Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

miércoles, 30 de abril de 2008

Albert en el cie con diamán


“La psicodelia llamaba a las puertas del mundo con sus dibujos espirales, sus colores ácidos y sus canciones transidas de LSD.”
(Fernando Royuela)


Ayer murió el Dr. Albert Hoffman, el químico suizo que ha pasado a la historia porque en 1943 fue la primera persona en sintetizar la dietilamida de ácido lisérgico, sustancia más conocida como LSD. Esta poderosa droga fue descubierta/ creada de manera fortuita, mientras Hoffman trabajaba en –nos cuenta la prensa- los cornezuelos del centeno. (Si alguien sabe qué son los tales cornezuelos por favor que deje un comentario explicándomelo.) Pero no es de Hoffman de lo que quiero hablar en este post, ya habrá biografías y obituarios bastantes. Más bien quisiera hablar de su legado involuntario, aquel que floreció 25 años después en los años sesenta.

Nunca olvidaré aquella tarde de viernes en catequesis (sí, amigos). Teníamos 17 años y antes de empezar, los catecúmenos nos reuníamos y catábamos canciones de Nirvana y de Oasis: eran los locos años 90. En mi grupo había un neo-hippy que empezó leyendo a Nietzsche y acabó tocando el sitar, un rockero aficionado a los pitillos y a Héroes del Silencio y varios nihilistas adolescentes más, entre los que me incluyo. En cierta ocasión, los catequistas nos preguntaron qué era lo más importante en nuestras vidas, y un colega respondió: la psicodelia. Yo me quedé maravillado, ahí comenzó una amistad. Como dato os diré que el tal colega es hoy día músico y uno de mis mejores amigos (pese a no leer Estatuas Verdes).

Psi-co-de-lia, mágica palabra que apenas alcanzábamos a comprender. ¿Cómo habría sido en los años sesenta? Para entenderlo estaban el cine (la escena de la fiesta en Cowboy de medianoche, 1969), la literatura (Hunter S. Thompson, Pynchon) y ante todo la música. Si, según el clásico, el careto de Helena de Troya fue “el rostro que puso en marcha un millar de naves”, la droga de tito Hoffman fue la sustancia que puso en funcionamiento un millar de millares de grupos de música rock.




A menudo se confunden los términos “psicodelia” y “rock de garaje”, y el término tampoco es ajeno a aleaciones con otros estilos como el pop o el folk-rock. En realidad la psicodelia, más que un estilo musical de verdad es una especie de credo estético (si se me permite la cursilada), y como tal puede impregnar muchos subgéneros del rock. Y eso sin contar con que muchísimos grupos se subieron al carro de la etiqueta simplemente porque estaba de moda, sobre todo a partir del verano de 1967 (léase Rolling Stones, Hollies o Byrds).

Pero no nos engañemos, tampoco la psicodelia es cualquier cosa. Hay gente que utiliza la palabra como sinónimo de “paranoia” (también usada sin propiedad), solo para indicar que algo es “raro”. Piscodelia son unos señores que visten con colores llamativos y accesorios retro (chaquetas militares, collares, caftanes) y hacen música bien estridente bien naïf dizque para reproducir los estados de conciencia alterados inducidos por drogas alucinógenas como el famoso LSD. Hasta los Beatles tuvieron su rollo psicodélico, y si no que se lo pregunten a John Lennon cuando le acusaron de que el título de su canción “Lucy in the Sky with Diamonds” era una clave para decir LSD.

En su regular novela Violeta en el cielo con diamantes (2005), Fernando Royuela utiliza el LSD como vehículo de entrada en la España Franquista de las nuevas ideas sesentayochistas provenientes de Europa, en especial de la revuelta Francia. En su fantástica novela La subasta del lote 49 (1966), Thomas Pynchon nos presenta a una protagonista inmersa en una paranoica trama de conspiraciones, y al principio del libro nos cuenta cómo esta mujer sigue un tratamiento a base de LSD recetado por su médico. Y es que no debemos olvidar que antes que droga de recreo el LSD fue probado como medicamento, con polémicos resultados (finalmente fue que no). Incluso el ejército norteamericano realizó en los años 50 numerosas pruebas usando soldados como cobayas humanas para poner a prueba la resistencia humana a los efectos de la novedosa sustancia.

En la puerta de mi cuarto en Inglaterra, mi amigo Jorge UK (así llamado porque tengo otro amigo Jorge en España), químico de pro, me puso un póster con el dibujo de la fórmula de la cafeína, la viagra y el LSD, según él “las únicas sustancias que necesita el estudiante para sobrevivir”. Pobre de mí, yo que en esa época la única droga que tomaba era el tinto con Coca-Cola… No puedo hablar en primera persona de los efectos del ácido, ni falta que me hace. Tampoco admiro especialmente a aquellos creadores que dicen haber realizado su obra bajo su influencia. Ahora, eso sí: nunca le hago ascos a un buen disco sesentero de los llamados “psicodélicos”, aunque en realidad de psicodelia y de LSD tengan lo que usted y yo sabemos: aproximadamente lo mismo que Massiel mirando la carta de ajuste (en 1968, claro).

martes, 29 de abril de 2008

Intocable


Hay días en que todo cuesta, ya lo dijimos. Pero también hay días en los que se produce el efecto contrario: se va sobre una nube. Ya pueden llover carretas y carretones, que a nosotros nos da igual, no nos afecta. En realidad nos encontramos protegidos por un halo que será diferente para cada persona pero todos tendrán algo en común, el hacernos intocables.

Vas flotando, como si no fuera contigo, y la vida se desarrolla fuera de esas ventanillas que son nuestros ojos. Igual que Monterroso viajaba en tren y veía una vaca, una vaquita, allá a lo lejos, nosotros vemos pasar la vida entera pero no nos afecta. Las cosas nos pasan por encima, si acaso nos despeinan el flequillo un poquitito, dejándonoslo como el de Tintín. Y no es necesario que los demás lo sepan, es una cuestión propia. Nadie sabrá de esa llamita –o llamota- que inflama nuestros interiores y nos hace inmunes a los problemas.

Ya pueden llover carretas, digo, ya nos puede venir el jefe o la jefa con sus historias, o algún compañero con una minucia de querella. Ya nos podemos encontrar en el buzón una cartita del banco, Hacienda o el Ayuntamiento, de esas que normalmente harían que anduviésemos con la barriga floja. Ya nos podemos quedar sin leche o sin papel higiénico, o tal vez se nos corte el agua calentita en medio de una ducha.

Los demás nos mirarán sorprendidos (eso si nos miran) o lo más probable es que ni siquiera reparen en nosotros. No sabrán de nuestra inmunidad, alguno habrá que –insolente- trate de tocarnos. Pero no. Hoy no. Hoy somos intocables. Tampoco podemos culpar a la gente por no saber lo que nos pasa, lo que sería imperdonable es que lo olvidásemos nosotros.

Puede que nos hayan dado una beca con la que llevábamos soñando años, o que hayamos aprobado el carnet de conducir. A lo mejor por fin nos ha comido la boca esa persona o nos hemos librado de la mili. Quizás una revista haya publicado poemas nuestros, o simplemente nos ha salido un crucigrama por primera vez. ¡Qué más dará!

Y es que no me estoy refiriendo a la causa de nuestra alegría, sino a su efecto, a la sensación. Esa que nos acompaña y nos hace fuertes, libres, mejores.

Desgraciadamente la sensación no dura –no puede durar mucho- porque tampoco sabríamos gestionarla más de 24 o 48 horas. Cuando se va, dejándonos un regustillo dulce de bienestar, a mí me gusta pensar que es como Mary Poppins: que una vez realizada su labor debe partir para hacer felices a otras personas. De todas maneras, podemos estar seguros de que ya vendrán otros días iguales, volveremos a ser intocables.

lunes, 28 de abril de 2008

Robotech ha llegado!!!



El día que era defenestrado por Telecinco, el chavalín capullo ese de Las gafas de Angelino decía que su programa iba a quedar como algo “de culto”. Más bien de inculto, diría yo, pero ese es otro tema. Para culto culto lo que os traigo hoy: gallifante para el que se acuerde. En realidad no es tan difícil, si tienes más de veinticinco años y veías la tele por la tarde en 1991. A eso de las ocho u ocho y media, antes del Telecupón, Su media naranja y otras gaitas, Telecinco solía regalar a los niños y jovenzuelos con una serie de dibujos.

Yo siempre he sido muy de guerritas y esas cosas, ya lo sabéis, y hete aquí que un buen día de verano vuelvo de pasarme la tarde en la piscina, pongo la tele y me salen unos dibujos con unos roboles gigantes que disparan rayos láser a mansalva y combaten contra aviones que se transforman y lanzan misiles desde una especie de portaaviones interestelar. Robotech, amigos, había llegado.

Vi la serie con gran devoción, no me perdía ni un capítulo, para mí lo mejor que tenía era los aviones de combate (realistas, pues la serie era de 1986 pero estaba ambientada en el año 2009), tipo F-14 o F-18 y sobre todo, los malos. Los Zentraedi eran unos alienígenas malos malísimos, del tamaño de un edificio cada uno. Ellos luchaban con armaduras y los terrícolas, claro, tenían que mandar hacer roboles gigantes. Y sus naves, ¡Virgen Santa! Unos crucerazos espaciales de color caqui de los que salían mini-naves interceptoras o terribles enjambres de misiles. Me encantaba la estética de la serie, las explosiones eran esferas amarillas, los personajes parecían un cruce entre el Comando G y Mazinger Z, y esos aviones… siempre los aviones.


La serie iba de defender la Tierra de un ataque alienígena pero tenía sus subtramas cómicas, románticas… en ambos bandos. Los extraterrestres resultaban extrañamente humanos, a pesar de ser gigantes (eran antropomorfos)… la acción era trepidante (para ser una serie pintada a mano). Llegué a ver la primera temporada completa y el comienzo de la segunda. Admito que esta me defraudó mucho porque ya no era lo mismo. Por alguna razón se desarrollaba en una Tierra arrasada muchos años después, y los equipos de combate ya no resultaban realistas: eran de colorines, en plan Power Rangers, con unas motos deslizadoras absurdas…

Los protagonistas se suponía que eran descendientes de la generación original, pero a mí aquello nunca me cautivó, y para colmo Telecinco decidió pasar la serie de diaria a los sábados por la mañana y, amigos, yo de pequeño sería muchas cosas pero no era uno de esos que se levantaban a ver la tele a las diez un sábado, que no había colegio. Por este motivo dejé de ver la serie y le perdí el rastro. Nunca volví a oír hablar de ella, llegué a pensar que me la había inventado. ¿Transformers, dices? No, no.... ¡Eso es Battletech! Que no… Hasta que hará un año y medio un colega me comenta, “estoy viendo una serie japonesa que me he bajado, se llama Robotech”.

