Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

viernes, 2 de mayo de 2008

¿Tu criatura?


Había una vez (en 1975) un disco de Supertramp que se titulaba ¿Desaceleración económica? ¿Qué desaceleración económica? Eso es lo que alguien podría pensar estos días si recorre el centro comercial de cualquier ciudad española, fijo que cualquiera. La mía, seguro, lo constaté ayer por la tarde. Vistos el ritmo y la alegría con que la gente compra, consume y gasta, nadie diría que hubiese una crisis. La persona que iba conmigo ayer me comentaba, sorprendida, “La gente no se cree que haya crisis económica”. ¿Cómo lo van a hacer, si no se lo cree ni el gobierno!

Imbuido estaba en este frenesí comercial cuando, entre peña con bolsas de Zara, Mango y H&M, vi a una persona que me resultó familiar. Enseguida reconocí a un antiguo compañero de colegio, no un íntimo pero sí alguien con quien había compartido bastantes momentos. Da la casualidad de que, tras años sin vernos, hará unos días ya me lo encontré por la calle, pero él iba en coche y yo andando y no tuvimos ocasión de ponernos al día, solo de saludarnos con la cabeza (ya se sabe: el encuentro casual…). Esta vez lo vi y se paró conmigo, y curiosamente a sus pies enredaba un niño de poco más de un añito, vestido de bebé pijo.

Mi colega no es que fuera cani o bakala, su estilo tira más bien a clásico español (campo, toros, caballos, sabéis) pero ver a ese niñito ahí, tan primoroso, no sé... fue una estampa turbadora. Mi primera reacción fue pensar “alguien ha perdido a su hijo bebé, ¡qué malos padres!”, cuando veo que, tras saludarme, mi amigo coge al niño en brazos y lo zorrococlea.

Es entonces cuando yo me quedo sin habla y le digo, por dar fe de una obviedad: “¿Es tu, es tu… ¿criatura?” Sugerencia ridícula y monstruosa para mí, pero pensemos: estoy hablando con un señor de 30 años. Sí. ¿Cómo se llama? Tal y cual… Me afano por seguir el rastro de su dedo anular a ver si le veo una cosita, veo la banda dorada y pregunto: ¿Tú te casaste, no? Sí, hace cosa de año y pico. He estado viviendo un par de años en Uruguay y ya nos hemos venido, tú sabes, por culpa de este… dice mientras señala al rico retoño.

Un sudor frío me recorre la espalada. La madre está ahí dentro, haciendo unas comprillas (haciendo como que no hay crisis, pienso yo), y señala una joyería o una tienda de zapatos. Estupendo. Le doy la enhorabuena por partida doble (boda e hijo: han cantado Bingo, amigos), él me pregunta ¿Y tú qué tal? ¿Qué es de tu vida? Le hago somero resumen de mi currículum y me despido jovial, no sin antes reiterarle mi enhorabuena al papá.

Mientras me alejo, me vienen flashbacks de mis últimas salidas en pandilla con este chaval, de mi colegio, de antes. De antes. ¿Por qué me resulta tan extraño que un tipo de mi edad, con una carrera profesional (exactamente igual que yo) esté casado y con hijos? Tengo varios amigos que ya se han casado, otros viven en pareja hace años y tan contentos, pero he aquí el dato clave, amigos: ninguno tiene descendencia. En los tiempos que corren, es lo normal, pero lo otro (a nuestra generación nos parieron con veintitantos)… ¿por qué me resulta tan chocante?

A lo mejor la respuesta la encontramos en la camiseta de Naranjito que llevo puesta ahora mismo, pero sinceramente, no me da miedo ni me preocupa. Como decían los Byrds “para cada cosa hay un momento”.

jueves, 1 de mayo de 2008

Tres postales de mayo


Postal 1. Querido Jack Lee:

Tú no me conoces, pero yo te odio. ¿La razón? Porque hace 31 ó 32 años escribiste una cancioncilla titulada “Hanging On the Telephone”, cuya melodía es más adhesiva que un buchito de Superglue. Yo ya la conocía, y me gustaba, pero el viernes pasado tuve la desgracia de ir al concierto de un grupo que tocó una versión, y desde entonces la puta melodía no deja de rondarme por la cabeza. Sé que la tocaste con tu grupo The Nerves y que luego se la “diste” a Blondie, que la convirtió en un éxito. He escuchado la versión de Blondie unos cinco mil millones de veces esta semana, en casa, en el coche, incluso he estado a punto de canturrearla en voz alta en el trabajo en momentos inconvenientes (estaba con unos clientes, tu comprends…).

