Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

martes, 26 de enero de 2010

¿Por qué lo llaman "rock duro" cuando quieren decir... "algo-que-a-lo-mejor-es-rock-pero-que-desde-luego-no-es-duro"?


Ahora que está todo el mundo loco con las décadas y está de moda fardar en plan "Yo nací en los 80" o "Pues te desprecio, porque yo nací en los 70 y tú solo en los 90", conviene recordar que en décadas pretéritas no todo el monte fue orégano. También hubo albahaca, estragón, eneldo... y por supuesto: ¡canela!

Estoy recordando ahora una época muy importante en la música popular ("¿y cuál no lo es para ti, Porerror?"), la etapa que arbitrariamente se desarrolló entre 1987 y 1997. Fue importante porque vio la explosión del llamado "rock alternativo", un estilo que en pocos años pasó de indie a mainstream, de desconocido a estar hasta en la sopa. Al final murió de éxito, como siempre pasa en el rock, es decir, los que manejan al cotarro ven dinero ahí, quieren capitalizar el tema y un fenómeno que es por definición marginal, alternativo y casero, tiene que morir por fuerza cuando pasa a ser algo mayoritario, brillantoso y de lujo.


Y claro, los últimos 80 y y los primeros 90 parece que quedarán por la música alternativa, por esa mezcla de punk, hardcore y heavy metal llamada "grunge", que dio en cristalizar alrededor de la región de Seattle, y en tantos otros sitios (mirad Radiohead en UK o Silverchair en Australia). A nadie se le pasan de la mente Nirvana y Pearl Jam, nombres que me empeño en reivindicar porque se van agigantando con el paso de los años. A los más ilustrados les sonarán también Soundgarden o Alice In Chains, a los de Matrícula de Honor Mudhoney o Screaming Trees. Y no solo había rock alternativo de raíces ochenteras en Seattle y tal, ahí estaban Smashing Pumpkins, Jane's Addiction, The Lemonheads, Red Hot Chili Peppers o R.E.M.

De lo que nadie se acuerda y nadie reivindica es de que en aquellos años las bandas reseñadas convivían y compartían estrellato, listas, tiempo de TV y radio y portadas con otras consideradas hoy mucho menos guays pero igual o más exitosas por aquel entonces. Me estoy refiriendo a los rockeros buenos/poperos malos del problemáticamente llamado "hard rock", heredero directo de los grupos heavys ochenteros de pelo cardado y estética ridiculoide, más cerca de Queen que de Black Sabbath. En esta nómina reivindico nombres como Aerosmith (que en puridad proceden de la generación anterior), Guns n' Roses y Bon Jovi.


Ahora nos da risa -o vergüenza, alternativamente- pero no podemos soslayar el hecho de que por aquellos años estos grupos eran lo más de lo más. Denostados por igual por los auténticos alternativos y por los rockeros metálicos (y vistos con recelo por los poperos, que acabaron convirtiéndose en su base de fans), en los últimos 80 y hasta mediados de los 90 Aerosmith, Bon Jovi o Guns n' Roses vendieron como churros ejemplares de sus respectivos álbumes Get a Grip (1993), Keep the Faith (1992) y Use Your Illusions I & II (1991).

Ellos son importantes también porque perfeccionaron el subgénero de balada romántica conocido como "bajabragas" (creo que una definición no es necesaria), para agradecimiento eterno de todos los jóvenes que en la época eran adolescentes y estaban aprendiendo a tocar la guitarra y a las personas del sexo opuesto. Otros la cultivaron con fenomenal éxito (notablemente Extreme con "More Than Words" y Bryan Adams con media docena de títulos).


Pero cómo olvidar -por muy modernos, pasotas, descreídos o cool que nos creamos ahora- canciones como "Jennie's Got a Gun", "Cryin'", "Amazing", "Crazy" de Aerosmith (autores también del bajabragas definitivo: "I Don't Wanna Miss a Thing", de la banda sonora de Armageddon), temazos del calibre de "Don't Cry", "November Rain", "Since I Don't Have You", "Always" o "Bed of Roses"... ¿hubo acaso alguna clase de Inglés de instituto entre 1990 y 1995 donde no sonara al menos una de estas canciones?