Más de un año he tardado en que mi amigo me grabara la serie completa (85 episodios, 3 temporadas) en formato .avi, pero por fin la tengo en mis manos. ¡Y qué fantasía, amigos! Nombres alojados en mi memoria y reprimidos durante décadas fueron puestos ayer en libertad, tan familiares: Rick Hunter, Comandante Lisa Hayes, Isla de Macross, Lynn Minmei, SDF-1, protocultura, escuadrón Varitech…¡basta! Investigo un poco en Internet y me entero de que la serie Robotech tal como la conocemos es –agarraos- un engendro americano que refunde tres series anime japonesas completamente independientes, cambia nombres, personajes, diálogos y realiza un montaje como le da la gana para dar lugar a un nuevo producto occidentalizado. Algo así como lo que hizo Woody Allen con su primera película What’s Up Tiger Lily? -1966- (cogió un filme japonés y lo dobló a caraperro en plan “Mundo viejuno”).

¡Con razón la primera temporada y la segunda no tenían nada que ver! Ahora me da miedo ver la serie entera: la primera saga fijo que me mola pero las otras… ¿lograrán engancharme las historias? En cualquier caso, viva Robotech, y no os extrañéis si en esta fiebre jolibudiense de regurgitar productos culturales les da por hacer una peli de Robotech con personas de carne y hueso.


Hay una cosa que no os he contado. Aquel otoño, Telecinco quitó mi serie favorita y la pasó a los sábados porque la sustituyó por otra serie japonesa, una tal Campeones. Y todavía os sorprendéis de que no me guste el fútbol…

domingo, 27 de abril de 2008

Patrulla X: ¿alguien la entiende?


Cierta tarde de mayo del año 2003 gocé en USA de dos experiencias inolvidables: comerme un perrito caliente empanado y ver la secuencia inicial de X2, segunda parte de la película sobre la Patrulla X. Este comienzo tan trepidante me pareció lo más guay en cine de acción desde Salvar al soldado Ryan (1998), salvando las distancias. Muy innovador, teniendo en cuenta que no era precisamente la primera vez que se rodaba una escena en lo que figuraba ser la Casa Blanca. Yo ya había visto la primera parte (X-Men, 2000) y años después disfruté también mucho con la (¿)última(?) de la saga (X-Men: La decisión final, 2006).

El gusto por las pelis de la Patrulla X (me niego a llamarlos X-Men, lo siento) me viene después de disfrutar durante algún tiempo de los cómics, cosa rara en mí porque aunque friki de pata negra nunca me he metido a fondo con los tebeos de la DC o la Marvel. Yo he sido más de Mortadelo y Filemón, de Tintín, de Astérix, últimamente de El Jueves… pero el universo de los superhéroes (me ciño aquí a la Marvel) es tan vasto y tan cambiante que me resulta abrumador. Igual en eso reside gran parte de su atractivo, qué duda cabe, pero a mí me pueden tantos personajes, tantas sagas y sobre todo, tantos trucos sacados de la manga.

Con la Patrulla X me ocurrió que aproveché la coyuntura de unas reediciones baratas y me leí todos los números de los primeros diez años de existencia de la serie. Es la llamada “época clásica”, con la primera Patrulla, más el comienzo de los renovados X-Men en 1975. Aquí se incorporaron muchos personajes clave de la saga como Lobezno, Tormenta o Rondador Nocturno… las tramas se hicieron más vistosas y la Patrulla alcanzó sus más altas cotas de éxito. Pero yo dejé de comprar los tebeos en parte por ahorrar y en parte porque no me cabían en mi cuarto (discos no he dejado de comprar, nótese la sutil diferencia).

Mi conocimiento de las etapas clásicas me permite entender muy bien a personajes fundamentales como Magneto, Jean Grey o el Profesor Xavier, pero me deja completamente descolocado ante otros muchos que aparecen en las películas como son Arco Voltaico, Psylocke o una especie de erizo japonés (¿Kid Omega?... ni idea). Otra ventaja de las películas para la gente que no conocía la saga es que su línea argumental es completamente independiente, es decir, se basa en los personajes y las grandes ideas del cómic pero las tramas son autocontenidas. Y lo mismo ha ocurrido con recientes éxitos del cine superheroico como la trilogía de Spiderman o las aventuras de Los Cuatro Fantásticos.

Esto no es baladí, de no ser así sería imposible que estas películas obtuvieran tanto éxito (y éxito en taquilla = dinero, amigos). La mayor parte de la gente no conoce al dedillo las tramas y las historias que se montan en los cómics, culebrones que llevan en algunos casos décadas y en los que abundan los universos paralelos y los cambios retroactivos (lo que en la jerga se conoce como retcon). ¿Por ejemplo, sabíais que Mística (el personaje femenino azul que cambia de forma y aspecto) era la madre del Rondador Nocturno (el acróbata alemán capaz de teletransportarse que está todo el santo día rezando)? ¿O que es también la madre adoptiva de Pícara (la adolescente que no se puede enrollar con su novio porque su poder consiste en chuparle los poderes a los demás)?

Nada de esto se menciona ni se sugiere en las películas pero es un dogma en los cómics, aunque en un momento dado estos de la Marvel te montan una serie limitada que se llame, por ejemplo The Dark Blue Chronicles, y se sacan de la mangucia que en realidad Mística no existe, porque fue una ensoñación de Magneto mientras se hacía la cena o que en un pasado paralelo Adolf Hitler copuló con La Bruja Escarlata y de ahí nacieron Mística, Super Mario Bros. y Optimus Prime.

Las mitologías siempre ha sido culebrones –todas, nada más que me remito a la griega, por ejemplo- pero al menos gozaban de cierta estabilidad, para que el mito resultase reconfortante y sirviese para explicar algo. A mí la desazón que me producen los cómics es que cada vez que me acerco a ellos ha habido un cataclismo: que si Spiderman y Mary Jane no han estado nunca casados, que si Superman ha muerto y ha vuelto a resucitar… y lo que me da más coraje es que esto no lo hacen para innovar o por un prurito artístico. Es solo por dinero, ya que un número que contenga una de estas revelaciones bizarras tiene garantizada unas ventas infinitamente superiores, siquiera por el morbo.

En fin, yo a lo mío, de momento me quedo con las pelis, que es terreno seguro, hasta que me dé la paranoia y me vaya a la tienda de cómics más cercana a pillarme los últimos treinta y tantos años de números de la Patrulla X que me faltan.

viernes, 25 de abril de 2008

Elvis Presley, marino sempiterno


Conocíamos a Ulises, a Simbad el Marino, a Vasco da Gama, a Juan Sebastián Elcano, al Capitán Cook… Más recientemente hemos visto a Popeye o al Capitán Pescanova, incluso se ha hablado aquí del Marinero en tierra de Rafael. Pero para “marinero en tierra”, hoy os traigo a un personaje indiscutible cuyas dotes de navegación al timón de un sin fin de embarcaciones nunca han sido cantadas.

Me estoy refiriendo al gran Elvis Presley, prolífico cantante y actor cuyas películas le hicieron adoptar los más variados papeles. A saber: joven duro pero sensible que quiere triunfar en la música y ligarse a una chica, joven duro pero sensible que desea triunfar en las carreras de coches y ligarse a una chica, joven duro pero sensible que desea triunfar en la música para poder pagarse un coche de carreras (y ligarse a una chica)… No me lo estoy inventando, os acabo de escribir la sinopsis de El rock de la cárcel (1957), Pista de carreras (1968) y Cita en Las Vegas (1964), respectivamente.

Siempre atento a El Rey (y no precisamente al que nos cuesta 12 céntimos por persona al año), en estas semanas he tenido oportunidad de ver dos de sus pelis: Chicas, chicas, chicas (1962) y Amor en Acapulco (1963). Concediendo que no han de quedar en los anales del Séptimo Arte, tengo que decir que ambas pelis me han parecido bastante mejores de lo que esperaba, sobre todo la de Girls! Girls! Girls! Se trata de amables comedias románticas, de las que abundaban en los primeros años sesenta, pero con el aliciente de estar plagadas de números musicales. Y no cualesquiera, oiga, que con Elvis cantando ya tenemos la tangana garantizada: este hombre es capaz de liarla entonando la sintonía de Informe Semanal.

De guión (admitámoslo) andan las dos pelis bastante flojitas, pero ya digo, no más que otras pelis de Dean Martin y Jerry Lewis o de Doris Day. En realidad Chicas, chicas, chicas me ha parecido que no está tan mal en cuanto a caracterización de los personajes, sus motivaciones, trama, el modo en que las canciones se van insertando… muy por encima de la media. La de Acapulco me ha parecido más un producto de puro marketing simbiótico: usted, Elvis Presley, viene aquí a sacar esto en pantalla grande en USA y hacernos propaganda del turismo y nosotros le dejamos hacer básicamente lo que le dé la real gana. En esto Elvis se une a la nómina de Cantinflas o Paquito Martínez Soria, que realizaron similares producciones cinematográficas.

Que no falten los “clavados”, las lindas playas, las hot señoritas… ay! Ay! Ay! Carumba! Viva el topicazo que hace alegre la tragedia, viva lo mejicano. Elvis vestido de charro, de matador o de lo que haga falta (es un G.I. Joe, el pobre). Ursula Andress en biquini haciendo de condesa centroeuropea (ya se sabe, tan mal acabó después de esta peli que tuvo que ir a que la curara el Dr. No, sin quitarse el biquini, claro). Un menino da rua chicano que hace las veces de manager de Elvis, con sus maneras de Lázaro de Tormes… y eso sí: ABSOLUTAMENTE TODAS las canciones deben contener las palabras “siesta”, “fiesta”, “tequila”, “señorita”, “amigo” y “matador”.

Bueno he mentido, no TODAS. Hay aquí un tema espectacular llamado “Bossa Nova Baby”, que era el que Pepe Navarro sacaba en el Mississippi doblado como “No me importa que me digas que hago menos guarreridas que la mona de Tarzán…”. Y ¿que la bossa nova no es de Méjico? ¡Qué más da! Qué importa confundir Méjico con Brasil, yo mismo lo acabo de hacer en el párrafo de arriba porque me venía bien. A todo esto, se me ha olvidado decir que en esta peli el problema de fondo de Elvis es su vértigo, ya que aunque trabaje como marinero, socorrista y cantante en realidad él hace de artista del trapecio.


