Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

sábado, 9 de febrero de 2008

No Guru, No Method, No Teacher


Yo no comí la semana pasada pollo korma y anteayer un filete con una salsurria india de pepino y yogur para esto!!! Titulo este post como un disco de Van Morrison porque hoy tributamos un homenaje al Maharishi Mahesh Yogi, fallecido el martes 5 de febrero. ¿Y quién es este señor? Pues en las mínimas palabras: el gurú de los Beatles. Por sí solo, esto debería bastar para que aproximadamente unos mil quinientos millones de personas le odiasen (todos los fans de los Beatles, que, igual que los de Elvis, no pueden equivocarse). Pero veamos su historia.

El Maharishi nació en algún momento entre 1911 y 1918 y a lo largo de su espiritual vida su máximo logro fue el de crear y desarrollar la técnica conocida como “Meditación Trascendental”. Vaya por delante que respeto muchísimo la cultura india, milenaria antes que la nuestra, y que nada de sus creencias y religiones me parece una payasada. Pero no puedo dejar de ver algo de embaucador, algo de celebrity chanante en este personaje. No puedo dejar de acordarme de El gurú del sexo (2002), aquella peli tan divertida con Heather Graham y Marisa Tomei. Y eso que el nota parecía ser serio: sus técnicas están basadas en la literatura védica, él comenzó a enseñar a mediados de los años 50, y desde entonces empezó a usar los títulos de respeto yogi y maharishi.

De la India pasó a Birmania, de ahí a Hawaii, y de allí dio el salto a California, donde (no nos engañemos) su fama le vino cuando se fijaron en él determinadas lumbreras espirituales del mundo de la “contracultura” (recuérdese que para entonces ya corrían los embarazosos años 60). Sus discípulos más conocidos incluyen a los Beatles pero también al cantautor escocés Donovan (quien sacó una foto suya en un disco), los Beach Boys, la actriz Mia Farrow, el cómico Andy Kaufman y los directores Clint Eastwood y David Lynch. Su influencia en el caso de los Beatles fue enorme, el rollito hindú penetró via George Harrison (entre nosotros, el único Beatle que se lo llegó a tomar en serio), y pudo verse en muchos temas del cuarteto como “Norwegian Wood”, “Love You To”, “Within You Without You”, “The Inner Light”, “Sexy Sadie” o “Across the Universe”, canciones todas que, o se grabaron usando instrumentos indios o contienen referencias místicas en la letra.

Lo más basto del tema fue que los Beatles se fueron con el Maharishi a meditar (era la época de los caftanes y del sitar: ahí está también “Paint It Black” de los Rolling Stones), primero a Bangor (País de Gales) en 1967 y en 1968 a Rishikesh en la India. En este viaje les acompañaron los citados Donovan (quien dejó constancia de ello en su canción “Riki-Tiki-Tavi”), el Beach Boy Mike Love y Mia Farrow. De hecho, cuenta la leyenda negra del Maharishi que a este personaje, además del Misticismo le iba el Palotismo, y que trató de picar en barro con la ex de Frank Sinatra y futura de Woody Allen (ver foto). Esta anécdota ha quedado fijada en la historia, pero luego resulta que todos los presentes la niegan, incluyendo la propia Farrow, quien en sus memorias solo admite haber estado “aterrorizada” cuando el yogi la abrazó en una cueva oscura durante “una sesión de meditación privada”.


¿Se trató de un intento de abusos sexuales? ¿Acaso la Farrow acababa de leerse Pasaje a la India de E.M. Forster y se había sugestionado? (Por aquello de que en la novela una blanca amenaza en falso a un indio de intentar violarla en una cueva). Nunca lo sabremos, pero, como digo, imposible reseñar la vida del Maharishi sin hacer referencia a este episodio. Me fascina el tratamiento que la prensa mainstream ha dado a la muerte del Maharishi Mahesh Yogi, cómo adquieren la noticia y la regurgitan para luego soltárnosla de cualquier manera. Sirva como muestra una cita de ABC (7/02/08), en un artículo de Manuel de la Fuente:

