Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

lunes, 18 de enero de 2010

La obra (o el obrón) de Bret Easton Ellis


En realidad lo que estoy haciendo no se debe hacer (hablar de un libro antes de terminármelo) pero es que estoy tan excitado que no me puedo aguantar más, y como no he puesto aquí nada de los dos últimos que he leído pues lo compenso de esta manera tan gilipollas. Lo que estoy leyendo es Menos que cero (1985), la primera novela del siempre polémico Bret Easton Ellis (1964- ). De modo que para no emitir un juicio del libro que por fuerza sería incompleto (aunque he visto la peli, y eso, según los profesores actuales, vale, ¿no?) hablaré de toda la obra de este escritor, uno de mis favoritos de todos los tiempos.

Si no sabéis quién es Bret Easton Ellis no tengáis temor ni temblor, porque es un autor que “no viene en el libro”. A mí me lo dio a conocer hace 12 años el buen Truman, que puso en mis manos American Psycho (1991). Este novelón, que ha sido calificado de “terror neogótico” por gente muy seria que trabaja en universidades, es la historia de un psicópata asesino que lleva una doble vida como ejecutivo yuppie en la Edad de Oro de Wall Street (los 80). Él está obsesionado con su físico, su imagen, y carece completamente de empatía.


El prota da extrema importancia a las marcas comerciales y lo mismo te hace una disertación sobre la discografía de Huey Lewis & The News, que sobre tipos de colonia, que te cuenta que ha degollado a un niño en un zoo o que se ha follado a dos a la vez por todos los orificios imaginables. Bueno, “lo mismo” no, porque con las dos últimas cosas apenas se apasiona, mientras que el color de una corbata puede ser constitutivo de trauma. Horrible, ¿verdad? Hasta que empiezas a leerlo y de repente miras atrás y te das cuenta de que tiene una cualidad hipnótica que te atrapa, en el libro se narran sucesos espantosos como si tal cosa, pero tú no puedes dejar de mirar.

Confieso que llegué a sentirme mal por disfrutar con esa novela, pero ahí está el trucazo de Bret Easton Ellis, amigos, el crear en una página en blanco con manchitas negras la ilusión de los sentimientos. El tono que emplea en todas las que he leído es objetivo, aparentemente no hay juicio moral más allá del hecho de la selección y secuenciación de los contenidos. Así ocurre en sus novelas de “niñateo”, que rodean al mundo universitario pijo USA, y a los niños ricos de Los Ángeles (siempre en los 80). Criaturas perdidas, con padres divorciados, que los ignoran pero que los llenan de caprichos, y los chiquitines pues claro: salen auténticos monstruos.


En esta línea está Menos que cero, y también Las reglas de la atracción (1987) y Los confidentes (1994), donde violencia, drogas, videoclips, sexo sin amor y derroche de dinero alcanzan proporciones auténticamente nauseabundas, y van configurando un fresco no exento de moraleja, después de todo: el de la cara más fea de la sociedad USA. No en vano la adaptación a la pantalla de Menos que cero se tituló en España Golpe al sueño americano (1987), y no en vano los pocos estudios serios que hay sobre Bret Easton Ellis lo comparan con F. Scott Fitzgerald. Como Fitzgerald, Easton Ellis retrata un mundo completamente vacuo de fiestorros, una generación perdida, de jóvenes disolutos y hedonistas, engrasada por cantidades obscenas de dinero.

Porque pese a la patente falta de implicación de sus narradores, Bret se ha definido a sí mismo como un “moralista” en la prensa. Dejo para el final la que me parece su mejor obra: Glamorama (1998), otro novelón sobre el mundo de los modelos a mediados de los 90. Y más de lo mismo: obsesión por el dinero y el lujo, culto al cuerpo, sexo vacuo, adicciones a sustancias, puntillismo musical, aunque con un curioso twist que no revelaré, pero que sitúa a la obra en un primer plano ideológico al prever el actual escenario post 11-S. Tiene otro libro, Lunar Park (2005), que creo aúna autobiografía y ajuste de cuentas con algunos personajes antiguos (Breat E. E. es mucho de personajes recurrentes), lo tengo comprado pero no lo he leído.