Ayer no pude más y asalté a un amigo en su casa para que me prestara la versión de The Nerves, ¿no la tienes en CD? pues me dejas el vinilo, me da igual. Tú y tus compis de grupo (Paul Collins, Peter Case) sabéis lo adictivo que es el pop y la desgracia que supone ser un yonqui de la música. Estas cosas no se le hacen a un fan.

Cuídate.


Postal 2. Querido Pablo:

¿Por dónde andas? En el Parnaso ya sé que no, pero no me hagas creer que estás arrimando el hombro en un barco de pesca o extrayendo cobre en una mina con tus hermanos los obreros. ¿Sabes? Empecé un blog titulado como un poema tuyo y va estupendamente, últimamente se ve que soplan vientos favorables para la poesía. ¿Qué por qué estoy tan cursi? Porque hoy he estado charlando con una señora que me ha hablado de sus lecturas, y de cómo conoció en persona a Adonis (el poeta sirio, ya sabes) y a Seamus Heaney (sí, el Premio Nobel de Literatura, como tú), el que tradujo Beowulf al inglés actual. Sí, la gente sigue creyendo que Beowulf es una peli con Angelina Jolie en vez de un poema épico, por eso hacen falta tus estatuas de bronce, Pablo.

Un abrazo, y no te pases de comunista.


Postal 3. Querido Dios:

Con toda humildad me dirijo a ti. Si Bono (el de U2) y Arrabal han hablado contigo, ¿por qué yo no? (Vale, no hace falta que respondas). Hoy he estado en una Primera Comunión, y cada vez que asisto a un sacramento me da por reflexionar. ¿La gente lo hace por ti, por que sí o para que les den regalos? La única que lo ha entendido ha sido mi sobrina de 5 años, que ha preguntado: ¿Por qué tenemos todos que hacer la Primera Comunión? Hay más filosofía en esa pregunta que en mi libraco de COU.

A lo mejor es porque respeto mucho los sacramentos católicos, pero no puedo con esa gente que los recibe (o manda a sus hijos a recibirlos) y se la pasan cascando. Vaya con los curas, etc, etc, etc… ¿A usted la obliga alguien, señora? Ah, creía. (Afortunadamente no era el caso en la comunión a la que he ido hoy).

Por último quería contarte que para estar a la altura me he vestido con chaqueta y corbata, ya sabes, de patrono. Y me he cruzado por la calle con una manifa obrera del 1 de mayo. Eso sí que mola, ¿eh? ¿Quién es el radical aquí: ellos con sus banderitas republicanas o yo con mi corbata de seda camino de una iglesia?

Adiós, Dios.

miércoles, 30 de abril de 2008

Albert en el cie con diamán


“La psicodelia llamaba a las puertas del mundo con sus dibujos espirales, sus colores ácidos y sus canciones transidas de LSD.”
(Fernando Royuela)


Ayer murió el Dr. Albert Hoffman, el químico suizo que ha pasado a la historia porque en 1943 fue la primera persona en sintetizar la dietilamida de ácido lisérgico, sustancia más conocida como LSD. Esta poderosa droga fue descubierta/ creada de manera fortuita, mientras Hoffman trabajaba en –nos cuenta la prensa- los cornezuelos del centeno. (Si alguien sabe qué son los tales cornezuelos por favor que deje un comentario explicándomelo.) Pero no es de Hoffman de lo que quiero hablar en este post, ya habrá biografías y obituarios bastantes. Más bien quisiera hablar de su legado involuntario, aquel que floreció 25 años después en los años sesenta.

Nunca olvidaré aquella tarde de viernes en catequesis (sí, amigos). Teníamos 17 años y antes de empezar, los catecúmenos nos reuníamos y catábamos canciones de Nirvana y de Oasis: eran los locos años 90. En mi grupo había un neo-hippy que empezó leyendo a Nietzsche y acabó tocando el sitar, un rockero aficionado a los pitillos y a Héroes del Silencio y varios nihilistas adolescentes más, entre los que me incluyo. En cierta ocasión, los catequistas nos preguntaron qué era lo más importante en nuestras vidas, y un colega respondió: la psicodelia. Yo me quedé maravillado, ahí comenzó una amistad. Como dato os diré que el tal colega es hoy día músico y uno de mis mejores amigos (pese a no leer Estatuas Verdes).