“Aquel febrero de 1968, los Beatles no alcanzaron el nirvana pero lo rozaron con las yemas de sus rockanrroleros [sic] dedos”. Right on! Sí señor…

Aparte de hacer dieta y meditar mucho (y vestirse ridículamente), a los Beatles su retiro indio les sirvió para componer la mayor parte de su fundamental “disco blanco” (The Beatles, 1968), para muchos su obra maestra. Pienso que el rollo místico y desinteresado de paz y amor no les duró mucho a los “cuatro de Liverpool”, ya que nada más regresar de la India Lennon y McCartney fueron a Nueva York para pergeñar su empresa multinacional Apple Corps Ltd. John sí que abrazó con ganas el orientalismo: en el mismo 1968 se enrolló con la insoportable Yoko Ono (artista japonesa) y de resultas se divorció de su mujer Cynthia. A los fans nos ha quedado ese regusto a curry de algunas canciones del grupo, y ya digo que las más directamente relacionadas con la experiencia india son las del Disco Blanco, donde no suena ni medio sitar. Quizás sea un buen momento para recordar la letra de “Sexy Sadie” tal y como John Lennon la escribió en un principio: “Maharishi, ¿qué has hecho? Te has burlado de todo el mundo”. D.E.P.

jueves, 7 de febrero de 2008

Juno: Retrato de la preñada adolescente


Señoras y señores: se ha producido una injusticia y como tal hay que decirlo. Ya cuando vi las nominaciones a “Mejor guión original” de los Oscars de este año me olió a pescadilla que se quedase fuera la peli Viaje a Darjeeling (bueno, de esa y de todas las categorías, ya puestos a denunciar). Vi que sí estaban nominadas Juno, Ratatouille, Michael Clayton y otras dos de las que no había oído hablar. Entonces no había visto ninguna de ellas, pero hoy he visto Juno y de ella quiero hablaros. Cierto que en sí esta peli no es responsable de haber dejado fuera a Darjeeling, pero en mi cabeza sí lo es, puesto que viene a copar el nicho de peli “independiente/friki” tan del gusto de la Academia americana en los últimos años.

¿Hace falta recordar los galardones de Casi famosos, Lost in Translation, ¡Olvídate de mí!, Entre copas (este como “Guión adaptado”) o Pequeña Miss Sunshine en lo que va de década? El propio Wes Anderson, director de Viaje a Darjeeling, estuvo nominado en 2001 por su peli Los Tenenbaum, aunque ese año ganara Gosford Park. Las pelis aquí citadas tienen en común su punto friki, alternativo y falsamente anticomercial. Eso es lo que ofrece Juno (no nos engañemos) y por eso yo la veo la directa competidora de mi favorita de este año.

Juno es mi comedia indie anual (el médico me había avisado de que ya me tocaba pronto). Y es que esta peli lo tiene todo: críos inadaptados en los papeles principales, está ambientada en la América profunda (no la de los tiros de Bardem: la de andar por el bosque 10 km para ir a la tienda), títulos de crédito de animación un tanto desvaídos, una banda sonora con canciones indies lo-fi… Todo esto lo vimos ya en Thumbsucker (2005) o Algo en común (Garden State, 2004)… ¿qué es entonces lo que aporta de nuevo Juno, esta comedia de Jason Reitman que se presenta como la “tapada” de los Oscars de este año (cuatro nominaciones: mejor guión, peli, director y actriz principal)?

Básicamente es la historia de Juno McGuff, (llamada así por Juno, la versión romana de la diosa Hera, cuya experiencia con los bebés incluye intentar matar a Hércules en la cunita), una chica de 16 años que de buenas a primeras se queda embarazada. Para Juno, hacer el amor consiste en sentarse en una silla, como si de un sketch de Peter Cook y Dudley Moore se tratara (el del padre y el hijo hablando de sexo). La chica (interpretada por Ellen Page, la que hacía de Kitty Pride en la tercera parte de X-Men) se debate entre abortar o tener el bebé y darlo en adopción, ya que desde el principio se ve incapaz de quedárselo y criarlo ella. El padre de la criatura es su amigo del instituto (Michael Cera, el de Supersalidos, quien nos da una idea de cómo debió ser Beck en su adolescencia), y, en fin, aparece en escena una pareja con posibles interesada en adoptar al niño, de vez en cuando salen por ahí la mejor amiga y la familia de Juno… todo ello presentado con la revolucionaria estructura narrativa de cuatro partes correspondientes a las cuatro estaciones del año: otoño, invierno, primavera y verano (en orden cronológico).

