Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

jueves, 29 de enero de 2009

Carro de combate, o: El icono


Veo estos días el trailer de Valkiria (2008), la estrenan mañana y ya estoy nervioso por ir a verla. Entre escenas de la Wehrmacht, el bigote de Hitler y un parche en el ojo, veo imágenes del Deutsches Afrikakorps con sus terroríficos Panzer III. El pasado sábado, hablaba sobre guerras y los juegos de guerra con un historiador y salieron a relucir los Panzer III (“Lo malo es que después vinieron los Panzer IV, Panther, Tiger I y II…”), los T-34, los Sherman.

Llevamos semanas viendo en la tele imágenes de carros de combate israelíes, creo que son los Merkava, su contemplación puede causarnos ya tedio por lo repetitivo, seguro que de verlos en directo no sería esa nuestra reacción. Llevamos años (más de siete ya) viendo por la tele imágenes de carros de combate americanos M1A1 Abrams en Afganistán e Irak. Estos los tenemos tan vistos, en Kandahar o en Kirkuk, que yo ya no sé distinguir cuándo estoy viendo un episodio de la serie JAG o el telediario de Antena 3.


Pocas imágenes tan llamativas para los resúmenes audiovisuales del siglo pasado como la de ese ciudadano chino plantándole cara a una columna de carros de combate durante los días de la revuelta de Tiananmen. Esta escena ha sido vista y revista, parodiada hasta la saciedad, incluso, y siempre que la veo consigue fascinarme. Cada vez me asalta la reflexión: el hombre estaba ahí; los tanques estaban ahí, desde luego; pero lo más importante es que ahí estaba la cámara. Sin imágenes, la escena no hubiese existido. En este sentido me pregunto: ¿cuántos hombres de Tiananmen habrá habido a lo largo del siglo XX, sin una cámara para dejar constancia de ellos? ¿Cuántas madres rusas delante de un Panzer IV, cuántas alemanas de un T-34?

Cada día tengo más claro que el carro de combate es el gran icono del siglo XX: el sigo de las guerras. Las dos guerras que lo vertebraron se escriben con pesados monstruos blindados que se desplazan sobre cadenas. En la 1ª Guerra Mundial, el papel del carro fue casi folklórico: demasiado hicieron con idearlo, construirlo y ponerlo a andar. Los primeros tanques eran ortopédicos cachivaches más ridículos que mortíferos. Pero eran de metal, avanzaban y estaban cargados de armas.


Decir “Segunda Guerra Mundial” es decir “carros de combate”. En la 2ª Guerra, los blindados fueron el factor más importante y decisivo por lo menos hasta 1943, en que empiezan en serio los bombardeos estratégicos aliados sobre Alemania y Japón. Las tropas panzer alemanas (“las vanguardias blindadas del Reich”, como las definió Borges) fueron durante toda la guerra las mejores del Eje. ¿Y qué decir de las fuerzas armadas USA o de la URSS? Está claro que la Guerra la ganaron en las cadenas de montaje.

Hubo momentos, durante la batalla de Stalingrado, en que los T-34 salían directamente de la fábrica al frente, sin pintar siquiera. Y ya no pararon de salir. Y de salir. Y de salir. Para cuando llegó la Guerra Fría, los rusos tenían más carros de combate que mazorcas de maíz los americanos. Estos últimos se llevaron los tanques a empantanarse en las junglas de Vietnam, donde fueron vencidos por otro poderosísimo icono: el fusil de asalto de origen soviético AK-47, pero eso es otra historia. Mucha gente dice que el siglo XX es un AK-47 (Roberto Saviano, la peli El señor de la guerra -2005-, Pérez Reverte…). Yo digo que es un carro de combate, sin especificar el modelo o bando al que pertenezca.