Psi-co-de-lia, mágica palabra que apenas alcanzábamos a comprender. ¿Cómo habría sido en los años sesenta? Para entenderlo estaban el cine (la escena de la fiesta en Cowboy de medianoche, 1969), la literatura (Hunter S. Thompson, Pynchon) y ante todo la música. Si, según el clásico, el careto de Helena de Troya fue “el rostro que puso en marcha un millar de naves”, la droga de tito Hoffman fue la sustancia que puso en funcionamiento un millar de millares de grupos de música rock.




A menudo se confunden los términos “psicodelia” y “rock de garaje”, y el término tampoco es ajeno a aleaciones con otros estilos como el pop o el folk-rock. En realidad la psicodelia, más que un estilo musical de verdad es una especie de credo estético (si se me permite la cursilada), y como tal puede impregnar muchos subgéneros del rock. Y eso sin contar con que muchísimos grupos se subieron al carro de la etiqueta simplemente porque estaba de moda, sobre todo a partir del verano de 1967 (léase Rolling Stones, Hollies o Byrds).

Pero no nos engañemos, tampoco la psicodelia es cualquier cosa. Hay gente que utiliza la palabra como sinónimo de “paranoia” (también usada sin propiedad), solo para indicar que algo es “raro”. Piscodelia son unos señores que visten con colores llamativos y accesorios retro (chaquetas militares, collares, caftanes) y hacen música bien estridente bien naïf dizque para reproducir los estados de conciencia alterados inducidos por drogas alucinógenas como el famoso LSD. Hasta los Beatles tuvieron su rollo psicodélico, y si no que se lo pregunten a John Lennon cuando le acusaron de que el título de su canción “Lucy in the Sky with Diamonds” era una clave para decir LSD.

En su regular novela Violeta en el cielo con diamantes (2005), Fernando Royuela utiliza el LSD como vehículo de entrada en la España Franquista de las nuevas ideas sesentayochistas provenientes de Europa, en especial de la revuelta Francia. En su fantástica novela La subasta del lote 49 (1966), Thomas Pynchon nos presenta a una protagonista inmersa en una paranoica trama de conspiraciones, y al principio del libro nos cuenta cómo esta mujer sigue un tratamiento a base de LSD recetado por su médico. Y es que no debemos olvidar que antes que droga de recreo el LSD fue probado como medicamento, con polémicos resultados (finalmente fue que no). Incluso el ejército norteamericano realizó en los años 50 numerosas pruebas usando soldados como cobayas humanas para poner a prueba la resistencia humana a los efectos de la novedosa sustancia.

En la puerta de mi cuarto en Inglaterra, mi amigo Jorge UK (así llamado porque tengo otro amigo Jorge en España), químico de pro, me puso un póster con el dibujo de la fórmula de la cafeína, la viagra y el LSD, según él “las únicas sustancias que necesita el estudiante para sobrevivir”. Pobre de mí, yo que en esa época la única droga que tomaba era el tinto con Coca-Cola… No puedo hablar en primera persona de los efectos del ácido, ni falta que me hace. Tampoco admiro especialmente a aquellos creadores que dicen haber realizado su obra bajo su influencia. Ahora, eso sí: nunca le hago ascos a un buen disco sesentero de los llamados “psicodélicos”, aunque en realidad de psicodelia y de LSD tengan lo que usted y yo sabemos: aproximadamente lo mismo que Massiel mirando la carta de ajuste (en 1968, claro).

martes, 29 de abril de 2008

Intocable


Hay días en que todo cuesta, ya lo dijimos. Pero también hay días en los que se produce el efecto contrario: se va sobre una nube. Ya pueden llover carretas y carretones, que a nosotros nos da igual, no nos afecta. En realidad nos encontramos protegidos por un halo que será diferente para cada persona pero todos tendrán algo en común, el hacernos intocables.