Lo que más me ha gustado de esta peli han sido sus diálogos, frescos y chispeantes (por servirme del cliché). En serio, las situaciones se prestan a intercambios de frases muy ingeniosas, y supongo que por eso habrán nominado a la autora, Diablo Cody (un nombre que merecería el Oscar al mejor seudónimo), al Oscar de guión, y no por la historia en sí, que está sacada directamente de un telefilme de los de por la tarde en Antena 3. Otro de los grandes puntos fuertes de Juno es su exquisita banda sonora, preñada (nunca mejor dicho) de canciones indies de Belle & Sebastian, Moldy Peaches o Cat Power junto a clásicos imposibles de los Kinks, Mott the Hoople, Buddy Holly o una versión de los Carpenters cortesía de Sonic Youth. Mención aparte merecen los temas que para la peli ha hecho Kimya Dawson, ex de Moldy Peaches, en una línea de puro twee o anti-folk.

Entonces, ¿la peli mola o no? Sí, coño, id a verla y ya me contáis. Juno está bastante bien… muy bien (¡... dejad de gritarme!). Es solo que vengo cabreado por lo que comentaba al principio acerca de las nominaciones de este año. Es una historia entretenida, a ratos graciosa y a ratos tierna, que bien vale una entrada de cine. Y además podéis salir tarareando un par de los pegadizos y depresivos temas de la banda sonora. Ahora bien, que nadie vaya a verla pensando que se va a encontrar con un prodigio de guión tipo Reservoir Dogs (1992) o Réquiem por un sueño (2000) ni con una Biblia juvenil tipo Reality Bites (1994) o Solteros (1992). Mi consejo: si queréis ir este año a una buena peli sobre la maternidad y los problemas de las familias, corred a ver Viaje a Darjeeling. Y si ya la habéis visto, haced como yo y vedla otra vez, como desagravio por su omisión en los Oscars.

miércoles, 6 de febrero de 2008

El día en que el Mineralismo llegó (y IV)

Cuarta y última entrega de la crónica de mi experiencia pánica y patafísica en el congreso Factor Humano:


Fernando Arrabal nos contaba su entrevista con Grigori Perelman, excéntrico y huraño matemático ruso que resolvió hace dos años la Conjetura de Poincaré pero rechaza todos los galardones que por ello le han concedido (incluidas jugosas mordidas).

Arrabal: -¿Cuánto gana usted en la Universidad de San Petersburgo?

Perelman: -Mucho, el equivalente a 100 $ al mes. Pero yo no rechazo los premios, es que no me aportan nada. Ahora voy a dejar de hacer matemáticas.


Arrabal: -Pero Perelman, P-P-P… usted no puede dejar de hacer matemáticas, ¡el mundo le necesita! Hay nueve conjeturas, bueno, con la suya ocho (y otra les he dicho que la voy a descubrir yo), pues quedan siete todavía.

Perelman: -A partir de ahora me voy a dedicar solamente a tres cosas: a escuchar ópera interpretada por solistas, a analizar partidas de ajedrez y a ir al bosque a recoger setas.

Arrabal: -¡Olé!