Uno de mis primeros recuerdos de chico es el de oír contar a mis padres el golpe de Tejero, el del 23-F. Y con mucho, el detalle más sórdido y el que más miedo me daba era que en Valencia, el jefe de la Región Militar (Milans del Bosch) se había atrevido a “sacar los tanques a la calle”. La sola mención de esta frase conjuraba en mi excitable mente infantil fríos terrores metálicos de color verde oscuro. De buena nos libramos los españoles aquel día, ¿eh? (para empezar, dicen las malas lenguas que Milans del Bosch estaba borracho). Pero volviendo al tema que nos ocupa, pensad en los carros de combate y en su importancia simbólica. Sé que no es un tema típico de ascensor, pero yo os pido que os paréis un segundo y lo penséis. Y la próxima vez que veáis uno en un telediario (seguro que hoy mismo), ya me contáis qué se siente.

miércoles, 28 de enero de 2009

"Los bares están repletos"


“Bares, ¡qué lugares!”
-Gabinete Caligari




Ahora que la crisis ya ha cristalizado entre nosotros, la hemos asimilado, los gobiernos y otros organismos han tomado medidas y aun así parece que lo peor está por llegar, me gusta observar las reacciones de la gente. Hubo negación, hubo catastrofismo, ahora parece más bien que lo que se ha instalado es el fatalismo. Las cifras del paro no dejan de crecer, no solo en nuestro país, el Presi del gobierno acude a la tele (que no a las Cortes) a dar explicaciones y cada día me topo con alguien que hace la misma gracieta, la del título del disco de Supertramp: “¿Crisis? ¿Qué crisis?”

Es en estos momentos en que la gente recurre al humor para tomarse las cosas con filosofía, fijaos si no en la oportunista serie que Telecinco acaba de estrenar bajo el sospechoso título de A ver si llego. Un clásico, en estos casos, es decir: “Pues habrá crisis, pero los bares están llenos”. ¡Qué gran verdad, amigos! ¿Cuándo no han estado los bares llenos en España? Y yo no sé en vuestras ciudades, pero en la mía, están a rebosar. En Cosica los bares están vacíos porque todo el pueblo está vacío, pero eso es otro tema.


Recuerdo un absurdo texto de un absurdo libro de texto de español para americanos, de cuando daba clases en USA. El texto en cuestión explicaba lo animada que era la marchuqui patria, y decía cosas como “el ocio en Europa es más triste que un episodio de Heidi, y también que “en Madrid, en el tramo entre las calles Antón Martín y [no sé qué otra], hay más bares que en toda Noruega”. No sé si será verdad la estadística, pero ¿a que mola?

El Banco Santander dice que ha ganado 8.000 millones de euros en 2008 (el año de la crisis, sabéis, en el que la economía española ha estado menguando durante seis meses). El ex ministro Caldera propone en una entrevista que el Estado se quede con los bancos, pero mientras se deciden o no, los bancos ganan pelas. Muchas pelas. ¿Serán banqueros o bancarios todos los que abarrotan los bares? No me lo creo.

La revista El Jueves (que esta semana, para variar, le daba caña a Aznar: se podían haber modernizado y hablar de lo del espionaje en Madrid) también recogió hace poco la tópica frase de “los bares están llenos” a cuenta de la crisis. Yo mismo la medio utilicé en el post “¿Tu criatura?”-también hice la gracia de Supertramp-, y eso que entonces era mayo, no había crisis oficialmente. Entre tanto, nosotros seguimos yendo a bares, aunque sea a comer altramuces (o ese bar de Granada –ciudad de tapas gratis-, donde lo que te ponían eran pipas). La gente sigue hablando de bares y recomendando bares. Los de El Perro Lunar nos descubrían el otro día un par de ellos de Madrid, a mí un compi de trabajo me recomendó uno en Sevilla hace muy poco.


Aquí en Cosica hay varios bares, no os vayáis a creer. No hay Banco Santander (casualmente el más grande de Europa, casualmente mi banco) pero hay media docena de barecillos. Todos los jueves mis compis de trabajo y yo vamos a cenar a uno, ya el hombre no tiene ni que preguntarnos la comanda. Luego solemos ir a una bodeguita muy rockera, siempre te ponen algo de Creedence Clearwater Revival o Bob Marley, y los gin-tonics de marca cuestan 3 euros. Hay otro bar que es obligado para tomar café, y tengo un compi/amigo aquí que, por mero aburrimiento, cada día se va a desayunar a un bar diferente (más o menos por la misma razón por la que yo me estoy jamando todos los partidos de fútbol que echan por la tele).

