Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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jueves, 29 de enero de 2009

Carro de combate, o: El icono


Veo estos días el trailer de Valkiria (2008), la estrenan mañana y ya estoy nervioso por ir a verla. Entre escenas de la Wehrmacht, el bigote de Hitler y un parche en el ojo, veo imágenes del Deutsches Afrikakorps con sus terroríficos Panzer III. El pasado sábado, hablaba sobre guerras y los juegos de guerra con un historiador y salieron a relucir los Panzer III (“Lo malo es que después vinieron los Panzer IV, Panther, Tiger I y II…”), los T-34, los Sherman.

Llevamos semanas viendo en la tele imágenes de carros de combate israelíes, creo que son los Merkava, su contemplación puede causarnos ya tedio por lo repetitivo, seguro que de verlos en directo no sería esa nuestra reacción. Llevamos años (más de siete ya) viendo por la tele imágenes de carros de combate americanos M1A1 Abrams en Afganistán e Irak. Estos los tenemos tan vistos, en Kandahar o en Kirkuk, que yo ya no sé distinguir cuándo estoy viendo un episodio de la serie JAG o el telediario de Antena 3.


Pocas imágenes tan llamativas para los resúmenes audiovisuales del siglo pasado como la de ese ciudadano chino plantándole cara a una columna de carros de combate durante los días de la revuelta de Tiananmen. Esta escena ha sido vista y revista, parodiada hasta la saciedad, incluso, y siempre que la veo consigue fascinarme. Cada vez me asalta la reflexión: el hombre estaba ahí; los tanques estaban ahí, desde luego; pero lo más importante es que ahí estaba la cámara. Sin imágenes, la escena no hubiese existido. En este sentido me pregunto: ¿cuántos hombres de Tiananmen habrá habido a lo largo del siglo XX, sin una cámara para dejar constancia de ellos? ¿Cuántas madres rusas delante de un Panzer IV, cuántas alemanas de un T-34?

Cada día tengo más claro que el carro de combate es el gran icono del siglo XX: el sigo de las guerras. Las dos guerras que lo vertebraron se escriben con pesados monstruos blindados que se desplazan sobre cadenas. En la 1ª Guerra Mundial, el papel del carro fue casi folklórico: demasiado hicieron con idearlo, construirlo y ponerlo a andar. Los primeros tanques eran ortopédicos cachivaches más ridículos que mortíferos. Pero eran de metal, avanzaban y estaban cargados de armas.


Decir “Segunda Guerra Mundial” es decir “carros de combate”. En la 2ª Guerra, los blindados fueron el factor más importante y decisivo por lo menos hasta 1943, en que empiezan en serio los bombardeos estratégicos aliados sobre Alemania y Japón. Las tropas panzer alemanas (“las vanguardias blindadas del Reich”, como las definió Borges) fueron durante toda la guerra las mejores del Eje. ¿Y qué decir de las fuerzas armadas USA o de la URSS? Está claro que la Guerra la ganaron en las cadenas de montaje.

Hubo momentos, durante la batalla de Stalingrado, en que los T-34 salían directamente de la fábrica al frente, sin pintar siquiera. Y ya no pararon de salir. Y de salir. Y de salir. Para cuando llegó la Guerra Fría, los rusos tenían más carros de combate que mazorcas de maíz los americanos. Estos últimos se llevaron los tanques a empantanarse en las junglas de Vietnam, donde fueron vencidos por otro poderosísimo icono: el fusil de asalto de origen soviético AK-47, pero eso es otra historia. Mucha gente dice que el siglo XX es un AK-47 (Roberto Saviano, la peli El señor de la guerra -2005-, Pérez Reverte…). Yo digo que es un carro de combate, sin especificar el modelo o bando al que pertenezca.


