Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

lunes, 31 de enero de 2011

Mal dedo


Os mentiría si os dijera que empecé Estatuas Verdes para hablar de música. Os mentiría también si que pensaba que iba a hablar tan poco. El hecho es que me retraigo, lo confieso, no soy como esos blogueros independientes que escriben sobre lo que les viene en gana, en realidad los admiro pero yo no soy tan indie, soy un vendido a mi público. Tampoco escribo al dictado de nadie, vous comprenez, ni siquiera de mí mismo, porque hay veces que diseño un post para abandonarlo a las pocas horas o días y hay también ocasiones en que me da por escribir algo recién sacado de la manga, en plan whimsical.

Mi anterior entrada era una crónica sui generis del concierto de Lapido, un tipo que ya apareció aquí hace más de dos años. El caso es que por puritita casualidad he visto que 44 personas han colgado esta reseña en Facebook (y yo sin saberlo) y 12 le han dado a “Me gusta”. Esto me ha dado que pensar: sí amigos, todavía queda gente a la que le interesa la música (y puede que haya vida en Marte, como decían Bowie y el Profesor Jiménez del Oso). También he pensado que un buen post de música no puede hacer daño pues…


Lo malo de esto es que a los que os interesa ya conocéis al grupo del que voy a hablar, pero qué más da? A quién no le entra un frenesí de gusto al leer algo sobre un artista favorito en un blog (a mí me pasa con El Perro Lunar, Almanaque, El Gallo Verde, Doin’ the Pop o Mujer Esponja)? Llevo dos días escuchando a Badfinger como un poseso, os lo tenía que decir. Desde mi más tierna adolescencia los tenía catalogados como “parientes pobres de los Beatles” pero, qué equivocación, amigos!

Injustamente catalogados. Hace ya unos añitos, cuando me dio en serio por el power pop, me hice con todos sus discos (menos ese en el que sale el culo de un burro en la portada) y me convencí de que este grupo 75% galés-25% inglés eran la Real Cátedra. En círculos críticos su standing es casi impecable, pero es un grupo que nunca llegó a triunfar, nunca conocieron el éxito, por más que les rondara. Esta parece ser una constante de todas las grandes bandas de power pop: sacar sus discos, estar a punto de… y nada. Y eso que a esta gente padrinos no les faltaron, trabajaron con Paul McCartney, George Harrison o Todd Rundgren.



Pero también trabajaron con personajes de dudosa calaña, como el gángster de Stan Polley, un mánager que los llevó a la ruina. Además, dos de los miembros de Badfinger (Pete Ham y Tom Evans) se acabaron suicidando. Pese a la tragedia que rodea a esta banda, destinados para la grandeza, rodeados de muerte y ruina, lo que emerge con el paso del tiempo es su música, pop-rock del bueno, del antiguo, que los convierte en una de las apuestas más bonitas de los años 70, que ya es decir.


La conexión con los Beatles es evidente: comenzaron en el sello Apple, McCartney fue autor se su primer single de éxito, “Come and Get It” (en realidad un descarte Beatle, que apareció en la peli de infausta memoria The Magic Christian, 1969), Mal Evans, Geoff Emerick y Harrison les produjeron… la verdad es que si uno escucha No Dice (1970) podría afirmar que muchos de los temas parecen sacados de los tres últimos discos de los Beatles. Incluso el tema “Believe Me” parece –según le dé la luz- un descarado plagio de “Oh! Darling”. Pero si se hubiese tratado de una mera copia, de un producto derivativo, no estarían tan bien considerados ahora.