Así que, amigos, hoy es miércoles y ya sabéis lo que eso significa: partidos de Copa del Rey, de modo que me voy a verlos… no sin antes pasarme por el bar de la esquina de mi calle para pillar unas baguettes cosiquesas que amortigüen la crisis (y el hambre).

martes, 27 de enero de 2009

Discos cada vez que viajas


Hoy voy a escribir sobre un tema que apenas conozco: la compra de discos. Bromas aparte, anoche la buena lectora Orphangirl me brindaba un tema para un post: “Comprar discos en los viajes”. Esto vino a partir de un post de su blog que decía que cuando fuera a Amsterdam iba a comprarse un disco de Alela Diane. Comprar discos en los viajes. Viajar para comprar discos. También de eso hay un poco en Estatuas Verdes.

Miro a mi alrededor hacia ese caos que algunos llaman mi habitación, recito un verso de Juan Ramón Jiménez que habla de las cosas en un cuarto y observo: singles de Teenage Fanclub adquiridos en Milán, discos de France Gall comprados en París, vinilos de The Shins pillados en Brighton, cintas de Carnaval de Cádiz, CDs de música pop jordana, un CD-single de Enrique Iglesias que compré en Santiago de Compostela… tan solo la ciudad de Londres me serviría para trazar un mapa emocional de disqueras: botines sacados de la tienda Rough Trade de Portobello, de un puestecillo de Camden Town, del Fopp de Cambridge Circus, del Tower Records de Piccadilly, del Virgin de Piccadilly, del Zavvi de Piccadilly (ahora que Zavvi ha quebrado, ¿qué tienda ocupará su lugar?).


Orphangirl contaba una cosa que para mí es muy verdad: la importancia que se adscribe a cada una de estas compras por el mero hecho de saber de dónde proceden: he ahí su valor añadido. Yo siempre me preciaba de conocer el origen exacto (y casi el precio) de todos mis discos. Esta cinta de Sandie Shaw la compré en Praga, las cajas Nuggets las pillé en Carolina del Norte, el CD de Tribalistas vino de Lisboa, de Oporto tres discos de Caetano Veloso… os mentiría si os dijera que me sigo acordando. Tengo demasiados discos, pero de todas maneras hay cosas que nunca podré olvidar, porque es así: el día de 1995 que me compré seis singles de Oasis en Sheffield, ese otro de 2003 en que me hice con el Cheap Thrills de Janis Joplin en una famosa tienda de San Francisco, o aquel de este verano que ya conté: en Sicilia, comprando un CD de Celentano.

Si Londres ocupa un lugar principalísimo en mis compras de discos (todavía recuerdo a la dependienta de un HMV que, fascinada por la cantidad de CDs que me llevaba, me preguntó: “¿En tu ciudad no hay discos?”. “Estos no” –le contesté), no me ha hecho falta salir siempre al extranjero para hacer buenas discadas. En la mayoría de las ciudades de España la cosa está cortita pero nunca nos faltará un Corte Inglés o un Carrefour para salir del paso. Siempre habrá un amigo que nos descubra una tienduca en Córdoba o Granada y, sobre todo, siempre nos quedará Madrid.

Tengo otro amigo que es un enamorado de Barcelona y siempre me está hablando de las maravillosas tiendas que allí hay: no es el único. No he tenido la suerte de ir a conocerlas, pero en Madrid… cada vez que voy para allá cae algún disco (o varias decenas). La verdad es que en Madrid he tenido poco asesoramiento: las tiendas que conozco es porque me las he encontrado por la calle: London Calling (¿sigue existiendo?), Metralleta, Discos Melocotón, Discos Babel, Radio City… solo Escridiscos me fue recomendada (hace 8 años, en su emplazamiento antiguo). Recientemente, en El Perro Lunar se han nombrado algunas otras tiendas de discos madrileñas, tendré que tomar buena nota.


Dice un poema en prosa de Kiko Amat (y él ha estudiado, ¿no?), que los coleccionistas de discos [s]omos los que podemos pasar dos horas, tres horas, cuatro horas, cinco horas, todas las horas, buscando en cajones de discos”. He aquí un problema no pequeño a la hora de comprar discos en los viajes. La mayoría de la gente que conozco no está dispuesta a “perder” 2 horas dentro de una tienda de discos y menos aún otras 2 horas más dentro de la de al lado. Yo soy capaz de llevarme más tiempo en un Virgin Megastore que en el Louvre (y en el Louvre me llevo 5 horas), pero sinceramente pienso que en un viaje hay tiempo para todo. Y si no, siempre está el recurso de la compra de discos “relámpago”: un single de Mansun en Gibraltar, la banda sonora de Grace of My Heart en Palermo, un CD de Nancy Ajram en el aeropuerto de El Cairo, un vinilo de Bluetones en Dublín… todos pillados (y pagados) en tiempo récord mientras mis acompañantes (madre, novia, prima, amigos) estaban haciendo otras cosas.