Vas flotando, como si no fuera contigo, y la vida se desarrolla fuera de esas ventanillas que son nuestros ojos. Igual que Monterroso viajaba en tren y veía una vaca, una vaquita, allá a lo lejos, nosotros vemos pasar la vida entera pero no nos afecta. Las cosas nos pasan por encima, si acaso nos despeinan el flequillo un poquitito, dejándonoslo como el de Tintín. Y no es necesario que los demás lo sepan, es una cuestión propia. Nadie sabrá de esa llamita –o llamota- que inflama nuestros interiores y nos hace inmunes a los problemas.

Ya pueden llover carretas, digo, ya nos puede venir el jefe o la jefa con sus historias, o algún compañero con una minucia de querella. Ya nos podemos encontrar en el buzón una cartita del banco, Hacienda o el Ayuntamiento, de esas que normalmente harían que anduviésemos con la barriga floja. Ya nos podemos quedar sin leche o sin papel higiénico, o tal vez se nos corte el agua calentita en medio de una ducha.

Los demás nos mirarán sorprendidos (eso si nos miran) o lo más probable es que ni siquiera reparen en nosotros. No sabrán de nuestra inmunidad, alguno habrá que –insolente- trate de tocarnos. Pero no. Hoy no. Hoy somos intocables. Tampoco podemos culpar a la gente por no saber lo que nos pasa, lo que sería imperdonable es que lo olvidásemos nosotros.

Puede que nos hayan dado una beca con la que llevábamos soñando años, o que hayamos aprobado el carnet de conducir. A lo mejor por fin nos ha comido la boca esa persona o nos hemos librado de la mili. Quizás una revista haya publicado poemas nuestros, o simplemente nos ha salido un crucigrama por primera vez. ¡Qué más dará!

Y es que no me estoy refiriendo a la causa de nuestra alegría, sino a su efecto, a la sensación. Esa que nos acompaña y nos hace fuertes, libres, mejores.

Desgraciadamente la sensación no dura –no puede durar mucho- porque tampoco sabríamos gestionarla más de 24 o 48 horas. Cuando se va, dejándonos un regustillo dulce de bienestar, a mí me gusta pensar que es como Mary Poppins: que una vez realizada su labor debe partir para hacer felices a otras personas. De todas maneras, podemos estar seguros de que ya vendrán otros días iguales, volveremos a ser intocables.

lunes, 28 de abril de 2008

Robotech ha llegado!!!



El día que era defenestrado por Telecinco, el chavalín capullo ese de Las gafas de Angelino decía que su programa iba a quedar como algo “de culto”. Más bien de inculto, diría yo, pero ese es otro tema. Para culto culto lo que os traigo hoy: gallifante para el que se acuerde. En realidad no es tan difícil, si tienes más de veinticinco años y veías la tele por la tarde en 1991. A eso de las ocho u ocho y media, antes del Telecupón, Su media naranja y otras gaitas, Telecinco solía regalar a los niños y jovenzuelos con una serie de dibujos.

Yo siempre he sido muy de guerritas y esas cosas, ya lo sabéis, y hete aquí que un buen día de verano vuelvo de pasarme la tarde en la piscina, pongo la tele y me salen unos dibujos con unos roboles gigantes que disparan rayos láser a mansalva y combaten contra aviones que se transforman y lanzan misiles desde una especie de portaaviones interestelar. Robotech, amigos, había llegado.

Vi la serie con gran devoción, no me perdía ni un capítulo, para mí lo mejor que tenía era los aviones de combate (realistas, pues la serie era de 1986 pero estaba ambientada en el año 2009), tipo F-14 o F-18 y sobre todo, los malos. Los Zentraedi eran unos alienígenas malos malísimos, del tamaño de un edificio cada uno. Ellos luchaban con armaduras y los terrícolas, claro, tenían que mandar hacer roboles gigantes. Y sus naves, ¡Virgen Santa! Unos crucerazos espaciales de color caqui de los que salían mini-naves interceptoras o terribles enjambres de misiles. Me encantaba la estética de la serie, las explosiones eran esferas amarillas, los personajes parecían un cruce entre el Comando G y Mazinger Z, y esos aviones… siempre los aviones.