Chicas, chicas, chicas es otra cosa en cuanto a guión se refiere. La falta de dinero obliga a Elvis a abandonar su cómodo trabajo de patrón de una embarcación de recreo para hacerse rudo pescador. Todo esto adobado con una serie de canciones muy buenas, entre ellas “Return to Sender” y la crucial “Canción de la gamba”, en la que Elvis exhorta a este crustáceo decápodo a saltar a su red de pesca (no os riáis, que en la peli de Acapulco canta una que empieza “Viva el vino, viva el dinero”en español).

Ver a Elvis con su gorrilla de marinero se ha convertido para mí en algo habitual, tanto que su look de a bordo se me antoja una imagen icónica (le queda infinitamente mejor que el de piloto de carreras o el de cowboy, digámoslo). Al principio de Amor en Acapulco también vemos a Elvis con su gorra marinera y unos pantalones hiperajustados, marcando timón. Cierto que luego se cambia a trapecista, torero charro y lo que haga falta, pero nada eclipsa el “efecto halo” de esa su primera aparición original.


El mar, la mar, el mar, sólo la mar, ¿por qué te trajiste a Elvis, Coronel Parker, a la ciudad?

jueves, 24 de abril de 2008

Sé las narices (que tocasteis)


-"¿Has leído El corazón de las tinieblas, chata?"

-"¡Jarl!"

Constato un fenómeno. Tendencia, llamadlo como queráis. Sabido es que hace aproximadamente un año las parrillas televisivas españolas tocaron techo de saturación en lo que a programas rosa se refiere. Ahí andaba el Tomate, liderando la franja de la siesta, y un sinnúmero de otros espacios a todas horas cuyos nombres no recuerdo pero vosotros sí. Entre todo esto resistía, ahora y siempre al invasor el programa de Boris (Channel nº4), autoerigido en fanzine del glamour de andar por casa.

Para dar caña no al famoseo, ni siquiera al mundo rosa sino a los periodistas del corazón, creó La Sexta el inteligente espacio de humor Sé lo que hicisteis la última semana, presentado por Patricia Conde y Ángel Martín, más Miqui Nadal y otros. En este espacio se burlaban con muchísima gracia de todo aquello que de risible hay (o de miserable) en el periodismo del colorín, sacaban vídeos y citas –a veces fuera de contexto pero nunca tergiversadas- que hacían parecer a sus protagonistas como auténticos imbéciles. Eso, con suerte, cuando no los hacían parecer directamente malos o mezquinos (caso sobre todo de Jorge Javier & co).

Se podrá decir que Sé lo que hicisteis... es un espacio parásito, que se nutre del trabajo de los demás. Sí señor, exactamente igual que todos los programas de zapping que en el mundo han sido (incluyendo Homo Zapping) y el 99% de los magazines, talk shows o como se les llame actuales (léase Boris, Ana Rosa, García-Campoy, etc). Sin embargo Sé lo que hicisteis... logró un gran éxito (extrapolado a la modesta repercusión de La Sexta) y se apuntó un tanto no solo regurgitando material ajeno sino realizando verdaderas creaciones de humor al más alto nivel. Tanto es así que les han llovido trillones de premios, y que el espacio, de semanal, pasó a diario (cambiando su nombre simplemente a Sé lo que hicisteis…) y luego de sesenta minutos se alargó a noventa, fichando a nuevos colaboradores.

Mi tesis es que, igual que en la Baja Edad Media el Verlag o mercader independiente se cargó el tradicional sistema de gremios, el programa Sé lo que hicisteis… es en gran medida responsable de la desaceleración por la que están atravesando últimamente este tipo de programas del corazón, y muy especialmente el Tomate. No tanto por robarles la audiencia (el Tomate se canceló como invicto líder, aunque con menos espectadores) sino por aportar una nueva mirada a este mundo, de modo tal que una vez expuestas las miserias y la ridiculez de los periodistas rosas, nadie en su sano juicio puede volver a tomárselos en serio.

El problema, a mi entender, de Aquí hay tomate es que lo que empezó siendo un programa ligero, con una mirada nueva, cargado de humor y mala leche (¿os suena?) se convirtió en una temida institución inquisitorial que lo mismo te sacaba a Franco pescando atunes que al monaguillo de la Comunión de Lola Flores. Hizo daño y se hizo odiar. Sé lo que hicisteis... lo supo denunciar, y le hizo perder prestigio (entre comillas). El problema es que cuando se va de cruzados por la dignidad o de vengadores es muy difícil que a uno no se le vaya la cabeza y no se convierta en un émulo de lo que precisamente buscaba denunciar. El humor de Sé lo que hicisteis… es muy inteligente pero se basa en burlarse de los demás, ponerles motes, y un poquito en insultar, y eso es muy divertido, sí, pero a la larga siempre pasa factura. O te sabes reír de ti mismo -cosa dificilísima- o la has cagado, amigo.

Conste que para mí Sé lo que hicisteis… sigue siendo un gran programa (menos desde que dura hora y media y desde que colocaron en él a Dani Mateo, muy gracioso en casi todo lo demás que ha hecho pero insípido aquí). Le debo grandes horas de consuelo cuando estuve con lo mío del esguince, pero últimamente estoy detectando que se están convirtiendo en unos chicos un poco malos, y los demás programas están reaccionando ante ellos de dos maneras: 1) haciéndoles la pelota para caerles en gracia, cosa que no consiguen (aquello de “mientras más te agachas…”) o 2) enfadándose con ellos, cosa que los del Sé lo que hicisteis... solo saben encajar desde la burla personal, exactamente igual que hacía el Tomate con los famosos que no atendían a sus reporteros.


Esta semana en varios actos de promoción, su reportera Pilar Rubio ha sido amonestada o directamente increpada por otros periodistas del cuore, lo que solo ha servido para que en plató se cachondearan de los susodichos. Esta semana El Programa de Ana Rosa ha repasado el ranking de petonas de la revista masculina FHM, y ha sacado que si a Angelina Jolie, que si a la Pataky, que si a Amaia Salamanca… pero ha omitido las menciones a Patricia Conde, que estaba entre las 10 más cañoneras y a Pilar Rubio, que estaba nada menos que ¡la primera! ¿Casualidad? Más bien venganza, pues como dijo Ángel Martín, “es muy llamativo que comentes un ranking y no digas quién ha quedado en el primer puesto”.

Pienso que Sé lo que hicisteis… debería tener cuidado porque se está repitiendo y lo que es peor, se está haciendo antipático. El mundo gira, ahí está Fama en Cuatro captando la atención de la juventud, ahí está el culebrón de La Primera Amar en tiempos revueltos, hasta los espacios del corazón se están trocando en magazines tipo el difunto Channel nº4, que supo retirarse a tiempo. Pero claro, no todos los programas tienen la suerte de que los presenten literatos de la talla de Boris Izaguirre.

miércoles, 23 de abril de 2008

Visita a la casa de Rafael (y III)


Lo segundo que me ha llamado la atención es la extrañeza de Alberti. Quiero decir que su obra le resulta cada vez menos familiar a los andaluces jóvenes de hoy. No pretendo hacer de Jeremías de la educación, pero esto es así. El mundo de Rafael, del muchacho fascinado por el Museo del Prado, del devoto fervoroso de Góngora, del respetar a sus mayores, del compromiso político, está cada vez más lejano. Gracias hay que dar, dirán algunos, porque los niños de ahora no tengan como él que aprender las letanías del comunismo, la república, el fascismo. Pero es que ni siquiera los ángeles (a los que él dedicó un libro entero) están de moda.

Me doy cuenta de que Alberti pertenece al mundo de lo que Carlos Monsiváis llama “las alusiones perdidas” y me entristezco. Me doy cuenta de que cada vez menos niños entenderán esas portadas de libros suyos en las que la bandera estadounidense ondea sobre todo el continente americano, o esos emblemas con una hoz y un martillo que aparecen en las de otros libros. ¿A qué se refiere cuando llega a Argentina y tilda al océano Atlántico de peligroso, “infestado de submarinos con sus cruces gamadas”? Ya no sé quiénes son esos señores que salen con Rafael en la foto. Hay uno muy repeinado, otro con boina, leen manifiestos y saludan con ¿puños cerrados? ¿Qué hace Alberti sentado en un camión blindado? ¿Y por qué se fue de España, dices?

Con suerte Alberti pasará a ser una foto pintarrajeada en un libro, de un señor con gorrilla de marinero y larga melena blanca. ¿Cómo le quedarían a este tío un par de bigotes?

Definitivamente, no podemos permitir que esto pase, sería una pena. Sería un éxito de la pobreza. Mientras voy repasando mentalmente mis poemas favoritos de Rafael Alberti (también soy un poco sentimental, y esto es así: hoy veo la casa y esta noche antes de acostarme seguro que cojo un libro suyo) pienso que él a mí no me da de comer, pero sí de vivir. Por eso le quiero dar las gracias, y lo mismo debería hacer todo al que le pase lo mismo. Esperemos que los escolares andaluces, españoles, de más sitios, puedan al menos decidir si lo quieren leer o no, señal de que lo conocen.

Mientras expreso este deseo, el gobierno autonómico de la región donde nacieron Séneca, Herrera, Góngora, Machado, Juan Ramón y medio 27, utiliza para el comentario de texto en sus exámenes públicos una canción del dúo gaditano Andy y Lucas (otra vez los nombres de pila). Con todo el respeto hacia estos muchachos de esforzado éxito, creo que habría que preguntarse como hacía su paisano hace 50 años, ¿qué cantan los poetas andaluces de ahora?

Oigo decir a un tío mío que incentiva a sus hijos adolescentes para que se aprendan poemas de memoria y los reciten. A lo mejor se empieza por ahí.

martes, 22 de abril de 2008

Visita a la casa de Rafael (II)


A los que como yo soñamos mucho y tenemos tendencia a divagar nos viene muy bien una explicación organizada, razonada y cronológica de las cosas. A lo mejor debería hacerme profesor, pero ya estoy divagando. El comentario anterior viene a cuento de la maravillosa exposición permanente que recorre la vida de Alberti en forma de friso sincrónico lleno de fechas, textos, dibujos, fotografías, recortes de prensa y cápsulas de información biográfica.

Y así llegamos a la última parte del eslogan “creación viva”, porque la obra de Alberti se enmarca en una trayectoria vital arrolladora, irrenunciable, y aunque suene a tópico (lo es), vida y obra son aquí inseparables. Que me perdonen los críticos literarios que censuran las lecturas de las obras a la luz del candil de las vidas de los autores. Que me perdonen todos los que me dieron clase en la facultad y señalaban con el dedo la “falacia biografista”. Tampoco es este el caso. Seguramente esa gente no ha tenido en cuenta un exilio, una Guerra Civil, una ruptura tal… circunstancias cuyo impacto es aún hoy imposible de calibrar.