Uno de mis primeros recuerdos de chico es el de oír contar a mis padres el golpe de Tejero, el del 23-F. Y con mucho, el detalle más sórdido y el que más miedo me daba era que en Valencia, el jefe de la Región Militar (Milans del Bosch) se había atrevido a “sacar los tanques a la calle”. La sola mención de esta frase conjuraba en mi excitable mente infantil fríos terrores metálicos de color verde oscuro. De buena nos libramos los españoles aquel día, ¿eh? (para empezar, dicen las malas lenguas que Milans del Bosch estaba borracho). Pero volviendo al tema que nos ocupa, pensad en los carros de combate y en su importancia simbólica. Sé que no es un tema típico de ascensor, pero yo os pido que os paréis un segundo y lo penséis. Y la próxima vez que veáis uno en un telediario (seguro que hoy mismo), ya me contáis qué se siente.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Tropic Thunder: Incorrección política


Señores, vengo de ver Tropic Thunder (2008), la esperadísima (por mí) nueva película de Ben Stiller. Veredicto: es la auténtica risión. No recuerdo haberme reído más viendo una película, no sé, tal vez desde Viaje a Darjeeling (2007), y tal vez aquello fuera más de sonrisilla y carcajeo mediano. Con Tropic Thunder… baste citar a un amigo que ha salido del cine diciendo “Me duele el pecho de tanto reírme”.

Y no es para menos. Mucho se ha hablado en Estatuas Verdes de las comedias, y la verdad es que Ben Stiller capta el espíritu de esta época, como ya demostrara con Zoolander (2001), otro desgüeve de principio a fin. Como actor, la carrera de Ben Stiller es tal que sería tedioso ahora glosarla. Como director se está cubriendo de gloria cómica. Pero he aquí el primer caveat o advertencia: si usted es persona biempensante o fácilmente ofendible tal vez no le hará gracia Tropic Thunder. Antes bien, le parecerá grosera, zafia, irresponsable, dañina.

La peli es de humor que podríamos calificar de “sal gorda” pero también hay que decir que resulta de todo menos descerebrada. Y es que se trata de una parodia del cine bélico, también una sátira del star system hollywoodiense, pero va más allá. Tal y como yo lo veo su mayor mérito consiste en denunciar la mentalidad de una sociedad demasiado “políticamente correcta” burlándose de todo. Y recurre al humor más ofensivo, pero siempre con la pretensión de hacer pasar al espectador un buen rato (en otras palabras: no es mal gusto por el mal gusto).


Temas tabú de la sociedad actual -sobre todo la yanqui- son aquí puestos en solfa: la etnicidad, la orientación sexual, las drogas, el falocentrismo, el heroísmo/patriotismo de las guerras, el culto amoral al dinero… Hay chistes de negros, de chinorris, de maricones, de retrasados mentales, de culos… pero te da la sensación de que detrás de todo eso están personas inteligentísimas que simplemente han decidido reírse y pasarlo bien. ¿Hay algo de malo en ello? Ahora se dice “Siempre que no hagan daño a nadie…”. Me temo que Tropic Thunder va a ofender a más de uno, pero entonces yo aplicaría otro dicho: “Quien se pica ajos come”.

La historia de la peli es simple: durante el desastroso rodaje de una película sobre Vietnam, un variopinto grupo de actores son abandonados a su suerte en la jungla y deben enfrentarse a una guerrilla de verdad. Hay la típica estrella de cine de acción –ahora en declive- (Ben Stiller), el rapero negro metido a actor, el cómico gordo que lucha por hacer un papel serio (Jack Black), el jovencito de estrella ascendente… y lo mejor de la peli. El papel de Robert Downey, Jr.: Kirk Lazarus, multipremiado actor australiano que encarna al Sargento Osiris, un soldado negro.

