
Este post está dedicado a mi amigo Kike, en agradecimiento por regalarme el dominio http://www.estatuasverdes.com/
En el aire lo noto, amigos, está en las ondas herzianas. Lo escucho en la radio, es impepinable (e impalpable), lo siento, lo escucho, lo compruebo, en palabras de esos gigantescos escritores de letras que fueron y son los Hombres G: “Lo noto”.
Hay letras de canciones buenas, malas y regulares, y luego está esa categoría especial que yo he dado en llamar “El efecto Alejandro”. El nombre es en honor de nuestro primer bardo nacional: Alejandro Sanz, alias Alejandro Magno, natural de Miami, provincia de Cádiz. Él ha llevado nuestra música y nuestro bochorno más allá de las fronteras, y es justo que sea así. Si determinados países sudamericanos nos castigan con los Carlos Baute, Juanes, Chayanne y Ricky Martin, ¿no merecía España, metrópolis lingüística de todos ellos, Madre Patria, de donde partieron Colón (cuyas estatuas están ahora desmantelando) y la Gramática de Nebrija, tener su vengador lírico? Decían en el siglo XVI “la lengua, compañera del Imperio”, en los albores del XXI debiéramos exclamar “los disparaticos, compañeros de la FM”. Ay, Cadena Dial, Europa FM, Cadena Cien, Los 40 de mis pecados, ¿qué hemos hecho para merecer esto?
Continúo con el concepto entre manos: el efecto Alejandro. Mirad, una canción puede ser buena o mala en su conjunto, pero siempre se nos pueden deslizar trocitos en la letra de esos que dan vergüencita ajena. La canción puede ser obra maestra, y tener un ritmazo bailongo, y encantarnos, y tenerla en CD, y molar ver el vídeo, etc, etc. Todo lo anterior no es óbice para que en su letra nos encontremos agazapado un hermoso ejemplo de tan curioso “efecto”.

Bautizo este fenómeno con el nombre de Alejandro Sanz por ser él su (a mi juicio) iniciador y máximo exponente. En este caso la frase clave estaría sacada de la popular canción “Corazón partío”, que dice así:
“Qué más da, si no hay dos sin tres, si la vida va y viene y no se detiene y qué sé yo”.
Es correcto, amigo Alejandro, qué sabrás tú, no sabías qué poner para cuadrar la métrica del verso y encajaste ahí unas silabitas muy ricas y tópicas. Son estas frasecillas para cuadrar la métrica las que constituyen el efecto Alejandro: “qué más da”, “qué se yo”, “o no”, y muletillas por el estilo. Otro ejemplo enormísimo, extraído del tema “¿Y si fuera ella?”:
“... con este loco, ciego y loco corazón”. ¿Loco, ciego y otra vez loco, Alejandro? Tú y yo sabemos que no eres precisamente Borges adjetivando, de manera que tal reiteración de epítetos me huele más a rellenillo que a osadía premodificadora.

Veamos otro bello ejemplo, esta vez de la mano de Conchita, aventajada alumna de Alejandro:
“...y debe ser que pienso igual que ayer pero del revés todo se ve más claro, más fácil, no sé, las cosas se van ordenando solas sin querer, y dicen que si una puerta se cierra se abre otra, no sé...” (canción “Puede ser”)
Entre el monólogo interior, el flujo de consciencia y la hemorragia joyceana, la gran Conchita nos brinda aquí dos veces la frase-comodín “no sé”, amén de una serie de tópicos alejandrosanzianos del calibre de “debe ser”, “si una puerta se cierra se abre otra” y similares. El carácter dubitativo y tentativo de la canción (puede ser... no estoy segura... ojalá...) presta cierto decoro entre forma y fondo, pero frases como “hoy me toca a mí eso de sentirse bien” (la negrita acota el efecto Alejandro) nos certifican más allá de toda duda razonable que nos encontramos ante el fenómeno aquí descrito, y no ante una nueva Bernie Taupin.