De modo que si la obra de Alberti es interesante no lo es menos su vida, una novela en sí para el que quiera pararse a verlo. Él mismo quiso unir literatura y vivencias en los libros de su Arboleda perdida, pero la vida de Alberti que hoy pretendo reivindicar no es la que él evoca, tamizada por sus recuerdos y llamémosla “interna”. Yo me refiero a esa otra “externa”, pública, que si existe es propiedad de todos y que se reconstruye con las fotos, los titulares y los libros de historia. Alberti gana el Premio Nacional de Literatura en 1924 y don Antonio Machado dice que su librito es el de más mérito. Rafael se marcha a galopar con el Quinto Regimiento.

Tanto y tanto galopa que al final se pasa de largo y se va a Argentina y a Uruguay y a Roma. Por no hablar de sus viajes por Europa, la Unión Soviética, por Chile, por Cuba, hasta por China. Rafael se hace fotos con la jet-set de las letras rojas: Altolaguirre, Lorca, (perdón, Federico), Ilya Ehrenburg, Neruda, Nicolás Guillén, Miguel Ángel Asturias, Ernesto Sábato, Benedetti… y otros que no son literatos: brigadistas, toreros, cantautores… acá está Pepe Díaz, camaradas, acullá Carrillo. Aquí el cantautor Paco Ibáñez, la actriz Nuria Espert; vemos llegar al bailarín Antonio Gades. No se olviden de Fidel Castro, otro que va camino del centenario…

Como el fantasma del comunismo que él mismo proclama, Rafael Alberti recorre no ya Europa, sino el mundo entero con un mensaje que va trocándose de revolucionario en universal, para llegar a ser simplemente humano. Y allá a donde no llega a ir él en persona viajan sus libros. Vemos también en la casa-museo un amplio muestrario de sus traducciones: al alemán, al italiano, al inglés, al francés… ¡y pensar que empezó siendo un niño que pintaba en su pueblo y le cantaba a la playa!

Rafael niño, joven, adulto, le vemos crecer en vida y en sabiduría, y deducimos que también en intuición, a juzgar por sus poemas. En todas las paredes leemos recordatorios de su obra: son lo familiar de Rafael, se equivocó la paloma, nunca fui a Granada, si mi voz muriera en tierra, ¿dónde los hombres?... Le vemos enamorarse y coger talla pública y política. Le vemos levantar el vuelo, tanto que pierde contacto con la realidad y se pone un antifaz para recitar una cosa sobre “la pájara pinta”. Todo esto después de los honores, los premios (incluido el oximorónico “Lenin de la Paz”), de haber vuelto a España “con la mano abierta” a pesar de haberse marchado “con el puño en alto” (¡qué gran lección, y qué gran publicista!) para presidir las primeras Cortes democráticas junto a –ejem- la Pasionaria.

Pero Dolores Ibárruri es ya una anciana blanca, igual que Rafael, dejémosla en paz. Rafael es ahora nombrado alcalde perpetuo de El Puerto de Santa María, alcalde de las salinas, de las bodegas, del mar, y ahora soy yo quien se ha metido de lleno en el topicazo. Como todo el mundo sabe, Rafael Alberti falleció en Canal Sur un triste día de 1999, D.E.P.

lunes, 21 de abril de 2008

Visita a la casa de Rafael (I)


Por “petición popular”, incluyo aquí mis impresiones sobre algo que pasó a finales de septiembre del 2007. Como el texto es largo, voy a publicarlo en 3 entregas, espero que os guste:


Hoy he visitado la casa de Rafael Alberti, la Fundación que lleva su nombre en el Puerto de Santa María. Esperaba encontrarme con el tópico: el mar, la mar, los salineros, pero he encontrado algo más bonito y profundo, que acaso ya venía conmigo. El mar y la mar estaban allí, lo mismo que la paloma y la arboleda perdida. Lo mismo que a galopar y las fotos con la Pasionaria, pero eran en todo caso adjetivos del poeta, no sus sustantivos.

Lo primero que me ha llamado la atención es la familiaridad de Alberti. Quiero decir que a un andaluz culto de mi edad toda su obra le resulta familiar. Sucede igual que con una parte de la Generación del 27. Ya desde la infancia nos metían por los ojos a la lagarta y al lagarto (con delantalitos blancos). Imposible sustraerse al marinero en tierra y al compadre que venía sangrando verde, que te quiero verde.

Y me ha gustado comprobar cómo en el imaginario del 27, lo mismo que en el mío, precisamente los poetas más sobresalientes son Alberti y Lorca. Esto lo sé porque siempre se alude a ellos por su nombre de pila. ¡Rafael! ¡Federico!...

Curiosamente, nadie dice “estaban Luis y Salvador” sino “Buñuel y Dalí”, el norte (con perdón) es otra cosa. Sin embargo, “¡qué bien tocaba el piano Federico!” Se entiende, ¿no?

Pero hablábamos de Rafael Alberti, su vida, su obra. “Cien años de creación viva”, como reza el eslogan acuñado en su centenario y omnipresente en la casa. Se me antoja muy acertado este eslogan en todas sus palabras. Los cien años son indiscutibles, pura aritmética inexorable. Lo de creación… me gusta de la Fundación el hecho de que recoge una parte de la obra gráfica de Alberti, no son meros dibujillos.

He aquí un niño burgués según sus propias palabras “venido a menos” (sospecho que esto lo diría el poeta de sí mismo para que no lo excomulgaran del Partido Comunista) que iba para pintor, que vio el Museo del Prado y que lo salvó de una guerra, que expuso en Madrid y que años más tarde, privado de sus Goyas, sus Velázquez y sus Zurbaranes soñó en el exilio ese museo imaginario que componen sus poemas dedicados A la pintura. Hasta aquí la faceta de artista plástico, ensombrecida hasta la insignificancia por su obra literaria.

Es lo que tienen los gigantes, que a su lado todo parece pequeñito.

sábado, 19 de abril de 2008

Lori Meyers: enormes

Sí, sí: ¡que os creíais que iba a hablar de fútbol!


Me saqué el carnet de conducir con un profesor de autoescuela muy musical, cada día las clases prácticas eran un festival de escuchar a la buena vida, Pearl Jam, The Go-Betweens o The Posies. A aquel hombre le gustaban los mismos grupos que a mí pero con una diferencia: él además los había visto en directo. Para mí hasta los 18 años la música en directo no dejaba de ser una curiosidad, ajena al verdadero disfrute, que yo cifraba en los discos. Yo hasta entonces solo había ido a ver a Celtas Cortos, Duncan Dhu (dos veces), No me pises que llevo chanclas y pare usted de contar.

La cosa es que a mi profesor de autoescuela me lo sigo encontrando en todos los conciertos a los que voy, y tengo que agradecerle que me hiciera ver que, si no ibas a los conciertos, te perdías (por lo menos) la mitad de la diversión. Es el caso que me ha ocurrido con el último disco del grupo indie granadino Lori Meyers, y su actuación que vi anoche.

Soy fan de Lori Meyers desde que salieron, y siempre he seguido con atención sus lanzamientos discográficos. El último (Cronolánea, 2008) confieso que tras un par de escuchas me había dejado un poco frío, sobre todo comparándolo con aquel perfecto Hostal Pimodán (2005; edición extendida en 2006) con el que se santificaron en los altares indies de toda España. Pero Lori Meyers venían a mi ciudad, tenía la fecha en mi agenda desde hace meses, y eso no me lo podía perder. Los había visto en directo presentando cada uno de sus anteriores discos, y temía que este concierto se basara exclusivamente en el Cronolánea, que como digo no me había dejado tan impresionado.

Fuimos un pandillón al concierto, la sala regular, pero el espectáculo: impresionante. Y lo que es más, unas canciones que en estudio no me habían dicho tanto tomaron cuerpo en el directo de tal modo que me dejaron alucinado. La mayoría de los que venían conmigo ni siquiera habían escuchado el Cronolánea, pero como dijo un amigo, “esta gente son comerciales en el buen sentido, tienen la virtud de que las canciones te entran muy bien a la primera escucha”.

¡Qué frenesí, amigos! Siempre he pensado que Lori Meyers serán un grupo pop melódico (coordenadas sixties, Brincos, Byrds, pop underground, psicodelia suave) pero que en directo le pegan al rock que no te veas. Ayer ampliaron la familia (al parecer en toda la gira), y de cuatro que yo conocía se presentaron seis: un guitarra y un percusionista más. Y no te veas cómo sonaba aquello. Tocaron el disco nuevo casi íntegro (se dejaron una), y la peña coreaba los estribillos que llevan un mes en la calle como si fuesen clásicos de Mecano. Algunas canciones las hacían con tres eléctricas, o dos y una acústica, o dos guitarras y teclado, o dos teclados y una guitarra… frenesí. Todo ello adobado con sus portentosas armonías vocales y sus riffs à la Pete Townsend.

Noni canta como Los Ángeles (chiste intencionado), ha ampliado su registro vocal, pero ahora para algunas le cede la voz principal a Alejandro, que sonó regulero, hay que decirlo, pero que está muy bien en el disco. Volviendo al disco, ahora me doy cuenta de lo bueno que es (y no se trata solo de que me suenen más las canciones), tal vez su pegada no sea tan inmediata pero sus arreglos están curradísimos y se nota una enorme progresión con respecto a sus anteriores trabajos. Por hacer un símil, si el primer disco fue de 1964-65 y el segundo de 1966-67, en este último nos movemos ya por 1968-69, abrazando la psicodelia en detrimento de los rocanroles.

En el concierto tampoco faltaron sus canciones de siempre, las que les han hecho convertirse en el mejor grupo de guitarras español del momento. Caso de “El dilema”, “Aprendiz” (frenesí en ambas), ese apoteósico “La pequeña muerte” (digno de Oasis) o el par que dieron en los bises: “Tokio ya no nos quiere” y sobre todo “Viaje de estudios”. De los nuevos temas destacaría “Luces de neón”, “Luciérnagas y mariposas”, “Alta fidelidad” y “Funcionará”.

Qué alegría da ver crecer a un grupo de guitarras tan enorme, y además siendo españoles. Ellos no vienen de la nada (se confiesan devotos de Teenage Fanclub; Noni ayer sacó en el bis una camiseta de Bronco Bullfrog), han colaborado con gente de Pernice Brothers, Velvet Crush y Wilco, versionaron a Juan y Junior… pero ahí radica su grandeza. Tampoco se piensan que han inventado la pólvora (como otros alfabéticos cantantes de Granada), reclaman la tradición del pop underground pero para enriquecerla. Si con Viaje de estudios (2004) sonaban un poquito a Los Planetas y con Hostal Pimodán recordaban a Los Brincos, en Cronolánea suenan a Lori Meyers, lo que estábamos esperando. Y en directo ya, la leche.

viernes, 18 de abril de 2008

Shine a Light


Me había prometido no escribir esto hasta haber terminado una cosa del trabajo pero ¿quién se priva? En realidad es que las imágenes y los sonidos me rondan por la cabeza desde que el pasado jueves noche fuera al cine a ver Shine a Light (2008).