Siempre me gusta recordar el efecto sangrehelador que me produjo el uso de la bonita canción de Badfinger “Baby Blue” en una escena de paliza en Infiltrados (2006) de
Scorsese. Ironía y tensión donde las haya, pero aunque Badfinger quisieran dárselas de rockeros en realidad nunca fueron chicos malos, sino poperos con piel de lobo. Hoy no os voy a comer más la cabeza con fechas y datos, solo pretendo recomendaros un disco: No Dice. Veréis cómo suenan piezas del calibre de “No Matter What”, (primer himno power pop?), “Without You” (que hicieron millonaria Nilsson y Mariah Carey luego). O “Love Me Do” (no confundir con la de los Beatles), o “I Can’t Take It”, o “Watford John”, o “Blodwyn”, Dios mío esas guitarras…!

jueves, 27 de enero de 2011

Lapido: El quinto Beatle, el sexto Rolling y el séptimo cielo


El quinto Beatle. Veo a Lapido como nunca. Tras complicados esfuerzos logísticos acudo a un concierto de José Ignacio Lapido en el Teatro Central de Sevilla. Presenta su último trabajo (qué me gusta un tópico!) De sombras y sueños, editado en 2010. Del disco se puede decir que es muy bueno, no aporta ninguna sorpresa que haga que nos caigamos de la silla pero qué duda cabe de que es una dignísima adición al canon Lapido. Muy en la línea de su predecesor Cartografía, de 2008.

Ahora que no nos oye nadie, siempre vi en 091 un cierto deje a power pop (sí, eran rocanrol, dejad de gritarme), no sé si sería la época, o tal vez si no pop sí podríamos decir garaje y revival ochentero del sonido sucio. 091= los Nuggets granaínos, eh? Anoche escuché atentamente a la banda de Lapido, no entiendo nada de guitarras, pero el timbre de todas me sonaba muy a George Harrison, y muchos de los temas me retrotrajeron al Let It Be (1970) o al White Album (1968) (otros a Black Sabbath, pero eso es porque Harrison, Tony Iommi y Lapido usan los tres una guitarra Gibson SG). Muchos arreglos de los temas, con armonías vocales en plan “She Loves You”, también me recordaron a los Beatles.


El sexto Rolling. Pero no, Lapido no se ha vuelto más blando que la mierda de pavo. Pese a que su último disco es “menos rockero” (Mojaquero dixit), hubo también espacio para momentos inconfundiblemente estonianos, onda Exile On Main Street (1972). Y es que Lapido, igual que los Stones, es un gran bebedor de influencias de rock-blues yanqui, de sonidos sureños (gracias a Dios que todavía no le ha dado por el country), no en vano cita en sus letras a Little Willie John o el “Burning Love” de Elvis Presley.

Así y todo, a quien más me recuerda Lapido es a Neil Young, quizá no estilísticamente si queréis, pero sí por su pose sobria, comedida (el andoba no se quitó la chaqueta hasta la vigésimo primera canción) y auténtica. A él le da igual todo: modas, tendencias, críticas… o al menos eso da a entender, y representa con credibilidad su papel. Medio concierto fue dedicado a desgranar su nuevo álbum, la otra mitad a reinterpretar los “clásicos” de sus cuatro discos anteriores, sin olvidar los guiños a su antiguo grupo 091.


El séptimo cielo. Siempre me ha hecho gracia el uso de imaginería bíblica que Lapido hace en sus canciones. Sus letras tienen ese sello clásico, están fuera del tiempo y del espacio: San Juan de la Cruz y el vino tinto, la ginebra y Baudelaire. Pero sobre todos “perdedores”, “ángeles caídos”, “predicadores malditos” y tipos íntegros a los que la vida les ha repartido una mierda de cartas. Supongo que al buen Lapido la religión le sudará el ojjj... (es un suponer, eh? desde el respeto), pero a él le sirve divinamente para componer un “aguacate western” (que en vez de Almería se desarrolla en Granada) a cuyo rodaje estamos todos invitados.

