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La Naturaleza es sabia y normalmente si algo es perjudicial o nocivo nos envía señales. Una seta venenosa (ANÓNIMO: no hagas chistes de judíos, que me cierran el blog), los llamativos colores de un pez asesino, la sirena de los Stukas... La tele no es una excepción, y ya debería yo haber advertido que una serie dizque de humor cuya sintonía estaba a cargo de Bebe no podía ser trigo limpio.
En mi tradición de desenmascarar a los Grandes, Estatuas Verdes acusa: tras despotricar contra Dylan y Clint Eastwood, hoy le toca el turno a Aída (2005-), la infumable serie con que Telecinco viene castigándonos hace años la noche de los... domingos... ¿jueves?... ¿domingos? Esta serie ha cosechado los mayores éxitos de público y público, atesora galardones (ayer mismo le dieron uno a Pepe Viyuela, por su mejor papel desde que se tropezaba con una escalerilla de mano). Todo cosas que no comprendo. Me encanta lo bajuno, el humor no intelectual, me parto con las pelis de Chiquito, me parecía sublime Manos a la obra (1998-2001)... pero ¿Aída?
El único mérito que le encuentro a Aída es el haber sido el primer producto español de spin-off: una serie desgajada de otra, explotando el éxito de alguno de sus personajes (por ejemplo: Fraser respecto de Cheers). Pero un producto derivativo de Siete vidas (1999-2006), no sé, no sé... Aída viene a confirmar la caída en picado de los estándares de la sit-com española, consecuencia y causa del deplorable nivel sociocultural de la TV actual. Durante los noventa, los modelos de nuestra ficción eran el doctor Nacho o el tito Alfonso (piloto de aerolíneas) de Médico de familia (1995-99) o la "Licenciada" Lourdes Cano de Farmacia de guardia (1991-95). Los años 00 vieron la revancha de la clase obrera (los "graciosos" de nuestro teatro clásico), y los héroes pasaron a ser los taberneros Diego y Santiago, el mecánico Fiti (Los Serrano, 2003-08) y el portero de finca urbana (Aquí no hay quien viva, 2003-2006). No censuro ni me lamento, simplemente constato.
Es en este contexto en el que debe juzgarse Aída, historia de una esforzada limpiadora rodeada de una supuesta "tranche de vie" de nuestra sociedad: la prostituta, el yonqui retrasado, el adolescente delincuente, el tabernero socarrón, explotador y racista... todos ellos elevados a la categoría de modelos, a la caza de personas inteligentes o íntegras (tendencia que ya pionerizó Los Serrano). Se me dirá (ya se me ha dicho) que está genial que estos personajes constituyan la risión pública: qué mejor manera de exorcizar nuestros defectos y demonios colectivos. En otras palabras, que si Mauricio Colmenero humilla y degrada por sistema al Macchu Picchu, ya no lo haremos nosotros. ¿Esto se lo cree alguien? Podría seguir: si el Jonathan se burla y abusa de su amigo el empollón con gafas... si el Luisma putea a un minusválido en silla de ruedas...
Está claro que porque estas acciones o situaciones negativas salgan por la tele no las va a imitar todo el mundo inmediatamente en la calle, pero que por favor no me vengan con la burra de que con ellas nos reímos de nosotros mismos. Falacia #2: "Aída es solo un espejo de nuestra sociedad". ¡Y un gurumelo! Será un reflejo de determinada parte de la sociedad, lo mismo que lo sería una serie ambientada en un penal psiquiátrico o sobre una comunidad budista en las Alpujarras. Que queréis que os diga, yo todavía -gracias a Dios- no me muevo en un ambiente formado por putas, yonquis y delincuentes juveniles, ni la mayoría de los que me leéis tampoco. No cuela.