La última entrega del cineasta rockero Martin Scorsese es la grabación de un concierto de los Rolling Stones en su pasada gira “A Bigger Bang” (donde promocionaron el exitoso disco del mismo título). En realidad la película –documental rock- es un montaje de dos conciertos, realizados ex profeso para la filmación en el Beacon Theatre de Nueva York. ¿Nueva York más Rolling Stones más Scorsese? Tranquilos que esta peli no la habéis visto ya, aunque pueda parecerlo.

De hecho, como jocosamente dijo el propio Mick Jagger, “creo que esta va a ser la primera película de Scorsese en la que no suene “Gimmie Shelter” en la banda sonora”. Admito que yo acudí al cine con bastante prevención, la misma sensación que encontré en todos los fans de los Rolling Stones y Scorsese a los que invité a acompañarme y que dijeron que no. Uno de mis amigos dijo algo que suscribo “yo es que los Rolling Stones hace años que hago como si no existieran”. Yo también. Su repertorio, por lo que a mí respecta, termina en 1978. Otro amigo dijo “es que me da un poco de miedo”. Comprensible.

Aún más comprensible si empezamos a comparar esta Shine a Light con aquel The Last Waltz del que hablamos aquí. Aquello era The Band en la cúspide de su poder, más Bob Dylan, Neil Young, Van Morrison, Eric Clapton… esto son los Stones en 2006, y comparten escenario con Buddy Guy, el nota de White Stripes , Christina Aguilera y… Bill Clinton. ¡Seguid leyendo, no os asustéis!

Las comparaciones, estamos de acuerdo entonces, han de ser evitadas, porque no se trata de El último vals II, sino de otra cosa diferente, algo así como 1) ¿Qué pueden aportar los Rolling Stones cuarenta años después de haber pasado por el mejor momento de su carrera? 2) ¿Siguen siendo relevantes musicalmente? 3) ¿Siguen siendo capaces de ofrecer un cojonudo (no solo digno) espectáculo sobre el escenario, o 4) se han convertido en una parodia de sí mismos 5) y en una máquina de hacer dinero?

Tras ver Shine a Light, la respuesta a estas preguntas es, a mi entender: 1) Entretenimiento y la emoción de estar en presencia de unas leyendas, 2) No, 3) Sí, 4) No y 5) Sí. El comienzo del documental me dio bastante mala espina, presentando la falsa dicotomía Scorsese = maniático del control contra Rolling Stones = bohemios anárquicos. Luego empezó el espectáculo propiamente dicho y todos mis temores se disiparon. Así, sin más. Como los Rolling Stones son uno de mis grupos favoritos disfruté muchísimo con el concierto que me pusieron por delante.

El repertorio me pareció muy inteligente: no tocan ni una de su último disco, gracias a Dios. Hay clásicos inexcusables (“Satisfaction”, “Sympathy for the Devil”, “Brown Sugar”, “Start Me Up”, “Jumpin’ Jack Flash”), clásicos ocultos para los muy fans (“Connection”, “Live With Me”, “You Got the Silver”, “As Tears Go By”) y algunas sorpresas. Entre ellas, las versiones de “Just My Imagination” de los Temptations, o “Champagne and Reefer” de Muddy Waters. Y no solo de música negra vive el hombre: también tocaron “Faraway Eyes” o “Loving Cup” en plan country, para demostrar que son el mejor grupo americano de fuera de los USA.

Geniales las colaboraciones de Buddy Guy (por descontado), Jack White (de White Stripes y The Raconteurs), e incluso de Christina Aguilera, en serio. Y tranquilos, que Clinton no canta ni toca el saxofón en “Brown Sugar” –como yo me temía.

Si la película/concierto me llamó la atención por algo fue por el deliberado intento de los Rolling Stones de borrar cualquier huella pop de su pasado. Incluso “As Tears Go By”, la más pop que interpretaron, la hicieron con un aire country. Y aquí la celebración fue la del blues, el R&B, el country, el rock and roll… nada de pop. Nada de “Paint It, Black”, de “Out of Time” o de “She’s a Rainbow”. Bueno, me parece torpe negar esa importante parte de su herencia (la que a mí me cautivó hace años como fan suyo). Después de todo, como dijo Bob Segarini, “hay que tener pop”. Pero da igual. Id a ver Shine a Light, de verdad, que es muy bonica.

jueves, 17 de abril de 2008

Por las mañanitas


Yo no sé vosotros, pero a mí me encanta escuchar la radio por las mañanas. Recién levantado, nada termina de despertarme e insuflarme el ánimo necesario como la voz del locutor de turno y las cancioncillas mañaneras. Cada equis meses me aburro de que pongan tanta publicidad en la radio –y tantas desconexiones locales- y opto por escuchar CDs de música, pero no es lo mismo. (Un inciso: ¿os habéis fijado en lo absurda que es la publicidad radiofónica? Laxantes, crecepelos, bebidas alcohólicas… parece el gueto de lo que da vergüencita sacar por la tele).

En mi casa abominaban de esta costumbre mía de poner la radio de buena mañana (igual es que la ponía un pelín muy alta), y aunque admito que algunos locutores marchosos y ciertas canciones de lo que dan ganas es de tirar el transistor por la ventana, en general son necesarias altas dosis de estridencia para que la radio a esas horas pueda cumplir su función, análoga a la del café.

La música de los morning shows es bastante lamentable: suelen ser éxitos de ayer, hoy y siempre pensados para despertarte. Ahí son los campeones Bisbal, M-Clan, David De María, Alejandro Sanz, Papito… o bien The Rasmus, Evanescence, James Blunt y Anastacia. José Antonio Abellán, cuando no está hablando de fútbol en sus programas, tiene la atormentadora costumbre de enfilar proa hacia un artista o canción y repetir todos los puñeteros días hasta en dos o más ocasiones (caso de El Barrio, Madonna o Shakira & Wyclef Jean).

Espantado por este panorama, una temporada emigré a Radio 3 y entonces comprendí por qué la radio a esas horas tiene que ser tan machacona: probad a escuchar post-rock, lo-fi o country alternativo entre las 7 y las 9 a.m. y después me contáis… si seguís despiertos.

Lo verdaderamente grande de la radio matutina son sus locutores, y aquí basculo entre dos polos opuestos: la información y el humor. En el primer campo he escuchado la SER (¡Iñaki, vuelve!), la COPE y Radio Nacional, mientras que en el segundo destacaría a Gomaespuma, el Arús, Abellán y últimamente Atrévete de Cadena Dial. Polos opuestos, información y humor, pero como los extremos siempre se tocan ahí tenemos en medio al gran amalgamador de ambos: Federico Jiménez Losantos.

Empecé a escuchar a Federico el mismo día que a Iñaki: el 11 de marzo del 2004. De ahí para arriba. La verdad es que no aguanté más de media legislatura con las tertulias de la COPE y de la SER, tal era el clima de mala baba y ponzoña que exudaban por igual ambos programas, La mañana y Hoy por hoy. Admito que Federico, con ser más gracioso, es mucho más amigo del insulto y la descalificación que Iñaki y Francino luego. Estos el respeto te lo faltan más sibilinamente, con talante. Una burla al bigote de Aznar por aquí, unos obispos por allá. Federico te lo suelta sin tapujos, como la barbaridad que dijo esta semana sobre la embarazada Ministra de Defensa, de que “no hay que confundir la bomba con el bombo”.

Por eso esta mañana casi me he mareado de la incredulidad cuando he escuchado a Carlos Herrera hablar del gobierno bien y mal, alternativamente, según fuera justo. Llevo unos días desayunándome con Herrera en la Onda (Onda Cero), a instancias de la recomendación de varias personas a quienes considero muy ecuánimes. Y me he encontrado con que este hombre no insulta a nadie (salvo a la ETA) y que da caña al gobierno por sus cagadas en un tema para acto seguido aplaudirlo por sus aciertos en otro. En la España actual, que queréis que os diga, un mirlo blanco (con bigote negro).

miércoles, 16 de abril de 2008

Vuelve Muchachada


Hoy no he tenido un día especialmente bueno, así que me hacía falta reírme un poco (por cierto, el guiso de ayer, tras veinte minutos en la olla express se pudo salvar y estaba muy rico). Qué mejor ocasión para echar unas risas que celebrar el regreso a nuestras pantallas (La 2, Miércoles a las 23:15) del programa Muchachada nui, un favorito personal.

Se trata de la segunda temporada de un programa del que ya se habló en este blog, han estado unos seis meses de paro biológico y yo creo que les ha venido bien, porque han vuelto con muchísima fuerza. La vuelta tuvo lugar el miércoles pasado (presentado por Condoleeza Rice) pero no lo pude ver por encontrarme de juerga con mi novia y amigos (tampoco estaba en el dentista, no me quejo, ¿eh?). Como la fiesta se desarrollaba al lado de donde vivo, albergué la idea de escaparme durante la media hora que dura el espacio, verlo y reincorporarme al sarao, pero mi novia me disuadió amablemente.

Loado sea San YouTube, al día siguiente encontré (loncheado) el primer episodio de la nueva temporada y la verdad es que me partí viéndolo. Ahora acabo de ver el de hoy, el segundo episodio ha estado presentado por Quentin Tarantino –en realidad por todo el elenco de Pulp Fiction- y su parodia de la famosa peli galardonada en 1994 con la Palma de Oro de Cannes me ha parecido una de las mejores cosas que ha hecho esta familia en toda su vida artística.

Hace poco me regalaron el DVD con los mejores momentos de las cinco primeras temporadas de La hora chanante (obra maestra entero, pero es como intentar resumir El Quijote en un post-it con letra del 12). LHC sabéis que es el programa padre (nada que ver con Hacienda) de Muchachada nui, hay una continuidad entre ambos, y he podido comprobar cómo el formato del programa y su estructura se han ido sofisticando con el tiempo y, a mi juicio, mejorando.

Al principio se trataba de meros sketches unidos por unas cortinillas de entrevista extendida al personaje “presentador” pero poco a poco los intersticios se han ido convirtiendo en verdaderos sketches de humor por derecho propio, con un guión cada vez más sofisticado. En el episodio de hoy, por ejemplo, el hilo conductor era una disparatada transliteración de Pulp Fiction, y cada escena del programa se correspondía con una escena de la peli. Si esta película tiene de por sí un guión montado a pellizcos, los chanantes han aprovechado esta circunstancia para parodiar salvajemente todos los manierismos de Tarantino en un graciosísimo ejercicio de metaficción.