Así que, amiga Orphangirl, sea enhorabuena tu viaje a Amsterdam, ciudad donde tantas y tan buenas tiendas de discos hay, y espero que encuentres tu disquito de Alela Diane y algunos más, si se tercia. Aunque tú dices que lo vas a comprar en el propio concierto de la artista, y eso es en sí una nueva categoría que merecería otro post: “Comprar discos en los conciertos”. Me consta que un amigo común estuvo hace poco en Amsterdam y se acabó tirando de los pelos porque había allí vinilos de oro por 1 ó 2 pavos y simplemente no le cabían en las maletas. ¡Malditas compañías low-cost! Malditas dimensiones máximas permitidas en el equipaje de mano. Y malditos discos, discos, discos buenísimos… ¿por qué viviréis tan lejos?

lunes, 26 de enero de 2009

Naranjada poética


Qué bonito libro os traigo hoy, amigos. Y qué nutritivo. Un librito de poesía titulado Naranjas cada vez que te levantas (2008), del poeta ovetense Julio Rodríguez. Yo tampoco lo conocía hasta que el sábado, en esa librería donde me saltaron otros libros a la vista, este me saltó a la vista. El hecho de ser de poesía, grosor, precio… ¡título! En mi mundo, cualquier libro titulado Naranjas cada vez que te levantas ha de ser por fuerza bueno, y resulta que además este es buenísimo.

Me llama la atención que ganó un premiazo literario (VI Premio Emilio Alarcos) cuyo jurado contaba, entre otros, con Ángel González, Caballero-Bonald y Luis García Montero. El libro son, si he contado bien, 62 poemas bastante breves, en los que predomina el verso libre (ese que no rima ni está medido pero resulta tan difícil). La mayoría son poemas de amor, incluso de amor con cama, pero nada pastelosos. El estilo es más bien modernete (me acabo de inventar un estilo literario), con ese punto de coloquialismo y cotidianeidad que tienen tantos poetas de los últimos 25-30 años. Estoy pensando en poemas que lo mismo te nombran un semáforo que una llamada de teléfono que te dicen “me gustas cuando te vas de compras con tu madre”. Estoy pensando en un García Montero o un Luis Alberto de Cuenca.


Para demostraros que no hay cursilería, os cuento que también hay ecos del prosaísmo de Ángel González (el poema “Coordenadas” es un nuevo “Inventario de lugares propicios para el amor”) o del surrealismo de Cortázar (“Instrucciones de uso”, acerca de las relaciones amorosas). El amor de pareja no es el único tema, hay poemas dedicados al padre muerto, o a diversos estilos musicales (“Jazz”, “Pop”, “Soul” y “Blues”). Pero pienso que es en la batalla por dotar de sentido desde las palabras a algo irracional como el amor es donde más brilla este Julio Rodríguez.

El asombro del amor surge muchas veces desde la cotidianeidad más anodina, como en “Los peces boquiabiertos” (“Porque llueve en Oporto igual que llueve/ en Oviedo o en Cádiz o en Ginebra”). ¿Qué es lo que hace tan especial al amor, entonces? Es la visión del poeta, su mirada, la que transforma la realidad haciéndola única, del mismo modo en que el enamorado singulariza a la persona amada, idealizándola. Esto se ve como en ninguna parte en el poema “Vorágines de un nombre”, sobre el eterno tema del nombre de la amada. Aquí, el poeta acusa al lector de que claro está, las cuatro letras S,A,R y A no le dirán nada, pero para él son los ladrillos que forman el mayor misterio: el nombre de su Sara (“Frente a su nombre, ustedes/ no se estremecen: no”).