La serie iba de defender la Tierra de un ataque alienígena pero tenía sus subtramas cómicas, románticas… en ambos bandos. Los extraterrestres resultaban extrañamente humanos, a pesar de ser gigantes (eran antropomorfos)… la acción era trepidante (para ser una serie pintada a mano). Llegué a ver la primera temporada completa y el comienzo de la segunda. Admito que esta me defraudó mucho porque ya no era lo mismo. Por alguna razón se desarrollaba en una Tierra arrasada muchos años después, y los equipos de combate ya no resultaban realistas: eran de colorines, en plan Power Rangers, con unas motos deslizadoras absurdas…

Los protagonistas se suponía que eran descendientes de la generación original, pero a mí aquello nunca me cautivó, y para colmo Telecinco decidió pasar la serie de diaria a los sábados por la mañana y, amigos, yo de pequeño sería muchas cosas pero no era uno de esos que se levantaban a ver la tele a las diez un sábado, que no había colegio. Por este motivo dejé de ver la serie y le perdí el rastro. Nunca volví a oír hablar de ella, llegué a pensar que me la había inventado. ¿Transformers, dices? No, no.... ¡Eso es Battletech! Que no… Hasta que hará un año y medio un colega me comenta, “estoy viendo una serie japonesa que me he bajado, se llama Robotech”.

Más de un año he tardado en que mi amigo me grabara la serie completa (85 episodios, 3 temporadas) en formato .avi, pero por fin la tengo en mis manos. ¡Y qué fantasía, amigos! Nombres alojados en mi memoria y reprimidos durante décadas fueron puestos ayer en libertad, tan familiares: Rick Hunter, Comandante Lisa Hayes, Isla de Macross, Lynn Minmei, SDF-1, protocultura, escuadrón Varitech…¡basta! Investigo un poco en Internet y me entero de que la serie Robotech tal como la conocemos es –agarraos- un engendro americano que refunde tres series anime japonesas completamente independientes, cambia nombres, personajes, diálogos y realiza un montaje como le da la gana para dar lugar a un nuevo producto occidentalizado. Algo así como lo que hizo Woody Allen con su primera película What’s Up Tiger Lily? -1966- (cogió un filme japonés y lo dobló a caraperro en plan “Mundo viejuno”).

¡Con razón la primera temporada y la segunda no tenían nada que ver! Ahora me da miedo ver la serie entera: la primera saga fijo que me mola pero las otras… ¿lograrán engancharme las historias? En cualquier caso, viva Robotech, y no os extrañéis si en esta fiebre jolibudiense de regurgitar productos culturales les da por hacer una peli de Robotech con personas de carne y hueso.


Hay una cosa que no os he contado. Aquel otoño, Telecinco quitó mi serie favorita y la pasó a los sábados porque la sustituyó por otra serie japonesa, una tal Campeones. Y todavía os sorprendéis de que no me guste el fútbol…

domingo, 27 de abril de 2008

Patrulla X: ¿alguien la entiende?


Cierta tarde de mayo del año 2003 gocé en USA de dos experiencias inolvidables: comerme un perrito caliente empanado y ver la secuencia inicial de X2, segunda parte de la película sobre la Patrulla X. Este comienzo tan trepidante me pareció lo más guay en cine de acción desde Salvar al soldado Ryan (1998), salvando las distancias. Muy innovador, teniendo en cuenta que no era precisamente la primera vez que se rodaba una escena en lo que figuraba ser la Casa Blanca. Yo ya había visto la primera parte (X-Men, 2000) y años después disfruté también mucho con la (¿)última(?) de la saga (X-Men: La decisión final, 2006).

El gusto por las pelis de la Patrulla X (me niego a llamarlos X-Men, lo siento) me viene después de disfrutar durante algún tiempo de los cómics, cosa rara en mí porque aunque friki de pata negra nunca me he metido a fondo con los tebeos de la DC o la Marvel. Yo he sido más de Mortadelo y Filemón, de Tintín, de Astérix, últimamente de El Jueves… pero el universo de los superhéroes (me ciño aquí a la Marvel) es tan vasto y tan cambiante que me resulta abrumador. Igual en eso reside gran parte de su atractivo, qué duda cabe, pero a mí me pueden tantos personajes, tantas sagas y sobre todo, tantos trucos sacados de la manga.