En especial los diálogos, que han pasado a la historia como genialoides (“¿Sabes cómo llaman en París a la Cuarto de libra con queso? ¿No la llaman Cuarto de libra con queso?”)… pues se han cachondeado de su vacuidad, y también de lo ridículo que suenan en español los tacos con que QT salpimenta sus pelis. El paroxismo de este estilo de la nada verbal lo vivimos con la reciente Death Proof (2007), en la cual el uso gratuito de palabras malsonantes rozaba la vergüenza ajena. “Déjame decirte tres jodidas cosas, jodida amiga: nunca, pero jodidamente NUNCA llames australiano a un jodido neozelandés”, y de ahí para arriba (las otras dos “cosas” también incluían la palabra fucking).

Y os lo dice con pena un hipermegafan de Tarantino, devoto de Jackie Brown (1997), de las dos Kill Bill (2004) y defensor a ultranza de su arte. Pero volviendo a Muchachada nui, lo que más me fascina es el éxito “de culto” que está alcanzando el programa. Pienso que de frikada internáutica ya ha pasdo a estar rozando los bordes del mainstream o cultura mayoritaria. El otro día, la página de MSN (mi portal de inicio) publicitaba “My mother” (con las rodillas in the guanter) como uno de sus vídeos destacados, junto a los éxitos de Michael Jackson o los “Consejos para ligar”. Recordemos también que la muchachada intervino en la pasada gala Salvemos Eurovisión, en la Primera Cadena.

Durante el último mes he tenido varios encuentros con gente que, insospechadamente, han resultado ser seguidores acérrimos de este gamberro programa y conocer de memoria sus canciones, frases, sketches y latiguillos. Y me consta que más de uno y más de dos lectores de Estatuas también lo sois, tunantes. De manera que, estaros al sopesquete, porque la nueva temporada de Muchachada nui apunta buenísimas maneras.

martes, 15 de abril de 2008

Cocinando con los Who


Mi ajetreada vida social me lleva a tener que cocinar rápido, rico y barato. Para ello desempolvo una vieja receta familiar. ¿Cocinar? Con música siempre, de manera que pienso en el grupo más nutritivo que conozco: The Who, e interpreto una versión mod-psicodélica del “Cerdo a la sidra”.

Ingredientes (para 4 personas):

-Un CD Magic Bus de The Who (1968)
-600 gramos de carne de cerdo para estofado (también se puede con filetitos de solomillo)
-300 g de champiñones limpios en láminas
-2 ó 3 cebolletas medianas
-Un puñado generoso de aceitunas
-Una lata (33 cl.) de sidra
-Un chorreoncito de aceite de oliva
-Sal y pimientas blanca y negra al gusto

En primer lugar se reproduce el disco de los Who, recopilación de rarezas-singles-canciones sueltas que no puede ser considerado un álbum propiamente, pero que aporta algunas piezas fundamentales de su discografía como “Magic Bus” o “Pictures of Lily”.

En una sartén honda u olla se echa el aceite y cuando esté bien caliente se pone el cerdo, salpimentado, hasta que se dore un poquito. Se retira la carne y se aparta. A continuación se echa la cebolleta picada fina, y se marea en el aceite hasta que se ponga transparente.

Se aprecia cómo en el disco coexisten piezas verdaderamente psicodélicas (“Disguises”, “I Can’t Reach You” o la embrionaria “Our Love Was, Is” –que apareció luego de otra manera en el The Who Sell Out-) con otras cancioncillas absurdas tipo novelty (“Dr. Jekyll & Mr. Hyde”, “Bucket T.”).

Pensando que a veces The Who copiaron lo peor de los Beach Boys, se añaden los champiñones en láminas y se remueven con la cebolleta para que se hagan un poco. Se añade un buen puñado de aceitunas (al gusto) y se escucha atentamente el tema que da título al disco: “Magic Bus”. Entonces se vuelve a echar la carne de cerdo y se agrega el contenido de una lata de sidra. Previamente se ha comprobado el punto de sal a los acordes del temazo “Doctor, Doctor”, de John Entwistle.

Se deja hervir hasta que se consuma la mayor parte del líquido (la receta original decía 10 minutos, yo lo tuve más de 20). Si es necesario –y si nos quedan fuerzas tras extasiarnos con “Pictures of Lily”- se vuelve a dar a Play para escuchar el CD de nuevo. Tras seis o siete canciones, el plato estará listo para su degustación, en óptimas condiciones de temperatura y psicodelia.


Et… le voilà: Cerdo à la Who. ¡Ay, no puedo sino pensar que, de haber conocido los Daltrey, Townsend, Moon y Entwistle esta receta, no hubiesen cenado todas las noches esas lamentables alubias con tomate Heinz.


(Os ha molado el post, ¿verdad? Pues atentos que ahora viene lo mejor. Después de escribirlo me voy a cenar y resulta que… ¿recordáis lo de “también se puede con filetitos”? Pues al parecer la receta tiene que hacerse con filetitos. De otro modo, si lo hacéis con taquitos de carne como yo, sería necesario muchísimo más tiempo de cocción, usar una olla a presión… en fin. Resulta que pruebo el plato y la carne está hiperdura, absolutamente INCOMIBLE. Total, que al final fui yo el que tuve que cenar las beans Heinz de lata. Por guay. La próxima vez cocino con Vainica Doble de fondo, coño.)

lunes, 14 de abril de 2008

Oda a la croqueta


Hoy os traigo un tema que espero no dejará impasible a ninguna persona con alma (y con estómago). Os lo traigo calentito como una buena fuente de croquetas.

Hablemos de cosas serias, las croquetas se dividen en dos tipos solamente: las buenas y las malas. Todo lo demás es tontería. Por supuesto que la clasificación es arbitraria y que cada uno sabe o sabrá cuáles caen en qué bando. Las conocemos de jamón, de puchero, de cocido, de espinacas, de patata, de roquefort, de pescado, y esas que hacía mi abuela cuando la pobre se quedaba sin carnaca: con bechamel solo. También están trillones de variantes nuevas surgidas al calor de los fogones de la Nueva Cocina. Serán de escamas de esturión, de regaliz o de esperma de cisne, pero para mí si saben ricas, son buenas croquetas.

Vaya por delante que yo esta palabra la pronuncio cocreta –aun en los círculos más finos-, que me gusta más, y que ahora estoy haciendo un enorme esfuerzo para escribirla aquí correctamente. En francés se llaman croquette y en inglés (o sea, en francés) también croquette. En Holanda son inmensamente populares, tanto que ciertos establecimientos de comida rápida las dispensan en máquinas como el tabaco.

Todo esto lo cuento para atestiguar su universalidad y su vigencia en nuestros paladares. La croqueta se aprende en casa, como la lengua materna o los primeros modales. Momentos de carestía estudiantil o soltería nos empujan a la bolsa ultracongelada de Findus o similar (que tire la primera piedra…), pero siempre tendemos a las caseras, cual asíntotas croquetiles.

Saber hacerlas es una suerte, los que hacen buenas croquetas las pregonan orgullosas. Hoy mismo me ha dicho una compi en el trabajo “Pues a mí me salen estupendas”. Eso hay que demostrarlo, amiga. Parecen un plato absurdo o poco elaborado, a menudo caen en el reino de las tapas o de los aperitivos previos: ¡craso error! Comer tapas de croquetas es fantástico pero desterrarlas del menú se considera un pecado de lesa bechamel.

Las de mi madre -por descontado- son las mejores, pero yo, como joven moderno y autosuficiente, aspiro a dominar su técnica algún día. Las he probado muy buenas en distintos bares, también las he comido malas en otros. Durante la pasada semana ha dado la casualidad de que las he probado de varias clases en diferentes sitios, y en uno de ellos debo decir que eran de las mejores que había tenido la suerte de zampar en años.

Las buenas croquetas (por crear un poco de polémica, que sé que os gusta) son las firmes, crujientes, calentitas, consistentes sin ser apelmazadas… y estoy hablando solo de la textura. Las malas croquetas son las mal liadas, mal fritas, aceitosas, chuchurrías, tristes… ¡la croqueta tiene que ser alegre, pardiez!

He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar bandejas humeantes después de una boda. He visto croquetas dorarse en la oscuridad cerca de la Portada de Feria. Todas esas tapas se perderán en el tiempo como aceite en la freidora. Es hora de comer…

domingo, 13 de abril de 2008

La magdalena de Kurt


Ocurrió este viernes. Ahora se verá. Como diría Arrabal, ustedes conocen mejor que yo la historia de Marcel Proust y la magdalena. Sí, hombre, eso que cuenta al principio de su amenísima obra En busca del tiempo perdido I: Por el camino de Swann (1913), de que resulta que no se podía acordar de su infancia en Combray. Hasta que de pronto le da por comerse un bollito mojado en té y al percibir su sabor le vino en torrente todo el caudal de recuerdos que le dieron para escribir nada menos que siete novelas.

Y esto es así por la asociación de sensaciones, resulta que Marcelito no tomaba magdalenas con té desde la niñez, y al recobrar la percepción del bollo años atrás su mente desalojó los recuerdos de la pretérita época.

Hablando de todo un poco, el viernes acudí a FNAC con el sano propósito de adquirir en vinilo el disco Appetite for Destruction (1987), que recordaba haber visto en otras visitas a la tienda. Pero está más que comprobado que en temas de compras no se puede dejar nada para luego. Llego el viernes a la sección de vinilos y –claro- el disco no estaba. Luego, para darme la puntilla escuché una conversación casual entre dos jovenzuelos, él decía “¿Guns n’ Roses, no te suena el nombre?”. Ella negaba y le preguntaba “¿Cómo dices que se llaman?” “Guns n’ Roses”. Tuve que bajar la cabeza con pesadumbre.

Pero hete aquí que hubo un disco que sí vi y que no esperaba encontrarme. Su portada –que por demás, no deja indiferente a nadie- me saltó al ojo como el sustituto perfecto a lo que andaba buscando. Era nada más y nada menos que el In Utero (1993) de Nirvana. Lo compré (ya lo tengo en CD pero, ¿quién se priva?) y en cuanto llegué a mi casa me puse a escucharlo. No es que no lo hubiera vuelto a escuchar desde los noventa pero seguro que nunca repanchingado en un sofá y con unos auriculares tan buenos.