Porerror, ¿cómo tú juzgando el mérito de un producto cultural en base a su contenido ideológico? ¿Dónde tu objetividad? Tiene usted toda la razón, señora, es porque me enciendo. En un afán de búsqueda de la verdad, y tras los pasos de mi nueva ídola Samanta Villar, durante los tres últimos meses vengo forzándome a ver episodios de Aída con el único fin de escribir este post. Y tengo que decir que la serie me ha hecho menos gracia que un bocado en el escroto. Racismo, estulticia, mala leche, humor grosísimo, inquina, odio, frustración, comedia física de 1º de Preescolar: he aquí los elementos de comicidad que exhibe Aída. Personajes estereotipados: el mariquita, el debilucho, el tonto entrañable, el caradura simpático, el facha, otro mariquita thrown in for good measure...
Y ¿qué decir de las situaciones y los argumentos? Los mismos que en todas las sitcoms, eso está bien, pero con factura tosca y grosera, pocas y predecibles gracias y enredos de obra de colegio. El tratamiento de los temas deja bastante que desear, también: siempre parecen girar en torno al quebranto de alguna virtud o algún derecho fundamental, lo mismo da la amistad que el amor, que el honor, que la honradez, que la lucha de los ex-toxicómanos, que la homosexualidad reprimida, las relaciones familiares y de pareja... Es lo que hay, amigos, hablar a gritos, callar al otro a piñas cuando se tiene poco que decir y reírse del más débil. Si este es el espejo de nuestra sociedad mañana voy a apuntarme de vampiro.
“Cine, cine, cine, cine, más cine por favor”-L.E. AuteEl cinismo de Estatuas Verdes no viene de mi condición de cínico, sino de que este pasado finde he ido al cine tres veces. ¿Cómo es posible? -diréis o no diréis. Ahora os lo cuento -digo.
Cine. El viernes por la tarde, camino de ir a ver Watchmen (2009), soy secuestrado y obligado a ver Gran Torino (2008). Gran Clint, no contento con castigarnos con una peli al año ahora le ha dado por servirnos dos, esta es la segunda. La clave me la da un fan de Eastwood con quien voy al cine: “Sus dos pelis de guerra me parecieron bastante aburridas”. Amén, amigo: yo me dormí en las dos, y os recuerdo que soy un fanático de la 2ª Guerra Mundial... Pero volvamos a Gran Torino, la supuesta obra maestra de poner caritas enfadadas. Va de un veterano de Corea, racista, borracho y déspota (el padre que todos habríamos deseado tener) que se queda viudo y se injuria con sus vecinos chinorris, que son de la etnia hmong (lo que da lugar a descacharrantes equívocos entre las palabras “hmong” y “jamón”, por su parecido fonético).
El señorito Clint tiene un coche, una escopetica, un mechero de la 1ª División de Caballería -de antes de los helicópteros- y está MUUUY ENFADADO, amigos. Entre medio, come comida china, se pela, se enfada, bebe cerveza, se pela, se enfada, come comida china, se enfada, bebe cerveza y se vuelve a pelar por última vez. Ah, y de fondo suena rap en español y en hmongués. Al final, no os cuento nada, como dice la canción de la peli (interpretada horrorosamente por el propio Clint): Gran Churrino. A pesar de esto, y de que Clint tiene menos expresividad en la cara que Elijah Wood, he de admitir que en un mundo paralelo la peli no es mala, solo que a mí no me gusta. O sea, que si os van este tipo de rollos, coches de los 70, tiroteos, chinos y eso.... podéis alquilar una de Tarantino u optar por ir a ver el Gran Torino de Eastwood. Ah, y nadie boxea ni nadie se besa debajo de un puente.

Cine, cine. El sábado por la noche fui a ver Watchmen, me equivoqué de sala y acabé viendo Che: Guerrilla (2008). Si la primera parte se titulaba Che, el valenciano (2008), esta bien podría haberse titulado Che, escopetica. Me estoy refiriendo, cómo no, a la monumental bilogía acerca de Ernesto Guevara que ha realizado el indie-director Steven Soderbergh. La primera no la vi, me dijeron de todo, desde que era un sonado pestiño a que era magníficamente divertida. Esta segunda se entiende sin ver la primera, pero no sin conocer la historia del Che, estáis avisados. Lo que Soderbergh nos enseña en la pantalla no es una vida santificada del Che, gracias a Dios -digo, a Marx- sino una especie de documental sobre “Cómo poner en marcha una guerrilla en 300 y pico días”.