La sumisión del poeta a la persona amada se expresa de maneras muy bonitas, aunque un pelín extremas. Por ejemplo, en el poema “Sara” (ya sabemos cómo se llamaba la novia del pavo, ¿no?), el poeta lleva la entrega que el amor supone hasta la mayor exageración (“solamente tú/ aunque para ello/ también yo resulte innecesario”). No todo es filosofía y platonismo en Julio Rodríguez, también hay cositas de sexo con mucho gusto. Para empezar, el poemario es muy físico. Con esto quiero decir que hay mucha presencia semántica de los cuerpos, los volúmenes (“mi carne con tu carne”). A menudo se nombran las partes del cuerpo de la amada (“tu piel es la membrana diminuta/ que recubre las células”, “la isla desierta de tu cuerpo”, “tu piel consolidada como el musgo”, “Tu vientre acostumbrándose a mi vientre”… podría poner muchos más ejemplos: los anteriores están sacados cada uno de un poema diferente).

También hay numerosas referencias a la noche, la cama, el colchón y las “dormidas”, por lo que veo que el poeta se encuentra en una fase exultante del amor, el amor pasional. Con todo y con esto, Julio Rodríguez parece dejar una puertecita abierta a la lucidez. No todos son poemas de amor loco, los hay también de reflexión literaria (“Tanta poesía al grill me desespera”) o vital (“La tiza y el relámpago”), aparte de los otros temas ya citados. Incluso dentro del tema del amor, hay algunos poemas que parecen ser más reflexivos, en los que el poeta se da cuenta de que sus ideas obsesivas son una locura, como “Distribución de lo verídico” (“Vivo/ en las sábanas blancas de tu boca” …. pero a la vez…. “fuera de este poema/ hay muchas otras cosas que son ciertas”).


Mención aparte merece la pieza que da título a toda la colección: “Naranjas cada vez que te levantas”. Aquí el poeta se da cuenta de que a lo mejor tanto amor idealizado le está llevando a intentar poseer a la persona amada, y que eso a fin de cuentas no es el amor verdadero, que tiene más que ver con la renuncia (acerca de esta idea ver el post de Xabipop sobre Casablanca). Dice Julio Rodríguez [debería] “resolver ser feliz cada vez que regresas a casa”, y en vez de eso me dedico a “corregirte el vuelo o romperte las alas”. Por eso me ha gustado tanto la última estrofa de este poema, que quiero compartir hoy con vosotros para cerrar esta recomendación:


Debería dejar que me dejaras solo y que volaras
con alguien que exprimiera, a los pies de tu cama,
naranjas cada vez que te levantas.

viernes, 23 de enero de 2009

Fueron infelices y comieron perdices...


“Pasa la vida entre nosotros dos…”
-Quique González



Devastado vengo, amigos, emocionalmente, tras ver la nueva peli de Sam Mendes: Revolutionary Road (2008): sí, esa en la que vuelven a ser parejita Leo DiCaprio y Kate Winslet. Y sí, Sam Mendes es aquel inglés que nos castigó con American Beauty (1999). Solo que aquí el buen hombre se ha privado de rodar una bolsa de plástico mecida por el viento y hacérnosla pasar por la gran idea profunda. Aquí el andoba se ha dedicado a dárnoslo en crudaco: verdades que laceran nuestras entretelas como auténticos cuchillos.

El material de partida era altamente inflamable: la novela Revolutionary Road (1961) de Richard Yates, un autor de segunda que el buen Fran G. Matute calificó generosamente como “de culto”. En el potaje, todos los ingredientes de los años 50 en USA, versión drama (hay otras versiones tipo “comedia” o “musical”: ver Regreso al futuro -1985- o Grease -1978). Pues aquí están todos: vida suburbana, consumismo, culto al electrodoméstico, maridos de chaqueta que van a trabajar a la ciudad, amas de casa frustradas, rock and roll, ansiedades. Este catálogo no pretende ser despectivo, antes bien: es testimonio de lo bien ambientadísima que está la película.


Los 50 han pasado a la historia como “la era de la ansiedad”, y esto se refleja perfectamente en Revolutionary Road. El título, para empezar, es un cruel chiste sobre el origen de los USA (“revolutionary” para ellos es su Guerra de la Independencia) y el estado del país en aquellos años: completamente antirevolucionario (McCarthysmo, Caza de Brujas, etc). También se ha definido a los 50 como “la era de la contención”: contención de las amenazas externas, como el comunismo, e internas, como cualquier salida de la norma. Esto también lo clava la película, que me atrevería a calificar de tragedia sobre el Sueño Americano.