Ver a Lapido en directo es actualizar la vieja ceremonia del hombre y la música. Un cantante contra su público, solo la electricidad como truco de magia permitido. El propio cantautor dejó dicho que “el hombre de las cavernas (...) con sus palos y sus piedras aún no sabe que ha inventado el rock and roll”, y nosotros somos como los monos de Kubrick, que acudimos al llamado del monolito en forma de canciones para dejarnos extasiar y comulgar con él. Anoche en Sevilla se jugaba –dicen- un partido de fútbol importantísimo pero el Teatro Central estaba lleno. Lapido tuvo a bien agradecernos la asistencia diciendo: “El rock and roll ha triunfado, ¿no?”. Así sea.

martes, 25 de enero de 2011

Replanteamiento del Canon Oro 2010


-"El caldo en caliente, la injuria en frío."
(Refrán español)




Bueno, bueno, bueno! Siempre que se replantea el Canon Pupita ya sabéis que más tarde llega el Canon Oro. Ha habido una encuesta y -como siempre- habéis votado para hacer daño. Pero estoy contento, porque juro que esta vez estaba dispuesto a acatar el dictamen de la mayoría y encaramar como Oro al personaje que prefiriéseis y ha salido el que yo quería. Y prometo que no he hecho trampa. Aunque sospecho, también os lo digo, que ha habido alguien que ha votado en masse, porque uno de los candidatos llevó todo el tiempo la delantera y de un día para otro el ganador sumó siete votos nuevos.

Así es Estatuas Verdes, amigos: todo muy sospechoso y de dudodsa catadura. Solo una persona ha votado a Judd Apatow, autor, guionista y productor de desternillantes películas (salvo la última, Hazme reír, 2009), cuya factoría del humor promete hacernos pasar inolvidables momentos en este 2011 (con gente desnuda, gente fumando porros o chistes sobre penes: como él suele).


El segundo con menos votos ha sido Elvis Costello, antaño el Personaje más Oro de todos, el inamovible. Pero torres más altas han caído, y por el momento coincido con vosotros: Costello no merece aún la rehabilitación en este blog, hace falta que saque un disco de pop-rock. Lo estamos deseando. Carlos Herrera estaba destinado a ascender a este Parnaso, su voz nos acompaña cada mañana y aunque es verdad que está ensoberbecido, no deja de ser un tío que llama al pan pan y al vino vino (sobre todo eso, dada su proverbial penchant por la gastronomía...)

Además Carlos Herrera sé que irrita a muchos de los lectores de este blog, lo que nunca deja de ser un plus a tener en cuenta. Pero quien ha ganado es Paul Simon: el ruiseñor de Central Park, el amigo de Chevy Chase, "un señor muy bajito" (según una querida lectora). Ah, pero qué talla tiene como cantautor! Su producción durante 5 décadas no deja de asombrarme, una y otra vez revisito clásicos de su dúo con Garfunkel o la etapa en solitario y cada vez llego a la conclusión de que sus letras son las mejores de la Era Rock después de las de Dylan (donde pone "mejores" léase "más literarias").


Paul Simon no está de moda por ningún motivo, lo que lo hace el candidato idóneo a Personaje Oro, que ya lo es. Y quién no lo es ya, pray? Chiquito de la Calzada es in-to-ca-ble. INTOCABLE. Y máxime esta semana, que estoy revisando su escueta bien que brillante filmografía. Arrabal es un valor seguro, un candidato que aplaca las ansias de calado intelectual que mis lectores más culturetas proyectan sobre Estatuas Verdes. A Meryl Streep la mantengo, mientras no se demuestre lo contrario, y además que recientemente tuve la oportunidad de ver Kramer contra Kramer (1979), por la que ganó un merecido Oscar, y me reitero en que es una grandiosísima actriz.

David Trueba está muy callado, a excepción de su serie sobre Jorge Sanz, que no he podido ver. Le tocaría ya ir sacando otro libro. Pero el que ha caído en desgracia es Joaquín Reyes. Su apuesta en Neox, Museo Coconut (2010- ), no ha molado nada para Estatuas Verdes, me parece que la peli de Mr. Bean tenía más arte (la primera, claro): valga el juego de palabras burdo. Así que out with Reyes and in with Simon. Es el círculo de la vida, amigos. Oro!

jueves, 20 de enero de 2011

El diablo en el siglo XXI


-“El bolsillo manda.”
(Matías Prats, en el telediario de esta noche)





Interior, día. Un joven de 21 años acude a clases de Derecho del Trabajo como oyente, para culturizarse. (Y porque el profesor es un espectáculo de ver y escuchar, también hay que admitirlo.) Allí se da de bruces con una cruda revelación, à un moment donné el profesor suelta la siguiente perla: “El sexo y el dinero mueven el mundo.” Impactado, el joven no ha dejado de darle vueltas a tamaña barbaridad, al principio se rebelaba, estudió, leyó, leyó más, viajó, trabajó en varios países, trató con personas, se hizo un ciudadano respetable y con el paso del tiempo no pudo sino darle la razón al profesor.