La peli, carente de casi cualquier subrayado narrativo como música dramática o voces en off, sí presenta irritantes carteles que van anunciando el paso de los días (irrelevantes para los que no sabíamos qué día murió el Che). Creo que la pregunta más repetida entre mis amigos fue “¿Cuántos días estuvo el nota en Bolivia?” (= ¿Cuánto nos queda de esto, por Dios?) La peli muestra lo que ya se sabe: que una guerrilla sin apoyo popular y sobre todo sin apoyo político es inviable y está destinada al fracaso, sobre todo si la contraguerrilla cuenta con el apoyo material de la CIA. Pese a ser poco hablada y generosa en planos de árboles, la peli no carece de interés, no cae en la idealización (creo) ni se va de poética. Y lo mejor, el bizarrísimo elenco que nos enfrenta a (todos hablando en español): Benicio del Toro, Matt Damon, Lou Diamond Philips, el hermano del Bardem, Franka Potente y varios de Al salir de clase y Hospital Central.

Cine, cine, cine. El domingo, cosa rara, fui a ver Watchmen y vi Watchmen. Menos mal que fui con Dodotis, porque si no no hubiera habido manera de resistir aquello. No me voy a extender porque todo lo que tenía que decir sobre Watchmen ya lo dije cuando hablé del tebeo. Baste decir que Watchmen peli es como Watchmen tebeo salvo que sin las partes rollo (esto lo pongo para que se enfade el Grillo). No digo que la peli sea perfecta ni una obra maestra de la cinematografía, pero sí que da lo que promete a manos llenas: diversión, imágenes espectaculares, acción, reflexiones sobre el mundo de los superhéroes.
La película traslada el tebeo a la gran pantalla de una manera que me parece eficacísima, y claro que tiene que hacer quiebros o tomar decisiones en un sentido u otro, pero tras verla opino que el resultado es EXCELENTE (mucho ojito a la secuencia inicial de los títulos de crédito). Me parecen absurdas las críticas que ha tenido de que la banda sonora no es apropiada por tal o cual razón, de que la peli no va a ser tan revolucionaria como el tebeo, que si le ha parecido mal a Alan Moore... ¿Y? Yo he visto el alma de la ciudad, esa cloaca extendida, y os aseguro que la ciudad me tiene miedo.
Normalmente, ya sabéis que suelo hablar de las pelis que veo de una en una, o de otras directamente no hablo. Pero yo tenía una abuela que siempre que te daba de una cosa (caramelos, picos de pan...) te daba tres y decía: “La Santísima Trinidad”, y veo que esto de las trilogías está de moda. Así que os he hablado de tres pelis mejor que una... y si queréis ir al cine un día de estos, vosotros veréis a cuál vais.
Primicia: Hitler era malo. Hitler fue malo, malvado, era la encarnación del mal. El hombre en sí no parece para tanto: militar dizque mediocre (aunque en sus momentos lúcidos coordinó la mejor guerra nunca vista: la que enfrentaba a los generales bajo su mando), enfermete al final, la lió parda con sus ideas racistas y directamente locas que, sin embargo, en un momento dado lograron galvanizar a toda Alemania, la locomotora de Europa (jugamos a que fue “toda”). La expresión clave de la frase anterior parece ser “en un momento dado”: ¿qué momento? Uno aciago en lo económico, político y social, de posguerra, revolución, crisis tras crisis, inflación, humillación, desconcierto...