A la hora de etiquetar a estos grupillos los contemporáneos acudieron al término "rock duro", desvirtuando del todo el significado de este subestilo (más que nada era para distanciarlo del heavy auténtico y del metal alternativo). Ahora que el tiempo ha pasado, la lluvia ha caído y somos mayores, todas estas cuestiones parecen triviales y en verdad que lo son. Y la historia oficial ha dejado de lado esta fantástica parte de la música de aquellos años. Pero mientras haya un roquerillo adolescente con melenita acariciando una guitarra, mientras haya un videoclip con rosas, calaveras y serpientes, habrá esperanza, amigos: por la Memoria Histórica del rock!!!

viernes, 22 de enero de 2010

Where the Sun Don't Shine


-“¡Es cierto! ¡Es cierto! La Corona lo ha dejado claro. El clima debe ser perfecto todo el año.”
(Camelot)





La Junta de Andalucía se suele gastar mucho dinero en anuncios de autobombo en los que se ve a japoneses en la Mezquita de Córdoba o a un finlandés comiendo de un papelón de adobo. En todos los casos el corolario es el mismo: ¡qué bien se vive en Andalucía! Tanto, tanto y tanto que hasta los guiris se quieren venir aquí, dejando atrás sus absurdos países de origen. Y es que esa es una verdad incontrovertible de la Junta: que aquí se vive de lujo, de arte, olé mi arma (la otra es que Marruecos y Cuba son la novena y décima provincias andaluzas, pero ese es otro tema).

Tampoco descubráis en mi ironía la idea contraria, que en Andalucía se vive mal. Lejos de mí propagar tal noción, y además sería mongolo porque yo he elegido quedarme, sin reservas. Pero esta verdad de que aquí se vive como en ningún otro lado no es un invento del gobierno autonómico, ellos solo la han reflejado y nos la devuelven amplificada. Esta verdad, amigos, emana desde abajo y como es un axioma nunca ha necesitado demostración. Eso es así, y punto, compadre.


Pero como hasta para esto los andaluces tenemos arte, si acaso viene algún inspector externo de racionalidad a evaluarnos (por ejemplo, un francés) también tenemos justificación científica, to wit: en Andalucía se vive mejor que en ningún lado porque aquí hace mejor tiempo que en ningún lado. Y de este axioma se deducen las demás bondades de esta tierra: el sol, las playas, el aire, el windsurf, el gazpacho, el aceite, el vino, el jamón, las gambas, el flamenco, la grasia, Lorca, Picasso, Camarón…

La verdad es que pese a tener el sitio donde más llueve de España y el pico más alto de la Península, pese a tener nieves perpetuas y un desierto, Andalucía no es famosa por eso precisamente, sino por el sol, que es nuestro y se lo hemos prestado al resto de España (y gratis: veréis cuando se entere Ramoncín). Algo tendrá el agua cuando la bendicen, y algo tendrá el sol cuando lo bendicen. Está claro que el clima Mediterráneo, cuando no nos castiga con sus rigores extremos, resulta muy benigno para vivir en él, y muy agradable (como en muchas otras partes del mundo, por cierto).


Y es que si no no se explica que los andaluces aguantemos vivir en la comunidad más pobre de España, la que tiene más parados, la que tiene mayor factor de riesgo de pobreza, en la que los niños acaban menos sus estudios, etc, si no fuera porque hace un clima cojonudo. Porque el jamón, el vino y esas cosas gracias a Dios ya se pueden transportar a sitios lejanos. Pero el sol no. Recuerdo que cuando estuve de Erasmus en la ciudad inglesa de Sheffield hice un CD de varios titulado South Yorkshire Sun (por ironía con el famoso tema de 1964 “California Sun”), y en las notas del folleto explicaba que el sol del condado de South Yorkshire estaba malito, que nunca llegaba salir, que alumbraba pero no calentaba, y cosas por el estilo.

La falta de sol afecta a la salud y antes que eso al carácter. ¿Qué vitamina era la que solo se sintetizaba si nos daba el sol?, la D, ¿no? Aquí en Andalucía llevamos sin ver a Nuestro Amigo el Sol muchísimos más días de los que estamos acostumbrados, no ha parado de llover en seis semanas y la verdad es que esta situación de nublado eterno, lluvias y más lluvias torrenciales (pantanos desembalsando, inundaciones) está empezando a tocarnos ya los güevos más de la cuenta, amigos. Esto de que llueva un día y otro y otro y otro… pues no mola, aquí si un día llueve se aplazan los planes porque sabes que en 48 horas como mucho va a hacer sol.