Perelman: -Lo que yo he descubierto es una cosa obvia: un tubo, al ser cortado por la mitad, ¿crea dos hemisferios? Es evidente que sí. Es evidente en 2 dimensiones. Pues en 3, en 4…

“Y así,” –explicó Arrabal- “creó la Topología”. Tras esta informativa anécdota sobre Perelman y las matemáticas (reiterando que la matemática, el ajedrez y la poesía eran lo mismo -por algún motivo excluyó de este Olimpo la búsqueda de setas-), el orador se dispuso a dispensar otra perla de su peculiar sabiduría. Entró sin ambages a defender la cualidad de la imaginación (común a todas sus amadas disciplinas), “¡la imaginación al poder!” –le faltó decir. Pero en cambio, sí dijo:
Imaginación no es lo que os han enseñado en las escuelas, Imaginación es un avatar de Mimesis
, la Memoria. Porque Imaginación es, simplemente, el arte de combinar los recuerdos”.

De aquí se pasó a otra serie de anécdotas (incluyendo algo sobre la historia del ajedrez en España durante la Edad Media), pero enseguida quedó claro que la “almendra” de la conferencia ya había sido impartida. Lo avanzado de la hora (habían pasado unos setenta minutos desde el comienzo) así parecía indicarlo también. Y aún así quedaba tiempo para otra gracieta. Tras expresar lo a gusto que se había sentido (entre poetas, ya se sabe…), don Fernando finalizó exclamando:
“Señoras y señores: si estuviéramos solamente en compañía de señoritas y yo, les contaría la historia de una orgía –la única- en la que participé con Dalí. Sin embargo, al haber aquí tantos caballeros, seguramente no podrían soportarlo, así que tendrá que quedar para la próxima ocasión”.

Tras la sonrisa y los aplausos de rigor, solo restaba que una señora de la mesa del estrado, que ostentaba un carguillo en la universidad, reiterara las gracias de todos los presentes por la lección magistral, etc, etc… alocución que Fernando Arrabal prácticamente interrumpió para dar las “de nadas”:
“Muchas gracias a… esta señora que ha hablado, que debe ser muchísimo más importante que mi novia, porque mi novia solo es catedrática de La Sorbona (hemos sido novios durante 50 años, novios formales)… ahí está,” [se puso en pie y saludó] “pero ella solo es catedrática de La Sorbona, y esta otra señora es Di-rec-to-ra… del Ser-vi-cio… ¡aquí hay un oxímoron! Aquí hay un oxímoron, sí, una contradicción. Aquí pone “Servicio de Promoción Cultural”, y eso no puede ser: no puede ser cultural si es de promoción”.

Y con esto Arrabal, en palabras de Cervantes (cuyo premio le cuelga de la nariz), “miró al soslayo, fuese y no hubo nada”.

martes, 5 de febrero de 2008

El día en que el Mineralismo llegó (III)

Tercer episodio de la saga del Milenarismo (“¡va a llegaaaaaaaaaarrr!”):



Muy cierto que Arrabal se repite y que, como se ha dicho, durante el juicio de Michel Houellebecq salió en defensa de su amigo cual soldado raso de la literatura. Él ya había pasado por eso, pero hay una particularidad: “Los cinco soldados rasos de la literatura que me defendieron, Vicente Aleixandre, Camilo José Cela, Octavio Paz, Elías Canetti y Samuel Beckett, luego todos recibieron el Premio Nobel: se convirtieron en mariscales. Podría pensarse que, por tanto, Arrabal defendió al otro a ver si le caía a él el mismo premio que a las luminarias que lo defendieron a él –el rumor en 2005 fue que estaba nominado-, pero escuchemos al maestro melillense pronunciarse sobre el particular:

“Estaba en una cena con el Rey, y estaban todos los condes, los duques, duquesas… y todas esas personas que tanto importan en la España socialista”. Alguien (de duquesa p’arriba) le preguntó si no se sentía mal por no tener el Premio Nobel. Por toda respuesta, Arrabal contestó que no, pero a su auditorio nos dio más detalles:
“Un escritor como yo, me cuelga de la nariz el Cervantes, el Nobel… esa clase de chucherías del teatro de variedades. (…) Yo creo que lo malo no es que le den a uno esa clase de premios, lo malo es merecerlo”. Y añadió -“¿Acaso yo soy como esos cretinos de Saramago o García Márquez a los que les hacen falta los premios?”