El otro día me enteré de que ya tiene en la rampa de lanzamiento la continuación de Menos que cero, los mismos personajes 25 años después. Se va a llamar Imperial Bedrooms (2010) –título sacado de Elvis Costello, igual que Less Than Zero-, y que todos sus libros han sido adaptados al cine o tienen ya pelis en producción. “Poderoso caballero es Don Dinero”, como bien nos ha enseñado BEE. ¿Ellismanía? No digáis que no os he avisado!

domingo, 17 de enero de 2010

Sherlock Holmes

-“Es un detective de lo más singular…”
(Sintonía de la serie de animación Sherlock Holmes)




Os voy a revelar un primición: hace un siglo y cuarto, un médico escocés, un tal Arthur Conan Doyle, creó un personaje que revolucionaría la literatura de misterio o criminal. Se trataba de Sherlock Holmes, un detective analítico (aceptamos que la idea se la copió al aburrido Poe… Dupin, etc) altamente moderno y que se servía para su trabajo de los adelantos de su tiempo: medios de transporte de vapor, química, medicina, un sistema de correos eficaz… Este detective –además- era experto en boxeo y defensa personal, fumaba en pipa, tocaba fatal el violín, tenía una personalidad bipolar, consumía opio, morfina, cocaína “para pensar mejor”, era un maestro del disfraz y se movía como pez en el agua por los bajos fondos.

2009. El cineasta rocanrolero británico Guy Ritchie hace una nueva versión del detective, se llama Sherlock Holmes, y su estreno venía precedido por la polémica. ¿La razón? Al parecer Ritchie se ha inventado el personaje, ha pintado a un Holmes que sabe química y medicina, que fuma en pipa, que toca mal el violín, que se deprime y se encierra a ponerse ciego, que hace defensa personal, que se disfraza y confraterniza con los criminales, que tiene una mente analítica… G.R.A.C.I.A.S. Lo que viene siendo Sherlock Holmes, vaya. Sinceramente, no entiendo dónde está la supuesta injuria.


Acudo a ver Sherlock Holmes con un ansia y una devoción cuasirreligiosas, confieso que me da miedo que me defraude pero no lo hace en absoluto. Me encuentro con una entretenidísima película de acción e intriga, plagada de situaciones divertidas, diálogos chispeantes, misterios y sorpresas y que no aburre en ningún momento, pese a durar más de dos horas y adolecer de las fantochadas propias del género de aventuras. ¿Qué la trama es increíble? Pues claro! ¿Qué el rigor histórico ha sido sacrificado en pos de la espectacularidad? No esperaba menos de Guy Ritchie.

En cuanto al personaje de Holmes, me parece prodigioso: sabido es que Robert Downey, Jr. está haciendo méritos agigantados para convertirse en un Personaje Oro, su retrato del detective no coincide con el de otras adaptaciones a la pantalla, pero no lo encuentro para nada indecoroso respecto al Holmes de los libros (4 novelas y 56 relatos). De acuerdo, que no lleva capa ni gorrita de caza, y su pipa no es curva. ¿Y qué? Eso salía en las otras pelis que recordamos, pero esta va por otro lado. Ah, y gracias a Dios ni Ritchie ni Downey, Jr. ponen a Holmes de mariquita, como hacía Billy Wilder en aquel mamarracho llamado La vida privada de Sherlock Holmes (1970).


¿Y Watson? Jude Law hace un estupendo Doctor Watson, el médico veterano de la Guerra Anglo-afgana compañero de casa y de fatigas de Holmes, ansioso por casarse, perplejo ante las deducciones de su amigo y fiel compilador de sus aventuras (él es, al fin y al cabo, el narrador de la mayoría de los libros de Conan Doyle). Aquí Watson no es gordinflón, patoso y lerdo (como en otras adaptaciones), sino ágil, sagaz y echao p’alante. Me parece un golpe maestro haber puesto al guapo oficial, que de por sí te llenaría las salas de cine, de segundón: Jude Law borda un papel realmente fino, que da la réplica perfecta a Downey, Jr.

El resto del reparto está muy bien traído, también, y no falta ningún tópico Holmesiano de los de verdad: la Sra. Hudson, Irene Adler (sacada del relato “Escándalo en Bohemia” y aquí con un papel agigantado), el 221b de Baker Street, el Inspector Lestrade de Scotland Yard… y la tipiquísima ambientación Victoriana.


