ocultos, conjuras judeo-masónicas, paladismo, culto a Lucifer, etc, y cómo estas publicaciones sensacionalistas (y ya digo, inventadas sobre la marcha) alcanzan un exorbitante éxito editorial y llegan a conmover a muchísima gente biempensante y temerosa de Dios, que las cree a pies juntillas. El capítulo lleva por nombre “En diablo en el siglo XIX”, y esto pasó de verdad.

Sigo cayendo en la cuenta: los “mercados” son el enemigo exterior, ante cuyo ataque debemos unirnos, lo que nos hará fuertes. Ni ateos, ni fachas, ni comunistas, ni aliens, ni emigrantes, no, esa gente no nos quería quitar el dinero mientras que los mercados sí (igual que los judíos.) Los mercados son –de este modo- los nuevos judíos: señores malos, que se mueven en las sombras, que controlan nuestros ahorros y tienen el oscuro y secreto (ah, pero es un secreto a voces) propósito de dominar el mundo. Son los mercados, no los oís? Están llamando a nuestras puertas…

miércoles, 19 de enero de 2011

La mano y el máquina


Vuelve Daniel Ruiz García, y lo hace con la mano abierta para darnos un soplamocos en la conciencia. Lo reseñable del caso es que esa “mano” con la que lo hace no es la suya sino La mano (2010), su última obra, con la que no ha mucho ha ganado el V Premio de Novela Corta Villa de Oria. La mano es –según el premio- una novela corta: yo diría que es un relato, pero no nos vamos a pelear por eso. Lo dejaremos en la palabra francesa nouvelle, que puede significar ambas cosas.

Que Daniel Ruiz es un gran escritor no lo he descubierto yo, pero sí que me encargaré de difundirlo mientras tenga hálito y un teclado delante. La mano es una interesante adición a su producción novelística (que incluye las imprescindibles
Perrera, 2008 y La canción donde ella vive, 2009), tal vez una adición menor dada su escasa longitud, pero no deja de ser un delicioso entrante que nos prepara para el festín de una su próxima novela larga. Si, además, Daniel tuviera a bien escribir cierto libro de cuyo proyecto me habló y sobre el que juré guardar secreto, vosotros sabéis que podría incluso convertirse en Personaje Oro.


Pero no está muy bien esto del ditirambo, el halago sería necesario argumentarlo. El argumento os lo dejo encima de una mesa, envuelto en papel de periódico, sanguinolento. Son apenas 50 páginas en forma de “una mano, un pedazo blancuzco de carne amputada, un choco cartilaginoso.” Buaj, qué asco! Eso es exactamente lo que dice el narrador, señora. Y si usted es sensibloide no lea La mano. Y si usted se droga con belén Esteban, tampoco. Si usted es de esas personas que no soportan una cruda dosis de la cruda realidad evítela a toda costa. No me atrevería a decir que La mano es una historia realista, pero es indudable que nos presenta una realidad, al menos una de entre las posibles.

“El infierno son los otros”, dice una cita apócrifa de Jean-Paul Sartre, y pocas veces he tenido esta máxima tan presente como durante los trepidantes ratos que he pasado leyendo este relato. No hace falta ser fan del gore para disfrutar este libro, solo basta con que usted no sea de los que apagan el telediario en cuanto empiezan a aparecer cadáveres. ¿Y de qué va La mano, pray? La historia es simple: un hombre haciendo footing se encuentra una mano amputada y decide llevársela a casa. Ahí lo lleváis.


Luego están el contexto del hombre, sus condicionantes, es un tipo frustrado, diría que mediocre, al borde del fracaso en casi todos los ámbitos, etc, pero él ha hecho una cosa que vosotros y yo no: llevarse a su casa un trocito de persona muerta. Si aceptamos esta premisa kafkiana (que resulta demasiado horrible para que cuestionemos su verosimilitud), nos encontraremos ante un cuento de horror moderno, una historia de abismos y locura, una fábula moral también si se quiere. Porque la mano muerta pertenece a una mujer asesinada, pero para quien la atesora llega a significar tantísimo más…

No quiero desvelar nada más sobre el argumento, los personajes o las implicaciones del libro, espero sinceramente que lo leáis por vosotros mismos, vaya mi recomendación por delante. Solo quiero dedicar unas palabras –cómo no, siendo una obra de Daniel Ruiz García- al lenguaje, al estilo del libro. Esa basca que nos va subiendo por la garganta a medida que leemos, esa urgencia con que se consumen párrafos, quemándolos con la vista cual bombero bradburiano. Ese desenfado en su uso del lenguaje, quebrar las reglas porque las reglas se saben, y en el caso de La mano, la muy cinematográfica mirada, que da un nuevo sentido al término literario camera-eye narrator. Si os da asco es que estáis vivos, es que os hacía falta leer un cuento así.