Así que por favor, señores que manejáis los grifos de allí arriba, buen Dios, o quien sea, por favor que deje de llover ya de una puta vez. Gracias. Lo siento, amigos, pero los sonrojantes anuncios de la nueva campaña publicitaria de Cruzcampo (¿a vosotros no os dan vergüenza ajena y propia?) no bastan para hacer que me sienta andaluz.

miércoles, 20 de enero de 2010

La Señora: Sí con mis impuestos


-"Ahora es tarde, Señora..."
(Manuel Alejandro)




Ayer aún sonaban por el Facebook y el Messenger los ecos del último episodio de La Señora (2008- ), emitido por TVE1 la pasada noche del lunes 18. ¿Indignación? ¿Estupor? ¿Histeria colectiva? Si veis la serie ya sabéis a lo que me refiero y si no, os da igual enteraros aquí: al final del episodio LA SEÑORA MUERE. ¿Habráse visto semejante injurión?

Desde que descubrí La Señora (tarde, a finales de la 2ª temporada) inmediatamente me di cuenta de que se trataba de un producto de inusitada calidad. La factura de la serie es magnífica, las actuaciones más que dignas, la recreación de ambientes, vestuarios, espectacular (aunque alguna compi de trabajo estilista ya me ha detectado un anacronismo en las corbatas). Concediendo que se trata de un serial, La Señora no es desde luego un culebrón al uso: las tramas, con ser melodramáticas, guardan un decoro y una cierta ambición de evitar el recurso fácil. Y los diálogos no mueven al sonrojo.


De acuerdo, como toda serie-drama, La Señora cuenta con elementos sensacionalistas: hijos secretos, miembros del clero cachondos, espadones cornudos... pero coño, ¿acaso esa no era la materia misma de las obras de todo un Valle-Inclán? La primera temporada empezó -creo- en 1920 y esta que terminó el lunes se acaba el 16 de abril de 1931. Sabéis por dónde voy, ¿no? El capítulo del lunes se anunciaba a bombo y platillo como "Episodio final", pero solo era el final de la 3ª temporada, claro.

Hubo quien me expresó sus dudas acerca de que si la serie iría o no a terminar del todo, y en verdad que hubo momentos durante el capítulo tan decisivos que así lo llegó a parecer. Pero amigos, después de aguantar el Reinado de Alfonso XIII, el rollo de Primo de Rivera, las tentativas republicanas... ¿alguien concibe en su sano juicio que un melodrama español se dé por terminado con la proclamación de la II República? Si es precisamente entonces cuando debe empezar el morbo...


Esto es muy de la tele española: el desprecio a la estructura en temporadas y el anuncio del final de cada una de ellas como si fuera el final de la serie (¿cuántos supuestos finales de El internado o Los hombres de Paco nos ha vendido ya Antena 3?). Hubo un momento del episodio sobre todos en que pareció que La Señora se había ido al garete: la muerte de Victoria (Adriana Ugarte), la aristócrata trocada en sindicalista, en un derrumbe minero causado por un atentado. Varias personas me han confesado entre ayer y hoy que se inflaron de llorar con esta escena: "¡Victoriaaaaa!"

¿Cómo es posible que muera la protagonista de la serie, de la que toma su nombre, y que lo haga en un momento tan crucial, después de aclarar su pasado y haber llegado al amor (con un cura, bien sure)? Solo se me ocurre que la actriz quisiera cobrar más, también me han dicho que hace cine, y a lo mejor es que no quiere "encasillarse" en ese papel. Cualquiera sabe, pero con la crisis que hay, una actriz de 24 años puede considerar un pelotazo el hecho de ser conocida como "La Señora" (como me corroboró otro compi de trabajo que la vio estas Navidades por la calle).


Muerta la Marquesa, no se acabó la rabia. Ahí quedan para seguir dando candela los personajes de Rodolfo Sancho, Lucía Jiménez, Víctor Clavijo, Teresa Hurtado, Roberto Enríquez, Adriana Ozores, Carmen Conesa... y varias tramas relacionadas con traiciones, líos de herencias, resentimiento social, militarotes golpistoides... Ya fantaseo viendo a los requetés entrando en el Palacio del Marqués, a los mineros poniendo una pieza de artillería en la plaza del pueblo, a un falangista abofeteando a una criada, la iglesia ardiendo... me se hace el cerebro Pepsi-Cola solo de pensarlo.