Lo nuevo de la peli es, como corresponde a Guy Ritchie, la manera de mostrarlo todo. La cámara, el montaje, la fotografía, la acción trepidante (verdad que esto es la mayor licencia o aportación –según se mire- de esta peli con respecto al personaje original), la música. Pero nada de esto resta mérito a Sherlock Holmes porque el detective es –mal que le pesaba a su creador- un personaje del imaginario público, como Robin Hood, como Napoleón, como Al Capone… ya da igual que sean o no ficticios, cualquiera puede escribir o rodar sobre ellos y engrandecer su leyenda, siempre que sea desde el respeto, como ha hecho el buen Guy Ritchie.

miércoles, 13 de enero de 2010

Asombros varios


-”Últimamente ha perdido su capacidad de sorpresa...”
(Andrés Calamaro)




Asombro #1: Un compañero de trabajo acude a buscarme excitadísimo. ¿Illo, te acuerdas de Rebeca? ¿Qué habrá sido de esa mujer, que tanto éxito tuvo? No dice tontería: en 1996 y 97 Rebeca era una cantante superventas en España, con su estilo desenfadado y sus ombligos al aire. ¿Quién no recuerda aquel su megahit “Duro de pelar”? Fue número uno en no-sé-cuántos países, y el aĺbum al que pertenece vendió 500.000 copias. Y su continuación 50.000, que tampoco es desdeñable.

Pienso en Rebeca y por culpa suya (y de mi compi) me paso el día de ayer tarareando: “Y peino mi pelo y pinto mi cara, me pierdo en la noche, me quemo en la playa”. Aproximadamente el tipo de vida que estoy llevando yo en Cosica, vaya. Buceo un poco en su biografía (no dejéis de visitar su estupefaciente página web www.rebecamusic.com) y continúan los asombros: la tal Rebeca, trocada en musa de los puticlubs (lo he leído en Internet, lo juro!) es nada menos que prima del actor Benicio del Toro. E interpretó el papel de Sandie en la encarnación madrileña del musical Grease. ¿Vosotros sabíais que sacó un disco en 2008, y otro en 2009? “Y peino mi pelo...”


Asombro #2: ¿Quién me iba a decir a mí que aficionarse al fútbol era tal fuente de alegrías? Si lo llego a saber, más antes me aficiono. Voy por los pasillos de mi empresa cuando un cliente me señala -sorpresivamente- el atuendo de otro. Le baja la cremallera del chándal y asoma el escudo del Real Madrid. “Presioso” -pienso y casi digo, pero menos mal que no. La mirada de complicidad me hace recordar que soy culé, y que -lo que es más importante- en mi empresa y en Cosica soy famoso por tal condición.

“Esta noche el Sevilla no tiene nada que hacer, hombre” -espeto, y sientiéndome culpable por haber dubitado, añado: “El entrenador del Tenerife fue un cagao, jaja!” No sé ni lo que acabo de decir, pero la sonrisa de aquiescencia de mis interlocutores me asegura que he salido airoso del trance. Bendito Guardiola, bendito fútbol y bendita parla de los telediarios.


Asombros #12 y 35: Y hablando de telediarios, perdóneme Padre, porque he pecado. De un tiempo a esta parte vengo viendo el telediario de la uno. El de TVE1, sí. Siempre he pensado que hay que criticar a los poderosos, por eso nunca he visto los informativos de la radiotelevisión pública. El telediario de Antena 3, es -lo sabéis- el tema implícito de todo este blog. Sin embargo estas vacaciones, mi buena madre en su casa ha decretado que basta ya de Antena 3, cansada de tanta chorrada y falta de sustancia (y no la culpo).

Problemas meteorológicos y las zarandajas de la TDT (que no se ve otra cadena, vaya) me han hecho seguir esta tendencia y recalar estas dos últimas semanas en los telediarios de la uno. Y, salvando el hecho de que todo lo que sale por boca de Ana Blanco es mentira (de los demás presentadores no puedo hablar aún), tengo que decir que este telediario de TVE1 no está nada mal. Tiene sus noticias serias, sus apartados de lo más visto en la web, su sección de mirada atrás, sus reportajes a fondo, sus ferias de la tapa. Cuando despertó, el telediario todavía estaba allí: los informativos de TVE1 se han convertido en un clon de los de Antena 3!!!

lunes, 11 de enero de 2010

El cónsul de Sodoma


-“Más bajo, poetas, más bajo…”
(León Felipe)




Ayer fui a ver la película que ninguno habéis querido ver este fin de semana, amigos. Me daba una espina regulera pero no me podía quedar sin verla porque sabía que entonces se me iba a saltar la hiel. Estoy hablando de El cónsul de Sodoma (2009), biopic acerca del poeta Jaime Gil de Biedma (1929-1990). Acudí al cine con una llamita de ilusión, pese a que barruntaba que podía estar a punto de presenciar un injurión del catorce y medio. Veredicto: se cumplieron todos mis temores (el menor de ellos no fue ver a Bimba Bosé en bolas, for instance) pero también algunas de mis expectativas. Paso a explicarme.