lunes, 17 de enero de 2011

Maldita Nerea, "Maldita marea..." y maldita ministra


Perdóneme Padre, porque he pecado. Me he bajado de Internet una docena de discos. Pero si tú no te bajabas música, Porerror! Porque no sabía, señora. Hasta ahora no creía en e-mule, igual que John Lennon no creía en Elvis (ni en nadie, salvo Yoko y él, si hemos de creer la canción). Hasta ahora, todos mis intentos de bajarme cosas de modo supuestamente gratuito, rápido y cómodo habían fracasado: ni Bit Torrent, ni otras fórmulas que muchos amigos me recomendaban me habían permitido bajar nada. Que si tarde usted trillones, que si regístrese usted, que si enlace no encontrado, que si mí no poder…

Pero el otro día alguien me dijo un método rápido y fácil, (y G.R.A.T.I.S., mi nueva palabra clave) para bajar cosas y resulta que funciona. La verdad es que estoy como unas castañuelas de contento, porque como bien sabéis llevo medio año sin comprarme discos, y eso duele. A la larga mi culturón musical se resiente, tiene un límite el número de veces que uno puede escuchar las mismas canciones de Simon y Garfunkel o Serrat antes de volverse loco.


Perdóneme Padre porque, en lugar de bajarme a la élite del rock me ha dado por bajarme “pop de masas”. Y un poquito de indie también, dejad de gritarme. Gente a la que he robado dinero: Zenttric, Maldita Nerea, El Pescao, Los Delinqüentes y Tomasito, Nena Daconte, Tulsa, Lula, La Habitación Roja, Ellos, Iván Ferreiro y Beady Eye (Oasis sin Noel Gallagher). Otra gente como Kiko Veneno, Lapido y Manolo García han sido más listos y han borrado todos los links que he buscado, o yo no he sabido encontrarlos.

En realidad escribo este post al borde de la locura, no escucháis mis carcajadas grotescas retumbando por toda la galería? JA, JA, JA, JA, JA!!! Os confesaré el origen de mi zozobra: estoy a esto de bajarme el disco de Dani Martín, más conocido por estos lares como “el fiera”. Después de denostarlo hasta la afonía he llegado a la conclusión de que un par de sus canciones se me han metido tanto en el cerebro, me son tan familiares, que ya no sé distinguir si me gustan o no. “No sé distinguir lo complicado de lo simple” –cantaba Bunbury (un favorito vuestro), y a esta hora no sé qué hacer. Por eso cual suicida al borde del abismo os escribo, para pedir ayuda…


La verdad es que escribo este post con el cuerpo de Augusto Algueró (ese sí que entendía sobre pop de masas) aún presente en su capilla ardiente de la SGAE. El mismo día que Teddy Bautista (¿cuándo hay boda sin la Tía Juana?) ha anunciado que la SGAE dejará de ponerles multas a los particulares para centrarse en rapiñar en las empresas, whatever that means. Sé que hace poco en el Congreso se debatió y se votó una ley sobre propiedad intelectual o sobre descargas patrocinada por vuestra Ministra de Cultura, por infame nombre “Ley Sinde”. La verdad es que había dejado de interesarme por estas cosas desde que tuve que pagar un impuesto revolucionario de más de 6 euros cuando me compré mi iPod.

La verdad, amigos, es que voy a seguir bajándome música como una auténtica perra arrabalera hasta que pueda hacerlo, hasta que cierren las webs, mi ordenador se sature o venga la policía a detenerme. La verdad es que no hay verdad en este asunto, cada vez que salen estos cobradores me pongo bastante enfermo. Lamento el perjuicio económico que pueda estar haciendo a los artistas, pero os contaré un secreto. En realidad ellos me lo deben. Alguna vez he calculado el dineral que tengo en discos dentro de mi casa, aunque –claro- no se lo he dicho a nadie. Pues eso.

domingo, 16 de enero de 2011

David Fincher: ¿Hacía buenas pelis?


-“Me voy a dedicar a lo que me interesa/ y no me preguntes más.”
(Astrud)





A menudo mis amigos me echan en cara, entre la admiración y la burla, que me sé un montón de datos absurdos. Es verdad, cual mono de feria, tengo una memoria prodigiosa para recordar nombres, datos y fechas: mientras más inútiles mejor. Mi buena madre solía decirme: “Hijo mío, si dedicaras la mitad de energía en memorizar cosas útiles en lugar de canciones, libros y artistas, ya tendrías la carrera de Derecho y serías notario.” Bien sabéis que no, que esta habilidad (?) solo me sirve para recordar datos absurdos, de cosas de ocio, de cosas por gusto, supongo que tendrá que ver con la motivación y el interés, mi capacidad memorística.