La Señora es un programa cuya audiencia no ha dejado de crecer desde su inicio (y más desde que TVE1 no emite publicidad comercial), es la serie preferida de la Reina Sofía, y yo espero que ha de proprocionarnos muchas alegrías aún. Y me alegro de que se gasten mis impuestos en un producto así, ¡con la de mierdas secas que nos dan para comulgar a diario!

lunes, 18 de enero de 2010

La obra (o el obrón) de Bret Easton Ellis


En realidad lo que estoy haciendo no se debe hacer (hablar de un libro antes de terminármelo) pero es que estoy tan excitado que no me puedo aguantar más, y como no he puesto aquí nada de los dos últimos que he leído pues lo compenso de esta manera tan gilipollas. Lo que estoy leyendo es Menos que cero (1985), la primera novela del siempre polémico Bret Easton Ellis (1964- ). De modo que para no emitir un juicio del libro que por fuerza sería incompleto (aunque he visto la peli, y eso, según los profesores actuales, vale, ¿no?) hablaré de toda la obra de este escritor, uno de mis favoritos de todos los tiempos.

Si no sabéis quién es Bret Easton Ellis no tengáis temor ni temblor, porque es un autor que “no viene en el libro”. A mí me lo dio a conocer hace 12 años el buen Truman, que puso en mis manos American Psycho (1991). Este novelón, que ha sido calificado de “terror neogótico” por gente muy seria que trabaja en universidades, es la historia de un psicópata asesino que lleva una doble vida como ejecutivo yuppie en la Edad de Oro de Wall Street (los 80). Él está obsesionado con su físico, su imagen, y carece completamente de empatía.


El prota da extrema importancia a las marcas comerciales y lo mismo te hace una disertación sobre la discografía de Huey Lewis & The News, que sobre tipos de colonia, que te cuenta que ha degollado a un niño en un zoo o que se ha follado a dos a la vez por todos los orificios imaginables. Bueno, “lo mismo” no, porque con las dos últimas cosas apenas se apasiona, mientras que el color de una corbata puede ser constitutivo de trauma. Horrible, ¿verdad? Hasta que empiezas a leerlo y de repente miras atrás y te das cuenta de que tiene una cualidad hipnótica que te atrapa, en el libro se narran sucesos espantosos como si tal cosa, pero tú no puedes dejar de mirar.

Confieso que llegué a sentirme mal por disfrutar con esa novela, pero ahí está el trucazo de Bret Easton Ellis, amigos, el crear en una página en blanco con manchitas negras la ilusión de los sentimientos. El tono que emplea en todas las que he leído es objetivo, aparentemente no hay juicio moral más allá del hecho de la selección y secuenciación de los contenidos. Así ocurre en sus novelas de “niñateo”, que rodean al mundo universitario pijo USA, y a los niños ricos de Los Ángeles (siempre en los 80). Criaturas perdidas, con padres divorciados, que los ignoran pero que los llenan de caprichos, y los chiquitines pues claro: salen auténticos monstruos.


En esta línea está Menos que cero, y también Las reglas de la atracción (1987) y Los confidentes (1994), donde violencia, drogas, videoclips, sexo sin amor y derroche de dinero alcanzan proporciones auténticamente nauseabundas, y van configurando un fresco no exento de moraleja, después de todo: el de la cara más fea de la sociedad USA. No en vano la adaptación a la pantalla de Menos que cero se tituló en España Golpe al sueño americano (1987), y no en vano los pocos estudios serios que hay sobre Bret Easton Ellis lo comparan con F. Scott Fitzgerald. Como Fitzgerald, Easton Ellis retrata un mundo completamente vacuo de fiestorros, una generación perdida, de jóvenes disolutos y hedonistas, engrasada por cantidades obscenas de dinero.

Porque pese a la patente falta de implicación de sus narradores, Bret se ha definido a sí mismo como un “moralista” en la prensa. Dejo para el final la que me parece su mejor obra: Glamorama (1998), otro novelón sobre el mundo de los modelos a mediados de los 90. Y más de lo mismo: obsesión por el dinero y el lujo, culto al cuerpo, sexo vacuo, adicciones a sustancias, puntillismo musical, aunque con un curioso twist que no revelaré, pero que sitúa a la obra en un primer plano ideológico al prever el actual escenario post 11-S. Tiene otro libro, Lunar Park (2005), que creo aúna autobiografía y ajuste de cuentas con algunos personajes antiguos (Breat E. E. es mucho de personajes recurrentes), lo tengo comprado pero no lo he leído.