Curiosamente, leo en Wikipedia que Kurt Vonnegut llamó a Revolutionary Road “el Gran Gatsby de mi generación”, y digo “curiosamente” porque yo no he dejado de acordarme del Gatsby durante toda la peli, que es una suerte de Gatsby a la inversa”.


La historia es simple: Un matrimonio de jóvenes ilusionados afronta una crisis debido al vacío que provoca en sus vidas la rutinaria retahíla de trabajo-casa-vecinos-quedar bien, agravada por los niños, lo que les impide realizarse como personas. Para colmo, ella es ama de casa (como debe ser en los 50) mientras que él debe viajar un largo trecho diariamente para ejercer de chupatintas en una oficina de mierda. Huelga decir que ninguno de los dos está contento con el papel que les ha tocado en la vida.

Y entonces la película plantea una pregunta que si nos la hacemos de verdad podemos quedarnos tiesos: ¿hasta qué punto es el ser humano responsable o una víctima de su destino? La respuesta no la tienen ni Sam Mendes, ni Richard Yates ni nadie. Lo cual no impide que nos suelten la pregunta a cara de perro para que nosotros la mastiquemos. No voy a dar más detalles de la trama para no spoilear, pero baste decir que lo de “tragedia” venía porque los héroes cometen un pecado de orgullo (intentar tomar las riendas de su vida y ser felices) y no hay que ser Sherlock Holmes para intuir que el tema acaba como el rosario de la aurora.

Pero, ¿de qué han pecado en realidad los personajes que encarnan (fantásticamente) el DiCaprio y la Winslet? Para empezar, han intentado, destacar, salirse de la norma en una sociedad que no lo prima, más bien lo rechaza y ostraciza. Quien osa levantar la voz y cantar las verdades de cuán vacua, fútil y falsa es la vida del aparentemente perfecto American Way of Life de mediados del siglo XX ha de ser automáticamente apartado, como bien ejemplifica el personaje sublime de un loco que aparece en la peli. De hecho, en un momento dado que la Winslet expresa su insatisfacción, el DiCaprio le propone ir al psicólogo. Si esto no te parece deseable, es que estás mal, parece ser el mensaje subyacente. Pero bajo la pátina de sonrisas, cretona, linóleo y buen rollo, lo cierto es que las amas de casa rompen a llorar sin motivo aparente y sus maridos aprietan los puños más de lo que está bonito.


De la peli en sí no he dicho mucho, todo se resume en “Id a verla”. Está muy bien contada, actuada, ambientada y fotografiada. Seguro que le dan los Oscars, y si no, tampoco pasa nada. La actuación de Winslet y DiCaprio me pareció soberbia, altamente conmovedora, aunque si he de ponerme cabrón, a DiCaprio lo veo como “el eterno niño”: no acabo de creérmelo en estos papeles de hombre hecho y derecho. Pero las interpretaciones de ambos son sumamente turbadoras, con momentos antológicos. Casi me gustan más cuando están fingiendo (otra vez la “contención”) que cuando explotan a llorar y a gritarse. Mención también para Kathy Bates, actriz que no es santa de mi devoción pero que aquí va muy bien con su papel.

Si os preguntáis qué tienen de terrible en realidad las vidas de la Winslet y DiCaprio en esta peli la verdad es que nada (aparte de la frustración que ella siente por el hecho de, habiendo estudiado, ser ama de casa). Son jóvenes, atractivos, tienen dos hijos, casa propia, coche, él un trabajo fijo, amigos y vecinos amables. Eso es lo terrible de la historia, que en teoría sus vidas son perfectas, pero ellos anhelan “algo más”. ¿El mundo es una mierda y ellos están asfixiados? ¿El mundo es normal y ellos están locos? Tú decides, lector, no te la pierdas.

jueves, 22 de enero de 2009

40 años de Franklismo


En mi novela de cabecera Matadero-5 (1969), de Kurt Vonnegut, el narrador trataba de imponer sentido a unos hechos (el bombardeo aliado de Dresde en la 2ª Guerra Mundial) sin llegar a relatarlos. Para él, aquellos recuerdos suponían un trauma de tal calibre que en la novela se narran los prolegómenos del ataque, su preparación, sus consecuencias; todo lo que lo rodeó, salvo el ataque en sí. A mí, la toma de posesión de Obama no me produce trauma alguno pero sí mucho tedio, por lo repetitivo de las informaciones. Vemos a Obama mañana, tarde y noche en todas las cadenas de televisión, como si su imagen la multiplicaran los espejos de una barraca de feria.