Turbado (la verdad es que le da coraje que esto sea así, dónde quedan los sentimientos nobles, las altas motivaciones?, dónde los desprendidos y la gente que hacía cosas por ideales?), se lo comenta a la buena Cuidadora, quien le dice “Para ese viaje no hacían falta esas alforjas, ya podías haberlo aprendido desde que en BUP leíste al Arcipreste de Hita.” Cuánta verdad se encierra en el Libro de buen amor del buen arcipreste!


Aristóteles dijo, y es cosa verdadera,

que el hombre por dos cosas trabaja: la primera,
por el sustentamiento, y la segunda era
por conseguir unión con hembra placentera.


Del sexo hablaremos otro día (o no), pero del dinero… la verdad es que tantas y tantas noticias económicas me tocan la polla. Seguridad Social, Primas de riesgo, hipotecas subprime, riesgo-país, bonos, Monsieur Trichet… yo, que no entiendo, de esto solo saco en claro que me han bajado el sueldo, que la gasolina está más cara que nunca (y eso que el petróleo no), que parece que el Estado no tiene dinerito para las pensiones… De entre todos estos males de índole económico que nos acucian, ninguno me fascina tanto como el mal en estado puro: los Mer-ca-dos. (Uuuuuuuuuhhh!!!)


Me vais a permitir que copie y pegue aquí un párrafo entero de un post reciente de Daniel Ruiz García, en el que dice:

Hay, por ejemplo, unos animales a los que se les denomina los “mercados”. Ahora todo está justificado por la necesidad de “calmar” a los mercados. Las severas modificaciones del mercado de trabajo, la subida de impuestos. Todo se consagra a la intención de “calmar” a los mercados. Imagino “mercados” y veo a King Kong avanzando por la selva frondosa a la búsqueda del nuevo sacrificio maniatado. El sacrificio somos todos nosotros, ciudadanos de a pie, comprometidos con el ritual de alimentar a la bestia, de calmar a los mercados.

Me parece una apta metáfora esta de los mercados como insaciables bestias a las que hay que realizar sacrificios. Mi madre me lo dijo una vez: “Ahora se habla de los mercados como si fueran diablos.” Y entonces se me enciende de pronto una lucecita en la chorla. Esto me recuerda a otra cosa que acabo de leer en la nueva (y fantástica) novela de Umberto Eco, El cementerio de Praga (2010). Voto a bríos que habrá post, pero baste decir que en el libro se cuenta la historia del antisemitismo europeo -los judíos, un conveniente enemigo exterior- y a propósito de esto dice un espía ruso:

De ahí los judíos. La divina providencia nos los ha dado, usémoslos, por Dios, y oremos para que siempre haya un judío que temer y odiar. Es necesario un enemigo para darle al pueblo una esperanza. (…) Hace falta alguien a quien odiar para sentirse justificados en la propia miseria. Siempre.


En la novela de Eco hay un desternillante capítulo (para mí su cumbre) en el que se nos cuenta cómo una serie de personajes sin escrúpulos se dedican a fabricar un caudal ingente de literatura basura sobre el satanismo, los ritos ocultos, conjuras judeo-masónicas, paladismo, culto a Lucifer, etc, y cómo estas publicaciones sensacionalistas (y ya digo, inventadas sobre la marcha) alcanzan un exorbitante éxito editorial y llegan a conmover a muchísima gente biempensante y temerosa de Dios, que las cree a pies juntillas. El capítulo lleva por nombre “En diablo en el siglo XIX”, y esto pasó de verdad.