Desgraciadamente no he podido ver Tropic Thunder en inglés, con lo que me he perdido el juego de acentos con el australiano haciendo de negro, metiéndose en el papel, y toda la pléyade de barbaridades y palabrotas que se dicen, sobre todo a cargo de Jack Black y de Tom Cruise. ¿Ha dicho Tom Cruise? Sí, señora, aparece un Tom Cruise engordado cuyo papel no desvelo pero es muy cómico y en USA le traído muchísimo éxito de crítica y público. Jack Black, favorito de Estatuas Verdes, no brilla todo lo que podría. Digamos que su personaje empieza a destacar tarde, pero hay que tener en cuenta que esta película es un poco coral.


Downey, Jr. ha incurrido en el gran tabú de, siendo blanco, pintarse de negro para hacer de negro (lo que en inglés se llama blackface) algo que se considera el súmmum de la injuria al bello pueblo afroamericano. En realidad él hace de un blanco que se somete a este proceso para hacer la peli, en plan De Niro engordando y adelgazando para Toro Salvaje (1980). Con la corrección política nunca se puede acertar, siempre va a salir alguien (colectivo o minoría) tocando las narices acusándote precisamente de haberle tocado las narices: ¿pues no ha habido negros en USA que han denunciado que Huckleberry Finn (1885) de Mark Twain sea lectura obligatoria en los colegios, cuando fue uno de los libros que más criticó la esclavitud?

Si lo más políticamente incorrecto de la peli es el supuesto racismo, lo más gamberro es el retrato de un retrasado mental que hace el personaje de Ben Stiller (el actor Tugg Speedman), al interpretar a “Jack el simple”. Soy de la opinión de que si no somos capaces de reírnos de todo, la cosa va mal. Lo fácil aquí era hacer parodias de pelis de Vietnam conocidas, y están todas: Acorralado (1982), Rambo (1985), Apocalypse Now (1979), Platoon (1986), la banda sonora con los Temptations, la Creedence, los Rolling Stones, Buffalo Springfield, Steppenwolf…, diálogos grandilocuentes… Lo que mola es que en Tropic Thunder al disparate se le suma otro disparate todavía mayor, de manera que la peli se hace inmune a una supuesta censura. Los autores son conscientes de que están perpetrando una barbaridad. Y, amigos, qué queréis que os diga: ya iba haciendo falta.

martes, 8 de abril de 2008

Operación Felix (y IV)


Como marcan las reglas de la Épica, “solo al final de la jornada se sabrá el nombre verdadero del héroe”. Nosotros ya nos íbamos acercando a la etapa final de nuestro rodaje del documental sobre la toma de Gibraltar por el Eje. Salimos de la Línea camino de la sierra que hay enfrente, por un sendero de cabras y unos carreterines que desembocaron en un repecho bastante alto cuajado de búnkeres abandonados. Sobre el cemento de uno de los búnkeres podía leerse la inscripción “Fulanito de tal. Tal del tal de 1941”. Un escalofrío recorrió mi cuerpo: ¡Madre mía! No tuvo que mamar mili el que escribió aquello…

La vista desde arriba era impresionante. Desde nuestra posición se dominaba toda la Bahía de Algeciras, y todo el Estrecho. La Línea de la Concepción, Gibraltar, Algeciras, Los Barrios, y al fondo entre la bruma, África. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue “vaya, por fin ha llegado el momento del que viene vestido de soldado de montaña”. Hubo rodaje de escenas y fotografías aprovechando el impresionante escenario natural y el búnker. Hubo más bromitas con los “españoles” mientras los alemanes saltaban, corrían y pegaban sus tiritos. Los que no intervenían ni a pellizcos eran los tres generales nazis y los dos jerarcas de la Falange.

“Esos van a salir en la escena final, que la vamos a ir a grabar a un cuartel. Por cierto, he consultado y tú no puedes salir de preboste del Partido Nazi con esa barba y ese bigote” –me dijo Javi, el jefe-coordinador de los reenactors. Yo creí haberle dejado claro que no iba a vestirme de todas maneras, pero por si acaso solté un aliviado, “Vaya por Dios”, que hizo que uno de los “generales” saliera en mi defensa. “Pues Keitel [Wilhelm, Mariscal de Campo y jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas alemanas] llevaba bigote”. Gracias, camarada, pero no me pienso poner de nazi. Me reitero.