La historia es simple: arranca en Manila en 1959, donde Jaime Gil de Biedma, señoritingo gayer de la burguesía catalana acude a hacer negocios para la tabaquera de su familia y de paso se pasa por la piedra a todos los chaperos que se le ponen a tiro, y a los que no, él va a buscarlos. Bucle de esta frase, cámbiese Manila por Barcelona, 1959 por otros años y tenemos la misma secuencia iterada cuatro o cinco veces. Ah, y cámbiese “chaperos” en una de las ocasiones por “Bimba Bosé” (mi compañera de fumar porros).


¿Cuál es el truco o el interés de la peli, then? Aparte de ver a Gil de Biedma escuchando a The Communards, escuchando a Felipe González y de ver cómo han ido caracterizando a Jordi Mollá para el papel, que a mi juicio interpreta con corrección… el morbo está en el reverso literario y cultural de la época. Vemos a Gil de Biedma en una disco rodeado de personajes, y la escena no nos dice nada si no sabemos que está en Boccaccio, epicentro de la gauche divine barcelonesa de los 60-70 (yo lo sabía, y aun así no creáis que me dijo mucho).

Vemos a Gil de Biedma con Carlos Barral (el poeta y editor), con Enrique Vila-Matas, con Juan Marsé, asistimos a la gestación de Últimas tardes con Teresa (1966) de este último… los escuchamos criticar a los Nueve Novísimos, todo muy ji ji y muy ja ja. ¿Era el público exclusivamente cultureta, Porerror? Para nada, señora! Me sorprendió encontrar en la sala a más de 30 personas, un domingo a una hora improbable, con 3º y lloviendo, para ver esta película. Y aunque es verdad que había no menos de cinco personas con boina y yo no era uno de ellos (Vaya! Otra vez se me escapa ir bien vestido a un evento cultural), entre el público había de todo.


¿Es acaso esta peli una puta mierda, Porerror, es lo que nos pretendes decir? ¡NO! Mirad, amigos, pese a todo, en mi cabeza cualquier peli sobre Jaime Gil de Biedma es mejor que ninguna peli sobre Jaime Gil de Biedma, y eso siempre hay que aplaudirlo. Leo en una entrevista al director (Sigfrid Monleón) que “le abord[a] como un personaje novelesco; en su propensión al mito.” O yo he visto otra película, o no me di cuenta de nada de esto. También dice el dire que es una película un poco teatral y artificiosa, y ahí le doy la razón –vaya sin ironía-, pareciéndome uno de sus mayores aciertos.

El plano literario se aborda, desde luego, pero como algo accesorio a su vida. Me parece acertado el modo en que se van ilustrando determinadas anécdotas o pasajes de la biografía del poeta mediante algunos de sus textos más famosos (“Pandémica y celeste”, “Contra Jaime Gil de Biedma”, “No volveré a ser joven”…). La tentación de la falacia biografista queda salvada en una elegante escena que no voy a desvelar, en la que queda claro que literatura y vida son dos cosas diferentes. La peli va desgranando a Gil de Biedma el señorito contradictorio, el gayer vicioso, el poeta celebrity que apenas escribió, todo con un halo –eso sí- de tragedia.

El hombre cercado por su propio hedonismo en una época en que además sus tendencias sexuales estaban fatal vistas. Al final, voilà la tragedie, lo destruye su propio “amor”: el poeta murió de SIDA. Por lo demás, si queréis hartaros de ver culos de tíos (y los mejores primeros planos de glandes desde la última de Lars Von Trier) y a Gil de Biedma bailando Pet Shop Boys, esta es vuestra peli. Si no, no dejéis de leer sus libros. Estáis avisados.

domingo, 10 de enero de 2010

Café, copa y puro


¡Basta de tragar, amigos! Estas semanas pasadas han marcado una peligrosa bien que atractiva ruta de excesos comerciales y beberciales, en mi vida desde luego y presumo que en las vuestras. Todo atracón que se precie suele acabar en una ignominiosa trilogía, a saber: café, copa y puro. En homenaje a las pasadas fechas pero siempre con un espíritu de recuperar el balance, permitidme que hoy aquí yo os la desglose.