Sigo cayendo en la cuenta: los “mercados” son el enemigo exterior, ante cuyo ataque debemos unirnos, lo que nos hará fuertes. Ni ateos, ni fachas, ni comunistas, ni aliens, ni emigrantes, no, esa gente no nos quería quitar el dinero mientras que los mercados sí (igual que los judíos.) Los mercados son –de este modo- los nuevos judíos: señores malos, que se mueven en las sombras, que controlan nuestros ahorros y tienen el oscuro y secreto (ah, pero es un secreto a voces) propósito de dominar el mundo. Son los mercados, no los oís? Están llamando a nuestras puertas…

miércoles, 19 de enero de 2011

La mano y el máquina


Vuelve Daniel Ruiz García, y lo hace con la mano abierta para darnos un soplamocos en la conciencia. Lo reseñable del caso es que esa “mano” con la que lo hace no es la suya sino La mano (2010), su última obra, con la que no ha mucho ha ganado el V Premio de Novela Corta Villa de Oria. La mano es –según el premio- una novela corta: yo diría que es un relato, pero no nos vamos a pelear por eso. Lo dejaremos en la palabra francesa nouvelle, que puede significar ambas cosas.

Que Daniel Ruiz es un gran escritor no lo he descubierto yo, pero sí que me encargaré de difundirlo mientras tenga hálito y un teclado delante. La mano es una interesante adición a su producción novelística (que incluye las imprescindibles
Perrera, 2008 y La canción donde ella vive, 2009), tal vez una adición menor dada su escasa longitud, pero no deja de ser un delicioso entrante que nos prepara para el festín de una su próxima novela larga. Si, además, Daniel tuviera a bien escribir cierto libro de cuyo proyecto me habló y sobre el que juré guardar secreto, vosotros sabéis que podría incluso convertirse en Personaje Oro.


Pero no está muy bien esto del ditirambo, el halago sería necesario argumentarlo. El argumento os lo dejo encima de una mesa, envuelto en papel de periódico, sanguinolento. Son apenas 50 páginas en forma de “una mano, un pedazo blancuzco de carne amputada, un choco cartilaginoso.” Buaj, qué asco! Eso es exactamente lo que dice el narrador, señora. Y si usted es sensibloide no lea La mano. Y si usted se droga con belén Esteban, tampoco. Si usted es de esas personas que no soportan una cruda dosis de la cruda realidad evítela a toda costa. No me atrevería a decir que La mano es una historia realista, pero es indudable que nos presenta una realidad, al menos una de entre las posibles.

“El infierno son los otros”, dice una cita apócrifa de Jean-Paul Sartre, y pocas veces he tenido esta máxima tan presente como durante los trepidantes ratos que he pasado leyendo este relato. No hace falta ser fan del gore para disfrutar este libro, solo basta con que usted no sea de los que apagan el telediario en cuanto empiezan a aparecer cadáveres. ¿Y de qué va La mano, pray? La historia es simple: un hombre haciendo footing se encuentra una mano amputada y decide llevársela a casa. Ahí lo lleváis.


Luego están el contexto del hombre, sus condicionantes, es un tipo frustrado, diría que mediocre, al borde del fracaso en casi todos los ámbitos, etc, pero él ha hecho una cosa que vosotros y yo no: llevarse a su casa un trocito de persona muerta. Si aceptamos esta premisa kafkiana (que resulta demasiado horrible para que cuestionemos su verosimilitud), nos encontraremos ante un cuento de horror moderno, una historia de abismos y locura, una fábula moral también si se quiere. Porque la mano muerta pertenece a una mujer asesinada, pero para quien la atesora llega a significar tantísimo más…

No quiero desvelar nada más sobre el argumento, los personajes o las implicaciones del libro, espero sinceramente que lo leáis por vosotros mismos, vaya mi recomendación por delante. Solo quiero dedicar unas palabras –cómo no, siendo una obra de Daniel Ruiz García- al lenguaje, al estilo del libro. Esa basca que nos va subiendo por la garganta a medida que leemos, esa urgencia con que se consumen párrafos, quemándolos con la vista cual bombero bradburiano. Ese desenfado en su uso del lenguaje, quebrar las reglas porque las reglas se saben, y en el caso de La mano, la muy cinematográfica mirada, que da un nuevo sentido al término literario camera-eye narrator. Si os da asco es que estáis vivos, es que os hacía falta leer un cuento así.