Como el cine me interesa menos que, digamos, la literatura o la música moderna, no tengo un conocimiento tan enciclopédico, la verdad es que no me fijo. Ya conté aquí cómo un buen día hace décadas el buen Fran G. Matute me recitó la filmografía de Kubrick y yo pensando que no había visto ninguna de él cuando en realidad me encantaba. Algo parecido me ha ocurrido estas navidades con otro director USA, el bueno de David Fincher.


Vosotros sonreís porque ya sabéis qué pelis ha hecho David Fincher, pero yo no era consciente hasta que su nombre ha salido a relucir como autor de La red social (2010). Volví a verla hace dos semanas, ya que la crítica la ha encumbrado casi unánimemente como peli del año, y entonces caí en la cuenta de que este Fincher es un maestro en la creación de ambientes opresivos y en la narración de historias. Otra cosa en la que descuella es en la presentación de personajes torturados. La red social no es el menor de sus ejemplos, pero me he quedado picuet al repasar el resto de su obra.

Así ocurría también en la peli que le dio la fama, Seven (1995), El club de la lucha (1999) o Zodiac (2007). No, si yo antes me reía porque hace dos años pusiste a caer de un burro El curioso caso de Benjamin Button (2009)! Lo dije y lo mantengo, señora. Esa peli es una caca de paloma, pero la verdad es que también cuenta con una historia retorcida, ambientes opresivos y personajes en el disparadero, give you that. Las otras de Fincher que no he visto también prometen lo mismo, a saber: Alien 3 (1992), The Game (1997) y La habitación del pánico (2002).


El tipo está tan de moda que tiene en cartera –según varias fuentes de Internet- media docena de pelis más, todas adaptaciones de libros/cómics o remakes, para qué engañarnos, pero habrá que estar al loro. De momento ya está rodando Los hombres que no amaban a las mujeres (2011?), sobre esa esforzada trilogía negra sueca. No leí los libros ni vi las otras pelis pero esta, con ser de Fincher, ya tiene ganada mi atenta atención.

Anoche vi Zodiac, y la verdad es que me cajé en las brajas. Tenía en la mente que era una peli que no dejó indiferente a nadie, pero no recordaba bien si era por obra maestra o por ser un mojón de pato. Al terminar la peli me decanté por lo primero. En realidad, “obra maestra” tal vez sea un término fuerte, una peli tan larga, tan correosa, con una historia imposible de contar (la película tendría que durar 35 años, en tiempo real), pero creo que su arte reside en esa labor de selección y secuenciación de los eventos más significativos en la caza de un asesino en serie que se extiende a lo largo de cuatro décadas.


Para salvar el escollo, ahí están los huevos de David Fincher (y el guionista James Vanderbilt) y los de ese puñado de actores como Jake Gyllenhaal, Robert Downey, Jr., Mark Ruffalo, Chloë Sevigny, Anthony Edwards o Brian Cox, que hacen de esta historia-sobre-pantalla una experiencia agobiante y difícil de olvidar. Ya estás soltando datos y nombres de actores como un descosido, Porerror. Ya, ya, ya, ya, señora… es que por fin me he enterado de quién era David Fincher.

domingo, 9 de enero de 2011

Tres versiones de Judas


-“Os garantizo que esta canción me la voy a cargar”.
(Kurt Cobain, antes de interpretar una de David Bowie)




Dijo Borges que dijo Lawrence de Arabia (a este lo leéis vosotros y ya me contáis) que “parecía haber una certeza en la degradación.” La verdad es que mi relación con las versiones de canciones ha sido siempre de amor/odio, porque aunque por principio me encanta una versión, me alegra taco que se versione un tema y me da un montón de morbo si conozco el original, la mayoría de las veces lo cierto es que la versión me resulta decepcionante.

Ya de adolescente me daba coraje cuando Los Manolos atacaban a los Beatles o incluso cuando Freddie Mercury cantaba una en Wembley de manera diferente a como lo hacía en el disco de estudio. Ese soy yo: zopenco, testarudo y con un oído enfrente de otro (o al menos ese era yo en la adolescencia). Paradójicamente, me chifla un disco de versiones, creo que aquí me he hecho eco de los de Matthew Sweet & Susanna Hoffs, hay una cierta paz reconfortante, un cierto “Te lo dije!”, en comprobar cómo una canción ya es clásica y la ha asimilado otro artista.