Todo sobre Obama pero sin Obama. Por eso, si anteayer se hablaba en Estatuas Verdes de la preparación del discurso hoy quiero hablar de otro aspecto accesorio de la ceremonia, uno de los más negros (perdón por el chiste). Me refiero a la presencia y actuación de la cantante de color (oscurito) Aretha Franklin, una de las mayores artistas que ha dado la era Rock. ¿Aretha Franklin, rock? ¿Jaqueca? Sobre la clasificación de la música en subgéneros y el uso de las mayúsculas ver Almanaque de otoño. Lo cierto es que si el Franquismo duró casi 40 años, el Franklismo va ya por su quinta década.


Cuando vi a Aretha Franklin cantando en la ceremonia (pese a llevar un sombrero que le había diseñado su peor enemigo) la verdad es que me alegré muchísimo. ¿Os imagináis a ZP jurando el cargo y Massiel al lado, cantando? (Mmmmmm…….. a Fran Perea sí que lo sacó a relucir). Sé que esta analogía es trampa pero, ¿a que os habéis sonreído? No sé exactamente cuántos discos ha vendido Aretha Franklin ni cuántos números 1 ha tenido y me da absolutamente igual. Me basta con escucharla cantar. Aretha es una de mis cantantes favoritas, no solo de soul, de cualquier estilo. Basta oír alguno de sus clásicas interpretaciones para quedarse con la boca abierta en cuanto la señora abre la boca.

Es cierto que los buenos tiempos de Aretha Franklin pasaron ya hace 40 años, aproximadamente cuando se publicó Matadero-5. Lejos quedan aquellas grabaciones históricas que hizo en los estudios Atlantic de Nueva York, pero a la vez quedan muy cerca. Basta con poner I Never Loved a Man the Way I Loved You (1967), Lady Soul (1968), Aretha Now (1968). Si queréis flipear, tan solo escuchad los primeros 45 segundos de la canción “A Change Is Gonna Come” (pero cuidaos de tener un baño cerca porque os hacéis pipí encima).

El pasado 20 de enero, doña Franklin paseó su rotundidad de cantante negra de gospel por el Capitolio USA, con un par. Y no estaba allí de prestado, ni manifestándose por una injusticia, sino cantándole al primer presidente negro, solo recordarlo me pone los pelos de punta. Es cierto que los buenos tiempos de Aretha Franklin pasaron ya hace 40 años, justo cuando en su país los negros no tenían derecho a votar y tenían vetado o restringido el acceso a comercios, bares, instituciones, el transporte público. Solo por ser negros. Por esa época Aretha encarnó, además de a una artista de éxito, a una mujer comprometida. De cantar en la iglesia de su padre pasó (tras dos embarazos adolescentes) a impostada cantante pop para llegar a consagrarse como “el alarido de la joven América”, si se me permite la expresión.


Aretha cogió la canción más machista de la historia (“Respect” de Otis Redding) y le dio la vuelta al convertirla en un himno de la dignidad femenina. En sus temibles cuerdas vocales, el tema “Think” devino en una exhortación a la acción más que a la reflexión (con aquel poderosísimo estribillo que clamaba “Freedom, freedom…!!”). Ella tomó el sentido y quedo lamento negro de Sam Cooke “A Change Is Gonna Come”, que profetizaba el cambio que la sociedad USA necesitaba, y lo dinamitó hasta hacerlo universal. Me gusta pensar que “a change has come”, el cambio que Obama pregona, el que ni Cooke ni Redding llegaron a ver. Pero que a lo mejor ya está aquí.

miércoles, 21 de enero de 2009

Descendencia


Hoy toca una entrada de ñoñadas, que no todo iba a ser cinismo y descreimiento en Estatuas Verdes. Lo tengo que contar, porque si no reviento: ayer por la tarde estaba disfrazándome de esquimal para ir al gimnasio cuando me llama una amiga y me dice, crípticamente, “Que sepas que a partir de ahora mis comentarios en Estatuas Verdes van a valer por dos”. ¿Euans? Amiga, ¿es que te has hecho catedrática y nos vas a culturetizar ahora a todos? “No, es que llevo a una persona dentro”. K.O.