lunes, 17 de enero de 2011

Maldita Nerea, "Maldita marea..." y maldita ministra


Perdóneme Padre, porque he pecado. Me he bajado de Internet una docena de discos. Pero si tú no te bajabas música, Porerror! Porque no sabía, señora. Hasta ahora no creía en e-mule, igual que John Lennon no creía en Elvis (ni en nadie, salvo Yoko y él, si hemos de creer la canción). Hasta ahora, todos mis intentos de bajarme cosas de modo supuestamente gratuito, rápido y cómodo habían fracasado: ni Bit Torrent, ni otras fórmulas que muchos amigos me recomendaban me habían permitido bajar nada. Que si tarde usted trillones, que si regístrese usted, que si enlace no encontrado, que si mí no poder…

Pero el otro día alguien me dijo un método rápido y fácil, (y G.R.A.T.I.S., mi nueva palabra clave) para bajar cosas y resulta que funciona. La verdad es que estoy como unas castañuelas de contento, porque como bien sabéis llevo medio año sin comprarme discos, y eso duele. A la larga mi culturón musical se resiente, tiene un límite el número de veces que uno puede escuchar las mismas canciones de Simon y Garfunkel o Serrat antes de volverse loco.


Perdóneme Padre porque, en lugar de bajarme a la élite del rock me ha dado por bajarme “pop de masas”. Y un poquito de indie también, dejad de gritarme. Gente a la que he robado dinero: Zenttric, Maldita Nerea, El Pescao, Los Delinqüentes y Tomasito, Nena Daconte, Tulsa, Lula, La Habitación Roja, Ellos, Iván Ferreiro y Beady Eye (Oasis sin Noel Gallagher). Otra gente como Kiko Veneno, Lapido y Manolo García han sido más listos y han borrado todos los links que he buscado, o yo no he sabido encontrarlos.

En realidad escribo este post al borde de la locura, no escucháis mis carcajadas grotescas retumbando por toda la galería? JA, JA, JA, JA, JA!!! Os confesaré el origen de mi zozobra: estoy a esto de bajarme el disco de Dani Martín, más conocido por estos lares como “el fiera”. Después de denostarlo hasta la afonía he llegado a la conclusión de que un par de sus canciones se me han metido tanto en el cerebro, me son tan familiares, que ya no sé distinguir si me gustan o no. “No sé distinguir lo complicado de lo simple” –cantaba Bunbury (un favorito vuestro), y a esta hora no sé qué hacer. Por eso cual suicida al borde del abismo os escribo, para pedir ayuda…


La verdad es que escribo este post con el cuerpo de Augusto Algueró (ese sí que entendía sobre pop de masas) aún presente en su capilla ardiente de la SGAE. El mismo día que Teddy Bautista (¿cuándo hay boda sin la Tía Juana?) ha anunciado que la SGAE dejará de ponerles multas a los particulares para centrarse en rapiñar en las empresas, whatever that means. Sé que hace poco en el Congreso se debatió y se votó una ley sobre propiedad intelectual o sobre descargas patrocinada por vuestra Ministra de Cultura, por infame nombre “Ley Sinde”. La verdad es que había dejado de interesarme por estas cosas desde que tuve que pagar un impuesto revolucionario de más de 6 euros cuando me compré mi iPod.

La verdad, amigos, es que voy a seguir bajándome música como una auténtica perra arrabalera hasta que pueda hacerlo, hasta que cierren las webs, mi ordenador se sature o venga la policía a detenerme. La verdad es que no hay verdad en este asunto, cada vez que salen estos cobradores me pongo bastante enfermo. Lamento el perjuicio económico que pueda estar haciendo a los artistas, pero os contaré un secreto. En realidad ellos me lo deben. Alguna vez he calculado el dineral que tengo en discos dentro de mi casa, aunque –claro- no se lo he dicho a nadie. Pues eso.

domingo, 16 de enero de 2011

David Fincher: ¿Hacía buenas pelis?