Y entonces se obró en mí –oh, milagro- un proceso semejante a lo que le ocurrió a Don Marcel con su magdalenita. De golpe y porrazo se me vino encima todo el año 1993 (tenía uno quince añitos, que está hasta feo decirlo). Me acordé de mi amigo diciendo que la música de Nirvana era “preciosa” (a mí me parecía ruido). Me acordé de las infinitas veces que fui al Virgin Megastore a escucharlo en la tienda y de cómo no lo aguantaba y dejaba los cascos en la primera canción por parecerme demasiado estridente. Me acordé de cómo me fui forzando poco a poco a soportar esa canción, en lo que llegó a convertirse en un placer culpable.

Me acordé de la primera vez que escuché la canción “Heart Shaped Box” por la radio, que pensé “¿Esto está permitido?” También de ver el videoclip en la MTV, en el programa de Beavis and Butthead. Recordé mi viaje a Londres de aquel verano y también muchas otras cosas que me ocurrieron en 1993.

Vi las últimas elecciones que ganó Felipe González, vi cómo se hablaba de crisis económica por todas partes, reviví las odiosas mañanas de 1º de BUP, volví a la habitación de otro colega que se compró el libro de las partituras de In Utero para guitarra, y cómo yo me quedaba ronco tratando de cantar “Frances Farmer Hill Have Her Revenge On Seattle”. Vi la letra de “Rape Me”, que me aprendí de memoria (y la de “Serve the Servants”, “Dumb”, “Penniroyal Tea”, etc). Vi a un niño a punto de dejar de serlo, cuya Santísima Trinidad musical de Beatles, Rolling Stones y Queen se le empezaba a tambalear.

Vi otra vez Atrapado en el tiempo (con Bill Murray), vi una clase de Lengua Española en la que me hicieron leer a Cortázar, y a Eduardo Mendoza, y a los Nueve Novísimos. Vi mis clases de Inglés de por las tardes, entre cuchicheos, comentando emocionados La lista de Schindler.

Entonces, de sopetón, aquel Aleph sonoro se paró en seco: se había terminado la Cara A del disco. ¡Bendito vinilo, que había que darle la vuelta! (como bien pregonaban los Payasos de la Tele). Me levanté, giré el disco y me dispuse a sumergirme en el resto del banquete. Ni magdalenas, ni galletas, ni leche migá. Aún me quedaba toda la Cara B del In Utero para regresar a 1993.

sábado, 12 de abril de 2008

La Generación del 36


“¿Tienen ustedes zapatos del 36?” “Lo siento, señora, pero de antes de la Guerra no nos queda nada”. No veas cómo estamos con la Guerra Civil española. Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, la Virgen María, etc, etc. Cada año mínimo tres pelis del tema (ahí estamos esperando Los girasoles ciegos by Azcona), y ya andamos rescatando episodios marginales: que si nosécuántas mujeres fusiladas, que si el abuelo de un escritor fusilado… del número de novelas ya ni hablo, e incluso videojuegos se están haciendo, como ese de Sombras de guerra (2007).

Mientras tanto, no se ha hecho ni una sola película seria que aborde las grandes batallas del conflicto (¿no hay presupuesto? ¿no hay voluntad política porque eso no vende tanto como las fosas de la Memoria Histórica?). ¿Cómo estaría una superproducción (a escala nacional) sobra la Batalla del Ebro o el intento de toma de Madrid? Culos y tetas fijo que saldrían (cine español, ya se sabe), pero igual también salía algo bueno, en plan Salvar al soldado Pérez.

Hoy no quería hablar de cine sino de literatura, de poesía concretamente. Me encanta la literatura de guerra y sobre guerra (ya os lo dije), y sobre todo me gusta la poesía escrita durante los conflictos. El libro al que me refiero se llama La Generación de 1936: Antología poética (Cátedra, 2006), y no es exactamente una colección de poemas de o sobre la guerra ni escritos por soldados, aunque tiene algo de eso. Se trata más bien de un intento serio de poner en el mapa a una generación de creadores agrupados en torno al “desastre total” de la Guerra española como hecho aglutinante.

Ojito con las generaciones. Acrisoladas en España están ya las del 98, del 14, del 27 y del 50. Pero el término “generación” es polémico por sus connotaciones biológicas, y nunca falta quien prefiera los de “promoción” o “grupo poético”. Todo esto me da igual. Para efectos de este post admito la etiqueta “Generación del 36” aunque solo sea porque repara una injusticia histórica. El que quiera un profundo (y bastante pedregoso) ensayo sobre la conveniencia o no de llamar así a este grupo, o de si tal grupo existió siquiera, que se lea la “Introducción” al volumen a cargo de Francisco Ruiz Soriano.

¿Quiénes se incluyen en esta Generación? Pues autores cuyas vidas y obras florecieron en torno a los años de la Guerra Civil. En el bando rojo tenemos a Miguel Hernández, Juan Gil-Albert, Arturo Serrano Plaja, María Zambrano, Rafael Dieste o Germán Bleiberg (represaliados, exiliados, intelectuales republicanos, tenientes del Ejército Popular...). En el bando facha tenemos, por ejemplo a Luis Rosales, Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco, Dionisio Ridruejo, Agustín de Foxá, Álvaro Cunqueiro o Camilo José Cela (profesores, periodistas, voluntarios de la División Azul, propagandistas del gobierno de Burgos, censores…).

La antología tiene el buen gusto de no trazar trincheras ideológicas, simplemente presenta la producción literaria de estos intelectuales de ambos bandos, jóvenes todos con distintas visiones sobre España, la vida, el trabajo, Dios o el mundo. Desgraciadamente, una de las visiones se impuso sobre la otra de manera muy violenta, y ya que cada uno cargue con su cruz. Es curioso cómo en los primeros tiempos muchos de estos intelectuales luego enfrentados por la Guerra (y se supone que enemigos irreconciliables) fueron amigos y coincidieron en torno a figuras como César Vallejo, Pablo Neruda, José Bergamín o Alberti.

Confieso que el libro no lo he leído entero (son 482 páginas, 41 autores antologados), esta es una obra más para irla desgranando poco a poco que para zampársela de un tirón. Lo compré hace un año y he leído partes, de vez en cuando vuelvo a él y descubro cosas nuevas. Por eso lo recomiendo, porque me parece una buena inversión y como dije antes, la reparación de un hueco que había en la poesía española. No son los chicos del 27, no son los airados comprometidos de los cincuenta. Es la Generación del 36, los “umbríos por la pena”.

viernes, 11 de abril de 2008

¡Ah, el dulce Mateo!


Este post está dedicado a todos los que me decís que aunque no os interese el tema del día, leéis mi entrada igual. Vosotros sois Estatuas.


“¿Cómo conociste a Matthew Sweet?” –me pregunta el otro día una amiga que jamás ha oído hablar de él. Voy a contestarle y de pronto me quedo en blanco. La cosa se pierde en la noche de los tiempos, no sé de cuándo me viene la afición por este cantante. Otra pregunta más fácil: “¿A qué suena?” “¿Conoces a Teenage Fanclub?” “Mh-mh”. “¿A The Posies?” “Mh-mh”. A lo mejor no era tan fácil.

Hace muchos años que me gusta el pop-rock bonito, el de guitarras y armonías vocales. ¿Lo llamamos power pop? ¿Pop alternativo? También lo llaman “pop contemporáneo” o “pop adulto”. Para mí son canciones, que luego mis colegas músicos me riñen por ser tan enciclopedista con las etiquetas de los estilos. Supongo que por Teenage Fanclub (creedlo: hubo un tiempo en que fueron famosos) conocí a The Posies, y por estos me llegaron nombres como Big Star o Matthew Sweet.

Realmente no tuve nada suyo hasta que en Inglaterra un compañero americano de residencia me regaló un recopilatorio. Él cantaba y tocaba, pero le iba más el reggae y el rap. Compró el Time Capsule: The Best of Matthew Sweet 90/00 (2000) y lo flipó, claro: “Iba a tirarlo a la basura, ¿tú lo quieres?, quédatelo”. Y entonces lo flipé yo, pero en el buen sentido. Creedlo: hubo un tiempo en el que Matthew Sweet también fue famoso, salía en la MTV y sus álbumes eran Disco de Oro en USA. Recuerdo que en la novela de Bret Easton Ellis Glamorama (1998) los personajes bailaban en una disco de moda al son de su tema “Sick of Myself”.

La canción por la que probablemente Sweet pase a la historia sea “Girlfriend”, de su disco homónimo de 1991. Dice All Music Guide que todos las grabaciones de power pop de mediados de los noventa en adelante tienen una deuda no reconocida con ese álbum. A mí “Girlfriend” en concreto me impactó tanto que he llegado a escribir un cuento inspirado en la canción. Tampoco se puede olvidar su disco 100% Fun (1995), pero hoy quisiera romper una lanza por la parte de su obra menos conocida y menos valorada.

Empiezo por sus dos discos de los ochenta, Inside (1986) y Earth (1989). Estos suenan muy diferentes a el rock alternativo que se haría en los noventa, son más cercanos al llamado jangle pop (o sea, pop de guitarra deudor del sonido sesentero de Beatles o Byrds, sin tanta distorsión). La producción, como muchas de aquellos años, da un pelín de miedo, pero superado este escollo se encuentra uno con un par de disquitos repletos de buenas composiciones. Para que os hagáis una idea, suenan un poco como sonaban R.E.M. por aquellos años (antes del Out of Time, 1991).

Otro disco que la crítica no ha santificado es el Blue Sky On Mars (1997) -el título está sacado de Desafío total, ¿no?-. Se supone que tras su trilogía alternativa-power de Girlfriend, Altered Beast (1993) y 100% Fun Sweet bajó el listón, al entregar un álbum más reposado, en el que no sé exactamente dónde está el problema. Para mí es un disco divertidísimo, en el que predominan los rocks moderados y los medios tiempos (el territorio más propicio para Matthew Sweet: sus baladas sin embargo aburren a las ovejas). Líricamente Sweet no pasará a la historia, sus letras tiran del repertorio clásico del rock: me voy a Los Ángeles, mi chica es malvada, ya te olvidé, etc, pero pienso que en este álbum las melodías mantienen un nivel increíblemente bueno, y el trabajo de guitarras no es desdeñable.


Por último quería hablar de su último trabajo (¡qué cartesiano soy, cojones!). Under the Covers, Vol.1 (2006) –el título es un juego de palabras: covers en inglés significa “sábanas” y “versiones”- es un esfuerzo conjunto realizado con Susanna Hoffs, la cantante de Bangles. ¿Os acordáis de Bangles? Otras históricas del jangle pop, que sin embargo pasarán a la historia por versionar a Prince, cantar “Eternal Flame” y bailar en un videoclip imitando a los egipcios. Este disco no es que aporte mucho ya que se trata de una colección de versiones de “clásicos” de los años sesenta, eso sí pasados por el tamiz del power pop. El “Vol.1” nos hace soñar con ulteriores entregas, de momento la nómina incluía preciosísimas versiones de los Beatles, Beach Boys, Bob Dylan, Neil Young, The Velvet Underground, Love, The Zombies o The Who.