Por si no había quedado lo suficientemente claro, el conferenciante explicó que aunque desdeñaba el Nobel, distaba mucho de no tener ambiciones. “Hay un solo premio que yo busco en toda mi vida: es el de ser Santo, ser Santo pagano. (…) Yo soy un torpe aprendiz de Santo, eso es lo que deseo”.

No voy a negar que para aquel entonces don Arrabal ya me había conquistado con sus Ferrero Rocher culturetiles, rellenos de cremoso chocolate con mala leche y una avellana de nihilismo. Aún así, en mi ignorancia seguía sin verle el objeto (el thesis statement, si se me permite un palabro anglo) a aquella conferencia. ¿A qué venía tanto hablar del Premio Nobel, de las matemáticas, de lo que implicaba ser un poeta? Por mí, estupendo, estaba pasando una tarde de p.m., pero no podía dejar de sentirme incómodo por señores como los que tenía detrás (Profe A y Profe B). Sin duda alguna que ellos y Profe C, Profas D, E y F, al igual que Alumnos/as A’, B’, C’, etc había acudido a aquella conferencia para sacar en claro algo más que unas risas.

Esto pensaba, cuando Arrabal soltó lo siguiente:
“¿Es posible encontrar el equilibrio en un universo planetario? Veo que la pregunta les apasiona a ustedes tanto como a mí”. No había ni atisbo de ironía en esta aseveración. “La Universidad de Los Angeles, que ustedes seguro conocen mejor que yo,” [recuérdese la composición química del auditorio] “esta universidad ofrece un premio de un millón de dólares a la persona que sea capaz de resolver una de las nueve conjeturas de la Humanidad. Yo voy a ser uno de ellos, se lo aseguro” [son siete, y los otorga una institución de Massachusetts, pero ¿qué más da?].

“Y Perelman, este matemático ruso, este poeta que les fascina a ustedes tanto como a mí ha resuelto la Conjetura de Poincaré, de “punto cuadrado” [en francés, el apellido suena igual que point carré]. Según Arrabal, todos los presentes debíamos estar terriblemente ofendidos con Grigori Perelman, quien rechazó el citado premio de 1.000.000 $ y también la Medalla Fields –“Nobel” extraoficial de matemáticas- dotada con 36.000 € en metálico. En un encuentro, dice Fernando Arrabal que le dijo: “Perelman, usted ha hecho una ofensa terrible contra España y contra el Rey de España, al no aceptar la Medalla Fields de Matemáticas (que le iba a ser entregada en un congreso en Medriz el 11 de agosto de 2006)”.

Et dice Perelman, Perelman, Perelman, Perelman, Perelman, Perelman, dice: Esos treinta y seis mil euros y ese millón de dólares, ¿qué añadían a la validez de mi descubrimiento? No lo hacen más verdad.

El día en que el Milenarismo llegó (II)

Por petición popular, continúa la saga de Arrabal en Estatuas Verdes:


Arrabal había llegado y apenas había dejado que lo presentasen como es debido, las autoridades pavoneándose de haber traído a tan docta cabeza. Alguien anunció que hablaría don Fernando y que posteriormente el Rector diría unas palabras para clausurar el congreso Factor Humano.

“Es un poco insultante pensar que va a hablar un poeta y luego un rector,” [pausa dramática] “porque es más importante un poeta que un rector” [ovación]. Señoras y señores: he llegado tarde porque he estado almorzando con un tarado… con un loco… ¡el “Loco de la Colina”! [nueva ovación]. De sus frases introductorias enseguida se colige que la conferencia no va a tener ni pies ni cabeza (lo cual no significa en absoluto que no tenga sentido). En su susurrante español plagado de galicismos, Arrabal anuncia que va a hablar de poesía, de filosofía, de ajedrez y de matemáticas, “las únicas disciplinas que no tienen Premio Nobel, porque no recrean la vida, no son como la vida: son la vida”.