-“Me voy a dedicar a lo que me interesa/ y no me preguntes más.”
(Astrud)





A menudo mis amigos me echan en cara, entre la admiración y la burla, que me sé un montón de datos absurdos. Es verdad, cual mono de feria, tengo una memoria prodigiosa para recordar nombres, datos y fechas: mientras más inútiles mejor. Mi buena madre solía decirme: “Hijo mío, si dedicaras la mitad de energía en memorizar cosas útiles en lugar de canciones, libros y artistas, ya tendrías la carrera de Derecho y serías notario.” Bien sabéis que no, que esta habilidad (?) solo me sirve para recordar datos absurdos, de cosas de ocio, de cosas por gusto, supongo que tendrá que ver con la motivación y el interés, mi capacidad memorística.

Como el cine me interesa menos que, digamos, la literatura o la música moderna, no tengo un conocimiento tan enciclopédico, la verdad es que no me fijo. Ya conté aquí cómo un buen día hace décadas el buen Fran G. Matute me recitó la filmografía de Kubrick y yo pensando que no había visto ninguna de él cuando en realidad me encantaba. Algo parecido me ha ocurrido estas navidades con otro director USA, el bueno de David Fincher.


Vosotros sonreís porque ya sabéis qué pelis ha hecho David Fincher, pero yo no era consciente hasta que su nombre ha salido a relucir como autor de La red social (2010). Volví a verla hace dos semanas, ya que la crítica la ha encumbrado casi unánimemente como peli del año, y entonces caí en la cuenta de que este Fincher es un maestro en la creación de ambientes opresivos y en la narración de historias. Otra cosa en la que descuella es en la presentación de personajes torturados. La red social no es el menor de sus ejemplos, pero me he quedado picuet al repasar el resto de su obra.

Así ocurría también en la peli que le dio la fama, Seven (1995), El club de la lucha (1999) o Zodiac (2007). No, si yo antes me reía porque hace dos años pusiste a caer de un burro El curioso caso de Benjamin Button (2009)! Lo dije y lo mantengo, señora. Esa peli es una caca de paloma, pero la verdad es que también cuenta con una historia retorcida, ambientes opresivos y personajes en el disparadero, give you that. Las otras de Fincher que no he visto también prometen lo mismo, a saber: Alien 3 (1992), The Game (1997) y La habitación del pánico (2002).


El tipo está tan de moda que tiene en cartera –según varias fuentes de Internet- media docena de pelis más, todas adaptaciones de libros/cómics o remakes, para qué engañarnos, pero habrá que estar al loro. De momento ya está rodando Los hombres que no amaban a las mujeres (2011?), sobre esa esforzada trilogía negra sueca. No leí los libros ni vi las otras pelis pero esta, con ser de Fincher, ya tiene ganada mi atenta atención.

Anoche vi Zodiac, y la verdad es que me cajé en las brajas. Tenía en la mente que era una peli que no dejó indiferente a nadie, pero no recordaba bien si era por obra maestra o por ser un mojón de pato. Al terminar la peli me decanté por lo primero. En realidad, “obra maestra” tal vez sea un término fuerte, una peli tan larga, tan correosa, con una historia imposible de contar (la película tendría que durar 35 años, en tiempo real), pero creo que su arte reside en esa labor de selección y secuenciación de los eventos más significativos en la caza de un asesino en serie que se extiende a lo largo de cuatro décadas.


Para salvar el escollo, ahí están los huevos de David Fincher (y el guionista James Vanderbilt) y los de ese puñado de actores como Jake Gyllenhaal, Robert Downey, Jr., Mark Ruffalo, Chloë Sevigny, Anthony Edwards o Brian Cox, que hacen de esta historia-sobre-pantalla una experiencia agobiante y difícil de olvidar. Ya estás soltando datos y nombres de actores como un descosido, Porerror. Ya, ya, ya, ya, señora… es que por fin me he enterado de quién era David Fincher.

 
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