No es mi intención trivializar sobre Hitler y el nazismo: todo lo contrario. Pero ya sabéis que si no tratara aquí los temas con desenfado esto no sería Estatuas Verdes. Hitler era malo. El peor. Rescato su figura porque últimamente me lo estoy encontrando por doquier, a él y a su obra, sin buscarlo. Para alguien tan malo, que merece la condena más absoluta de la Humanidad, su frecuencia de aparición en la cultura popular no está nada mal. Hitler, el presentador de un programa de entrevistas en Padre de familia... la peli Valkiria (2008)... voy en el AVE y me ponen El niño con el pijama de rayas (2008)... en la expo de Bacon veo crucifixiones con esvásticas y fotos que el pintor guardaba de muchos jerarcas nazis... Hitler sale en el trailer de la nueva de Tarantino como si fuera un teleñeco enfadado... Hitler nombrado -otra vez- como ejemplo de retórica falsa (recordad la Ley de Godwin) en el libro que me estoy leyendo... por no mencionar que el anterior que me leí fue El lector (1997), de fuerte contenido nazi.

Hitler por acá y por allá... hasta decir ¡BASTA! La presencia de este hombre en nuestra cultura es verdaderamente más pervasiva e icónica que la de Papá Noel, el Che Guevara y Mickey Mouse juntos. Yo soy un flipado de la 2ª Guerra Mundial, lo admito, pero las apariciones de Hitler que os he recitado me han venido por casualidad, sin buscarlas (a ver, también tengo libros sobre las SS o las divisiones blindadas nazis, pero eso no cuenta). Una amiga profesora de instituto me enseña con horror lo que un alumno suyo se ha dedicado a hacer en clase: un carro de combate de papiroflexia decorado con unas vistosas esvásticas. ¿Hitlermanía?
La profe estaba indignada por la “obra” de su alumno, y yo estuve a punto de hacerle el chiste de que desde luego aquello era impresentable, ya que todo el mundo sabe que los blindados de la Alemania nazi no exhibían la esvástica pintada, sino la Balkenkreuz. Frikadas y bromas aparte, no deja de fascinarme la fascinación que Hitler y su “obra” parecen seguir ejerciendo hoy día. De acuerdo, que no es admiración, que no es adoración, pero tampoco parece que a la gente le mueva el horror o el rechazo, al menos explícitamente. Por más vueltas que le doy al asunto la única explicación que se me ocurre es la que adelanté en “Los malos molan”: que todo sea una cuestión estética.

No sé bien si esta revelación o conclusión es tranquilizadora o al contrario. El hecho de pensar que los alemanes fueron a la guerra “a morir de guapos”, o peor aún, a matar de guapos. Y con los mejores vehículos, aviones, carros, piezas de artillería, al menos al principio de la guerra, como unos jodidos G.I. Joe's de diseño... pero esto no explica mi principal preocupación, que era Hitler. Un amigo filósofo me dice “la verdad es que el tío es icónico”. Su carisma personal debió ser la hostia, puesto que ponía firmes a todos los que tenía a su lado e inspiraba en su séquito una mezcla de respeto y de terror reverencial: como un padre cabrón. Un hombre bajito con muy mala leche.
Me empiezo una novela de Stephen Fry sobre el ámbito universitario: en Cambridge, un joven historiador y un catedrático de física se embarcan en un viaje en el tiempo a la Austria de 1889 para impedir.... QUE NAZCA HITLER. ¡Basta ya con este hombre! A menudo pienso que si hubiera sido una buenísima persona su historia no le habría interesado a nadie, y eso me da pupita.
Hace unas semanas irrumpió en la parrilla televisiva una especie de docu-reality con pretensiones de periodismo de investigación llamado 21 días... (Cuatro). La periodista Samanta Villar investiga la noticia en primera persona, en uno de los casos se pasa 21 días entre cartones, como una sin techo (con resultado de que se harta de llorar) y en otro aguanta 21 días sin comer, como una anoréxica (con resultado de que se harta de llorar). Habrá más entregas, ella lo ha prometido; para la próxima piensa pasarse 21 fumando porros, como un grifota (con el previsible resultado de que se harta de... reír).