“Ustedes son todos poetas, por eso han venido a escucharme. Por eso estoy tan a gusto creando con ustedes esta tarde”. Si no fuera porque le creo capaz de improvisar estas y mucho mayores chorradas/genialidades (táchese lo que no proceda) diría que Fernando Arrabal suelta siempre la misma conferencia vaya a donde vaya, unos meros ajustes y listo. Tal es la seguridad y –pese al ritmo pausado- la diligencia con que el dramaturgo se dirige a su auditorio. Aún así, no faltan pequeñas idas de cabeza:
“Señoras y señores: estoy mezclando el español y el francés, debe ser que estoy medio borracho” [carcajada general y aplauso]. Gritos de “¡el Milenarisno!” se oyen por las filas más alejadas- o a lo mejor fui yo-. Arrabal continúa: “Lo crean o no, incluso me pagan por decir todo esto”.

Tras un cuartito de hora de dar rodeos empiezo a pensar que esto es el Club de la Comedia, pero entonces el escritor melillense se pone serio y empieza a decir:
“Ya no hay los grandes Titanes del siglo XX como Franco, como Hitler, como Stalin… Mussolini, Carrillo,” [cambios de postura incómodos entre la progresía asistente] “como Ceaucescu… que querían crear un hombre nuevo, como Prometeo. Pues bien, en el Antiguo Régimen yo escribí una dedicatoria: Me cago en Dios, en la Patria y en todo lo demás, con toda inocencia” [ovación rabiosa].

“Esta ovación está dedicada a los amables señores que me invitaron a estar seis semanas à un albergue gratuito llamado ‘Cárcel de Carabanchel’”. Narraba así Fernando Arrabal sus problemas con la justicia y con la censura franquista –pidieron para él doce años de prisión por blasfemia-, y cómo logró eludir su condena. “Yo soy el único español que escribió a Franco cuando Franco estaba vivo… luego le han escrito todos”. Contó que en su carta le explicaba al Caudillo que la polémica dedicatoria fue hecha sin ánimo de ofensa (“Me refería al dios Pan, no al Dios católico”; “Me cago en la Patria fue una errata. No quería decir ‘Patria’ sino ‘Patra’, mi gata ‘Patra’: Cleopatra) y de ahí para arriba. Me pregunto quién sería el abogado del nota este en aquel proceso, que logró que lo absolvieran.

Luego pasó a explicar cómo grandes figuras de la intelectualidad europea salieron en su defensa, entre ellos cinco “soldados rasos de la literatura” que testificaron a su favor en el juicio: Vicente Aleixandre, Camilo José Cela, Octavio Paz, Elías Canetti y Samuel Beckett. Siempre según Arrabal, he aquí un extracto de la carta que envió el autor teatral, novelista y escritor de paranoias irlandés Samuel Beckett:
“Y Beckett dijo Señores del Tribunal: Libérenle… (callo los elogios)… Libérenle, porque es mucho lo que tiene que sufrir un escritor, un poeta, un dramaturgo para escribir. No añadan a su sufrimiento” [sobrecogido silencio].

sábado, 2 de febrero de 2008

El día en que el Mineralismo llegó (I)

Ver seguidas dos pelis tan intelectualmente exigentes como Los crímenes de Oxford y John Rambo me ha dado jaqueca. Por eso me pongo un disquito de jazz brasileño de Sérgio y Odair Assad y cierro los ojos. Entonces me acuerdo de lo que mencioné el otro día: esa conferencia de Fernando Arrabal a la que tuve la suerte de asistir, hace cosa de un año. Fue algo tan grande que recuerdo que me inflé de tomar notas (¡ojalá hubiera tenido una grabadora!), pero hasta ahora no se lo había contado a nadie. Siento que se lo debo al mundo, no me lo puedo guardar para mí, de modo que he decidido hacer una serie en Estatuas Verdes acerca del importante evento cultural. Lo que viene a continuación es la crónica deslabazada y sin ningún afán de imponerle significado de la conferencia de Fernando Arrabal titulada: “La condición humana. Las voces pánicas y patafísicas, fuera de tiempo”.