El otro día me enteré de que ya tiene en la rampa de lanzamiento la continuación de Menos que cero, los mismos personajes 25 años después. Se va a llamar Imperial Bedrooms (2010) –título sacado de Elvis Costello, igual que Less Than Zero-, y que todos sus libros han sido adaptados al cine o tienen ya pelis en producción. “Poderoso caballero es Don Dinero”, como bien nos ha enseñado BEE. ¿Ellismanía? No digáis que no os he avisado!

domingo, 17 de enero de 2010

Sherlock Holmes

-“Es un detective de lo más singular…”
(Sintonía de la serie de animación Sherlock Holmes)




Os voy a revelar un primición: hace un siglo y cuarto, un médico escocés, un tal Arthur Conan Doyle, creó un personaje que revolucionaría la literatura de misterio o criminal. Se trataba de Sherlock Holmes, un detective analítico (aceptamos que la idea se la copió al aburrido Poe… Dupin, etc) altamente moderno y que se servía para su trabajo de los adelantos de su tiempo: medios de transporte de vapor, química, medicina, un sistema de correos eficaz… Este detective –además- era experto en boxeo y defensa personal, fumaba en pipa, tocaba fatal el violín, tenía una personalidad bipolar, consumía opio, morfina, cocaína “para pensar mejor”, era un maestro del disfraz y se movía como pez en el agua por los bajos fondos.

2009. El cineasta rocanrolero británico Guy Ritchie hace una nueva versión del detective, se llama Sherlock Holmes, y su estreno venía precedido por la polémica. ¿La razón? Al parecer Ritchie se ha inventado el personaje, ha pintado a un Holmes que sabe química y medicina, que fuma en pipa, que toca mal el violín, que se deprime y se encierra a ponerse ciego, que hace defensa personal, que se disfraza y confraterniza con los criminales, que tiene una mente analítica… G.R.A.C.I.A.S. Lo que viene siendo Sherlock Holmes, vaya. Sinceramente, no entiendo dónde está la supuesta injuria.


Acudo a ver Sherlock Holmes con un ansia y una devoción cuasirreligiosas, confieso que me da miedo que me defraude pero no lo hace en absoluto. Me encuentro con una entretenidísima película de acción e intriga, plagada de situaciones divertidas, diálogos chispeantes, misterios y sorpresas y que no aburre en ningún momento, pese a durar más de dos horas y adolecer de las fantochadas propias del género de aventuras. ¿Qué la trama es increíble? Pues claro! ¿Qué el rigor histórico ha sido sacrificado en pos de la espectacularidad? No esperaba menos de Guy Ritchie.

En cuanto al personaje de Holmes, me parece prodigioso: sabido es que Robert Downey, Jr. está haciendo méritos agigantados para convertirse en un Personaje Oro, su retrato del detective no coincide con el de otras adaptaciones a la pantalla, pero no lo encuentro para nada indecoroso respecto al Holmes de los libros (4 novelas y 56 relatos). De acuerdo, que no lleva capa ni gorrita de caza, y su pipa no es curva. ¿Y qué? Eso salía en las otras pelis que recordamos, pero esta va por otro lado. Ah, y gracias a Dios ni Ritchie ni Downey, Jr. ponen a Holmes de mariquita, como hacía Billy Wilder en aquel mamarracho llamado La vida privada de Sherlock Holmes (1970).


¿Y Watson? Jude Law hace un estupendo Doctor Watson, el médico veterano de la Guerra Anglo-afgana compañero de casa y de fatigas de Holmes, ansioso por casarse, perplejo ante las deducciones de su amigo y fiel compilador de sus aventuras (él es, al fin y al cabo, el narrador de la mayoría de los libros de Conan Doyle). Aquí Watson no es gordinflón, patoso y lerdo (como en otras adaptaciones), sino ágil, sagaz y echao p’alante. Me parece un golpe maestro haber puesto al guapo oficial, que de por sí te llenaría las salas de cine, de segundón: Jude Law borda un papel realmente fino, que da la réplica perfecta a Downey, Jr.

El resto del reparto está muy bien traído, también, y no falta ningún tópico Holmesiano de los de verdad: la Sra. Hudson, Irene Adler (sacada del relato “Escándalo en Bohemia” y aquí con un papel agigantado), el 221b de Baker Street, el Inspector Lestrade de Scotland Yard… y la tipiquísima ambientación Victoriana.