Desde Estatuas Verdes esperamos con ilusión las nuevas ideeas geniaales de Samanta y humildemente adelantamos algunas sugerencias para futuras ediciones: 21 días duchándose con butano, 21 días con bronquitis inducida por el frío, 21 días desayunando el pan sin tostar, 21 días a lomos de un burro... la mente da vueltas, como dice la frase inglesa, ante tantos y tan meritorios desafíos. Para no haber visto el programa entero nunca, buena caña le estás dando a la chavala, Porerror. La verdad es que sí, señora: touché! Pero es que el otro día leí en “uno de esos periódicos de derechas” una entrevista con Samanta Villar y me fascinó casi todo de ella.

Ignoro qué auctoritas científica ha establecido que 21 días “Es el período de tiempo mínimo que nos acerca a la verdad de las cosas, a vivirlas en primera persona”. 21 días. ¿Por qué no 28, o 210 días, que es lo que yo llevo duchándome con butano? Movido por el afán investigador que siempre ha caracterizado a este blog me he propuesto acometer la mayor empresa (y más arriesgada) que hoy por hoy se me antoja: vivir los próximos 21 días como un aficionado al fútbol. Pienso ir a por todas: hablar en bluffball (la parla tópica de los futboleros), ver la sección deportiva de todos los telediarios, escuchar Carrusel deportivo (es el nombre de un programa, ¿no?), leer el Marca sin haberlo comprado, rascarme los cojones mientras comento “Raúl selección” o “Iniesta es más desestabilizador que Guti”. A por ellos, digo... a por todas.

Imposible predecir qué efectos nocivos para mi salud (sobre todo mental) tendrá este peligroso experimento sociológico. Sería necesario un documental como los de Samanta Villar o el de Super Size Me (2004) para cronicar como es debido esta experiencia: los títulos que ando barajando son Size Up My Balls o Repartiendo juego por las bandas con Porerror. La verdad es que me pienso sumergir en este tema en plan completamente serio: para que me entendáis, cuando esto acabe dentro de 21 días prometo tener los tacos de las botas manchados del blanco de la línea de banda, como corresponde a un extremo que ha realizado bien su labor táctica.
De modo que, si de aquí a tres semanas mis posts empiezan a sonar incoherentes y tópicos, que no defino bien, o si empiezo a decir gilipolleces o a solemnizar lo obvio, tenedme paciencia: no es que haya perdido el olfato para el post, solo estaré hablando en bluffball. Sed possitifos.
Hace mucho tiempo en una galaxia muy muy lejana...EPISODIO ILa República Galáctica se encuentra en problemas. Las naves de la Federación de Comercio han establecido un bloqueo sobre el planeta Naboo para que el Canciller Supremo, los Clones, la oveja Dolly y los Señores Sith.... UN MOMENTITO! ¿Qué cojones es esto? Yo os voy a contar cómo comienza de verdad esta historia:Nos encontramos en un periodo de guerra civil. Las naves espaciales rebeldes atacando desde una base oculta, han logrado su primera victoria contra el malvado Imperio Galáctico. Durante la batalla, los espías rebeldes han conseguido apoderarse de los planos secretos del arma total y definitiva del Imperio: la ESTRELLADE LA MUERTE, una estación espacial acorazada con potencial suficiente para destruir un planeta entero. Perseguida por los siniestros agentes del Imperio, la princesa Leia vuela hacia su patria a bordo de su nave espacial llevando consigo los planos robados que podrán salvar a su pueblo y devolver la libertad a la galaxia…
... Gracias!
Corría el año 1977 cuando yo no había nacido aún y se estrenaba la mejor película de todos los tiempos. Mejor = más atractiva, divertida, emocionante, inspiradora, fantástica, espectacular y con más señores de color verde. No estoy hablando de calidad cinematográfica, entiéndase. ¿O a lo mejor sí? Más de 30 años después la cosa ha mutado en una macrosaga de dos trilogías que acabó en 2005 y se ha convertido en la mayor fábrica de billetes desde Elvis Presley (¿no es curioso cómo tengo que sacarlo a relucir sea cual sea el tema?).