Algunas tomas más, la recreación del asalto al búnker y un buen rato más tarde, la parte de la sierra también estaba concluida. Nos hicimos fotos de grupo como recuerdo (también J y yo pese a vestir de paisano), y el director ya estaba llamando para que fuésemos al cuartel donde se terminaría la filmación. Lo avanzado de la hora (habíamos echado una peonada de 8 de la mañana a 5 de la tarde) y el hecho de que para las últimas escenas no hacía ya falta tropa motivaron que J, E y yo decidiésemos marcharnos. Hubo despedidas (“La próxima vez os animáis y venís de uniforme, ¿eh?”) y promesas de una nueva convocatoria de reenactors.

“El fin de semana del 17 y 18 de mayo la vamos a liar buena en San Pedro de Alcántara (Málaga). Va a haber una partida tremenda, con recreaciones de Segunda Guerra, Vietnam, medievales y lucha de gladiadores romanos”. Esto nos lo decía Ale, uno de los reenactors más activos y simpáticos. Resultó que E le había comprado varias cosas por Internet (insignias) a Ale, pero los dos habían coincidido aquel sábado sin haber quedado previamente. “En el coche tengo más insignias, galones, distintivos de bocamanga, botones, condecoraciones… Luego si eso os las enseño por si queréis comprar algo”.

Le pregunté a Ale cuántos uniformes tenía. “Tengo este de montaña alemán, otro de las SS, dos de paracaidista alemán, uno de la 101 [División Aerotransportada, paracadistas americanos], uno de soldado americano en Vietnam y tres actuales de marine norteamericano, cada uno con un camuflaje distinto. Todos con sus cascos, equipo y armas correspondientes, ¿eh?”. “Esto es una droga, ¿no, Ale?” –le pregunté. “Es un hobby –se encogió de hombros-. “A mí me ha costado una relación sentimental de más de cinco años, esto no hay tía que lo aguante”. Mientras tanto E iba haciendo cábalas mentales sobre cómo haría para contarle a su mujer que pensaba comprarse otro uniforme alemán: el de invierno.

“Pues menos mal que no ha venido mi amigo Menganito” –dijo J-. “Ese tiene en el sótano de su casa diecisiete maniquíes uniformados al completo, varias ametralladoras pesadas, una pieza de artillería y un jeep. Pensad en esto la próxima vez que vayáis a llamar a alguien que conozcáis “friki”. Mucho frikismo vi yo ese día junto a Gibraltar, ¿y qué? Podéis pensar que se trata de una chiquillada o simplemente de una estupidez, pero a ciertas personas el tema les fascina y les resulta divertido. Son simplemente coleccionistas y gente con gusto por la historia bélica. En ningún momento de mi pintoresca jornada vi ni escuché ningún comentario de apología del fascismo o filonazi, ni nada que hiciese sospechar de turbias intenciones a los reenactors. Más peligrosos me parecen los ultras del fútbol, y lo digo sin pestañear. Estos no son skinheads, ni nostálgicos ni fachas. ¿Frikis? Del quince largo, pero no hacen daño a nadie.

viernes, 1 de febrero de 2008

¡Canta, oh musa, la cólera de Rambo!


"Luché en Vietnam". Hoy, 1 de febrero de 2008, se ha estrenado la cuarta parte de la trilogía fílmica de Rambo. Hoy, 1 de febrero de 2008, he ido a verla a la primera sesión: ¿qué objeto tiene demorar lo inevitable? Este podría ser en cierto modo el tema de la película. Lo inevitable en John Rambo (2007) es que el personaje homónimo se liara a tiros y mamporros con todo quisque… al comienzo se muestra tímido, pero enseguida se da cuenta de que no luchar es tontería.