Lo nuevo de la peli es, como corresponde a Guy Ritchie, la manera de mostrarlo todo. La cámara, el montaje, la fotografía, la acción trepidante (verdad que esto es la mayor licencia o aportación –según se mire- de esta peli con respecto al personaje original), la música. Pero nada de esto resta mérito a Sherlock Holmes porque el detective es –mal que le pesaba a su creador- un personaje del imaginario público, como Robin Hood, como Napoleón, como Al Capone… ya da igual que sean o no ficticios, cualquiera puede escribir o rodar sobre ellos y engrandecer su leyenda, siempre que sea desde el respeto, como ha hecho el buen Guy Ritchie.

miércoles, 13 de enero de 2010

Asombros varios


-”Últimamente ha perdido su capacidad de sorpresa...”
(Andrés Calamaro)




Asombro #1: Un compañero de trabajo acude a buscarme excitadísimo. ¿Illo, te acuerdas de Rebeca? ¿Qué habrá sido de esa mujer, que tanto éxito tuvo? No dice tontería: en 1996 y 97 Rebeca era una cantante superventas en España, con su estilo desenfadado y sus ombligos al aire. ¿Quién no recuerda aquel su megahit “Duro de pelar”? Fue número uno en no-sé-cuántos países, y el aĺbum al que pertenece vendió 500.000 copias. Y su continuación 50.000, que tampoco es desdeñable.

Pienso en Rebeca y por culpa suya (y de mi compi) me paso el día de ayer tarareando: “Y peino mi pelo y pinto mi cara, me pierdo en la noche, me quemo en la playa”. Aproximadamente el tipo de vida que estoy llevando yo en Cosica, vaya. Buceo un poco en su biografía (no dejéis de visitar su estupefaciente página web www.rebecamusic.com) y continúan los asombros: la tal Rebeca, trocada en musa de los puticlubs (lo he leído en Internet, lo juro!) es nada menos que prima del actor Benicio del Toro. E interpretó el papel de Sandie en la encarnación madrileña del musical Grease. ¿Vosotros sabíais que sacó un disco en 2008, y otro en 2009? “Y peino mi pelo...”


Asombro #2: ¿Quién me iba a decir a mí que aficionarse al fútbol era tal fuente de alegrías? Si lo llego a saber, más antes me aficiono. Voy por los pasillos de mi empresa cuando un cliente me señala -sorpresivamente- el atuendo de otro. Le baja la cremallera del chándal y asoma el escudo del Real Madrid. “Presioso” -pienso y casi digo, pero menos mal que no. La mirada de complicidad me hace recordar que soy culé, y que -lo que es más importante- en mi empresa y en Cosica soy famoso por tal condición.

“Esta noche el Sevilla no tiene nada que hacer, hombre” -espeto, y sientiéndome culpable por haber dubitado, añado: “El entrenador del Tenerife fue un cagao, jaja!” No sé ni lo que acabo de decir, pero la sonrisa de aquiescencia de mis interlocutores me asegura que he salido airoso del trance. Bendito Guardiola, bendito fútbol y bendita parla de los telediarios.


Asombros #12 y 35: Y hablando de telediarios, perdóneme Padre, porque he pecado. De un tiempo a esta parte vengo viendo el telediario de la uno. El de TVE1, sí. Siempre he pensado que hay que criticar a los poderosos, por eso nunca he visto los informativos de la radiotelevisión pública. El telediario de Antena 3, es -lo sabéis- el tema implícito de todo este blog. Sin embargo estas vacaciones, mi buena madre en su casa ha decretado que basta ya de Antena 3, cansada de tanta chorrada y falta de sustancia (y no la culpo).

Problemas meteorológicos y las zarandajas de la TDT (que no se ve otra cadena, vaya) me han hecho seguir esta tendencia y recalar estas dos últimas semanas en los telediarios de la uno. Y, salvando el hecho de que todo lo que sale por boca de Ana Blanco es mentira (de los demás presentadores no puedo hablar aún), tengo que decir que este telediario de TVE1 no está nada mal. Tiene sus noticias serias, sus apartados de lo más visto en la web, su sección de mirada atrás, sus reportajes a fondo, sus ferias de la tapa. Cuando despertó, el telediario todavía estaba allí: los informativos de TVE1 se han convertido en un clon de los de Antena 3!!!