En general prefiero las llamadas covers, que en inglés quiere decir “versiones fieles al original”. Para oír el original ya estaba el original, podrá argumentarse, pero al que piense así le diría yo que entonces no es necesario escuchar jamás una canción por segunda vez. Con oírla una vez ya estaremos satisfechos, no?, y claro: es que no. Si lo que quiero son versiones creativas o innovadoras acudo al jazz. Si nos movemos dentro de los parámetros del pop-rock, que queréis, a mí me hacen más gracia las versiones en las que encuentro un poco (o un mucho) de lo que hizo que la canción me enganchara in the first place.

Podemos estar con el coronel T.E. Lawrence y aceptar que hay certeza en la degradación, en el caso de las canciones hacer una versión significa apostar por lo seguro pero también degradar el original. Una suerte de paradoja entre la lealtad a los maestros y la traición. En otras palabras, me gustan tanto los Beatles que me los cargo, “matar al padre”, etc. etc. Esto es una cosa y otra alcanzar la desfachatez de lo sublime realizando una versión sin pies ni cabeza con el exclusivo propósito de ganar dinero. Si Judas traicionó a Cristo y lo vendió por treinta monedas de plata (aunque Borges nos dejó tres versiones distintas), últimamente han aparecido en nuestras ondas y en nuestras pantallas tres versiones de canciones que parecen pensadas por el Diablo en persona para destrozar mi paz mental.

Por orden creciente de desfachatez:

3. Lucrecia “Tranquilo sonríe” (2010) vs. Bobby McFerrin “Don’t Worry Be Happy” (1988). Si tenéis estómago tras estas Fiestas, ved el videoclip. El buen Nacho Camino (cuyo criterio musical admiro) me hizo ver un atenuante: “Ahora vienen las Navidades, es una canción para niños…”. Puede que se salve, porque la original no dejaba de ser un tema de humor. Y aun así, en determinadas noches de invierno me despierto tarareando la versión de Lucrecia, envuelto en un sudor frío.


2. Celtas Cortos “Vamos Eileen” (2010) vs. Dexys Midnight Runners “Come On Eileen” (1982). O Valladolid vs. Birmingham, Folk celta de pega vs. Folk celta de pega (creo que esta analogía funcionaría mejor si alguno de los dos grupos hubiera sido de Irlanda o similar)… Lo que indigna es ver a Jesús Cifuentes (“El mejor calvo del candelabro español desde el de la Lotería” –Harvest) cogiendo un tema con tanta garra y haciendo una versión popera, blanda y edulcorada. Es como si todo el almíbar de los batidos del diner donde han rodado el videoclip se hubiera volcado de sopetón en la canción. Aparte de que, el Cifuentes -que fue a Cuba- comiendo hamburguesas... Tendría un pase si fuera El Canto del Loco, pero es Celtas Cortos, gente comprometida, incapaz de venderse y tal, no?



1. Black Eyed Peas “The Time (Dirty Bit)” (2010) vs. Bill Medley & Jennifer Warnes “(I’ve Had) The Time of My Life” (1987). Ya, ya, ya, ya! Vosotros me lo decíais pero yo no quería creeros. Que los Black Eyed Peas son una puta mierda. De “renovadores del hip-hop y salvadores del dance-pop” a “puta mierda” en poco más de 8 años, a eso lo llamo yo malgastar una herencia! Y como alguien me diga que no es una versión sino un mash-up, le doy con el portátil en la chorla. Si hasta la versión de Padre de familia era mejor, por Dios…

viernes, 7 de enero de 2011

Mad Men: "Estoy loco, mama!"


-“Esto es cosa de macandé, como dicen los gitanos: de locos.”
(Alfonso Rodríguez Galinier, a propósito del Ulises de Joyce)





Llevo escribiendo este post desde hace más de un mes, exactamente desde el minuto 1 en que empecé a ver el primer episodio de la primera temporada. Gente que ha estudiado y críticos de televisión la van a analizar y explicar para vosotros. Además están los estupendos posts de Fran G. Matute. Yo aquí solo pretendo dejaros mi comentario y recomendarla hasta quedarme afónico.

Al Marcial de Muchachada le saltaba su cuñado: “Te lo dije!” cada vez que le pronosticaba algo, no le hacía caso y se cumplía. A mí este papel me lo hace una prima. Ella me habló de Mad Men (2007- ) la primera vez, y muchos otros me la recomendaban sin parar, y yo bla, bla, bla… qué queréis, amigos? Estaba viendo Perdidos (2004-2010). Dicen que los hombres somos incapaces de hacer dos cosas a la vez (algo rigurosamente falso) pero yo al menos sí que soy incapaz de hacerme ultrafan a ultranza de dos series-obra-maestra-destinadas-a-pasar-a-la-historia a la vez.