Soy consciente de que para mucha gente las pelis de Rambo son un bodrio, anoche mismo tuve un episodio à la Fernán-Gómez, con una amiga que, al enterarse de que hoy iba a ver John Rambo, me soltó un “Hasta hoy te admiraba” (luego caí aún más ante sus ojos cuando se enteró de que también soy fan de Hombres G y de Iron Maiden). Me da exactamente igual: la peli es magnífica y al que diga lo contrario le desafío a verla y a explicarme por qué le parece mala. Rambo (cuyos orígenes se intuyen en la fundamental AcorraladoFirst Blood, 1982) crece, cierra su círculo personal de pesadillas y malos rollos, pero para poder alcanzar este nirvana debe primero purificarse mediante la sangre. Y a fe mía que hay sangre en esta película: ¡a cubos!

En esta ocasión, Rambo tiene (como Buda) diferentes representaciones o bodhisattvas: es un Madelman postmoderno que se nos presenta como pescador, herrero, mecánico de barcos o encantador de serpientes. A las mencionadas facetas cabe añadir la de Caronte (el barquero mitológico que lleva a las almas al infierno) y la de Hefesto, no en vano es trabajando en la fragua cuando Rambo se decide a abandonar su existencia pacífica para abrazar su auténtica naturaleza de “soldado universal”.

Al principio, Rambo está en plena armonía con la naturaleza, no hace daño a los animales, reparte comida entre los pobres, conoce la jungla y el río… y aunque su vida no es ideal (dista mucho de estar en paz consigo mismo) lleva una existencia apacible. Este equilibrio se ve turbado por la aparición de un grupo de misioneros/cooperantes que le piden ayuda para remontar un río y llevar ayuda humanitaria a Birmania en nombre de la “Iglesia Panasiática de Colorado” (sí, yo también me reí).


Obviamente, todo se complica debido a la terrible situación política de Birmania, con su terrorífico régimen dictatorial. La peli se encarga de mostrar con saña (¿más de lo necesario?) las atrocidades de los birmanos, supongo que para justificar que, haga lo que haga Rambo luego, se lo van a tener merecido. Aquí John Rambo deriva hacia una orgía de ultraviolencia que no me atrevería a calificar de gratuita, pero que ciertamente bordea lo gore. Gracias a Dios las escenas más fuertes están montadas a cámara rápida y apenas da tiempo a atisbar tantísimos miembros amputados y cuerpos como saltan por los aires. ¿Las motivaciones para tanta muerte? Esta parte mejor nos la saltamos, porque es lo más flojito de la peli.

Lo que empieza como una especie de reverso del viaje de El corazón de las tinieblas (hay un recorrido por río en una chalupa que hace que la patrullera de Apocalypse Now parezca a su lado el Queen Elizabeth 2) pronto se convierte en una ensalada de tiros seguida de un consomé de explosiones. Rambo comprende que nunca ha luchado por su país, sino para satisfacer su propia ansia de sangre porque lleva la guerra en su interior. Esta revelación no le pone orgulloso pero sí le hace más sabio. Al final, tras unas matanzas del copón vemos el rostro de Rambo ante la muerte que ha causado, y os aseguro que su expresión no es la de la alegría ni la satisfacción.


Me resulta curiosísima la escala de horrores que se establece en este tipo de pelis. Stallone no tiene reparos en mostrarnos cómo Rambo le arranca la cabeza (literalmente) con las manos a un nota, pero jamás llegaremos a contemplar a la chica protagonista violada por ese mismo nota, eso sería tabú. Luego parece que el valor supremo es la vida humana, pero para salvar la de seis cooperantes es necesario matar a unas ochocientas mil personas (tal vez John Rambo tenga razón al decir que “unas vidas son más especiales que otras”).