Durante el pasado finde en Madrid, otro de mis objetivos era visitar la expo de Star Wars que se encuentra en el Centro de Arte Canal, lugar casi siempre de cojonudas exhibiciones. Nos la habían vendido como la mayor y mejor exposición de estas características de Star Wars, hecha por LucasFilms y con la presencia de 250 piezas originales utilizadas en los rodajes de la saga. Y eso es ni más ni menos lo que es.
Porerror, tú no comenzarías un párrafo diciendo “Nos la habían vendido” si no fueras a colgarle algún pero... ¡Qué bien me conoce, señora! En este caso la expo no es que tenga ningún problema, el problema lo tengo yo. Efectivamente, la exposición cartografía de manera bastante didáctica y clara todo el universo de Star Wars (al que dudo que se acerque nadie que no fuera de antemano fan de la saga): planetas, personajes, eventos y conceptos clave, vehículos, uniformes, bichejos... La historia está en que, como es lógico, se le da igual peso o protagonismo a las tres últimas pelis que a las tres originales.

Es lógico, porque estas pelis no son sino una máquina de hacer pastaca, y además son las que están más recientes en el tiempo y tal vez puedan enganchar a las nuevas generaciones de fans. Pero para mí es un pelín decepcionante, ya que mis planetas no son Naboo, Kamino, Mustafar o Geonosis sino Tatooine, Endor, Hoth, Yavine o Bespin. Para mí Jabba el Hutt es una especie de babosa obesa que come cangrejos y no se mueve, no un figurín que da saltos. Chewbacca es un “felpudo con patas” que gimotea porque a él no lo condecoran, no una especie de monicaco más en un planeta de monicacos, etc, etc, etc... Pues voy a poner un ejemplo más, hombre.
Uno de mis personajes favoritos de la saga es Boba Fett, el cazarrecompensas (¿todos aprendimos esta palabra viendo El Imperio contraataca? ¿y el verbo “contraatacar”?), presente en la expo con maniquí y todo. Al referir su historia, no se nos dice que su máximo logro fue capturar a Han Solo y congelarlo en carbonita para llevárselo a Jabba sino que fue “hijo de Jango Fett, y es un clon modificado fabricado en Kamino por los lores Sith que bla bla bla...” Que sí, lo que ustedes quieran, pero que Boba Fett no es eso, gracias. No es una consecuencia de una trama galáctica de clones y bla bla bla. Como bien me dijo un amigo, “te garantizo que en 1983 no era un clon”. No, era el personaje que metía más miedo. Y luego a posteriori se han sacado una milonga para entroncar con él, hasta el punto de que en la trilogía nueva tuvieron que idear a un personaje que se le parecía un montón, su supuesto padre Jango.

He de admitir que una de las cosas más reveladoras que vi en la expo fue un panel sobre George Lucas y la gestación de la saga en el que se dice claramente que el pavo hizo su trilogía original y que solo 30 años después, cuando vio lo bien que funcionaban aquellas pelis remasterizadas digitalmente, se le ocurrió la feliz idea de inventarse otra trilogía sobre lo mismo que la precediera en el tiempo (la “precuela”). Verdad que a partir de 1981 se conoce a La guerra de las galaxias como Episodio IV, pero aquello quedaba misterioso. Verdad que se nombraba unas ciertas “guerras clon” de las que nada se sabía, pero eso molaba, igual que sabemos que el Halcón Milenario “hizo la carrera de Kessel en 12 parasegundos”, y no nos hace falta que se inventen otra trilogía para enseñárnoslo (ni para saber qué diantres significa eso).
Conclusión: la exposición de Star Wars, oro puro. Y si estáis por Madrid o vais para allá no dejéis de verla, pero quedad avisados: que la Fuerza os acompañe... para soportar a Jar Jar Binks.
Mi jefe me debía un día libre, de manera que este pasado fin de semana he aprovechado el “puente” para ir a Madrid a intentar distraerme un poco. A la hora de hablar de las múltiples experiencias vividas, he creído ver en todo el finde un par de themes o ejes temáticos improbables en su maridaje pero altamente satisfactorios, a saber: el pop y el bacon (o el Bacon).