Café. Café, amigos, esa bebida (junto con la cerveza) que sabe asquerosa hasta que uno se acostumbra a ella y ahora resulta que era una delicia. Quién pudiera tomar café café. Yo, por mi naturaleza nerviosa, me tengo prohibido el café con cafeina desde que empecé a trabajar hará unos 6 años. Si no, capaz hubiera sido ya de arrancarle la cabeza a más de un cliente, o de morderle a un proveedor. Descafeinado de máquina es la consigna. Sin embargo, os confieso que mi familia es muuuuuuy cafetera, y hay de vez en cuando unos tránsitos de Blue Mountain, el café jamaicano (no sé si será el mejor del mundo, pero desde luego es el más caro), y a esos no me resisto.

A veces fantaseo que mi vida no es más que una sucesión de quedadas para tomar café. En Cosica soy el tonto de ir a un café por la tarde, pero no encuentro mucho quórum. En Miciudad cada fin de semana tengo dos o tres citas. Y estas navidades creo que he batido mi propio récord, encadenando varias en un mismo día. Delante de un café (aunque sea descafeinado) es como mejor se habla, se escucha, incluso se lee o se escribe. Delante de un cafelito es como mejor se ve la vida.


Copa. Copa y copazo. Siempre gin and tonic, siempre de calidad. Mi nivel de sibaritismo en la ginebra va alcanzando niveles preocupantes, hasta el punto de que anoche me descubrí dándoles a unos amigos una clase magistral sobre gin tonics… La premisa es siempre calidad antes que cantidad. Tanqueray se consagra como la ginebra “de crucero”, Gordon’s como la ginebra “de los pobres” y The London Gin (la azul) como la del más auténtico sibaritismo. Y se confirma también que la calidad hay que pagarla, pero que no hay tampoco por qué dejarse estafar.

Mientras tanto, la gente se empecina en beber todo tipo de no sé qué cosas sin criterio: ron con cosas, whisky con cosas, vodka con cosas… y he llegado a escuchar que los gin tonics son solo propios para tomarlos como digestivo tras una comilona. La marca del fan es el estoicismo, creo que ya lo he dicho por aquí. Traguemos saliva, y paciencia. Y para que no me acuséis de intransigente os tranquilizo: la ginebra con limón también se admite.


Puro. Esta misma tarde me despierto de la siesta entre sudores fríos. ¿El motivo? He soñado que estaba con Melendi, Macaco, Bimba Bosé y Bebe FUMÁNDOME UN PORRO. Esto es rigurosamente cierto, no un recurso literario. No sé qué me ha dado más miedo. Recuerdo que en el sueño charlábamos todos amigablemente, como colegas, pero por desgracia no recuerdo de qué. Daría lo que fuera por volver a tener ese sueño y registrar esa maravillosa conversación imposible.

Imposible sobre todo porque yo no es que no fume porros, es que no fumo nada y además me da un asco increíble. Así que el puro de después de las comidas me lo puedo ahorrar tranquilamente. Seguiré esperando esa supuesta prohibición gubernamental que se nos escapa como humo, y maldiciendo al frío que tanto me hace toser, igual que el tabaco. Y a encarar el 2010 con alegría y salud, amigos. No nos queda otra, ¿no?

miércoles, 6 de enero de 2010

Cuando los discos se fabricaban como churros


Siempre me ha encantado la faceta comercial e industrial del pop. Veréis, hace tiempo me di cuenta de que las canciones (los discos) pop tienen una doble finalidad: para el público, crearles ganas de bailar y/o follar; para todo el personal involucrado en su producción, ganar dinero. Y no hay más, que no os cuenten otra cosa. Estoy hablando del pop, no de otros estilos. Por eso me resulta tan fascinante que un producto tan comercial, tan explotativo, sea fuente de intensísimas emociones íntimas y personales, que una canción pop te pueda hacer sentir tantas cosas en tan poco tiempo.