La semana pasada se montó en mi coche un amigo, músico profesional, y en la radio estaba puesto un disco de Matthew Sweet. “Oye, qué bien suena esto, ¿qué es?” Le conté y me dijo: “¿Esto pop? ¡Pero si tiene guitarras rockeras, los cambios de acordes propios del blues y el cantante suena como el de R.E.M.!” Sí, amigo. Y eso que no escuchaste las que suenan a folk-rock, y alguna que otra con un tufillo country. Todo con un denominador común: música bonita, música dulce. Dulce Matthew Sweet.

jueves, 10 de abril de 2008

"Estoy trabajando"


“Ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Libro del Génesis)

“A mi trabajo acudo…” (Antonio Machado)


Primicia mundial: el trabajo dignifica al hombre. A unos más que otros, porque también resulta que a algunos los embrutece. Hoy me voy a ir de Larra y a comentar ese vicio tan español de creerse con derecho a todo por el simple detalle de encontrarse uno realizando su trabajo. Me explico.

Un día cualquiera, te dispones a coger el coche para ir a trabajar. No es que vayas tarde pero cuentas con el tiempo justo, calculando lo que se tarda en recorrer el trayecto hasta tu centro de trabajo. Y tienes una reunión o algo así, o sea que debes ser puntual porque no es que puedas llegar media hora tarde y recuperarla luego. Vas a salir del garaje y –oh sorpresa- tapando la boca del vado te encuentras con una furgoneta gigante de reparto. No puede ser. Esperas un poco como un memo pero caes en la cuenta de que no se va a mover de ahí. De hecho pitas un poco y compruebas que dentro no hay nadie.

Sales de tu coche, miras dentro de la furgoneta: el freno echado. Maravilloso. Rodeas la imponente mole blanca decorada con sus pegatinas de Bimbo, Panrico o Aperitivos Frit-Ravich, estás cabreado, piensas en llamar a la poli, los minutos del reloj van pasando. Ya llegas tarde. Entonces aparece el gilipoyas de turno del repartidor, y antes de que puedas decirle nada e increparle por haber bloqueado un Vado Permanente y hacerte llegar tarde te suelta él a ti: “Es que estoy trabajando”.

Perdone, Vuecencia. Lamento haberme inmiscuido en su trabajo con mi sucio garaje destinado a impedirle a usted aparcar. Le pido mil perdones. A fin de cuentas, yo también iba a mi trabajo, pero ¿qué es eso comparado con sus quehaceres que le obligan a aparcar donde le realmente le sale de las narices?

Otro ejemplo. Vayamos al gremio del Taxi. Son maravillosos, lo que ustedes quieran. No llevan cinturón de seguridad y hablan por sus radios o con sus GPSs porque conducen mejor que el resto de los mortales. De acuerdo. Pero ¿también deben conducir como les dé la gana, cambiándose de carril sorpresivamente o haciendo mil tropelías? “Es que están trabajando”. Ahhhhh…. Pues señora, yo en mi trabajo debo cumplir todas las leyes y normas que regulan nuestra convivencia y que si me salto, me expongo a una denuncia, multa o lo que sea.

De la Policía Municipal ni hablo ya para no meterme en líos, pero sí voy a hablaros de los teleoperadores. Trabajan muchas horas, su salario es de pena y además deben aguantar clientes bordes. Es un trabajo muy malo, lo sé y lo respeto. Pero, ¿en qué manual de marketing viene que la mejor manera de captar clientes y de hacerles gastar dinero (contratando seguros, dándose de alta en servicios, comprando cosas) sea llamarles a la hora de la siesta? Ya, que la siesta no la duerme todo el mundo, pero todo el mundo sí come, gracias, y si está en casa entre 3 y 4 de la tarde… no hace falta ser un genio de las ventas para saber que a la gente no le apetece ser molestada a esas horas. “Oiga, es que estoy haciendo mi trabajo”. Pues yo también hago el mío, ¿sabe usted? He venido de él, acabo de comer y en un breve rato me vuelvo a ir, si a usted le parece bien.

Mucha gente te importuna por la calle, con encuestas, peticiones, entrega de publicidad, periódicos gratuitos. Están en su derecho, igual que yo estoy en el de rechazar amablemente sus ofrecimientos. “Es que están trabajando”. ¿No me digas? ¿Y eso les da carta blanca para enfadarse si yo no quiero perder mi tiempo con las cosas que me ofertan? Yo siempre los despacho con amabilidad, pero parece que eso les da más coraje todavía.

El acabóse de este fenómeno lo encontramos en mi querido mundo del periodismo. Me refiero solamente a los periodistas del corazón, reporterillos, paparazzi y demás. Madre mía, cuántos atropellos no se habrán cometido en nombre del “trabajo” periodístico de esas sanguijuelas. No me extraña que Ramoncín o Pepe Sancho (dos personajes que no me caen especialmente bien) se líen a piñas con ellos. Acosan a los famosos, famosillos y famosotes hasta la extenuación, y encima pretenden que les pongan buena cara y les den carnaza para sus programas. Y si el famoso no abre la boca la noticia es “Fulanito no quiere hacer declaraciones”, y ya tenemos relleno para media hora en varios programas de distintas cadenas de televisión.

Que no se le ocurra a una madre desesperada por tratar de que no graben a sus hijos o a un señor que simplemente no le apetece dar una entrevista pedir que les dejen en paz. “Solo estoy haciendo mi trabajo”. ¿Su trabajo es fastidiar a los demás? ¡Pues váyase al cuerno! Y ya me relajo, que parezco el Pumares.

martes, 8 de abril de 2008

Operación Felix (y IV)


Como marcan las reglas de la Épica, “solo al final de la jornada se sabrá el nombre verdadero del héroe”. Nosotros ya nos íbamos acercando a la etapa final de nuestro rodaje del documental sobre la toma de Gibraltar por el Eje. Salimos de la Línea camino de la sierra que hay enfrente, por un sendero de cabras y unos carreterines que desembocaron en un repecho bastante alto cuajado de búnkeres abandonados. Sobre el cemento de uno de los búnkeres podía leerse la inscripción “Fulanito de tal. Tal del tal de 1941”. Un escalofrío recorrió mi cuerpo: ¡Madre mía! No tuvo que mamar mili el que escribió aquello…

La vista desde arriba era impresionante. Desde nuestra posición se dominaba toda la Bahía de Algeciras, y todo el Estrecho. La Línea de la Concepción, Gibraltar, Algeciras, Los Barrios, y al fondo entre la bruma, África. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue “vaya, por fin ha llegado el momento del que viene vestido de soldado de montaña”. Hubo rodaje de escenas y fotografías aprovechando el impresionante escenario natural y el búnker. Hubo más bromitas con los “españoles” mientras los alemanes saltaban, corrían y pegaban sus tiritos. Los que no intervenían ni a pellizcos eran los tres generales nazis y los dos jerarcas de la Falange.

“Esos van a salir en la escena final, que la vamos a ir a grabar a un cuartel. Por cierto, he consultado y tú no puedes salir de preboste del Partido Nazi con esa barba y ese bigote” –me dijo Javi, el jefe-coordinador de los reenactors. Yo creí haberle dejado claro que no iba a vestirme de todas maneras, pero por si acaso solté un aliviado, “Vaya por Dios”, que hizo que uno de los “generales” saliera en mi defensa. “Pues Keitel [Wilhelm, Mariscal de Campo y jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas alemanas] llevaba bigote”. Gracias, camarada, pero no me pienso poner de nazi. Me reitero.

Algunas tomas más, la recreación del asalto al búnker y un buen rato más tarde, la parte de la sierra también estaba concluida. Nos hicimos fotos de grupo como recuerdo (también J y yo pese a vestir de paisano), y el director ya estaba llamando para que fuésemos al cuartel donde se terminaría la filmación. Lo avanzado de la hora (habíamos echado una peonada de 8 de la mañana a 5 de la tarde) y el hecho de que para las últimas escenas no hacía ya falta tropa motivaron que J, E y yo decidiésemos marcharnos. Hubo despedidas (“La próxima vez os animáis y venís de uniforme, ¿eh?”) y promesas de una nueva convocatoria de reenactors.

“El fin de semana del 17 y 18 de mayo la vamos a liar buena en San Pedro de Alcántara (Málaga). Va a haber una partida tremenda, con recreaciones de Segunda Guerra, Vietnam, medievales y lucha de gladiadores romanos”. Esto nos lo decía Ale, uno de los reenactors más activos y simpáticos. Resultó que E le había comprado varias cosas por Internet (insignias) a Ale, pero los dos habían coincidido aquel sábado sin haber quedado previamente. “En el coche tengo más insignias, galones, distintivos de bocamanga, botones, condecoraciones… Luego si eso os las enseño por si queréis comprar algo”.

Le pregunté a Ale cuántos uniformes tenía. “Tengo este de montaña alemán, otro de las SS, dos de paracaidista alemán, uno de la 101 [División Aerotransportada, paracadistas americanos], uno de soldado americano en Vietnam y tres actuales de marine norteamericano, cada uno con un camuflaje distinto. Todos con sus cascos, equipo y armas correspondientes, ¿eh?”. “Esto es una droga, ¿no, Ale?” –le pregunté. “Es un hobby –se encogió de hombros-. “A mí me ha costado una relación sentimental de más de cinco años, esto no hay tía que lo aguante”. Mientras tanto E iba haciendo cábalas mentales sobre cómo haría para contarle a su mujer que pensaba comprarse otro uniforme alemán: el de invierno.

“Pues menos mal que no ha venido mi amigo Menganito” –dijo J-. “Ese tiene en el sótano de su casa diecisiete maniquíes uniformados al completo, varias ametralladoras pesadas, una pieza de artillería y un jeep. Pensad en esto la próxima vez que vayáis a llamar a alguien que conozcáis “friki”. Mucho frikismo vi yo ese día junto a Gibraltar, ¿y qué? Podéis pensar que se trata de una chiquillada o simplemente de una estupidez, pero a ciertas personas el tema les fascina y les resulta divertido. Son simplemente coleccionistas y gente con gusto por la historia bélica. En ningún momento de mi pintoresca jornada vi ni escuché ningún comentario de apología del fascismo o filonazi, ni nada que hiciese sospechar de turbias intenciones a los reenactors. Más peligrosos me parecen los ultras del fútbol, y lo digo sin pestañear. Estos no son skinheads, ni nostálgicos ni fachas. ¿Frikis? Del quince largo, pero no hacen daño a nadie.
 
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