Dice una ley no escrita del mundo audiovisual que cualquier producto en el que suenen cosas como “Satisfaction” o “I Got You Babe” es automáticamente obra maestra, pero esto no es así. Si lo fuera, serían obras maestras cosas como la serie Beavis and Butthead (1993-1997) o la peli Apocalypse Now (1979). Pero claro, este pequeño chiste nos lleva a una gran verdad: la ambientación juega un papel crucial en la calidad (y el éxito, me atrevería a decir) de Mad Men. Y eso, pese a tener probablemente los peores títulos de crédito y sintonía (a cargo de rjd2) de la historia de la televisión. ¿A quién no le gusta una serie ambientada en los años 60? Si eso es una cosa de mucho gustar…!

Las canciones (dejad de gritarme, suenan los Grandes: Beatles, Stones, Simon & Garfunkel, Jan & Dean…), pero también constantes referencias a libros (Frank O’Hara, Ayn Rand…), pelis (Bye Bye Birdie, El mundo está loco, loco, loco…) y famosos de la época. Lo mismo te nombran a Bobby Kennedy que a Oscar y Félix de La extraña pareja, y eso mola, no? A ver si ahora va a resultar que los 60 sí aportaron algo, Porerror, nunca lo explicaste! Ya, ya, ya, señora: shshshshsh! De momento quédese con los peinados y vestidos de las chicas, sus gafas de sol, la sobriedad en el vestir vs. ebriedad en el vivir de los chicos y todo ese sexismo, racismo, homofobia, alcohol y tabaco que exhibe la serie. Ah, y un cuadro de Mark Rothko.


Lo que Mad Men nos enseña es una visión de los primeros años sesenta americanos, que no dejan de ser un mito, pero qué bien lo diseñan, envuelven y venden, los cabrones. Lo mejor? Que no hay un verdadero subrayado en plan “Fijaos, chicos! En los 60 las embarazadas fumaban” o “Vaya, hace 45 años las mujeres eran objetos!” Eso cae por su propio peso, no hay que comentarlo. Con verlo delante ya nos espeluznamos, porque el mundo ha girado bastantes veces desde entonces. Me paro en esto porque lamentablemente las pelis, series o libros históricos son demasiado didácticos en ocasiones, y francamente, resulta un coñazo.

Y de qué va, pray, Mad Men? Pues la historia es simple: la vida de un puñado de personas alrededor de una agencia de publicidad en la Nueva York de los años sesenta, con todo lo que eso implica: Madison Avenue (que en inglés es sinónimo de publicidad, aunque las agencias ya no estén allí), derechos de los negros, de las mujeres, anticomunismo, sociedad de consumo, revoluciones culturales, etc. Lo segundo mejor? Que no hay simples buenos ni malos, que los personajes son cada vez más redondos (en el sentido de llenos de matices), que el elenco es tan rico y dinámico que en él figuran media docena de personajes principales y un par de decenas de secundarios que entran y salen, nos dan sorpresas, desaparecen unos, surgen otros nuevos… y todo con una especial manera de narrar que pone el énfasis (además de en la construcción de personajes) en la creación de suspense.


El prota más o menos consistente es Donald Draper, una mezcla entre Bill Pullman y Pedro Picapiedra, que bebe, fuma, crea anuncios y se tira a todo lo que se menea. Su “Primera Dama” es Betty, una mezcla entre Charlize Theron y Molly Ringwald, que… mejor no os destripo la serie. Baste decir que ella, junto con Joan (la secretaria megavixen) y Peggy (la overachiever) y otros personajes femeninos, hace bueno el tópico de que las mujeres son las que “roban el show” en esta serie.

Ya sé lo que estáis pensando, a mí me pasaba igual. Publicitarios americanos de los 60… apasionante, eh? Pues he aquí mi kerigma: lo que nos ofrece Mad Men, de la que desde hoy soy ferviente apóstol, es la vida misma. Por eso resulta tan interesante, porque trasciende época y sitio. Más allá del morbo de saber que Kennedy va a morir antes que los personajes o de apreciar cómo surgió tal o cuál eslogan (que además se lo inventan), Mad Men consigue colocarnos un espejo delante de nuestras propias narices. Y eso, amigos, da mucha piedad y mucho terror. Aristóteles dixit.
 
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