Muchos fueron los que me dijeron que me acompañarían, pero a la hora de la verdad (cuatro de la tarde del viernes nueve de marzo de 2007) me encaminé solo al salón de actos de la Escuela de Ingenieros de mi ciudad. ¿Motivo? Para escuchar una conferencia de Fernando Arrabal, ex niño prodigio, dramaturgo, pensador y celebrity de YouTube gracias a su memorable intervención en un programa de Sánchez Dragó a propósito del Milenarismo. Cuando llegué, la sala estaba de bote en bote pero hábilmente logré colocarme en primera fila. Iba a tener al maestro lanzando perlas a menos de tres metros.

A mi alrededor se congregaba la clase de público que abarrota estos foros: 50% de intelligentsia universitaria con barba ellos/pañuelo de colores ellas (todos con gafas) y 50% estudiantes que no saben ni el nombre de pila del conferenciante pero que andan ávidos de los créditos (1 crédito = 10 horas lectivas) que la asistencia dispensa. La conferencia de Arrabal se enmarcaba en un congreso de inspiración humanista llamado Factor humano: Voces de nuestro tiempo, que había contado con la presencia de, entre otros, el poeta Carlos Edmundo de Ory, el cantautor Luis Eduardo Aute, el científico Manuel Toharia, el historiador Santos Juliá, o los filósofos José Antonio Marina, Javier Sábada, Agustín García Calvo y Fernando Savater.

Ahora, en la clausura, el turno era para Arrabal, pero pasaba media hora de las cuatro de la tarde y el buen señor seguía sin aparecer. En la fila de atrás, dos profesores con chaqueta de pana repasaban anteriores conferencias y reflexionaban:

Profe A: Esta gente nos instala en la sospecha. Por ejemplo, García Calvo: si todo es falso, ¿por qué lo que él dice no?

Profe B: Hay una quiebra aparente entre lo que se hace y lo que se dice (lo que nos gustaría hacer).

Profe A: Es como la distinción entre lo “cultural” y lo “natural”, que citó. Matar ostras, si lo hacemos por crueldad está mal pero si lo hacemos por placer está bien: eso es cultural. Lo mismo podría decirse de los toros, ¿no? Yo se lo iba a decir al final.

Profe B: Me gustaría hacer una pregunta pero me faltan tablas, me siento inseguro.

Profe A: Es que aquí tenemos la dialéctica profesor-alumno reproducida en el estrado: conferenciante-público. Juegan contigo, se pueden reír de ti.

Profe B: Aquí vienen a lucirse. Ya han demostrado todo lo que tenían que demostrar.

Profe A: De todas maneras, a García Calvo no se le entiende. Savater es más didáctico.

Profe B: Es como lo que dijo sobre la Play Station 3 y su valor didáctico… Fernando Alonso admite haberla usado para aprender.

Profe A: Como pedagogo, yo no creo que sea una necesidad…

Profe B: Es lo que decían: “Enséñele usted primero a coger el lápiz y el cuaderno y a usar un libro…”

Profe A: Aquí venimos a ampliar nuestros horizontes y a escuchar reflexiones para poder nosotros construirnos nuestras propias ideas.

Una ovación silenció esta y todas las conversaciones del auditorio. Sobre el estrado aparecía un hombrecillo vestido de vivos colores que, tras besar con respeto la bandera se llevaba a los labios un micrófono. Después de comprobar que no funcionaba, dijo en voz alta “Y tras este momento de demagogia y besos…”. Había llegado Fernando Arrabal.

viernes, 1 de febrero de 2008

¡Canta, oh musa, la cólera de Rambo!


"Luché en Vietnam". Hoy, 1 de febrero de 2008, se ha estrenado la cuarta parte de la trilogía fílmica de Rambo. Hoy, 1 de febrero de 2008, he ido a verla a la primera sesión: ¿qué objeto tiene demorar lo inevitable? Este podría ser en cierto modo el tema de la película. Lo inevitable en John Rambo (2007) es que el personaje homónimo se liara a tiros y mamporros con todo quisque… al comienzo se muestra tímido, pero enseguida se da cuenta de que no luchar es tontería.