Bacon. Uno de mis objetivos al emprender este viaje a Madrid era ver la exposición retrospectiva del pintor inglés Francis Bacon que se desarrolla en el Prado. Un tío mío llama a este pintor “Paco Panceta”, y no le falta algo de razón. Vaya por delante que la exposición es fantástica, muy bien montada, completa y creo que convenientemente explicada. Al verla, entre otras sensaciones, me asaltó una revelación: el arte de Bacon no me gusta tanto como yo pensaba. Conocía una docena de obras, que me encantan, pero vista en su conjunto y a través de las décadas, la producción de Bacon no me ha impresionado tanto.
Hay cosas que Bacon clava, mostrar el horror, pero veo que esa faceta solo (con clavarla) no lo convierte en el artista universal y epítome del siglo XX que yo pensaba que era. Sabido es que la representación de los cuerpos humanos y animales que el pintor hacía muestra la carne (“meat” no “flesh”) de manera horrorosa y charcutera, tanto que sus crucifixiones parecen reses abiertas en canal. El propio Bacon lo dejó dicho: “Efectivamente, todos somos carne comestible. Todos somos canales en potencia”. Carne comestible, Bacon.... Bacon, Bacon, Bacon:.... bacon.

Pop. Otro de mis objetivos era comprar discos, como siempre. Normalmente suelo hacer un tour por ciertas tiendas de disco favoritas, e incluso esta vez llevaba un par de recomendaciones de tiendas nuevas que estaba deseando conocer. Sin embargo, en esta ocasión solo me ha dado lugar a hacer una parada, no ha hecho falta más, en mi tienda favorita de España: Escridiscos. Un par de palabras clave en el oído del dueño y ya tenía en mis manos más CDs de power pop “garantizados” de los que podía pagar. Me los llevé todos, claro.
Otra viñeta pop en Madrid: ir andando por la calle Huertas el viernes noche y recibir los cantos de sirena de los que reparten flyers: “Tómate un chupito gratis... dos copas por 9 euros.... bar de indie rock y britpop.... tómate...” ¡CÓMORL!? ¿He oído lo que he oído? Acepto el flyer y leo el nombre del local, Mi madre era una groupie: Indie, Britpop, Oldies. Casi me mareo, porque en Miciudad esos bares no existen. Si quiero escuchar estos estilos de música me los tengo que poner yo en mi casa. Una vez dentro del garito, el frenesí: Rolling Stones, Kinks, Who, Strokes, Franz Ferdinad, Bloc Party, Killers, Keane, Chemical Brothers, Fatboy Slim, Ramones, The Hives... hasta que el cuerpo aguante.

Bacon (reprise). He dejado para el final la conexión más obvia entre el bacon y el pop, la que encarnaba Elvis Presley. Nadie como él interpretó (ciertos tipos de) pop, nadie como él jaló panceta, a razón de un kilo diario. El buen Presley fue también un gran amante de las hamburguesas, y era comerme una de estas como Dios manda otro de mis objetivos madrileños. La hamburguesa, tan cara a este blog y a otros, tiene una de sus casas en La Pequeña Bety, local que auna carne y pop. Espoleado por la buena crítica de Fran G. allí me encaminé para ver con sorpresa que los mediodías está cerrado. Pues casi mejor, porque recalé entonces en el cercano Home Burger Bar, amigos, no sé qué pueda decir de este sitio: arte en forma de carne picada, me emocionó como no lograra hacerlo Francis Bacon.
La hamburguesa que me trinqué era perfecta: no digo que sea la mejor ni la peor porque no la comparo con nada. Simplemente esta era como tenía que ser: buen pan, lechuga, tomate, cebolla y pepinillos frescos, sublime carnaca y acompañada de riquísimas patatas fritas y coleslaw. Yo pedí la mía con queso y bacon, of course, y aunque en la carta asomaban rarezas muy atractivas, me decanté por una hamburguesa clásica, en homenaje a los puristas del género. Se me olvidaba, una hamburguesa hay que tomarla con refresco, eso está claro (qué mejor que coca-cola), y ya sabéis que en inglés refresco se dice pop, de manera que aquí se cierra el círculo del pop, el bacon y mi fin de semana.