Una amiga mía embarazada, esto no es el caso que conté en “¿Tu criatura?”, esto me coge muy de cerca. Es la primera. Tengo amigos casados, amigas a punto de casarse y primas que me han hecho tío. Pero la noticia del embarazo de esta amiga me ha llegado muy hondo, no sabría decir por qué. Quizás porque sabía las tremendas ganas de ser madre que esa mujer tenía. Y además que le pega, porque es como una madraza con las criaturas ajenas y no me cabe duda de que le ha de ir estupendamente con las propias.


La ternura de la maternidad adobada con un pelín de nostalgia. Hoy en el trabajo me sorprenden a la hora del café con una selección de canciones pop, baste decir que NO ERA MELENDI (que es lo que suena todos los días). Escucho extasiado “Tears In Heaven” de Eric Clapton, esa baladurria que no hace honor a los orígenes blues rock del guitarrista pero, ¿qué más da? La canción, que me sé de memoria, consigue emocionarme una vez más. Recuerdo que solía cantarla de adolescente con mis amigos, cuando nos íbamos a un parque a tocar la guitarra y a cantar.

Recuerdo también que el tema (o así se nos vendió al menos) lo compuso Clapton en recuerdo de su hijo Conor, que se mató con 4 años. Penosa historia, padres sin hijos, o dolores paternales. Me acuerdo también de Neil Young, que tiene un hijo discapacitado. Nunca lo ha ocultado pero tampoco lo ha utilizado como materia para sus canciones, que yo sepa. Padres con hijos problemáticos. La semana pasada venía en El País un reportaje sobre la tendencia entre muchos escritores con hijos discapacitados de exorcizar sus demonios a base de escribir sobre ellos. El caso más famoso, el del Premio Nobel de Literatura japonés Kenzaburo Oé; uno que nunca se apuntó a la tendencia, otro Premio Nobel: nuestro padrino Pablo Neruda.

Me gustó del reportaje que los varios escritores reseñados coincidían en que sus obras sobre sus hijos enfermos no eran pozos de melodrama ni buscaban la piedad del lector. Solo querían hacer literatura sobre un tema que les tocaba muy de cerca, pero tomando distancia objetiva.


Pero volvamos a temas agradables, madres con hijos, maternidades alegres. Como conté el otro día, vi la desafortunada película de Helen Hunt Cuando ella me encontró (2008). Más allá de ser fallida, la peli ofrece el retrato de varias mujeres en cuanto que madres: una madre adoptiva, una que dio a su hija en adopción, una mujer de 39 años desesperada por ser madre. Esta última quiere tener un hijo a toda costa, y con tal de conseguirlo llega a realizar actos incomprensibles para mí, actos que yo nunca entenderé pero que respeto profundamente. En el BUP tuve a una profesora de Física y Química que era lo más sieso y lo más borde del universo. La leyenda urbana era que la mujer se encontraba frustrada por no haber tenido hijos y sí varios abortos naturales.

En su momento, aquello me pareció un comentario cruel, por no decir machista, pero lo cierto es que la buena señora saltaba como una hiena cada vez que alguien le preguntaba si tenía o no chiquillos. Y cierto es también que al curso siguiente la mujer concibió, se preñó de y dio a luz a una criaturita, y que a partir de entonces aquella profa fue un dechado de dulzura y un encanto de persona.


¡Madres del Mundo, uníos!, y no estoy hablando del Movimiento Obrero. Enhorabuena de corazón a mi amiga, y no puedo acabar sin recordar con cariño a mi propia madre, que hace poquito ha cumplido años (no se dice cuántos). Mucho me ha aguantado y más me aguantará. Pero no es ese el aspecto de nuestra relación que quisiera destacar hoy. Digamos mejor: mucho me ha dado sin pedir nada a cambio. Mi madre.
 
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