lunes, 11 de enero de 2010

El cónsul de Sodoma


-“Más bajo, poetas, más bajo…”
(León Felipe)




Ayer fui a ver la película que ninguno habéis querido ver este fin de semana, amigos. Me daba una espina regulera pero no me podía quedar sin verla porque sabía que entonces se me iba a saltar la hiel. Estoy hablando de El cónsul de Sodoma (2009), biopic acerca del poeta Jaime Gil de Biedma (1929-1990). Acudí al cine con una llamita de ilusión, pese a que barruntaba que podía estar a punto de presenciar un injurión del catorce y medio. Veredicto: se cumplieron todos mis temores (el menor de ellos no fue ver a Bimba Bosé en bolas, for instance) pero también algunas de mis expectativas. Paso a explicarme.

La historia es simple: arranca en Manila en 1959, donde Jaime Gil de Biedma, señoritingo gayer de la burguesía catalana acude a hacer negocios para la tabaquera de su familia y de paso se pasa por la piedra a todos los chaperos que se le ponen a tiro, y a los que no, él va a buscarlos. Bucle de esta frase, cámbiese Manila por Barcelona, 1959 por otros años y tenemos la misma secuencia iterada cuatro o cinco veces. Ah, y cámbiese “chaperos” en una de las ocasiones por “Bimba Bosé” (mi compañera de fumar porros).


¿Cuál es el truco o el interés de la peli, then? Aparte de ver a Gil de Biedma escuchando a The Communards, escuchando a Felipe González y de ver cómo han ido caracterizando a Jordi Mollá para el papel, que a mi juicio interpreta con corrección… el morbo está en el reverso literario y cultural de la época. Vemos a Gil de Biedma en una disco rodeado de personajes, y la escena no nos dice nada si no sabemos que está en Boccaccio, epicentro de la gauche divine barcelonesa de los 60-70 (yo lo sabía, y aun así no creáis que me dijo mucho).

Vemos a Gil de Biedma con Carlos Barral (el poeta y editor), con Enrique Vila-Matas, con Juan Marsé, asistimos a la gestación de Últimas tardes con Teresa (1966) de este último… los escuchamos criticar a los Nueve Novísimos, todo muy ji ji y muy ja ja. ¿Era el público exclusivamente cultureta, Porerror? Para nada, señora! Me sorprendió encontrar en la sala a más de 30 personas, un domingo a una hora improbable, con 3º y lloviendo, para ver esta película. Y aunque es verdad que había no menos de cinco personas con boina y yo no era uno de ellos (Vaya! Otra vez se me escapa ir bien vestido a un evento cultural), entre el público había de todo.


¿Es acaso esta peli una puta mierda, Porerror, es lo que nos pretendes decir? ¡NO! Mirad, amigos, pese a todo, en mi cabeza cualquier peli sobre Jaime Gil de Biedma es mejor que ninguna peli sobre Jaime Gil de Biedma, y eso siempre hay que aplaudirlo. Leo en una entrevista al director (Sigfrid Monleón) que “le abord[a] como un personaje novelesco; en su propensión al mito.” O yo he visto otra película, o no me di cuenta de nada de esto. También dice el dire que es una película un poco teatral y artificiosa, y ahí le doy la razón –vaya sin ironía-, pareciéndome uno de sus mayores aciertos.

El plano literario se aborda, desde luego, pero como algo accesorio a su vida. Me parece acertado el modo en que se van ilustrando determinadas anécdotas o pasajes de la biografía del poeta mediante algunos de sus textos más famosos (“Pandémica y celeste”, “Contra Jaime Gil de Biedma”, “No volveré a ser joven”…). La tentación de la falacia biografista queda salvada en una elegante escena que no voy a desvelar, en la que queda claro que literatura y vida son dos cosas diferentes. La peli va desgranando a Gil de Biedma el señorito contradictorio, el gayer vicioso, el poeta celebrity que apenas escribió, todo con un halo –eso sí- de tragedia.

El hombre cercado por su propio hedonismo en una época en que además sus tendencias sexuales estaban fatal vistas. Al final, voilà la tragedie, lo destruye su propio “amor”: el poeta murió de SIDA. Por lo demás, si queréis hartaros de ver culos de tíos (y los mejores primeros planos de glandes desde la última de Lars Von Trier) y a Gil de Biedma bailando Pet Shop Boys, esta es vuestra peli. Si no, no dejéis de leer sus libros. Estáis avisados.
 
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