Y es que sonar coloquial o conversacional en una canción (por definición, una arquitectura artificial del lenguaje) es muy difícil, y si el tema es de amores y el “yo poético” un amante adolescente e inseguro, la cosa se complica. Para un ejemplo llevado a cabo con éxito, recomiendo consultar al propio Taupin (letrista de Elton John), con su tema “Your Song”.
Pero no me puedo despedir así, amigos, sin brindaros más ejemplos, no sea que no hayáis quedado lo suficientemente convencidos. ¿Qué os parece “Y solo se me ocurre amarte?”, otra canción clásica de Alejandro (y otro despropósito lírico: nótese la conjunción copulativa del título, qué sílaba más bien encajada, ¿eh?):
“… y solo se me ocurre amarte, ¿cómo va a ser eso?”
Eso mismo pienso yo: ¿cómo va a ser eso? Os dejo con la que probablemente sea la letra más desvergonzada del trovador pseudoandaluz-latino, la prodigiosa “No es lo mismo”:
No es lo mismo ser que estar,
Hay letras de canciones buenas, malas y regulares, y luego está esa categoría especial que yo he dado en llamar “El efecto Alejandro”. El nombre es en honor de nuestro primer bardo nacional: Alejandro Sanz, alias Alejandro Magno, natural de Miami, provincia de Cádiz. Él ha llevado nuestra música y nuestro bochorno más allá de las fronteras, y es justo que sea así. Si determinados países sudamericanos nos castigan con los Carlos Baute, Juanes, Chayanne y Ricky Martin, ¿no merecía España, metrópolis lingüística de todos ellos, Madre Patria, de donde partieron Colón (cuyas estatuas están ahora desmantelando) y la Gramática de Nebrija, tener su vengador lírico? Decían en el siglo XVI “la lengua, compañera del Imperio”, en los albores del XXI debiéramos exclamar “los disparaticos, compañeros de la FM”. Ay, Cadena Dial, Europa FM, Cadena Cien, Los 40 de mis pecados, ¿qué hemos hecho para merecer esto?
Continúo con el concepto entre manos: el efecto Alejandro. Mirad, una canción puede ser buena o mala en su conjunto, pero siempre se nos pueden deslizar trocitos en la letra de esos que dan vergüencita ajena. La canción puede ser obra maestra, y tener un ritmazo bailongo, y encantarnos, y tenerla en CD, y molar ver el vídeo, etc, etc. Todo lo anterior no es óbice para que en su letra nos encontremos agazapado un hermoso ejemplo de tan curioso “efecto”.

Bautizo este fenómeno con el nombre de Alejandro Sanz por ser él su (a mi juicio) iniciador y máximo exponente. En este caso la frase clave estaría sacada de la popular canción “Corazón partío”, que dice así:
“Qué más da, si no hay dos sin tres, si la vida va y viene y no se detiene y qué sé yo”.
Es correcto, amigo Alejandro, qué sabrás tú, no sabías qué poner para cuadrar la métrica del verso y encajaste ahí unas silabitas muy ricas y tópicas. Son estas frasecillas para cuadrar la métrica las que constituyen el efecto Alejandro: “qué más da”, “qué se yo”, “o no”, y muletillas por el estilo. Otro ejemplo enormísimo, extraído del tema “¿Y si fuera ella?”:
“... con este loco, ciego y loco corazón”. ¿Loco, ciego y otra vez loco, Alejandro? Tú y yo sabemos que no eres precisamente Borges adjetivando, de manera que tal reiteración de epítetos me huele más a rellenillo que a osadía premodificadora.

Veamos otro bello ejemplo, esta vez de la mano de Conchita, aventajada alumna de Alejandro:
“...y debe ser que pienso igual que ayer pero del revés todo se ve más claro, más fácil, no sé, las cosas se van ordenando solas sin querer, y dicen que si una puerta se cierra se abre otra, no sé...” (canción “Puede ser”)
Entre el monólogo interior, el flujo de consciencia y la hemorragia joyceana, la gran Conchita nos brinda aquí dos veces la frase-comodín “no sé”, amén de una serie de tópicos alejandrosanzianos del calibre de “debe ser”, “si una puerta se cierra se abre otra” y similares. El carácter dubitativo y tentativo de la canción (puede ser... no estoy segura... ojalá...) presta cierto decoro entre forma y fondo, pero frases como “hoy me toca a mí eso de sentirse bien” (la negrita acota el efecto Alejandro) nos certifican más allá de toda duda razonable que nos encontramos ante el fenómeno aquí descrito, y no ante una nueva Bernie Taupin.

Y es que sonar coloquial o conversacional en una canción (por definición, una arquitectura artificial del lenguaje) es muy difícil, y si el tema es de amores y el “yo poético” un amante adolescente e inseguro, la cosa se complica. Para un ejemplo llevado a cabo con éxito, recomiendo consultar al propio Taupin (letrista de Elton John), con su tema “Your Song”.
Pero no me puedo despedir así, amigos, sin brindaros más ejemplos, no sea que no hayáis quedado lo suficientemente convencidos. ¿Qué os parece “Y solo se me ocurre amarte?”, otra canción clásica de Alejandro (y otro despropósito lírico: nótese la conjunción copulativa del título, qué sílaba más bien encajada, ¿eh?):
“… y solo se me ocurre amarte, ¿cómo va a ser eso?”
Eso mismo pienso yo: ¿cómo va a ser eso? Os dejo con la que probablemente sea la letra más desvergonzada del trovador pseudoandaluz-latino, la prodigiosa “No es lo mismo”:
No es lo mismo ser que estar,
no es lo mismo estar que quedarse, ¡qué va!
Tampoco quedarse es igual que parar:
no es lo mismo.
Será que ni somos, ni estamos
ni nos pensamos quedar,
pero es distinto conformarse o pelear,
no es lo mismo... es distinto
Uuuuuufff!!!! Droga dura, amigos.