Con la Patrulla X me ocurrió que aproveché la coyuntura de unas reediciones baratas y me leí todos los números de los primeros diez años de existencia de la serie. Es la llamada “época clásica”, con la primera Patrulla, más el comienzo de los renovados X-Men en 1975. Aquí se incorporaron muchos personajes clave de la saga como Lobezno, Tormenta o Rondador Nocturno… las tramas se hicieron más vistosas y la Patrulla alcanzó sus más altas cotas de éxito. Pero yo dejé de comprar los tebeos en parte por ahorrar y en parte porque no me cabían en mi cuarto (discos no he dejado de comprar, nótese la sutil diferencia).

Mi conocimiento de las etapas clásicas me permite entender muy bien a personajes fundamentales como Magneto, Jean Grey o el Profesor Xavier, pero me deja completamente descolocado ante otros muchos que aparecen en las películas como son Arco Voltaico, Psylocke o una especie de erizo japonés (¿Kid Omega?... ni idea). Otra ventaja de las películas para la gente que no conocía la saga es que su línea argumental es completamente independiente, es decir, se basa en los personajes y las grandes ideas del cómic pero las tramas son autocontenidas. Y lo mismo ha ocurrido con recientes éxitos del cine superheroico como la trilogía de Spiderman o las aventuras de Los Cuatro Fantásticos.

Esto no es baladí, de no ser así sería imposible que estas películas obtuvieran tanto éxito (y éxito en taquilla = dinero, amigos). La mayor parte de la gente no conoce al dedillo las tramas y las historias que se montan en los cómics, culebrones que llevan en algunos casos décadas y en los que abundan los universos paralelos y los cambios retroactivos (lo que en la jerga se conoce como retcon). ¿Por ejemplo, sabíais que Mística (el personaje femenino azul que cambia de forma y aspecto) era la madre del Rondador Nocturno (el acróbata alemán capaz de teletransportarse que está todo el santo día rezando)? ¿O que es también la madre adoptiva de Pícara (la adolescente que no se puede enrollar con su novio porque su poder consiste en chuparle los poderes a los demás)?

Nada de esto se menciona ni se sugiere en las películas pero es un dogma en los cómics, aunque en un momento dado estos de la Marvel te montan una serie limitada que se llame, por ejemplo The Dark Blue Chronicles, y se sacan de la mangucia que en realidad Mística no existe, porque fue una ensoñación de Magneto mientras se hacía la cena o que en un pasado paralelo Adolf Hitler copuló con La Bruja Escarlata y de ahí nacieron Mística, Super Mario Bros. y Optimus Prime.

Las mitologías siempre ha sido culebrones –todas, nada más que me remito a la griega, por ejemplo- pero al menos gozaban de cierta estabilidad, para que el mito resultase reconfortante y sirviese para explicar algo. A mí la desazón que me producen los cómics es que cada vez que me acerco a ellos ha habido un cataclismo: que si Spiderman y Mary Jane no han estado nunca casados, que si Superman ha muerto y ha vuelto a resucitar… y lo que me da más coraje es que esto no lo hacen para innovar o por un prurito artístico. Es solo por dinero, ya que un número que contenga una de estas revelaciones bizarras tiene garantizada unas ventas infinitamente superiores, siquiera por el morbo.

En fin, yo a lo mío, de momento me quedo con las pelis, que es terreno seguro, hasta que me dé la paranoia y me vaya a la tienda de cómics más cercana a pillarme los últimos treinta y tantos años de números de la Patrulla X que me faltan.

viernes, 25 de abril de 2008

Elvis Presley, marino sempiterno


Conocíamos a Ulises, a Simbad el Marino, a Vasco da Gama, a Juan Sebastián Elcano, al Capitán Cook… Más recientemente hemos visto a Popeye o al Capitán Pescanova, incluso se ha hablado aquí del Marinero en tierra de Rafael. Pero para “marinero en tierra”, hoy os traigo a un personaje indiscutible cuyas dotes de navegación al timón de un sin fin de embarcaciones nunca han sido cantadas.

Me estoy refiriendo al gran Elvis Presley, prolífico cantante y actor cuyas películas le hicieron adoptar los más variados papeles. A saber: joven duro pero sensible que quiere triunfar en la música y ligarse a una chica, joven duro pero sensible que desea triunfar en las carreras de coches y ligarse a una chica, joven duro pero sensible que desea triunfar en la música para poder pagarse un coche de carreras (y ligarse a una chica)… No me lo estoy inventando, os acabo de escribir la sinopsis de El rock de la cárcel (1957), Pista de carreras (1968) y Cita en Las Vegas (1964), respectivamente.