El veterano de Vietnam se convierte así en un estajanovista del combate: lo mismo bate el récord mundial de tiro con arco (fabricando brochetas de birmanos) que provoca un terremoto detonando una antigua bomba Tallboy de la 2ª Guerra Mundial, o directamente se lía a cañonazos con todo bicho viviente. En última instancia, hasta el propio misionero meapilas arrima el hombro en la matanza machacando cráneos con un pedrusco. Y es que ya se sabe, “cuando te empujan, matar es tan fácil como respirar”.

domingo, 18 de noviembre de 2007

La guerra de los libros


No quería perder la ocasión de mezclar aquí dos de mis mayores intereses: los libros y la guerra (esto último como fenómeno social, político, humano...). Por eso titulo esta entrada La guerra de los libros. Y no voy a hablar de que los libros se hayan puesto en guerra, ni que la gente ande por la calle lanzándose libros para agredirse (molaría, ¿eh?), sino de la guerra que aparece en los libros, esa representación imaginaria de algo muy real.

La guerra es trágica, y por tanto ha dado como tema grandes páginas de la literatura universal. Tampoco descubro la pólvora si recuerdo que muchos grandes escritores fueron soldados y viceversa. Poca poesía más emocionante (la calidad ya es otra historia) que la compuesta por muchos jóvenes británicos combatientes de la Primera Guerra Mundial.

En las horas de ocio que me brinda mi lesión recalo en un libro que compré en Londres hace año y medio y que aún no había leído: If I Die In a Combat Zone de Tim O'Brien. El título del libro procede de un verso de una de esas cancioncillas de instrucción tan del ejército estadounidense que Kubrick inmortalizara en La chaqueta metálica, en concreto una que dice "Si muero en una zona de combate/ metedme en una caja y enviadme a casa". La temática del libro es clara: narrar de primera mano la experiencia de un soldado de infantería norteamericano en la Guerra de Vietnam. O'Brien estuvo allí, entre 1969-70, y nos cuenta lo que vio, lo que vivió, lo que sintió, además de justificarse -entre líneas- por su participación en la barbarie de la guerra.

El libro está presentado como una serie de relatos fuertemente enlazados, a caballo entre lo autobiográfico y lo anecdótico. No es una novela, strictu sensu, pero tampoco un reportaje. Tal vez el término "novela de no ficción" (relacionado primero con Truman Capote, Hunter S. Thompson y otros) sea el más adecuado, tanto formal como contextualmente. Durante todo el libro O'Brien destila lo mejor de la mejor literatura de guerra: deshumanización, absurdo, violencia, crueldad, terror y piedad... amén de dar al lector una gran cantidad de información sobre la vida cotidiana, el modus operandi y la jerga de los soldados americanos en Vietnam.
Pero no hace falta ser un emocionado de Vietnam o de las guerras para disfrutar con el libro, solo sentir curiosidad por el mundo y el ser humano.

If I Die In a Combat Zone está muy bien escrito, es una lástima que no se encuentre en español, pero hay otras obras de Tim O'Brien que sí están disponibles, y también tratan sobre Vietnam (Persiguiendo a Cacciato, Las cosas que llevaban los hombres que lucharon...). El O'Brien personaje, que se confunde con el autor, se confiesa devoto de otro escritor de guerra, Ernest Hemingway, pero no comparte con este su visión del heroísmo. Para O'Brien, que sigue a Platón, un héroe es aquel que lo aguanta todo desde el buen juicio, no vale ser un temerario y desde luego no tiene nada que ver con demostrar nada ni con la masculinidad.

Hemingway, sea en la naturaleza, el boxeo, el toreo o la guerra cantó al héroe machote y echao p'alante, e hizo de un mutilado genital (un medio-hombre) el desgraciado protagonista de su mejor obra, Fiesta. En Combat Zone, Tim O'Brien habla de numerosas mutilaciones, y celebra su propia supervivencia a la vez que admite claramente que dista mucho de ser un héroe. Su perspectiva es la del soldado raso, la del muchacho medio norteamericano que hace lo que debe hacer porque no se atreve a desertar y acaba, por cobardía, combatiendo en primera línea de fuego. Paradojas de una guerra compleja, como el autor, como nosotros los lectores: como el ser humano.
 
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