
“La psicodelia llamaba a las puertas del mundo con sus dibujos espirales, sus colores ácidos y sus canciones transidas de LSD.”
(Fernando Royuela)
(Fernando Royuela)
Ayer murió el Dr. Albert Hoffman, el químico suizo que ha pasado a la historia porque en 1943 fue la primera persona en sintetizar la dietilamida de ácido lisérgico, sustancia más conocida como LSD. Esta poderosa droga fue descubierta/ creada de manera fortuita, mientras Hoffman trabajaba en –nos cuenta la prensa- los cornezuelos del centeno. (Si alguien sabe qué son los tales cornezuelos por favor que deje un comentario explicándomelo.) Pero no es de Hoffman de lo que quiero hablar en este post, ya habrá biografías y obituarios bastantes. Más bien quisiera hablar de su legado involuntario, aquel que floreció 25 años después en los años sesenta.
Nunca olvidaré aquella tarde de viernes en catequesis (sí, amigos). Teníamos 17 años y antes de empezar, los catecúmenos nos reuníamos y catábamos canciones de Nirvana y de Oasis: eran los locos años 90. En mi grupo había un neo-hippy que empezó leyendo a Nietzsche y acabó tocando el sitar, un rockero aficionado a los pitillos y a Héroes del Silencio y varios nihilistas adolescentes más, entre los que me incluyo. En cierta ocasión, los catequistas nos preguntaron qué era lo más importante en nuestras vidas, y un colega respondió: la psicodelia. Yo me quedé maravillado, ahí comenzó una amistad. Como dato os diré que el tal colega es hoy día músico y uno de mis mejores amigos (pese a no leer Estatuas Verdes).
Psi-co-de-lia, mágica palabra que apenas alcanzábamos a comprender. ¿Cómo habría sido en los años sesenta? Para entenderlo estaban el cine (la escena de la fiesta en Cowboy de medianoche, 1969), la literatura (Hunter S. Thompson, Pynchon) y ante todo la música. Si, según el clásico, el careto de Helena de Troya fue “el rostro que puso en marcha un millar de naves”, la droga de tito Hoffman fue la sustancia que puso en funcionamiento un millar de millares de grupos de música rock.
Nunca olvidaré aquella tarde de viernes en catequesis (sí, amigos). Teníamos 17 años y antes de empezar, los catecúmenos nos reuníamos y catábamos canciones de Nirvana y de Oasis: eran los locos años 90. En mi grupo había un neo-hippy que empezó leyendo a Nietzsche y acabó tocando el sitar, un rockero aficionado a los pitillos y a Héroes del Silencio y varios nihilistas adolescentes más, entre los que me incluyo. En cierta ocasión, los catequistas nos preguntaron qué era lo más importante en nuestras vidas, y un colega respondió: la psicodelia. Yo me quedé maravillado, ahí comenzó una amistad. Como dato os diré que el tal colega es hoy día músico y uno de mis mejores amigos (pese a no leer Estatuas Verdes).
Psi-co-de-lia, mágica palabra que apenas alcanzábamos a comprender. ¿Cómo habría sido en los años sesenta? Para entenderlo estaban el cine (la escena de la fiesta en Cowboy de medianoche, 1969), la literatura (Hunter S. Thompson, Pynchon) y ante todo la música. Si, según el clásico, el careto de Helena de Troya fue “el rostro que puso en marcha un millar de naves”, la droga de tito Hoffman fue la sustancia que puso en funcionamiento un millar de millares de grupos de música rock.

A menudo se confunden los términos “psicodelia” y “rock de garaje”, y el término tampoco es ajeno a aleaciones con otros estilos como el pop o el folk-rock. En realidad la psicodelia, más que un estilo musical de verdad es una especie de credo estético (si se me permite la cursilada), y como tal puede impregnar muchos subgéneros del rock. Y eso sin contar con que muchísimos grupos se subieron al carro de la etiqueta simplemente porque estaba de moda, sobre todo a partir del verano de 1967 (léase Rolling Stones, Hollies o Byrds).
Pero no nos engañemos, tampoco la psicodelia es cualquier cosa. Hay gente que utiliza la palabra como sinónimo de “paranoia” (también usada sin propiedad), solo para indicar que algo es “raro”. Piscodelia son unos señores que visten con colores llamativos y accesorios retro (chaquetas militares, collares, caftanes) y hacen música bien estridente bien naïf dizque para reproducir los estados de conciencia alterados inducidos por drogas alucinógenas como el famoso LSD. Hasta los Beatles tuvieron su rollo psicodélico, y si no que se lo pregunten a John Lennon cuando le acusaron de que el título de su canción “Lucy in the Sky with Diamonds” era una clave para decir LSD.
En su regular novela Violeta en el cielo con diamantes (2005), Fernando Royuela utiliza el LSD como vehículo de entrada en la España Franquista de las nuevas ideas sesentayochistas provenientes de Europa, en especial de la revuelta Francia. En su fantástica novela La subasta del lote 49 (1966), Thomas Pynchon nos presenta a una protagonista inmersa en una paranoica trama de conspiraciones, y al principio del libro nos cuenta cómo esta mujer sigue un tratamiento a base de LSD recetado por su médico. Y es que no debemos olvidar que antes que droga de recreo el LSD fue probado como medicamento, con polémicos resultados (finalmente fue que no). Incluso el ejército norteamericano realizó en los años 50 numerosas pruebas usando soldados como cobayas humanas para poner a prueba la resistencia humana a los efectos de la novedosa sustancia.