Me manda el buen Harvest este cuento corto así, en crudaco, supongo que para animarme, y me ha parecido oportuno publicarlo hoy.
Al día siguiente era el día de Andalucía, pero caía en sábado.
“Maestro, hoy no haremos na, ¿no?” -preguntaba una cara de pan con una sonrisa orejera de quien se limita a constatar lo obvio.
“¿Y eso?” -el profesor se hizo el nuevo mientras se estaba quitando el abrigo.
“Hoy es el día de Andalucía”.
“¡Hoy no, mañana!” -corrigió una alumna que en clase solo intervenía para interrumpir a los demás.
El profesor echó un vistazo al aula que tenía delante: era un espacio grande, una clase seminueva pero bastante deteriorada. Los tristes fluorescentes y el 70% de bancas libres le daban un aspecto más desolador que de costumbre.
En las ocupadas, once adolescentes de entre quince y dieciséis años se desperezaban, mirando aburridos en el mejor de los casos, o se afanaban en bromas y gritos mañaneros de baja intensidad.
“¿Y qué vamos a hacer hoy?” -fue la pregunta de un joven indolente que había empezado a dibujar un caballo. El caballo era una miniatura, con muchos detalles, pelo negro, crines bien cuidadas, la marca del hierro... detrás iría un carro. ¿Y qué vamos a hacer hoy?
“Pues yo había pensado en hacer Inglés,” -contestó el profesor de Inglés- “si os parece”. Ellos pretendían que él se inmutara, ese era su trabajo. El de él era no inmutarse. “Pero si queréis hacemos Matemáticas, o Química”.
“¡Venga, sí, sí, Matemáticas, que tenemos ejercicios!” La ironía cursa muy mal la enseñanza secundaria. Y además, si él hubiera sido el profesor de Mates los alumnos no hubieran consentido ni en oír hablar de expresiones de segundo grado. Hubieran dicho “¡Inglés!”
Hoy solo once alumnos de casi treinta. “¿Tú sabes por qué hoy no han venido los chiquillos de El Cerro, maestro?”
“No tengo ni la más remota de las ideas”.
“Pues porque hoy no hay clase en el colegio de El Cerro, maestro, por el día de Andalucía, y los chiquillos no han ido al colegio”.
“¿Y no vamos a hacer na por el día de Andalucía?” -interrumpió un alumno nervioso, con cara de ir a comerse el mundo o un bocadillo bien grande.
“¿Eh, maestro, no vamos a hacer na?”
“Pues no sé yo que haya preparada ninguna actividad”.
“¿Qué?”
“Que que yo sepa, hoy no... ¡Noelia, te quieres callar?... que hoy no hay nada previsto”.
“Pues yo he escuchao que nos iban a dar un desayuno”.
“Yo no sé nada, pero es verdad que en algunos institutos se hace”.
“Menos mal... si lo del desayuno es una mierda, maestro. Te dan ahí una mierda pan chiquinino ahí con aceite, que eso está más malo...”
La carcajada fue generalizada pero el profesor no se reía. Apoyado en su mesa con gesto de cansancio, calculaba. Calculaba que hoy la cosa iba de perder el tiempo hablando, de no querer dar clase. Como todos los días, por otra parte. Con el agravante de que mañana era el día de Andalucía y hoy solo habían venido a clase once alumnos.
El profesor pensó rápido, ese era otro de sus trabajos. Tendría suerte si conseguía negociar con ellos un acuerdo: media hora dando clase y trabajando y el resto del tiempo libre para que charlaran/gritaran. Visto lo visto, aquello ya supondría una victoria táctica.
“Pues maestro,” -amenazó el alumno más sonriente del pueblo, con la inexorabilidad que da el saberse en posesión del mango de la sartén- “a mí que no me busquen para cantar el himno ni la bandera, porque yo cuando estén celebrando el día de Andalucía tos los maestros yo voy a estar jugando al fútbol”.
No, si te parece.