Siempre atento a El Rey (y no precisamente al que nos cuesta 12 céntimos por persona al año), en estas semanas he tenido oportunidad de ver dos de sus pelis: Chicas, chicas, chicas (1962) y Amor en Acapulco (1963). Concediendo que no han de quedar en los anales del Séptimo Arte, tengo que decir que ambas pelis me han parecido bastante mejores de lo que esperaba, sobre todo la de Girls! Girls! Girls! Se trata de amables comedias románticas, de las que abundaban en los primeros años sesenta, pero con el aliciente de estar plagadas de números musicales. Y no cualesquiera, oiga, que con Elvis cantando ya tenemos la tangana garantizada: este hombre es capaz de liarla entonando la sintonía de Informe Semanal.

De guión (admitámoslo) andan las dos pelis bastante flojitas, pero ya digo, no más que otras pelis de Dean Martin y Jerry Lewis o de Doris Day. En realidad Chicas, chicas, chicas me ha parecido que no está tan mal en cuanto a caracterización de los personajes, sus motivaciones, trama, el modo en que las canciones se van insertando… muy por encima de la media. La de Acapulco me ha parecido más un producto de puro marketing simbiótico: usted, Elvis Presley, viene aquí a sacar esto en pantalla grande en USA y hacernos propaganda del turismo y nosotros le dejamos hacer básicamente lo que le dé la real gana. En esto Elvis se une a la nómina de Cantinflas o Paquito Martínez Soria, que realizaron similares producciones cinematográficas.

Que no falten los “clavados”, las lindas playas, las hot señoritas… ay! Ay! Ay! Carumba! Viva el topicazo que hace alegre la tragedia, viva lo mejicano. Elvis vestido de charro, de matador o de lo que haga falta (es un G.I. Joe, el pobre). Ursula Andress en biquini haciendo de condesa centroeuropea (ya se sabe, tan mal acabó después de esta peli que tuvo que ir a que la curara el Dr. No, sin quitarse el biquini, claro). Un menino da rua chicano que hace las veces de manager de Elvis, con sus maneras de Lázaro de Tormes… y eso sí: ABSOLUTAMENTE TODAS las canciones deben contener las palabras “siesta”, “fiesta”, “tequila”, “señorita”, “amigo” y “matador”.

Bueno he mentido, no TODAS. Hay aquí un tema espectacular llamado “Bossa Nova Baby”, que era el que Pepe Navarro sacaba en el Mississippi doblado como “No me importa que me digas que hago menos guarreridas que la mona de Tarzán…”. Y ¿que la bossa nova no es de Méjico? ¡Qué más da! Qué importa confundir Méjico con Brasil, yo mismo lo acabo de hacer en el párrafo de arriba porque me venía bien. A todo esto, se me ha olvidado decir que en esta peli el problema de fondo de Elvis es su vértigo, ya que aunque trabaje como marinero, socorrista y cantante en realidad él hace de artista del trapecio.


Chicas, chicas, chicas es otra cosa en cuanto a guión se refiere. La falta de dinero obliga a Elvis a abandonar su cómodo trabajo de patrón de una embarcación de recreo para hacerse rudo pescador. Todo esto adobado con una serie de canciones muy buenas, entre ellas “Return to Sender” y la crucial “Canción de la gamba”, en la que Elvis exhorta a este crustáceo decápodo a saltar a su red de pesca (no os riáis, que en la peli de Acapulco canta una que empieza “Viva el vino, viva el dinero”en español).

Ver a Elvis con su gorrilla de marinero se ha convertido para mí en algo habitual, tanto que su look de a bordo se me antoja una imagen icónica (le queda infinitamente mejor que el de piloto de carreras o el de cowboy, digámoslo). Al principio de Amor en Acapulco también vemos a Elvis con su gorra marinera y unos pantalones hiperajustados, marcando timón. Cierto que luego se cambia a trapecista, torero charro y lo que haga falta, pero nada eclipsa el “efecto halo” de esa su primera aparición original.


El mar, la mar, el mar, sólo la mar, ¿por qué te trajiste a Elvis, Coronel Parker, a la ciudad?
 
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