Está claro que aquí hay un engaño fortísimo, de muy grueso calibre. Igual que el cine engaña al ojo humano y le hace ver imágenes en movimiento, el disco pop engaña al cerebro humano y le hace percibir amor, excitación, ilusiones, ganas de fiesta, rabia, juventud, risa incluso… todo a base de cuatro rudimentos musicales y de trucos de estudio. Una industria incipiente proviene de una labor artesana, y eso era el pop a finales de los años 50 y primeros 60, mi época favorita con diferencia.

Antes de la llegada de artistas “autocontenidos” (Beatles, Dylan), gente que aunaba más o menos talento para cantar, tocar y escribir sus propios temas, las canciones las componían una serie de personas, las interpretaban otros y las cantaban otros aun. Nadie lo ha descrito mejor que Ken Emerson, creo, en este párrafo: “Por toda América (y buena parte del resto del mundo) es muy probable escuchar una canción escrita por un notable grupo de compositores hacinados en cubículos a un par de manzanas de distancia en el centro de Manhattan a finales de los 50 y principios de los 60.”


¿Quién era esta gente? Jóvenes criados escuchando rock and roll, casi todos judíos de Brooklyn de clase media, que interiorizaron a la perfección las reglas del Tin Pan Alley (la música popular de toda la vida, la pastelosa) pero que supieron insuflarle la vitalidad de los nuevos estilos negros. Prueba de ello es que, pese a escribir principalmente pop, muchos de los intérpretes fueron negros, y algunos cruzaron con timidez al R&B. Y dieron en la clave de los gustos del público joven, que es el que escucha la radio y compra discos (o se los hace regalar).

A veces se utiliza el apelativo “sonido Brill Building como paraguas para esta suerte de estilos de pop adolescente, doo-wop descafeinado, baladones y música de negros bien peinados. Esto es debido al Edificio Brill, sito en en 1619 de Broadway (hubo otros edificios igualmente importantes en la misma Broadway) y donde se localizaron en los 60 centenares de empresas relacionadas con el mundo de la música. Una especie de incipiente industria musical integral, en la que se podía en un día escribir un tema en un cubículo al piano, grabar una maqueta, presentarla a una editorial, grabarla profesionalmente y fabricar los discos para su venta.


Sorprendentemente (o no), muchos de estos escritores de canciones a sueldo dieron luego el salto a California y se hicieron nombres propios como cantautores, caso de Paul Simon o Neil Diamond, megaestrellas que empezaron jovencísimos escribiendo para otros. Algunos nombres además, han quedado como hitos de la producción discográfica, como el maldito Phil Spector (y su peculiar sonido perfeccionista), el exitoso Quincy Jones o los “falsos negros” Leiber y Stoller (también compositores de genuino rock and roll).

Hay que admitir que como todo producto de consumo, la canción pop (pensada para singles de 45 r.p.m., pensada para ser sustituida por un recambio a los dos meses) ha dado una notabilísima cantidad de morralla. Pero en la criba salen decenas y decenas de pepitas de oro. Podíamos hacer aquí una lista de temas de éxito surgidos en Manhattan entre 1960 y 1966 y os caeríais de espaldas. ¿Quién no ha bailado “It’s My Party” de Lesley Gore, “The Loco-Motion” de Little Eva, “Tell Him” de los Exciters (o la versión de Luis Aguilé), “Do-Wah-Diddy” también de los Exciters? ¿Quién no recuerda “Be My Baby” de las Ronettes, “Will You Love Me Tomorrow” de las Shirelles, “Chapel of Love” de las Dixie Cups? ¿Quién no ha querido ser novio de las Crystals, de las Shangri-Las o de Neil Sedaka?


La anécdota riza el rizo si sabemos que, además de los Leiber-Stoller, Sedaka, Bert Berns, Spector, había tres tríos compositivos de un peso enorme que encima eran matrimonio en la vida real. ¿Cabe mayor fantasía? Dos de ellos acabaron como el rosario de la aurora, pero cuando estuvieron juntos nos dejaron canciones como puños, se ganaron su pan de manera prosaica, entre tazas de café, pianos sudados y cigarrillos a deshora para que la juventud de su época tuviera un reflejo de sus propios sueños. Estos matrimonios de compositores eran Barry Mann y Cynthia Weil (que siguen casados), Ellie Greenwich y Jeff Barry (casi los mejores) y mis favoritos, Gerry Goffin y Carole King.