Soy consciente de que para mucha gente las pelis de Rambo son un bodrio, anoche mismo tuve un episodio à la Fernán-Gómez, con una amiga que, al enterarse de que hoy iba a ver John Rambo, me soltó un “Hasta hoy te admiraba” (luego caí aún más ante sus ojos cuando se enteró de que también soy fan de Hombres G y de Iron Maiden). Me da exactamente igual: la peli es magnífica y al que diga lo contrario le desafío a verla y a explicarme por qué le parece mala. Rambo (cuyos orígenes se intuyen en la fundamental AcorraladoFirst Blood, 1982) crece, cierra su círculo personal de pesadillas y malos rollos, pero para poder alcanzar este nirvana debe primero purificarse mediante la sangre. Y a fe mía que hay sangre en esta película: ¡a cubos!

En esta ocasión, Rambo tiene (como Buda) diferentes representaciones o bodhisattvas: es un Madelman postmoderno que se nos presenta como pescador, herrero, mecánico de barcos o encantador de serpientes. A las mencionadas facetas cabe añadir la de Caronte (el barquero mitológico que lleva a las almas al infierno) y la de Hefesto, no en vano es trabajando en la fragua cuando Rambo se decide a abandonar su existencia pacífica para abrazar su auténtica naturaleza de “soldado universal”.

Al principio, Rambo está en plena armonía con la naturaleza, no hace daño a los animales, reparte comida entre los pobres, conoce la jungla y el río… y aunque su vida no es ideal (dista mucho de estar en paz consigo mismo) lleva una existencia apacible. Este equilibrio se ve turbado por la aparición de un grupo de misioneros/cooperantes que le piden ayuda para remontar un río y llevar ayuda humanitaria a Birmania en nombre de la “Iglesia Panasiática de Colorado” (sí, yo también me reí).


Obviamente, todo se complica debido a la terrible situación política de Birmania, con su terrorífico régimen dictatorial. La peli se encarga de mostrar con saña (¿más de lo necesario?) las atrocidades de los birmanos, supongo que para justificar que, haga lo que haga Rambo luego, se lo van a tener merecido. Aquí John Rambo deriva hacia una orgía de ultraviolencia que no me atrevería a calificar de gratuita, pero que ciertamente bordea lo gore. Gracias a Dios las escenas más fuertes están montadas a cámara rápida y apenas da tiempo a atisbar tantísimos miembros amputados y cuerpos como saltan por los aires. ¿Las motivaciones para tanta muerte? Esta parte mejor nos la saltamos, porque es lo más flojito de la peli.

Lo que empieza como una especie de reverso del viaje de El corazón de las tinieblas (hay un recorrido por río en una chalupa que hace que la patrullera de Apocalypse Now parezca a su lado el Queen Elizabeth 2) pronto se convierte en una ensalada de tiros seguida de un consomé de explosiones. Rambo comprende que nunca ha luchado por su país, sino para satisfacer su propia ansia de sangre porque lleva la guerra en su interior. Esta revelación no le pone orgulloso pero sí le hace más sabio. Al final, tras unas matanzas del copón vemos el rostro de Rambo ante la muerte que ha causado, y os aseguro que su expresión no es la de la alegría ni la satisfacción.


Me resulta curiosísima la escala de horrores que se establece en este tipo de pelis. Stallone no tiene reparos en mostrarnos cómo Rambo le arranca la cabeza (literalmente) con las manos a un nota, pero jamás llegaremos a contemplar a la chica protagonista violada por ese mismo nota, eso sería tabú. Luego parece que el valor supremo es la vida humana, pero para salvar la de seis cooperantes es necesario matar a unas ochocientas mil personas (tal vez John Rambo tenga razón al decir que “unas vidas son más especiales que otras”).


El veterano de Vietnam se convierte así en un estajanovista del combate: lo mismo bate el récord mundial de tiro con arco (fabricando brochetas de birmanos) que provoca un terremoto detonando una antigua bomba Tallboy de la 2ª Guerra Mundial, o directamente se lía a cañonazos con todo bicho viviente. En última instancia, hasta el propio misionero meapilas arrima el hombro en la matanza machacando cráneos con un pedrusco. Y es que ya se sabe, “cuando te empujan, matar es tan fácil como respirar”.

 
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