Sí, Carole King la que luego se dejó el pelo largo y se hizo famosa como cantautora en los 70. He hablado con los Reyes esta noche y sé que me van a dejar un par de CDs antológicos con colecciones de temas de Greenwich-Barry y Goffin-King. Son casi 50 canciones, seguro que alguna aburridísima, pero seguro que la mayoría me ponen los pelos de punta. Si no conocéis esta música, ya os está haciendo falta en vuestras vidas, lo que pasa es que hasta hoy no lo sabíais.

sábado, 2 de enero de 2010

Guapifeas


-“No es creíble la pérdida de cabeza por esa chati.”
(Migue)





Feliz Año 2010 a todos, amigos. Y esto no sería Estatuas Verdes si no empezáramos el año injuriando a alguien. O a varias personas. Creo que ha sido la visión de Natalia Verbeke anunciando zapatos brillantosos en el telediario de Antena 3 lo que ha terminado por decidirme a acometer este post que llevaba rumiando hace días. Hoy os brindo un nuevo concepto que me he encontrado por Internet, no conocía la palabra pero ¡a fe mía que es de utilidad!


Guapifea es la persona que sin ser fea, no resulta guapa del todo. O sin ser guapa, no puede decirse en modo alguno que sea fea. Yo os lo voy a ilustrar con ejemplos de jamelgas, pero estoy muy interesado en conocer a los guapifeos, y espero para eso colaboración de mi lectorado femenino. Guapifeas, son esas caras que agradan, pero no acaban de encajar. La noche y el alcohol les son propicios, y siempre hay un raro en la pandilla que salta “¡Pero si es guapísima!” Todo el mundo tiene su público, amigos, y algunas guapifeas cuentan con auténticos clubs de fans.

Una guapifea de libro sería, por ejemplo, Eva Amaral. Lo que la muchacha tiene es la juventud, buen tipo y el desparpajo que da el ser cantante (y “el pelo largo, que luce mucho” –según Cuidadora). Pero guapa no es. ¿Sigo? Estos días vemos mucho un anuncio de colonia protagonizado por Audrey Tautou. Todo el mundo la recuerda haciendo de Amelie, y otros esforzados papeles en los que aprieta la boquita y pone así como ojos grandes, pero la buena Audrey no pasa (bien mirada) de ser una clásica guapifea.


Si he sacado a colación a Natalia Verbeke en el primer párrafo ahora ya sabéis por qué es. Esa mujer fue una auténtica musa, hasta el grupo La Costa Brava le sacó una canción. Su atractivo es innegable, y sin embargo, no puede uno decir que sea guapa y quedarse con la conciencia tranquila. Supongo que muchas de estas actrices, cantantes y mujeres de la tele deben mucho de su estatus a su apariencia física, y que en eso invertirán gran parte de sus sueldos. En aceites, afeites, maquillajes, gimnasios, peluquería, vestuario y calzado, digo, en lucir bien. Otras directamente lo tienen de oficio cada vez que aparecen delante de una cámara.

La edad joven y el buen tono físico son valores en alza en esta sociedad, de caprichoso canon de belleza. Por un lado se ensalza la delgadez, por otro de fomenta el atiborre. Disney saca a una princesa negra, Dreamworks a una verde, triunfan las bellezas exóticas. Y todas las guapifeas que no encajan en el canon clásico de guapura se benefician de este estado de la cuestión. Si no, ¿alguien se explica que una mujer como Leonor Watling sea considerada una sex symbol contemporánea?


La nómina es cuasi infinita: Tina Fey (la de Rockefeller Plaza), Malena Alterio (la de Aquí no hay quien viva), Sandra Daviú (la que presenta ahora El Diario… ya no de Patricia), Sandra Oh (la de Anatomía de Grey –aunque “en Entre copas tenía su aquel”, según Fran G. Matute). Y si nos vamos al submundo indie –tan caro a este blog- creo que la cosa se dispara: cantantes como Isobel Campbell (Belle & Sebastian), Tracyanne (Camera Obscura), actrices como Maggie Gyllenhaal o Chloe Sevigny (las de… bueno, vosotros lo sabéis).

¿Entonces, Porerror… quiere esto decir que ya has encontrado, tras años de búsqueda, el término adecuado para encasillar a tu execrada Sarah Jessica Parker? ¿Es una guapifea? No, señora, eso es otra categoría. SJP es fea fea de cojones.
 
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